Un
autor: Miguel de Unamuno
(1864-19369)
Figura destacada en la literatura española y
pensador de notable influencia. Fue rector de la universidad
de Salamanca. En su juventud pasó del fervor religioso al
agnosticismo, pero se presenta en sus obras como “plenamente
y hasta su raíz, un luchador por la inmortalidad”.
Toda su vida y su quehacer están impregnados del ansia de
inmortalidad en acongojada lucha con la increencia, “en
agresivo enfrentamiento con el problema de la muerte”.
(Martín Panero). Niega en la razón y cree con el corazón. Su
obra más significativa al respecto son El sentimiento
trágico de la vida y La agonía del cristianismo.
Una obra.
San Manuel Bueno y Mártir
San Manuel Bueno y Mártir, es una obra de Miguel De Unamuno
que trata sobre la historia de un sacerdote humilde,
trabajador, bonachón, pendiente de la vida y la felicidad
de sus feligreses en el pueblo de Valverde de Lucerna.
Manuel sirve al pueblo como padre y pastor. Toda su vida
transcurre entre sus quehaceres cotidianos de sacerdote: en
el afán por los necesitados de su humilde Valverde de
Lucerna, en velar por la vida de piedad y de fe del pueblo;
también en acallar las voces interiores que le genera su
estilo de vida, pero luchando con su adversario interior más
potente: el dilema del creer y el no creer en aquello que él
predica.
Lo
más importante en la vida de Manuel son los fieles de su
Iglesia, sus quehaceres parroquiales, su amistad con Ángela
Carballino, y su amistad con Lázaro Carballino, hermano de
Ángela.
Me
llama la atención que San Manuel Bueno y Mártir es el
personaje que utiliza Miguel De Unamuno para cuestionar y
poner en entredicho a tantas personas que dedican toda su
vida al Señor pero no abren el corazón para que él sea la
fuente que nutra su servicio y entrega al pueblo de Dios. Es
también una critica a la Iglesia que cae en el activismo
pero que olvida, muchas veces, que él es el dueño de la mies
y es quien da sentido a todo su caminar y a toda su acción
misionera en el mundo.
Esta novela confronta, también, a todos los que nos hemos
consagrado al Señor y muchas veces parecemos mas
“profesionales de la palabra”, que hombres transformados por
esa PALABRA de Vida que predicamos. Caemos frecuentemente en
la tentación de San Manuel Bueno y Mártir cuando nuestros
quehaceres pastorales no están enriquecidos por una vida de
profunda oración, por la fuerza de la vida comunitaria, por
la escucha atenta de la PALABRA de Dios que nos alimenta y
llena de sentido lo que somos y hacemos.
Criticas al cristianismo.
Presenta el cristianismo como un
sistema de valores subjetivos tradicionales que sirve para
satisfacer la conciencia y la sicología religiosa del
pueblo. Un cristianismo protegido por el ropaje y la fachada
de iglesias llenas y corazones vacíos, preñado de rezos,
imágenes, tradición, pero carente de vida y de sentido.
Le
critica a la iglesia su pretensión de ser depositaria y
administradora de la gracia “Y alguna vez llegó una madre
pidiéndole que hiciese un milagro en su hijo, a lo que
contestó sonriendo tristemente: No tengo licencia del señor
obispo”.
Presenta a la Iglesia como una institución que controla a
las mujeres y las mujeres a sus maridos. La presenta como un
sistema de manipulación.
Que los curas practican y promueven el activismo para huir
de la soledad por miedo a enfrentarse a sí mismos, a su
conciencia y su mundo interior.
En
la persona de Manuel le critica a la iglesia de predicar
algo en lo que ella no cree.
Critica la pretensión de la iglesia
de saberlo todo y de determinar lo que debe creerse o no
debe creerse: “Hay que creer todo lo que cree y enseñe a
creer la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica, Romana ¡Y
basta!”
Critica el patrocinio de una fe
inmadura, ingenua, sin capacidad de enriquecerse, de entrar
en diálogo con otras disciplinas: un antagonismo entre
ciencia y religión. Presenta una iglesia que no revela la
verdad a la gente sencilla por no podrían vivir con ella ni
entenderla. Presenta una iglesia preocupada en el vivir el
momento presente, ya que después de él no hay nada, todo es
nada.
