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En Camino Homilía para el Domingo |
Ciclo C |
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Semana Santa Viernes Santo |
6 de abril de 2007 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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“Jesús no buscó la muerte; ésta le fue impuesta desde fuera y él la aceptó no resignadamente, sino como expresión de su libertad y fidelidad por la causa de Dios y de los hombres”[1]. Judas lo entregó al Sanedrín (Mc 14,10.42), el Sanedrín lo entregó a Pilato (Mc 15,1.10) y Pilato, queriéndose zafar, lo entregó a Herodes para que éste lo condenara. Herodes, aunque no le faltaban ganas de matarlo, en una viveza política lo devolvió a Pilato, quien finalmente lo condenó y lo entregó a los soldados para que hicieran con él lo que quisieran y finalmente, lo mataran (Mc 15,15). Por último, el mismo Dios lo abandonó (Mc 15,34) en el más profundo desierto, y allí mordió el polvo más cruel: el infierno. (Descendió a los infiernos, dice el credo). La condena a muerte fue un desenlace lógico. La humanidad, presa del mal, dominada por sus bajos instintos sin domar, no aguantó a un hombre que se comportaba de una manera tan libertaria y tan comprometida con su causa. Las causas humanas universales siempre tienen enemigos: aquellos se alimentan con la desgracia ajena y ponen el pie sobre los demás para alcanzar sus sórdidos intereses. Tal vez cualquiera de nosotros, si hubiera estado en la situación de Herodes, de los Sumos Sacerdotes, de los fariseos o de cualquier autoridad judía de su tiempo, también lo habría entregado a los romanos, para que lo mataran. Y si hubiéramos estado en la situación de los romanos, también lo habríamos condenado a muerte. Las cosas se dieron no porque así las quería Dios, sino porque así somos los seres humanos. El veredicto final se dio desde El pretorio, el cual quedaba en el palacio de Herodes o en la torre Antonia, lugar donde residía el prefecto romano cuando iba a Jerusalén. Una vez condenado a muerte, Jesús fue azotado por los soldados romanos que prestaban sus “servicios” al imperio. Pero estos soldados no eran propiamente romanos. Eran sirios y griegos de Palestina, y tenían un antisemitismo muy arraigado, debido a que ”los últimos reyes independientes de los judíos, los reyes asmoneos, sometieron y esclavizaron a las ciudades sirias y griegas circundantes. Desde entonces, esas ciudades y sus habitantes no temen a nada más que a un reino judío poderoso. Son especialmente desconfiados con todos los reyes judíos”[2]. Como Jesús había despertado en el pueblo la esperanza, y muchos lo veían como un Mesías davídico con poder y gloria, capaz sacar a los romanos y consolidar a Israel como potencia hegemónica, a los soldados no les costó mucho dar toda clase de maltratos a este peligroso condenado. Contra él pudieron descargar toda su rabia con una convicción nacionalista, en venganza por la opresión que habían ejercido algunos reyes judíos hacia esos pueblos. La flagelación era una práctica normal para los condenados a la pena de muerte por medio de la crucifixión, sólo aplicable para quienes no tenían ciudadanía romana. Se utilizaba horrible flagellun; un látigo de cuero, con huesos ensartados, bolitas de plomo y púas en sus extremidades. Por el estilo del látigo, la clase de verdugos y los sentimientos que ellos guardaban, podemos suponer cómo fueron los azotes. A los condenados se les despojaba totalmente de sus vestiduras, se ataban desnudos a una columna o se les arrojaba al suelo. El número de azotes quedaba a discreción de los verdugos[3]. Como signo de burla le pusieron una vestidura púrpura, tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza (Mc 15,16-20). Los condenados tenían que llevar el travesaño de la cruz hasta el lugar de la ejecución, que por lo general se realizaba fuera de la ciudad. Jesús fue conducido por