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para ver las lecturas de hoy:
18
50,4-9a: “Pasión” del siervo del Señor.
Mt
26,14-25: ¡Ay del traidor!
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EL AMOR NO ES AMADO
1. La sombra del traidor.
La primera lectura forma parte del tercer canto del siervo. En ella
expresa éste su confianza en el Señor en medio de enormes sufrimientos,
fruto de su fidelidad y de su empeño por la justicia, como le sucedió,
por ejemplo, al profeta Jeremías. Se describe por adelantado la pasión
del Mesías Jesús: “Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, la mejilla
a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos”.
Son las penalidades del justo perseguido, como recuerda el salmo
responsorial en un clima de súplica y confianza en Dios: “Soy un extraño
para mis hermanos... En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron
vinagre... Pero el Señor escucha a sus pobres” (Sal 68).
En la escena evangélica de hoy, y a medida que nos
aproximamos a la pasión de Jesús, va cobrando relieve la siniestra
figura del hombre que será útil a los planes homicidas de los judíos. Es
Judas Iscariote. Todo sucede en un clima de amistad traicionada y en el
contexto de la cena pascual de Jesús con sus discípulos, es decir, en la
primera eucaristía de la historia.
Las autoridades judías, después de decidir la muerte de
Jesús, dieron orden de que el que conociera su paradero les informara.
Pues bien, Judas se presta a ello y junto con los sumos sacerdotes tasa
la vida de Jesús en 30 monedas de plata. El precio de un esclavo (Éx
21,32). Su incontrolada avaricia aboca a Judas a un final deplorable.
Durante la cena Jesús desenmascara las secretas intenciones del traidor,
porque él, como señor de la vida y de la muerte, es quien dispone de su
propia “hora”. Pero todavía ensaya una última oferta de amistad para la
conversión de Judas. Consternados los discípulos por el anuncio del
maestro: “Uno de ustedes me va a entregar”, preguntan uno tras otro:
“¿Soy yo acaso, Señor?” También Judas hizo la misma pregunta; y la
respuesta de Jesús fue afirmativa, intentando hasta el último minuto
recuperar al discípulo extraviado. Pero él no dio marcha atrás.
A continuación el pan y el vino, signo ya del amor
creador de Dios y de la vida que de él mana a través de Cristo, pasan de
mano en mano, significando el propósito de Jesús de compartir con los
suyos, y éstos entre sí, la vida que él vive con Dios Padre. Pues eso
significa comulgar eucarísticamente: integración del hombre pecador en
la vida de Dios mediante el cuerpo y la sangre inmolados de Cristo; pero
no en solitario, sino en comunión con los hermanos. De esta “comunión”
fue de la que se autoexcluyó Judas por su cuenta, participara
físicamente o no de la eucaristía.
2. “El Amor no es amado”.
El hecho de la traición de Judas es siempre impresionante, como lo debió
ser especialmente para sus compañeros, los apóstoles, por realizarse
precisamente en el círculo más íntimo y próximo al Señor. Ejemplo
escalofriante que nos revela la profundidad del corazón humano, capaz de
lo más noble: el amor y la amistad; y también de lo más vil: el odio y
la traición. Todo ello fruto de la libertad del hombre, que Dios respeta
escrupulosamente.
Si Dios acepta al hombre y a la mujer tal como son y
confía en ellos, incluso en un traidor como hizo Cristo, debemos
aprender nosotros la lección: aceptar como hermano a todo hombre y
mujer, por viles que nos parezcan. La regeneración siempre es posible,
porque la gracia de Dios es más fuerte que la miseria humana.
No somos nosotros quién para juzgar al traidor Judas, si
bien Jesús hizo una observación terrible sobre él después de haberle
ofrecido la última oportunidad: Más le valdría a tal hombre no haber
nacido. Su caso debe hacernos reflexionar, porque en el fondo de nuestro
corazón anida un posible santo o un posible traidor, La historia se
repite aquí también. Hay incondicionales de Cristo y hay también falsos
amigos, sin contar, obviamente, los enemigos declarados.
Este miércoles santo nos invita a la revisión de vida
personal i comunitaria sobre nuestra respuesta a un amor inmenso que nos
ha precedido, el de Dios, visible en Cristo. Un careo personal con el
crucifijo nos será hoy más que provechoso. Los santos vivieron tan
intensamente la hondura de este amor, que se abismaban en él. Un san
Alfonso de Ligorio, por ejemplo, no sale de su asombro en las
reflexiones de su libro La práctica del amor a Jesucristo. Y un
san Francisco de Asís recorría montes y soledades repitiendo como fuera
de sí: “El Amor no es amado; el Amor no es amado”.
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Exhortación final: |
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Te glorificamos,
Padre, porque en su pasión Cristo
inauguró un mundo
nuevo, cuyo signo es su sangre vertida;
éste es el vino nuevo
del banquete del reino de Dios.
Jesús no hizo alarde
de su categoría divina
ni exigió su derecho a
ser tratado como lo que era,
sino que adoptó la
condición de servidor de todos,
hasta someterse a la
muerte, y una muerte de cruz.
Por todo ello, Padre,
glorificaste a tu Hijo
resucitándolo del
sepulcro y dándole el nombre más sublime;
de suerte que toda
rodilla se doble ante él,
y toda lengua proclame
en todas partes:
¡Jesucristo es Señor!,
para g1oria de Dios Padre.
(Tomado de B.
Caballero: La Palabra cada día, San Pablo, España, 1995,
p. 16)
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