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“En
el principio existía la Palabra y la palabra era Dios, y la
Palabra estaba junto a Dios”. Jn.1, 1.
Al revelarse, Dios
lo dice a la humanidad todo lo que Él es; no quiso guardarse
nada para sí, se revela completamente. Pero el hombre solo va
descubrir quien en Dios en la medida en que se abra al
misterio de la revelación acontecida en la historia, como lo
expresa el prólogo de Jn “en el principio”,es decir,
desde siempre; porque Dios no tiene ni principio ni final. La
creación misma es ese “principio”. De modo que desde el
génesis, pasando por toda la historia de la salvación hasta
llegar a la persona de Jesús, Dios se está revelando, está
hablándole al oído a su pueblo y le está manifestando los
secretos de su corazón, su propuesta salvadora.
Jesús es el que nos
ayuda a entender el lenguaje de Dios porque él mismo es su
Palabra. Jesús era aquello que Dios le estaba diciendo a
gritos a su pueblo desde el Antiguo Testamento; él es la
palabra creadora y creativa del Padre. Pero el pueblo de Dios
no entendía el contenido de su mensaje. Dios, desde el
principio quería revelarse tal cual es, pero la creación
entera no estaba pr eparada
para asimilarlo y contemplarlo, por eso espera el momento
histórico adecuado. Pues Dios no violenta el proceso natural
del ser humano. La revelación tiene respeta el carácter
progresivo de la salvación.
Constitución Dogmática
sobre la Divina Revelación
La Dei Verbum es la
Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación. Esta
Constitución fue promulgada por el Papa Pablo VI el 18 de
noviembre de 1965; la misma forma parte de la colección de
documentos del Concilio Vaticano II. En este documento se
presenta la doctrina sobre la Divina Revelación propuesta por
el Concilio Vaticano II teniendo como puntos de referencia los
concilios de Trento y Vaticano I. El documento, como existe
ahora, es el resultado de un proceso largo de reflexión,
diálogo y estudio que presentaron los padres conciliares
después de varias revisiones.
Capítulo 1. Naturaleza de
la revelación
La D. V. Nos habla
de la naturaleza y objeto de la Revelación e inicia con la
afirmación de que “Dios, con su bondad y sabiduría, quiso
revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de si voluntad
por Cristo, la palabra hecha carne”.
Esa revelación de Dios se da a través de obras y palabras, y
nos manifiestan la verdad profunda de Dios y la Salvación
del hombre que se manifiesta o resplandece en Cristo,
mediador y plenitud de toda la revelación.
“La encarnación
revela el misterio de la vida intra trinitaria de Dios, el
misterio de la participación del hombre y del cosmos en la
gloria divina, y el misterio de la Iglesia, como la
prolongación en la historia de la vida del Reino”
.
A este acápite le
sucede una apretada síntesis sobre el proceso por el cual Dios
fue preparando a su pueblo, a través de los siglos, para la
“revelación evangélica”. Dios se va manifestando desde el
génesis, extendiéndose a “nuestros primeros padres”: Abrahán.
Moisés y los profetas para que le conocieran a él como
único Dios y verdadero, como padre providente y justo juez y
para que esperara al Salvador prometido.
Esa es la revelación de Dios que acontece en Jesús, en su
proyecto de vida.
El Padre se
manifiesta plenamente en la persona de Jesús. Jesús ES y
“habla palabra la palabra de Dios y realiza la obra que el
Padre le encargó”. Tanto es así que “quien ve a
Jesucristo, ve también al Padre”. Jesús en toda su vida:
su presencia, manifestación, palabras, obras, signos,
milagros, milagros; y de modo especialísimo en su misterio
pascual “lleva a plenitud toda la revelación y la confirma
con el testimonio divino”.
El hombre tiene que acoger la revelación con la fe que ha
recibido como gracia, por la cual “se entrega libremente a
Dios y se abre a la acción del Espíritu”.
Cap. II. Transmisión
de la revelación divina.
Lo fundamental de
este capítulo es que la predicación de los apóstoles, enviados
por Jesús al mundo, responde al querer de Dios y es parte de
su proyecto de salvación, para que su revelación definitiva
“se conservara íntegra y fuera transmitida a todas las
edades”. Los apóstoles transmitieron la palabra de lo que
aprendieron de Cristo, “lo que el Espíritu Santo les
enseñó” , con otros de su generación lo pusieron por
escrito.
Para que el
Evangelio se conservara siempre vivo, los apóstoles nombran
como sucesores a los obispos dejando a su cargo el
magisterio. De modo que, si acogemos con fe y apertura la
palabra revelada por los apóstoles, así mismo debemos acoger
la palabra reflexionada de manera autorizada por la tradición
y el magisterio de la Iglesia; Iglesia que “camina a través
de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se
cumpla en ella plenamente la palabra de Dios”. Pues, la
Tradición y la Escritura conforman el depósito sagrado de la
palabra de Dios entregada a la Iglesia. El oficio del
Magisterio es interpretar la palabra de manera que “el
Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino, a
su servicio”, para con el Espíritu contribuir eficazmente a
la salvación de la almas.
