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En Camino Homilía para el Domingo |
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La cincuentena Pascual VII Domingo: Ascensión del Señor |
20 de mayo de 2007 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Ascensión[1] El Evangelio de Lucas y los Hechos de los apóstoles son una sola obra dedicada a un tal Teófilo, que significa amado o amigo de Dios. A los ilustres Teófilos de ayer y de hoy fue dedicada la obra Lucana (Evangelio y Hechos), o sea a quienes experimentan el amor de Dios; a todos nosotros si seguimos a Jesús, somos sus amigos y experimentamos el amor del Padre que se reveló de manera especial en la vida, muerte y resurrección del hombre de Nazaret. Resurrección y ascensión son un mismo acontecimiento que Lucas separó pedagógicamente, para dar una enseñanza a la comunidad. Según el relato lucano hay un espacio de cuarenta días entre la resurrección y la ascensión. El número cuarenta hace referencia simbólica a los cuarenta años que pasó el pueblo de Israel en el desierto, camino a la tierra prometida. Cuarenta es el tiempo necesario para que una comunidad cristiana realice un proceso de consolidación del proyecto de Jesús, con el cual construya y/o reconstruya su historia con la fuerza de Dios. Una historia que no termina con la muerte, sino que se abr a la trascendencia y se prolonga por los siglos de los siglos. Sobre este tema existen todavía dos tendencias reduccionistas. La primera limita al ser humano sólo al más allá del cielo, y descuida esta vida que es la única que tenemos entre manos. La segunda niega la trascendencia y se dedica exclusivamente al más acá, porque según esta visión, con su muerte el ser humano sucumbe totalmente como ser individual. Esta última postura es promulgada por el ateismo en sus distintas “presentaciones”. La primera tendencia se ha convertido en una falla histórica de la Iglesia Católica, sobre todo después del constantinismo[2]. Durante mucho tiempo la “evangelización” se limitó a conquistar almas para el cielo. Los sacramentos, las predicciones, los ejercicios espirituales, las canciones, las publicaciones, ¡todo!, se hacía con el fin de salvar almas del infierno y conducirlas al cielo. Por esa misma razón, a los presbíteros se les empezó a llamar curas, porque su labor era curar almas y salvarlas para la otra vida. Por ese mismo motivo la gran mayoría de las intenciones de las eucaristías son por los difuntos. Un gran número de oraciones del Misal Romano hacen un énfasis casi obsesivo en la vida eterna. Durante muchos años, la Iglesia se dedicó a orar por los muertos y descuidó a los vivos. Y como la Iglesia fue la institución con más influencia ideológica y política, durante muchos años países católicos como Italia y España, fueron los más atrasados de toda Europa. Esa misma influencia la recibimos los países Latinoamericanos. Los resultados los tenemos a la vista. Los cuarenta días de Jesús con sus discípulos antes de la ascensión y los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto, camino a la tierra prometida, son una figura que invita a caminar con fe y a hacer algo bueno por la vida. A trabajar por una humanidad digna, justa, libre e incluyente; en otras palabras: a construir la historia. El reclamo de los personajes fue muy claro: “Galileos, ¿qué hacen ahí parados mirando para el cielo?” Si también nosotros hemos reducido nuestra vida cristiana a pensar únicamente en el más allá y a orar sólo por los muertos, hoy este reclamo nos cae perfectamente. ¿Qué hacemos parados mirando al cielo? ¿Qué hemos hecho por nuestro pueblo? o, como le preguntó Dios a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Tendremos nosotros también el descaro de responder como él: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” ¡Claro que para el cristiano no todo es historia, trabajo, lucha, estructuras y demás realidades humanas! Nosotros también guardamos la esperanza de una vida más allá de la muerte y más allá de la historia humana, como continuidad de ésta que empezamos a construir desde ahora. La vida cristiana no es ni sólo más allá, ni sólo más acá. El cristiano piensa en un cielo que hay que construir desde aquí, desde ahora y cada día, mediante el amor, el trabajo y el servicio a los demás; cielo que se abre a la plenitud de los tiempos con la gracia y el poder de Dios y de su Cristo resucitado, vencedor de la muerte. Con la gracia y el poder de Dios y de su Cristo estamos invitados a construir la historia y a abrirnos a la trascendencia. La victoria de Jesucristo es garantía de vida; su gracia en medio de nosotros es fuerza para luchar. Él mismo es camino verdad, vida y plenitud. “Vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que se había sembrado débil y corruptible se vestirá de incorrupción (Cfr. 1Cor 15,42 y 53); y permaneciendo la caridad y sus frutos (Cfr. 1Cor 13,8; 3,14), toda la creación, que Dios hizo por el hombre, se verá libre de la esclavitud de la vanidad (Cfr. Rom 8, 19-21). Aunque se nos amonesta que de nada sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo (Cfr. Lc 9,25), sin embargo, la esperanza de la tierra nueva no debe debilitar, al contrario, debe excitar la solicitud por explorar esta tierra, en la que crece el cuerpo de la nueva humanidad, que ya presenta las esbozadas líneas de lo que será el siglo futuro”[3] [1] Para mayor amplitud sobre el tema se pueden ver las reflexiones de los demás ciclos litúrgicos sobre la ascensión del Señor. [2] Se conoce como constantinismo al fenómeno histórico dado a partir de Constantino y sus seguidores, quienes organizaron y utilizaron la Iglesia para sus intereses, con el beneplácito de gran parte de sus líderes. [3] CONCILIO VATICANO II, Constitución Gaudium Et Spes. No. 39
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