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Jesús, Palabra definitiva del Padre

Por: Ramón Cabrera, C.Ss.R

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“En el principio existía la Palabra y la palabra era Dios, y la Palabra estaba junto a Dios”. Jn.1, 1.

 

Al revelarse, Dios lo dice a la humanidad todo lo que Él es; no quiso guardarse nada para sí, se revela completamente. Pero el hombre solo va descubrir quien en Dios en la medida  en que se abra al misterio de la revelación acontecida en la historia, como lo expresa el prólogo de Jn “en el principio”,es decir, desde siempre; porque Dios no tiene ni principio ni final. La creación misma es ese “principio”. De modo que desde el génesis, pasando por toda la historia de la salvación hasta llegar a la persona de Jesús, Dios se está revelando, está hablándole al oído a su pueblo y le está manifestando los secretos de su corazón, su propuesta salvadora.

 

Jesús es el que nos ayuda a entender el lenguaje de Dios porque él mismo es su Palabra. Jesús era aquello que Dios le estaba diciendo a gritos a su pueblo desde el Antiguo Testamento; él es la palabra creadora y creativa del Padre. Pero el pueblo de Dios no entendía el contenido de su mensaje. Dios, desde el principio quería revelarse tal cual es, pero la creación entera no estaba preparada para asimilarlo y contemplarlo, por eso espera el momento histórico adecuado. Pues Dios no violenta el proceso natural del ser humano. La revelación tiene respeta el carácter progresivo de la salvación.

 

Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación

La Dei Verbum es la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación. Esta Constitución  fue promulgada por el Papa Pablo VI el 18 de noviembre de 1965; la misma forma parte  de la colección de documentos del Concilio Vaticano II. En este documento se presenta la doctrina sobre la Divina Revelación propuesta por el Concilio Vaticano II teniendo como puntos de referencia los concilios de Trento y Vaticano I. El documento, como existe ahora, es el resultado de un proceso largo de reflexión, diálogo y estudio que presentaron los padres conciliares después de varias revisiones.

 

Capítulo 1. Naturaleza de la revelación

La D. V. Nos habla de la naturaleza y objeto de la Revelación e inicia con la afirmación de que “Dios, con su bondad y sabiduría, quiso revelarse a sí mismo y manifestar  el misterio de si voluntad por Cristo, la palabra hecha carne”[1]. Esa revelación de Dios se da a través de obras y palabras, y nos manifiestan la verdad profunda de Dios y la Salvación del hombre que se manifiesta  o resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación[2].

 

“La encarnación revela el misterio de la vida intra trinitaria de Dios, el misterio de la participación del hombre y del cosmos en la gloria divina, y el misterio de la Iglesia, como la prolongación en la historia de la vida del Reino”[3] .

 

 A este acápite le sucede una apretada síntesis sobre el proceso por el cual Dios fue preparando a su pueblo, a través de los siglos, para la “revelación evangélica”. Dios se va manifestando desde el génesis, extendiéndose a “nuestros primeros padres”: Abrahán. Moisés y los profetas para que le conocieran a él como único Dios y verdadero, como padre providente y justo juez y para que esperara al Salvador prometido[4]. Esa es la revelación de Dios que acontece en Jesús, en su proyecto de vida.

 

El Padre se manifiesta plenamente en la persona de Jesús. Jesús ES y “habla palabra la palabra de Dios y realiza la obra que el Padre le encargó”. Tanto es así  que “quien ve a Jesucristo, ve también al Padre”. Jesús en toda su vida: su presencia, manifestación, palabras, obras, signos, milagros, milagros; y de modo especialísimo en su misterio pascual “lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con el testimonio divino[5].  El hombre tiene que acoger la revelación con la fe que ha recibido como gracia, por la cual “se entrega libremente a Dios y se abre a la acción del Espíritu”[6].

 

Cap. II. Transmisión de la revelación divina.

 

Lo fundamental de este capítulo es que la predicación de los apóstoles, enviados por Jesús al mundo, responde al querer de Dios y es parte de su proyecto de salvación, para que su revelación definitiva “se conservara íntegra y fuera transmitida a todas las edades”. Los apóstoles transmitieron la palabra de lo que aprendieron de Cristo, “lo que el Espíritu Santo les enseñó” , con otros de su generación lo pusieron por escrito.

 

Para que el Evangelio se conservara siempre vivo, los apóstoles nombran como sucesores a los obispos  dejando a su cargo el magisterio. De modo que, si acogemos con fe y apertura la palabra revelada por los apóstoles, así mismo debemos acoger la palabra reflexionada de manera autorizada por la tradición y el magisterio de la Iglesia; Iglesia que “camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se cumpla en ella plenamente la palabra de Dios”. Pues, la Tradición y la Escritura conforman  el depósito sagrado de la palabra de Dios entregada a la Iglesia. El oficio del Magisterio es interpretar la palabra de manera que “el Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino, a su servicio”, para con el Espíritu contribuir  eficazmente a la salvación de la almas.

