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En Camino Homilía para el Domingo |
Ciclo C |
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Semana Santa Vigilia Pascual: "Vivimos para esta noche" |
7 de abril de 2007 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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La liturgia de esta noche está dividida en cuatro partes: El fuego, las lecturas, el bautismo y la Eucaristía. Toda la liturgia está celebrada con una convicción profunda: Resucitó el Señor.
La fiesta de la luz
Iniciamos la celebración con el fuego que disipa las tinieblas. La muerte es una realidad innegable. Entendida la muerte no sólo como el último suspiro de un ser vivo, sino como una realidad que reina muchas veces en el interior del ser humano y de toda nuestra humanidad. La historia humana se ha visto muchas veces dominada por las tinieblas y la muerte; es decir por experiencias de esclavitud, dolor y desesperanza.
La fiesta de luz anuncia una Buena Noticia: Las tinieblas no tienen la última palabra. Quienes mataron a Jesús, no lo vencieron para siempre. Una vez resucitado por el amor del Padre, aparece como un nuevo sol que nace de lo alto para alumbrar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1,79).
El signo más auténtico de la resurrección de Jesús no es precisamente la imagen de un hombre vuelto a la vida con las mismas características espacio-temporales. Es el Cirio Pascual. Después de la bendición del fuego se enciende el Cirio y desde allí se distribuye para todo el pueblo, lo cual significa que todos los participantes deben resucitar a una nueva vida a partir de la resurrección de Jesucristo.
Por último, un miembro de la comunidad canta el pregón pascual, un cántico festivo cargado de mucha significación. Expresa con las palabras lo que la comunidad experimenta con la fiesta del fuego nuevo. Que la luz de Jesús disipa las tinieblas, que los seres humanos tenemos una nueva oportunidad, que el amor vence al odio y la indulgencia a la venganza.
La historia de Salvación Los textos que hoy leemos son una breve síntesis de la historia de salvación desde la perspectiva judeocristiana.
Tenemos dos lecturas del libro del génesis. En el texto de la creación se descubre la voluntad de Dios para crear todas las cosas de la nada, inclusive al ser humano. El primer acto salvífico de Dios para con el ser humano, es crearlo. El ser humano recibe de Dios su vida y la tierra para que la administre, la cuide, crezca y se multiplique en ella. No es dueño de la vida, no es dueño de la tierra, pues sólo Dios es dueño. Cuando el ser humano le usurpa el puesto a Dios, vienen el desorden y el sufrimiento.
El segundo texto del Génesis es del sacrificio de Isaac que proponía una nueva experiencia religiosa a los habitantes de Canaán. Se trataba de dar un giro a la forma como daban culto a Dios. La nueva experiencia religiosa elimina totalmente los sacrificios humanos y los reemplaza por los sacrificios de animales, pues nadie en el nombre de Dios, tiene derecho a levantar su mano contra otro ser humano. Invita a confiar más en la voluntad salvífica de Dios y en la forma como conduce la historia. A asumir los cambios necesarios para ser fieles a Dios y al ser humano y a manifestar la fe con la vida más que con los ritos.
El texto del Éxodo (lectura y e himno responsorial) presenta el paso del mar rojo, como signo de la superación del peligro y de la muerte, encarnada en el faraón y en su ejército. Dios vio el sufrimiento de un pueblo esclavo, escuchó sus clamores, se puso de su parte y lo liberó de manera prodigiosa. La acción de Dios siempre es liberadora de todo tipo de opresión.
Isaías nos presenta cómo Dios mete su mano para salvar al pueblo, de nuevo en problemas. Las palabras de Is 14,3ss fueron pronunciadas con ocasión de la muerte de un rey asirio. En este texto son aplicadas a la ruina de Babilonia, símbolo de la ignominia que había vivido el pueblo cuando estuvo sometido a este imperio, salvaje como todos los imperios. Tarde o temprano los imperios caen y con ellos los hombres endiosados que destrozan a los pobres. Lo único que continúa imbatible es la voluntad salvífica de Dios para todos los seres humanos. Así muchas veces se desvíe, la historia de salvación no se detiene porque Dios lleva el timón.
Isaías 54,5-14 introduce la figura del matrimonio para comparar la relación de Dios con su pueblo; Dios, como esposo fiel, rescata a su esposa, se desposa con ella, la hace suya, reconstruye su vida y le pide vivir en la justicia para no caer de nuevo en la opresión. El capítulo 55 es el último del segundo libro de Isaías. Aquí se simboliza la relación de Dios con la humanidad con un banquete gratuito. Dentro de ese gran banquete está la palabra de Dios, como una fuerza capaz de transformar la vida humana.