la ciudad, que en ese momento, por ser tiempo de pascua, tenía gran concurrencia. Los romanos utilizaban ésto como un espectáculo para escarmentar al pueblo y evitar protestas. No era rara la alusión a la ayuda de Simón de Cirene en el camino de los condenados a muerte. Los azotes, las horas sin comer ni probar una gota de agua, además de la misma tensión psicológica, hacían que los condenados cayeran agotados y debieran ser ayudados por alguien. El evangelio no dice si la ayuda de Simón de Cirene, fue por un momento o por el resto de trayecto hasta al lugar de la ejecución llamado la calavera o el gólgota (Mc 15,22). No todos los detalles que narran los evangelistas son históricos; muchos fueron añadidos por los redactores para dar una enseñanza. La crucifixión se hacía “con los brazos extendidos y sujetos – atados o clavados – al patibulum; el crucificado era alzado, ajustándose el patibulum al que se unía en forma de crux immissa (forma de +). La crucifixión era una muerte sangrienta; para que el cuerpo no se desprendiera, desgarrado, de la cruz, se colocaba en el palo vertical una especie de asiento. Las cruces por lo general, apenas eran más altas que una persona, de tal manera que el crucificado tenía que tener las piernas encogidas. A los crucificados se les despojaba de todos sus vestidos; colgaban desnudos en la cruz”[4]. A los condenados se les derogaban todos sus derechos y no eran considerados humanos. Por lo tanto podían jugar con ellos, molerlos a golpes o despedazarlos a latigazos. Los soldados aprovechaban esta situación para satisfacer sus conductas sádicas, pues no había algún control. A algunos los colgaban boca abajo, les estiraban las manos, les arrancaban la barba o los puyaban en las partes más delicadas. “Comprendemos que Cicerón dijera que la crucifixión es la pena más terrible y que Josefo la califique de la más despreciada de todas las maneras de morir. Era una muerte propia de esclavos”[5]. Los verdugos debían quedarse en guardia para asegurarse de que los condenados murieran. Si no morían pronto les quebraban los huesos para que descolgados murieran más rápido. Una vez muertos, vigilaban para impedir que sus familiares o amigos se llevaran los cuerpos y los sepultaran, pues los cuerpos colgados de la cruz eran como un trofeo de triunfo del imperio sobre la rebelión, y servían de escarmiento para que todo el pueblo tuviera miedo de hacer oposición a Roma. Los curiosos solían ir para ver morir a los condenados y algunas veces para burlarse de ellos o insultarlos. También algunas mujeres, que suelen ser más sensibles al dolor, iban a consolarlos aunque debían permanecer lejos. Los relatos de la pasión nos dicen que algunas mujeres estuvieron presentes en la crucifixión y muerte (Mc 15,40.47). María Magdalena tenía una importancia especial ya que es mencionada de primera en todos los relatos. Es muy posible que ningún varón de los discípulos, haya estado presente en la muerte. Aunque la tradición relacionó al discípulo amado con Juan el Apóstol, hoy esa relación está en discusión. El discípulo amado sería más un seudónimo que representaba a la comunidad que se sentía amada por Dios y quería seguir al Señor hasta las últimas consecuencias. Aquí las mujeres dieron mejor testimonio: “Si los hombres no tuvieron valor para acompañar a Jesús en su camino más penoso, las discípulas dieron buena cuenta de sí en aquella hora. Aunque quizás no pudieron verlo todo sino desde lejos, su condición de testigos fue verdaderamente única e irremplazable”[6]. No podemos saber si Jesús dijo algunas palabras en sus últimos momentos de vida, pues cada evangelista le puso su toque particular, según el mensaje que quería dar a sus comunidades. Marcos y Mateo (Mc 15,34 Mt 27,46) presentan el clamor de abandono lanzado por Jesús que se encuentra en el salmo 22 (21) y Lucas resalta la oración de Jesús por sus verdugos (Lc 23,34.36). En Juan es particular la