III. Inspiración
divina e interpretación de la Sagrada Escritura.
Los Padres
conciliares afirman, en este capítulo, que el contenido de la
Sagradas Escrituras ha sido escrito bajo la inspiración del
Espíritu Santo, que tiene a Dios como autor primario y que
Dios se valió de hombres elegidos que pusieron al servicio su
capacidad, talentos y pusieron por escrito todo lo que
Dios quería. Son ellos los escritores secundarios. Además,
los padres conciliares afirman que:
La Escritura sagrada
debe interpretarse teniendo en cuenta los géneros literarios.
Que se las Sagradas
Escrituras se deben leer e interpretar en el mismo sentido en
que fue escrita.
Que el intérprete
indagará lo que el autor sagrado dice e intenta decir según su
tiempo y cultura.
IV. El Antiguo
Testamento.
“El Antiguo Testamento es
un de la partes de las Sagradas Escrituras de las que no se
puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados
y conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no
ha sido revocada”.
En este capítulo se
resalta la importancia que tiene el Antiguo Testamento en el
procedo revelador. Nos dice de él que Dios escogió por amor a
un pueblo concreto para expresar su promesa, empezando por
Abrahán, después pasando por Moisés y la hizo con el pueblo
de Israel; y así se fue revelando a su pueblo como el Dios
verdadero por medio de los profetas, por quienes el pueblo
fue experimentando el obrar de Dios. El proceso fue parte
de la economía de la salvación o plan de salvación comunicada
y explicada por los autores sagrados en el Antiguo Testamento.
La economía del
Antiguo Testamento está esencialmente ordenada a preparar y
anunciar la venida de Cristo, Redentor del universo y de su
Reino mesiánico.
El A. T. Tiene una
importancia vital porque prepara la llegada del Salvador y
Redentor universal, de su nacimiento mesiánico anunciado por
los profetas. De modo que los dos: el Antiguo y el Nuevo
Testamento se complementan, los dos conforman una sola unidad
“el Antiguo encubre el nuevo, y el Nuevo descubre el
Antiguo”
Capítulo V. El Nuevo
Testamento.
Siguiendo el mismo hilo
conductor del capítulo anterior, en este se enfatiza la
“excelencia del Nuevo Testamento”. Pues en él se recoge la
unidad del proceso revelador iniciado desde la creación, la
historia de los patriarcas de Israel, la manifestación de Dios
acontecida en la historia, en la persona de Jesús, palabra
hecha carne, que es cumbre y plenitud de toda la revelación.
En Jesús se expresa la llegada, en la plenitud de los
tiempos, el establecimiento del Reino de Dios, el “único
que tiene palabras de vida eterna”. En el Nuevo Testamento
sobresalen de modo especial los cuatro evangelios. Pues, son
ellos el testimonio principal de la vida de Jesús, continuando
con las cartas de Pablo y otros libros del canon que son de
gran importancia porque “confirman la realidad de Cristo,
van explicando su doctrina”, y nos dan una maravillosa
idea de los inicios de la Iglesia y de las primeras
comunidades cristianas, además del acontecimiento fundante de
Pentecostés y la difusión de la Buena Nueva.
VI La Sagrada Escritura y
la vida de la Iglesia
En este capitulo veremos
la importancia de las Sagradas escritura en la vida de la
Iglesia, de modo especialísimo en la liturgia, en la
orientación a la comunidad cristiana, y en el desarrollo de la
fe. “La Iglesia la ha considerado como la norma suprema de
la fe”. En la reflexión teológica, la escritura es el
alma. Ella nos transmite la del mismo Dios, el Dios que sale
al encuentro de pueblo, que trata con él y pone en él su
morada.
En Cristo se da la
plenitud de la revelación. Esa revelación entendida como
proceso lento y largo camino por el que el Señor va logrando
hacer sentir presencia. Ahora, esto no significa que la
revelación se haya agotado con esta irrupción de Cristo en el
corazón de la historia, no es que Dios no continúe
manifestándose; pues, en la medida en que algo es, está
siendo manifestación de Dios, significa más bien que Jesús es
el culmen, el punto más alto de la revelación. “En Cristo el
hombre tiene, finalmente, desveladas las claves fundamentales
en las que se funda su existencia”.
En Jesús la humanidad conoce definitivamente a Dios: Dios que
se manifiesta como persona humana sin dejar de ser misterio ya
desvelado con amor incondicional y llamada al seguimiento.
Pues, “la revelación que alcanza su plenitud en Cristo no
cierra, sino que abre; no paraliza la presencia de Dios, sino
que la patentiza en su máxima actualidad” por eso la
revelación es siempre actual. Dios sigue revelándose, no en
exuberantes teofanías, sino en la acogida libre de su
presencia viva en medio de su pueblo, esto constituye la
gloria de su plenitud: vivir en la presencia divina con
todas las claves descubiertas.
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