Otra crítica fuerte es la de que el
cristianismo es un sueño, una ilusión, un “ensueño”,
como él lo llama.
Presenta a la religión como el Opio para los pueblos,
haciendo una relectura de K. Mark, y a la iglesia como una
que mantiene al pueblo soñando y aliviando con opio su
ilusión en otra vida.
Presenta al pueblo cristiano que
“cree sin querer, por hábito, por tradición” y la
iglesia que los mantiene creyendo en un cristianismo vacío,
en una extraordinaria pobreza intelectual, con muy poca
capacidad de reflexión. Vivir el cristianismo será un
constante suicidio como le afirma Don Manuel a Lázaro:
“Sigamos, pues, suicidándonos en nuestra obra y en nuestro
pueblo, y que sueñe este su vida como el lago sueña el
cielo”, una gran tentación a la no autenticidad, a vivir
de sueños en el que la vida es también un sueño, releyendo
al Calderón de la Barca, “una desolación activa y
resignada”.
Presenta un cristianismo aislado,
desconectado del mundo y sus grandes problemas sociales “la
religión no es para resolver los conflictos económicos o
políticos de este mundo que Dios entregó a los hombres”.
Imagen de Dios.
La
imagen de que se construye en esta novela es la de un Dios
que no se manifiesta, que no se revela; un gran desconocido
y ausente, ajeno al acontecer de su pueblo. Dios será la
verdad en cuanto da vida, consuelo y sentido a la vida. Un
Dios moralista: “yo no puedo perder mi pueblo para
ganarme el alma”. Se manifiesta una imagen del Dios del
Antiguo Testamento, omnipresente, y a su vez, advierte una
especia de panteísmo pío: “Dio, hija mía, está aquí como
en todas partes, y le verá usted desde aquí, desde aquí. Y a
todos nosotros en El, y a El en nosotros”. Dios será uno
que ofrece consuelo por la crudeza de la vida, el afán de la
monotonía, el desespero de vivir, la agonía de la muerte y
la falta de sentido. La vida eterna consiste en que la
sueñen eterna, no es una realidad que Dios ofrezca a los
suyos.
Refleja la imagen de un Dios que abandona a su
pueblo, que lo deja sólo en el difícil trago amargo en que
se convierte el cáliz de la vida. Esa es la experiencia de
nuestro Don Manuel cuando, en el oficio del Viernes Santo
recobra vida en su interior la soledad de Jesús: “Dios
mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”, que cobra
vida en la persona de Blasillo. Dios es “nuestro supremo
ensueño”, afirma por boca de Don Manuel.
Interrogantes que le plantea a la
fe
Con esta novela, Unamuno pone sobre la mesa un tema
fundamental para la vida cristiana: pasar del
experimento de Dios, a la experiencia de Dios. Esta
experiencia de Dios acontece en el interior de la persona y
de la comunidad, necesita espacio y tiempo para madurar,
para crecer y para transformar la vida del ser humano.
Estamos inmersos en la cultura de lo inmediato, de la prisa,
de la eficiencia en lo que hacemos; pero olvidamos que lo
que hacemos es siempre fruto de lo que somos.
Otra interrogante que Unamuno le plantea a la fe es
¿Porqué la vida de muchos cristianos de hoy, no es
contraseña de la palabra que predican, ni del Señor a quien
anuncian? Si nuestra vida de fe no es capaz de darle
sentido a la existencia en medio del sufrimiento, de la
soledad, de la pobreza, de la lucha interior de cada hombre,
es realmente una farsa.
Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Nuestra vida
cristiana ha de manifestarlo en todo lo que somos y hacemos.
Nosotros estamos invitados a ser Camino que conduzca hacia
Jesús, Verdad que transparente su presencia liberadora en la
iglesia y nuestra sociedad posmoderna, y Vida que continúa
entregándose día a día a todos aquellos que viven rodeados
de signos de muerte frente a la vida amenazada.
Miguel De Unamuno, San Manuel
Bueno y Mártir, en obras completas V. 2, Ed.
Esceliser, Madrid, 1967.