Ezequiel 36 presenta el reclamo de Dios por la infidelidad del pueblo y su indignación por la profanación que las naciones han cometido con su tierra. El profeta dice que el pueblo tiene un corazón de piedra y promete que Dios lo va a transformar en un corazón de carne. El corazón es símbolo del lugar desde donde brotan los sentimientos humanos y todo lo que hace actuar al ser humano. Su moral, su ética, su manera de actuar consigo mismo, con Dios y con los demás. Tener un corazón de piedra es ser duro con los otros. En un corazón de piedra reinan la indiferencia, la maldad, la injusticia, el egoísmo y está siempre cerrado al amor del hermano y de Dios. En cambio, la persona con un corazón de carne, deja que Dios y los demás seres humanos lleguen a su vida, hace suyo el dolor ajeno, se indigna ante la injusticia y trabaja por un mundo mejor.
La epístola a los romanos se lee después de cantar el gloria que exterioriza la alegría de la resurrección. Pablo invita a la comunidad cristiana a morir con Cristo para resucitar con Él. Es necesario morir a todo aquello que nos aleja del amor de Dios y de los hermanos. Muriendo a aquello que nos minimiza como humanos, podemos nacer a una vida nueva en el agua y el Espíritu. Eso es el bautismo: morir con Cristo para resucitar con Él. El bautismo no es sólo el momento puntal del rito. Es la vida incorporada a Cristo, comprometida con su causa y dispuesta a darlo todo como él lo hizo. ¡Claro que en el bautismo nos hacemos hijos de Dios! Pero no con la partida de bautismo sino con la vivencia del bautismo. Porque ser hijo de Dios es hacer la obra de Dios. En la renovación de las promesas bautismales, vale la pena hacer énfasis en este aspecto.
El Salmo 117 es un salmo festivo de acción de gracias. A él volveremos en varias oportunidades durante la celebración de la Pascua. A este salmo se le hace una lectura desde la resurrección de Jesús y se ve en Él la piedra desechada por los sabios de este mundo, convertida por Dios en piedra angular. A partir de esa piedra angular se puede edificar una nueva persona, una nueva familia, una nueva comunidad y una nueva humanidad.
Lucas nos presenta el mensaje básico por el cual celebramos esta noche. Jesús no pertenece al mundo de los muertos. “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí. Resucitó.” (Lc 24,5b-6ª). La preocupación de las mujeres, la ausencia de los demás discípulos y la zozobra que reinaba en todos, manifestaba la situación de desesperanza que sufrían todos los que habían puesto su confianza en Jesús. La tumba vacía no significa que el cadáver de Jesús se haya levantado, como si los cristianos creyéramos en la revivificación de un cadáver y no en la resurrección. Significa que Jesús ya no pertenece al mundo de los muertos sino que está vivo y resucitado. Ningún evangelio relata el momento mismo de la resurrección; con todo lo imaginativos que fueron los evangelistas, eso es algo que se escapa a cualquier percepción humana. La resurrección de Jesús la descubren sus discípulos y discípulas en el interior de sus vidas, a nivel personal y comunitario.
Aquí se cuestiona también la costumbre judía de no creer en el testimonio de las mujeres. Pensaban que las mujeres eran charlatanas y mentirosas; que sólo se preocupaban por lo banal y llevaban una vida vacía. “Mucha mujer, mucha mentira”, solía decirse. Sin embargo, aquí fueron las mujeres las primeras en inquietarse por la resurrección de Jesús, certeza a la que llegaron después.
Vale la pena que leamos estos fragmentos de la historia de salvación y veamos también nuestra propia historia personal y colectiva, de tal manera que la acción de Dios, nos ayude a construir una historia salvífica para todos. No leemos este montón de lecturas sólo para solemnizar la fiesta y menos para aburrirnos con ellas. Las leemos para que mientras las leemos y las reflexionamos, nos miremos a nosotros mismos y hagamos propia la historia de la salvación en nuestras propias vidas. En las comunidades pequeñas se podría pensar en la posibilidad e generar un espacio y tiempo necesarios, una especie de retiro, en el cual se pueda reflexionar a la luz de la historia de salvación la historia personal.
FELICES PASCUAS
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Fecha de la Última actualización: 31/03/2007 10:37:10 a.m. | |
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