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Haz para
para ver las lecturas de hoy:
Is
49,1-6: Te hago luz de las naciones.
Jn
13,21-33.36-38: Anuncio de la traición.
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UN AMOR TRAICIONADO
l. En los preliminares de la pascua. La primera lectura de este martes
santo se toma del segundo canto del siervo del Señor. En él se expone la
misión que el siervo ha recibido de Dios ya desde el seno materno:
proclamar la palabra del Señor, reunir a los supervivientes de Israel y
ser luz de las naciones para que la salvación de Dios alcance hasta el
último confín de la tierra. Tarea de salvación universal que Cristo
realizará en plenitud.
El pasaje evangélico de hoy, con el anuncio de la
traición de Judas y de la futura negación de Pedro, se sitúa en los
preliminares de la celebración de la cena pascual. Jesús está reunido
con sus discípulos. Acabado el lavatorio de los pies, y no sin
estremecimiento, pasa a anunciarles la traición de uno de ellos. La
perplejidad invade al grupo. El discípulo amado, Juan, por indicación
de Pedro, pregunta al maestro quién es. “Aquel a quien yo dé este trozo
de pan untado. Y untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el
Iscariote. Detrás del pan entró en él Satanás”.
Aquel ofrecimiento del pan hecho por Jesús a Judas no dejaba de ser un
signo de distinción, como invitándole a rectificar sus planes homicidas
y rehacer una amistad rota por su ambición y resentimiento. Todo fue
inútil. Judas rechazó definitivamente el amor de Jesús. Entonces, Cristo
le dijo: “Lo que has de hacer, hazlo enseguida”.
Cuando salió Judas de la sala era
de noche, anota el evangelista con intención simbólica. El traidor es un
ejemplo de las tinieblas sobre las que ha brillado la luz en vano, según
dice el prólogo de san Juan. Judas es el que ama las tinieblas más que
la luz, porque sus obras eran malas. Ha llegado la noche predicha por
Jesús (Jn 9,4), la del poder de las tinieblas (Lc 22,53). Pero la larga
noche que entonces se abatió sobre la tierra tendrá su aurora en el
primer día de la semana, en la mañana de la resurrección.
2.
La cruz y la gloria. Cuando Judas marchó,
añadió Jesús: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es
glorificado en él”. El evangelista Juan se refiere siempre a la muerte
de Jesús en términos de glorificación: hasta veintitrés veces en su
evangelio, por nueve en Lucas y Mateo y una solamente en Marcos. La
muerte de Cristo encierra ya su gloriosa resurrección; por eso revierte
también en gloria del Padre.
La teología de la cruz y de la gloria van unidas, como
expone el apóstol Pablo en su himno cristológico de la carta a los
Filipenses y que se ha leído el pasado domingo de Ramos: “Cristo, a
pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al
contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se
rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por
eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el
‘nombre-sobre-todo-nombre’; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla
se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo; y toda lengua
proclame: 'Jesucristo es Señor’, para la gloria de Dios Padre” (2,6-11).
Los
apóstoles no entendieron del todo a qué se refería Jesús con su
glorificación, pero algo sobrecogedor sospechaban cuando Pedro le
pregunta: “Señor, ¿a dónde vas?... Daré mi vida por ti. Jesús le
contestó: ¿Conque darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el
gallo antes que me hayas negado tres veces”. Los discípulos no pueden
seguir a Jesús en su camino hacia la muerte; no están preparados
todavía. El silencio se espesa. Cristo puede ya comenzar su discurso de
despedida.
3.
Un amor traicionado y negado. Dos hombres que
fallan: Judas y Pedro. Pero su pecado tiene origen diverso: en uno es la
avaricia que odia, en otro la debilidad que ama. Y su final es muy
distinto: Judas desespera, Pedro se arrepiente. Naturalmente, el que
amaba conocía a Jesús mejor que el que odiaba.
Ni el
plan traidor de Judas ni la generosidad impetuosa y fallida de Pedro
influirán en el designio que está ya marcado por el Padre y aceptado por
Jesús. Él había dicho: “Por eso me ama mi Padre: porque yo entrego mi
vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego
libremente” (Jn 10,17). Y en la cena comentó: “Nadie tiene amor más
grande que el que da la vida por sus amigos” (15,13). Ésa es la misión
de Jesús y del cristiano: amor que da vida a los demás.
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Exhortación final: |
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Hoy te alabamos, Padre, y acatamos tus
designios
porque se acerca la hora final de Cristo en su
pasión,
la hora del cáliz en Getsernaní, la gloria de
su cruz.
Se echa encima la noche tenebrosa de la
traición.
Jesús se entrega; el amor es traicionado y
negado.
Concédenos, Señor,
responder a tu amor fielmente,
a pesar de nuestra
innata y manifiesta debilidad
Queremos demostrar con
nuestra vida que el amor es amado,
porque si grande es
nuestro pecado, mayor es tu bondad
Haz brillar pronto
sobre nosotros el día de tu gloria,
la pascua esplendorosa
de la nueva alianza en Cristo. Amén.
(Tomado de B.
Caballero: La Palabra cada día, San Pablo, España, 1995,
p. 162)
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