expresión real, histórica y simbólica de la sed y la entrega tanto de su madre a la comunidad del discípulo amado, como de la obra cumplida al Padre(Jn 19,28.30). Finalmente, “Jesús muere en la cruz acosado por sus enemigos, abandonado por sus discípulos; todo ello como resultado de lo que hizo en vida, todo ello como resultado de su oposición radical a quienes acaban venciéndole en la cruz. No aparece ningún sentido místico expiatorio: lo que le ocurrió en la muerte fue la consecuencia de lo que actuó en vida: el anuncio y la realización del Reino de Dios entre los hombres, a lo que se oponían los representantes del poder religioso, del poder social y del poder político, como plasmación visible del príncipe de este mundo”[7]. El proceso llegó a su fin como dice el credo: crucificado, muerto y sepultado en tiempo de Poncio Pilato. Todo lo cumplió. Kazantzakis concluye afirmando: “… sacudió la cabeza y de pronto recordó dónde se encontraba, quién era y porqué sufría. Apodérose de él una alegría salvaje e indomable. No, no, no era un cobarde, desertor ni traidor. No; estaba clavado en la cruz, había sido leal hasta el fin y había cumplido la palabra empeñada… sus discípulos estaban vivos y sanos; habían emprendido los caminos de la tierra y del mar y anunciaban la Buena Nueva. ¡Alabado sea Dios!, todo ha ocurrido como debía ocurrir! Lanza un grito triunfal: ¡TODO ESTÁ CONSUMADO! Y era como si dijera: Todo comienza”[8]. No podemos afirmar con absoluta certeza, cual fue la causa médica de su muerte. Había durado muchas horas sin comer ni beber. En el momento de la crucifixión debió estar muy débil y deshidratado, pero no podríamos afirmar que su muerte haya sido por inanición. Normalmente los condenados a muerte en la cruz, morían por hipoxia, o sea, falta de oxígeno. El hambre y la deshidratación, los politraumatismos causados por el castigo de la flagelación y, finalmente, el largo tiempo que duraban con los brazos extendidos y clavados en la cruz, no les permitía respirar bien. Por último les quebraban las piernas para que se descolgaran y asegurar su muerte por asfixia. El evangelio de Juan (Jn 19,33-37) niega la posibilidad de que a Jesús le hayan quebrado las piernas. Pero esta puede ser una narración intencionada, ya que los evangelistas buscaban sustentación en el Antiguo Testamento para darle más credibilidad a sus escritos. En este caso, para hacerlo coincidir con el salmo 34,21: “Él cuida con afán de todos tus huesos, no le será quebrado ni uno de ellos”. Que le hayan o no quebrado las piernas no es realmente algún problema para la fe. Aunque una de las preocupaciones de los evangelistas fue hacer coincidir a Jesús con las profecías del Antiguo Testamento, este hecho no le habría quitado alguna validez al mesianismo de Jesús. Es posible que sí le hubieran quebrado las piernas; era lo normal. Según la narración de Juan no le quebraron las piernas sino que le atravesaron su costado con una lanza, desde el cual brotó sangre y agua. El evangelista quería hacer coincidir su relato con la profecía de Zacarías 12,10b: “Llorarán a aquel que ha sido traspasado, como se siente la muerte de un hijo único, y lo echarán de menos como se lamenta el fallecimiento del primer hijo”. Además la sangre y el agua para la comunidad cristiana, significan el nuevo nacimiento en el agua y en el Espíritu. Los nacidos en el agua y en el espíritu eran los que reconocían a Jesús como Mesías y se incorporaban a una comunidad cristiana por medio del bautismo. En cuanto a la sepultura hay muchos cuestionamientos, pues había muy pocas posibilidades jurídicas para dar sepultura a un crucificado tal como lo cuentan los evangelistas. Según las costumbres romanas “no estaba permitido dar sepultura a los cadáveres de los crucificados, sino que había que dejarlos que se pudrieran en la cruz, que los devoraran las aves de rapiña, o que finalmente se arrojaran, por ejemplo, a las aguas