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Ciclo C

Semana Santa

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

1 de abril de 2007

Autor:  Neptalí Díaz Villán CSsR.                                                                                                     Fuente: www.scalando.com 

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-          Procesión: Lc 19,28-40

-          1ra lect.: Is 50,4-7

-          Sal 21

-          2da lect.: Flp 2,6-11

-          Evangelio: Lc 22,14-23-56

La grandeza de Jesús

Cuando los monarcas de la antigüedad hacían sus campañas expansionistas y lograban dominar una ciudad con la fuerza de su poderoso ejército, podían entrar triunfantes a tomar posesión. En este acto solemne, no podía faltar una gran calle de honor con sus respectivos trompetistas para rendirle homenaje a la grandeza del nuevo monarca, quien entraba caminando sobre una imponente alfombra roja que simbolizaba el poder. Mientras caminaba el distinguido personaje, caían sobre su humanidad divinizada, miles de pétalos de flores, lanzadas muy sensualmente por hermosas doncellas, todas ellas dispuestas a satisfacer las apetencias del nuevo señor. (Aunque algunos monarcas preferían amanecer en los brazos de un cuerpo peludo y fornido).

 

Hoy celebramos la entrada de Jesús a Jerusalén para la celebración de la pascua. Fiesta popularmente conocida como el Domingo de Ramos o entrada triunfal de Jesús a la Ciudad Santa. Aunque más que una entrada triunfal fue una entrada profética y una manifestación pacífica, que brotó de los ánimos de los creyentes que reafirmaron su fe en el Dios que salva, y le dieron a Jesús un voto de confianza, pues descubrían en él a un ungido por Dios, a diferencia de la jauría de mastines que gobernaba la ciudad, que de santa no tenía nada.

 

A diferencia de los grandes monarcas que doblegaban a los pueblos y entraban triunfantes a tomar posesión de las ciudades, Jesús no doblegó a nadie. Su entrada no fue triunfal; fue una manifestación profética. Su grandeza no se demostró en los imponentes vestidos que no vistió, ni en las trompetas que no lo acompañaron en su entrada a Jerusalén. Su dignidad no se demostró en el poderoso caballo que no montó, ni en las lujosas alfombras que no cubrieron el piso porque sencillamente no existieron para él. Su nobleza no fue ratificada por la lluvia de flores aromáticas que no lanzaron las sensuales doncellas que no estuvieron presentes en su entrada, por los coros que no cantaron y menos por el poderoso ejército que nunca formó para tomarse el poder que nunca quiso, porque él vino no para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate de muchos (Mc 10,42-45; Mt 20,25-28; Lc 22,25-27).

 

La dignidad de Jesús estuvo en sí mismo, en su grandeza y calidad humana, y en la profunda y muy peculiar experiencia de Dios, su Padre.  Su más grande legado fue Él mismo y su manera de vivir ante Dios y ante los demás seres humanos. Como dijo Guirarde Giulo: “Entonces a quien nos pregunte lo que Cristo ha dado de nuevo a nuestra vida, no tenemos finalmente sino una respuesta: Cristo. Su aporte más verdadero y más transformador no es lo que ha dado sino lo que Él es, con el Padre y con el Espíritu Santo. Su novedad no está en los dones que ofrece sino en el amor por el cual Él se ha entregado”[1].

 

Por esa misma línea, Pablo, en su carta a los filipenses (Fil 2,1-11) invitó a dicha comunidad a vivir en el amor, a no hacer nada por rivalidad ni por vanagloria, sino a practicar la humildad y a apreciar los valores de los demás, aún más que los propios. A evitar los intereses mezquinos y a buscar el bien común, impulsados por los mismos sentimientos que tuvo Cristo, cuya grandeza consistió en lo que él llamó el anonadamiento, es decir, en el abajamiento: “Siendo de condición divina, no se aferró a su igualdad con Dios; al contrario, se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo. Hombre igual a todos y con las apariencias de un hombre cualquiera, se humilló haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.  

 

Su grandeza estuvo en la humildad con la que siempre vivió y en la forma como permitió que por medio de su Palabra y de su obra, Dios manifestara su amor misericordioso a toda la humanidad. Cuando habló no lo hizo para ser alabado, ni para imponer su sabiduría, sino que para iluminar el camino de las personas. En su vida no encontramos actitudes mezquinas, egoístas ni altaneras, y jamás se le ocurrió buscar los primeros puestos, ni su acomodo desconociendo el bien común.

 

No dio fórmulas mágicas ni consejos  a granel, sin bajarse de su estrado y sin conocer la realidad de cada persona, como hacen algunos consejeros espirituales, más con un afán de protagonismo que con un deseo sincero para que las otras persona encuentren su propio camino de realización. No vio la miseria humana desde la ventanilla de un carruaje que nunca tuvo. Vivió como uno de tantos, como un hombre cualquiera, con una gran diferencia: lo hizo todo con la grandeza de quien sabe amar de verdad, hasta dar su vida por la causa de una humanidad nueva, libre, justa y feliz.

 

Sin duda podemos aplicarle el cántico del Siervo de Yahvé que nos presenta el profeta Isaías (1ra lect). Él estuvo siempre atento a la voz de Dios manifestada por medio del pueblo necesitado. No le dio la espalda a las injusticias ni al dolor humano para evitar problemas, sino que les puso el rostro y enfrentó la situación con decisión, pero sin violencia. Le metió el hombro al trabajo por el Reino y ofreció siempre una voz de aliento al abatido, aunque pusiera en riesgo sus propias seguridades personales.

 

Ese trabajo comprometido tuvo un desenlace violento porque la baja humanidad actúa siempre de manera cruel y sin piedad, con quien se atreve a superarla y construir algo mejor. Su trabajo comprometido lo hizo sudar gotas de sangre como lo afirma Lucas en la Pasión que leemos este año. Lo llevó a asumir la cruz, no porque la buscara sino porque era una consecuencia lógica de su compromiso con la vida y un camino necesario para llegar a la victoria final.

 

Despojémonos de nuestras capas y de todo lo que nos ofrece falsas seguridades. Abramos un ancho espacio para que el hombre profeta de Nazareth, entre en nuestra vida. Caminemos tras él y asumamos como propios su causa y su compromiso por la vida.


[1] GUIRARDE Giulo, La identidad cristiana. Verbo Divino. 1976.


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