 

III. Inspiración divina e interpretación de la Sagrada Escritura.

 

Los Padres conciliares afirman, en este capítulo, que el contenido de la Sagradas Escrituras ha sido escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, que tiene a Dios como autor primario y que Dios se valió de hombres elegidos que pusieron al servicio su capacidad, talentos y  pusieron por escrito todo lo que Dios quería. Son ellos los escritores secundarios. Además, los padres conciliares afirman que:

La Escritura sagrada debe interpretarse teniendo en cuenta los géneros literarios.

Que se las Sagradas Escrituras se deben leer e interpretar en el mismo sentido en que fue escrita.

Que el intérprete indagará lo que el autor sagrado dice e intenta decir según su tiempo y cultura.

 

 IV. El Antiguo Testamento.

 

“El Antiguo Testamento es un de la partes de las Sagradas Escrituras de las que no se puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada”[7].

 

En este capítulo se resalta la importancia que tiene el Antiguo Testamento en el procedo revelador. Nos dice de él  que Dios escogió por amor a un pueblo concreto para expresar  su promesa, empezando por Abrahán, después pasando por Moisés  y la hizo con el pueblo de Israel; y así se fue revelando a su pueblo como el Dios verdadero por medio de los profetas, por quienes el pueblo fue experimentando el obrar de Dios. El proceso fue parte de la economía de la salvación o plan de salvación comunicada y explicada por los autores sagrados en el Antiguo Testamento.

 

La economía del Antiguo Testamento está  esencialmente ordenada a preparar y anunciar  la venida de Cristo, Redentor del universo y de su Reino mesiánico[8].

 

El A. T. Tiene una importancia vital porque prepara la llegada del Salvador y Redentor universal, de su nacimiento mesiánico anunciado por los profetas. De modo que los dos: el Antiguo y el Nuevo Testamento se complementan, los dos conforman una sola unidad “el Antiguo encubre el nuevo, y el Nuevo descubre el Antiguo”[9]

 

Capítulo V. El Nuevo Testamento.

 

Siguiendo el mismo hilo conductor del capítulo anterior, en este se enfatiza la “excelencia del Nuevo Testamento”. Pues en él se recoge la unidad del proceso revelador  iniciado desde la creación, la historia de los patriarcas de Israel, la manifestación de Dios acontecida en la historia, en la persona de Jesús, palabra hecha carne, que es cumbre y plenitud de toda la revelación. En Jesús se expresa  la llegada, en la plenitud de los tiempos, el establecimiento del Reino de Dios, el “único que tiene palabras de vida eterna”. En el Nuevo Testamento sobresalen  de modo especial los cuatro evangelios. Pues, son ellos el testimonio principal de la vida de Jesús, continuando con las cartas de Pablo y otros libros del canon que son  de gran importancia porque “confirman la realidad de Cristo, van explicando su doctrina”, y nos dan una maravillosa idea  de los inicios de la Iglesia y de las primeras comunidades cristianas, además del acontecimiento fundante de Pentecostés y la difusión de la Buena Nueva.

 

VI La Sagrada Escritura y la vida de la Iglesia

 

En este capitulo veremos la importancia de las Sagradas escritura en la vida de la Iglesia, de modo especialísimo en la liturgia, en la orientación a la comunidad cristiana, y en el desarrollo de la fe. “La Iglesia la ha considerado como la norma suprema de la fe”. En la reflexión teológica, la escritura es el alma. Ella nos transmite la del mismo Dios, el Dios que sale al encuentro de pueblo, que trata con él y pone en él su morada.

 

 

En Cristo se da la plenitud de la revelación. Esa revelación entendida como proceso lento y largo camino por el que el Señor va logrando hacer sentir presencia. Ahora, esto no significa que la revelación  se haya agotado con esta irrupción de Cristo en el corazón de la historia, no es que Dios no continúe manifestándose;  pues, en la medida en que algo es, está siendo manifestación de Dios, significa más bien que Jesús es el culmen, el punto más alto de la revelación. “En Cristo el hombre tiene, finalmente, desveladas las claves fundamentales en las que se funda su existencia”[10]. En Jesús la humanidad conoce definitivamente a Dios: Dios que se manifiesta como persona humana sin dejar de ser misterio ya desvelado con amor incondicional y llamada al seguimiento. Pues, “la revelación que alcanza su plenitud en Cristo no cierra, sino que abre; no paraliza la presencia de Dios, sino que la patentiza en su máxima actualidad” por eso la revelación es siempre actual. Dios sigue revelándose, no en exuberantes teofanías, sino en la acogida libre de su presencia viva en medio de su pueblo, esto constituye la gloria de su plenitud: vivir en la presencia divina con todas las claves descubiertas.

____________________________

[1] Dei Verbum #2

[2] Ibid 2

[3] Comité Central del Gran Jubileo del Año 2000. Jesucristo, Salvador del Mundo. Santa de Bogotá. Ed. Linotipia Bolívar. 1996. 19.

[4] Ibid. 3

[5] Ibid. 4.

[6] Ibid. 5.

[7] Ibid. 14.

[8] Comité Central del Gran Jubileo del Año 2000. Jesucristo, Salvador del Mundo. Santa de Bogotá. Ed. Linotipia Bolívar. 1996.20.

[9] Ibid. 16.

[10] A. Torres Queiruga. La revelación de Dios en la realización del hombre. Madrid. Ed. Cristiandad. 1987. 469

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