de un río”[9]. Aunque esa ley romana, era muy difícil para los judíos pues contradecía su propia Ley: “Si un hombre que ha sido culpable de algún delito que merece la muerte, ha sido ajusticiado y colgado de un árbol, su cuerpo no pasará la noche colgado, sino que lo enterrarás en el mismo día, porque un colgado es maldición de Dios. Así no hará impura la tierra que Yahvé, tu Dios, te da por herencia” (Dt 21,22-23). Por eso a pesar de las prohibiciones, los judíos buscaban la forma de enterrar a los muertos. Al respecto dice Flavio Josefo: “Los judíos se preocupan tanto de enterrar a los muertos, que hasta los cadáveres de los que han sido condenados a morir en la cruz se bajan de la cruz antes de la puesta del sol y reciben sepultura”[10]. Por tal motivo, es posible que a Jesús no lo hubieran dejado en la cruz para que se pudriera o lo devoraran las aves de rapiña y menos que lo hayan lanzado a algún río. Además, porque era la víspera de la pascua, lo más posible es que lo hayan sepultado de manera rápida y sigilosa en alguna fosa común. Dónde y cómo exactamente no lo sabemos. Últimamente han resultado muchas especulaciones, más por ánimos taquilleros y monetarios que con un deseo sincero de esclarecer la tumba de Jesús. Según los evangelios de Mateo, Lucas y Juan, lo hizo José de Arimatea, (Mt 27,57; Jn 19,38; 23,50s) un consejero distinguido. Lucas dice además que José de Arimatea era miembro del Sinedrio (Lc 23,50). Para Marcos, el evangelio más antiguo del cual podemos confiarnos más en estos casos históricos, la sepultura de Jesús se hizo con mucha sencillez. No tuvieron recursos ni tiempo para hacerlo con la pompa que exigía el glamour de los judíos. Su sepultura se debió hacer sin muchos ritos, tal vez sin lavarlo. Mateo y Lucas le añaden algunos relatos para compensar lo deshonrosa que fue su muerte. El texto de la unción de Betania (Mc 14,3-9; Mt 26,6-13) puede confirmar esta hipótesis. El texto de la unción de Betania está dentro de los relatos de la pasión: “al derramar ella este perfume sobre mi cuerpo, en vista de mi sepultura lo ha hecho”. Jesús habría sido sepultado sin que su cuerpo se embalsamara según las costumbres judías, cosa que era consideraba una ignominia. Los judíos en sus controversias con los cristianos debieron reprochar el hecho de que el Mesías hubiera sido sepultado de una manera ignominiosa, y es el relato de la unción de Betania la respuesta a tales críticas. De esta manera la unción fúnebre ritual se habría realizado de antemano en la cena de Betania. La respuesta de Jesús ante el asedio de los presentes a la mujer, tuvo en cuenta una distinción clásica en los medios rabínicos, con el título general de “buenas obras”, que abarcaba diversas categorías de actos buenos y hechos en favor del prójimo: limosnas y obras de beneficencia, entre las que se encontraba embalsamar a los muertos…[1] BOFF Leonardo, Textos selectos, Bogotá 1992? 92. [2] THEISSEN Gerd, La sombra del Galileo, Salamanca 1988. 236. Vemos claramente que la cuestión no es buscar que la torta se voltee. Cuando los judíos fueron poderosos, en tiempos de David o de los asmoneos, también se comportaron de manera opresora con sus vecinos y los esclavizaron.
[3] Flavio Josefo describe la flagelación de Jesús hijo de Ananás: “fue desgarrada su carne por los latigazos hasta que aparecieron los huesos” (GNILKA Joachim, Jesús de Nazareth. Barcelona, 1.993. 376). [4] GNILKA Joachim, Op. Cit. 349. [5] IBID. 380. [6] IBID. 382. [7] Ellacuría Ignacio, Por qué muere Jesús y por qué le matan, En RELAT 125, p. 7 www.servicioskoinonia.org [8] KAZANTZAKIS Nikos, La última tentación de Cristo. Debate S.A. Madrid 1997, 555-556. [9] GNILKA Joachim, Op. Cit. 382. [10] Flavio Josefo En: GNILKA Joachim, Op. Cit. 383.
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Fecha de la Última actualización: 01/04/2007 02:30:19 p.m. | |
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