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Haz para
para ver las lecturas de hoy:
Is
49,1-6: Te hago luz de las naciones.
Jn
13,21-33.36-38: Anuncio de la traición.
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Is
42,1-7: El Siervo del Señor es manso, pero tenaz.
Jn
12,1-11: Vnción de Jesús en Betania.
FRAGANCIA QUE ANTICIPA LA PASCUA
1. El
siervo del Señor. La primera lectura de hoy
se toma del primero de los cuatro cantos o poemas del siervo del Señor
según el Segundo Isaías. Durante estos tres primeros días de la semana
santa, como introducción al misterio de pascua, leeremos pasajes de los
tres primeros cánticos del siervo. Esta misteriosa figura es tanto un
individuo como el pueblo de Israel que él representa. En la tradición
eclesial estos poemas del siervo han sido leídos con sentido mesiánico y
cristo-lógico.
En el
primer canto, que hoy leemos, el profeta describe al siervo como
compasivo y manso, que no grita ni quiebra la caña cascada, pero que
promueve tenazmente la justicia y la liberación de los oprimidos. Cristo
es este servidor que Dios ha ungido con su Espíritu y hecho alianza de
su pueblo, la Iglesia. Él será la luz de las naciones, abrirá los ojos a
los ciegos y sacará de la prisión a los cautivos y de la mazmorra a los
que vivían en tinieblas.
2. La
unción de Jesús en Betania. La página
evangélica refleja un momento de descanso de Jesús en casa de una
familia a la que él quería mucho. Son sus amigos los hermanos Lázaro – a
quien había resucitado –, Marta y María. Esta amistad sincera es un
alivio para Jesús en medio del odio de sus enemigos. Si bien los
adversarios no desisten en su empeño, y puesto que la resurrección de
Lázaro era un hecho que hablaba por sí solo del poder divino de Cristo,
“decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa,
se les iban y creían en Jesús”.
Faltaban
seis días para la pascua. Mientras estaban cenando, “María tomó una
libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los
pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la
fragancia del perfume”. Tal gesto es criticado por Judas Iscariote,
alegando hipócritamente que el dinero que valía el perfume podría
haberse dado a los pobres. Su valor calculado, trescientos denarios,
venia a ser el salario anual de un trabajador. Realmente un despilfarro,
según Judas. Pero no es que le importaran mucho los pobres, advierte el
evangelista; si lo dijo fue “porque era un ladrón, y como tenía la bolsa
llevaba lo que iban echando”.
Jesús hizo caso omiso de la crítica y, saliendo en defensa de María,
concluyó: “Déjala: lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque
a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mi no siempre me
tendrán”.
3. La
fragancia de la pascua. Al narrar este mismo
episodio – en sentir de los biblistas – el evangelista Marcos es más
explícito y pone en boca de Jesús, al justificar el derroche de la
unción, estas palabras: “Se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la
sepultura. Se aseguro que en cualquier parte del mundo donde se proclame
el evangelio se recordará lo que ésta ha hecho” (14,8s). Jesús
comprendió el detalle afectuoso y su significado más profundo como
anuncio de su próxima muerte, sepultura y resurrección. El aroma que
llena la casa adelanta ya la fragancia del amanecer del domingo de
pascua.
Hasta
aquí el plan de los guías religiosos de Israel, orientado a dar muerte a
Jesús, se había estrellado contra el plan divino y el señorío de Cristo
sobre su propio destino final. Pero a partir de ahora ambos planes van a
coincidir, porque Jesús quiere. Él sabe lo que le espera. Se va de este
mundo y vuelve al Padre cuando y porque él lo ha determinado, al aceptar
amorosamente el plan del Padre para la salvación del hombre sumido en el
pecado.
Como
Cristo, también nosotros fuimos ungidos en el bautismo, que nos
incorporó a su muerte y resurrección. La pascua se acerca, y en la
vigilia pascual renovaremos nuestra fe y promesas bautismales, pues en
la fe del bautismo radica lo más nuclear de nuestra identidad cristiana.
Ahí está el punto de partida y el comienzo de toda nuestra existencia de
creyentes.
En el
bautismo fuimos sumergidos y sepultados con Cristo para morir al pecado,
y también con él renacimos a la vida nueva de Dios, como hijos suyos,
miembros de Cristo y de la Iglesia y hermanos de todos los hombres. La
renovada fragancia pascual del bautismo debe llenar toda nuestra vida.
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Exhortación final: |
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Hoy te bendecimos,
Padre, por muchos motivos;
Porque Cristo es tu
servidor fiel y compasivo,
que no vino a quebrar
la caña cascada ni a apagar
la mecha que todavía
humea, sino a liberar al oprimido;
porque él es el grano
de trigo que muere en el surco
en siembra fecunda que
da mucho fruto para ti;
porque él estableció
tu Reino no por la fuerza,
sino por la
humillación, la afrenta y la cruz.
Todo ello anticipa la
primavera de la pascua
y nos evoca la
fragancia pascual de nuestro bautismo,
Por todo esto y mucho
más, ¡gracias, Señor!
(Tomado de B.
Caballero: La Palabra cada día, San Pablo, España, 1995,
p. 160)
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