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La
verdad es que no sabría como empezar a describir esta
experiencia vivida durante la “Semana Mayor”, como la mayoría
de las personas suelen llamarle; pero a través del tiempo cada
vez me convenzo y realmente he descubierto que todo obra para
bien.
Era principio de Semana Santa, cuando mi esposo
llegó a nuestro hogar, de casa de sus padres diciendo que
había un montón de gente en la casa. Me explicaba de la
multitud de gente que había, inclusive tres jóvenes misioneros
que se estaban quedando allá.

No le comenté nada a mi esposo, solo atiné a
preguntarle: ¿de verdad hay mucha gente, y como es eso de los
misioneros? También están en la casa? El respondió: pero ya
te dije que si. Y yo continuaba preguntándole: ¿pero y de
donde son esos misioneros? Ciertamente con cara medio de
espanto. El no me quiso abundar más y yo me decidí a no
molestarlo.
Siempre que llegan las semanas santas, es un
pequeño inconveniente; trabajo hasta el jueves santo al medio
día y mi esposo siempre va a casa de sus padres, que viven en
un pueblo distante de donde nosotros residimos (ellos viven en
el km. 15, de la carretera que comunica la provincia de Hato
Mayor con Sabana de La Mar, y nosotros vivimos en La Romana).
Y mas que inconveniente es una negativa mía, que nunca quiero
ir, prefiero quedarme en mi pueblo y no estar corriendo
carreteras; ya que en estos días la gente anda un poco
alborotada y mas apurada que nunca.
Pero
bueno estaba tan turbada pensando en toda la gente que había
en la casa, y encima tres personas que eran desconocidas para
mí, que me resultaba incomodo y aunque no le había dicho nada
a mi esposo, ya estaba pensando en boicotear mi viaje y dejar
que el se fuera solo.
Pero realmente, quería una semana santa
diferente, quería estar o mas bien sentirme muy cerca del
señor y sabia que solo asistiendo a casa de mis suegros
lograría ese objetivo, así que aunque le pospuse el viaje a mi
esposo el jueves en la tarde, el viernes santo bien temprano
organice todo para por fin salir con el.
Llegamos a la casa y ciertamente habían muchas
personas; inmediatamente busqué entre todos, mi príncipe de 7
años, que ya estaba en la casa desde principio de semana.
Comencé a saludar a todos, hasta encontrarme con
los tres misioneros: Ramón, Nelson y Edgar; que al final
descubrí que Ramón en realidad era seminarista. Fuimos
entrando en confianza y ya para terminado el viernes santo, no
sentía tan siquiera que eran personas que había conocido ese
mismo día en la mañana.
El viernes en la tarde se desarrolló “el vía
crucis” y aunque no pude asistir, disfruté mucho viendo las
fotos y observando los preparativos previos a tal actividad.
Llegado el sábado era toda una emoción la
organización de todas las cosas para la celebración el sábado
santo en la noche de la resurrección del señor. Era una
integración de toda la comunidad y comunidades vecinas, en la
tarde estuvimos acondicionando lo que seria el lugar para la
celebración de esa gran fiesta con todo y un compartir como el
señor quiere que lo hagamos, un compartir con nuestro prójimo.
Llegada la noche hicimos una procesión con velas
encendidas hasta el lugar de la celebración, todo estaba muy
bonito acorde para la ocasión, puesto que íbamos a celebrar el
paso de nuestro señor Jesucristo de la muerte a la vida.
El seminarista Ramón presidía la celebración, mi
suegra y yo compartimos la primera lectura y todo aquello fue
algo muy especial que jamás olvidaré y sé que los demás
presentes nunca olvidaran.
Después de la celebración nos sumergimos en un
compartir que se había organizado, donde varias mujeres de la
comunidad habían llevado platos preparados para compartirlos.
Debo decir con sinceridad que en un principio parecía poca la
comida, pero después resultó como cuando el señor multiplico
los panes y los peces. Todo el mundo comió y quedó
satisfecho. Ya después de aquello nos sumergimos en un baile
de palos donde todo el mundo estuvo celebrando.
Al principio de este escrito decía que realmente
todo obra para bien, por que lo que en un principio pensé que
seria una incomodidad para mí; resulto una de las Semanas
Santas mas emocionantes y felices apegada a mi señor. Me gané
tres amigos, aquellos misioneros que en un principio pensé que
me sentiría incomoda con ellos y el señor me demostró que sí.
Que pese a mi negatividad, mi temor y mi encierro en mi misma,
tuve una de mis mejores experiencias cristianas. Realmente no
soy una asidua católica que va todo los días a misa (pero si
voy) y hace una vida totalmente cristiana. Pero si puedo
decir que soy una mortal que cree fielmente en el señor, que
pido y cuando lo hago es con mucha fe, sabiendo que el señor
sabe cuando contestara, mis peticiones. Que trata de llevar
su familia por el camino del señor; especialmente haciéndole
ver a mi hijo que Dios es lo único y verdadero. Y no solo yo
me lleve una bonita experiencia de esta semana mayor, también
mi hijo pudo saborear el estar en familia, el compartir, el
vivir en el señor.
Le doy gracias a Dios por esta bonita
experiencia, por la tranquilidad que sentí esa semana,
realmente tuve la oportunidad de meditar y analizar lo que
el señor quiere que seamos como seres humanos,
como el señor quiere que compartamos con nuestro prójimo; sin ningún tipo de
miramiento. El ver como esos tres
jóvenes al igual que muchos salen de sus hogares
a celebrar en casas de extraños. Recibí mi lección y mi
alegría.
La lección fue que no hay que adelantarse a los
acontecimientos, hay que encomendarse al señor. Mi temor de
no salir tan lejos quedó disipado. Y mi alegría fue inmensa
por que realmente el señor resucitó en mi corazón!!!!!!!!!!! |