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En Camino Homilía para el Domingo |
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La cincuentena Pascual IV Domingo |
29 de abril de 2007 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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El anuncio del evangelio fue dirigido primero a los judíos, tanto a los de Palestina como a los de la diáspora, o sea judíos que vivían fuera de su tierra, en algún lugar del imperio romano. Los primero cristianos fueron judíos. Los judíos tenían la costumbre, y aún la tienen aunque con menos fuerza, de formar guetos en los pueblos extranjeros a donde se mudaban. Eran conocidos los barrios judíos, lugares impenetrables para quienes no pertenecían a su raza.
Después de la persecución a los cristianos en Jerusalén, éstos se vieron obligados a salir por toda Judea y Samaría (Hch 4,1ss; 5,17s; 8,1). Luego las persecuciones se extendieron por toda Palestina y los cristianos tuvieron que salir de Israel y dispersarse en distintas partes del imperio romano. A las ciudades donde llegaban, se integraban con sus paisanos en los barrios judíos.
En las reuniones de los judíos tradicionales, los judeocristianos aprovechaban para anunciarles su experiencia de fe. Algunos abrazaron el camino de Jesús y otros lo rechazaron e incluso lo persiguieron. La primera lectura de hoy nos narra la evangelización en sinagoga de Antioquía de Pisidia, la acogida y la alegría que generó esta Buena Noticia para algunos, así como la envidia, el rechazo y la persecución por parte de otros.
Hay que reconocer que las mujeres jugaron un papel muy destacado en la vida del Jesús histórico, así como en el desarrollo de las primeras comunidades cristianas. Pero aquí encontramos a un grupo de señoras distinguidas y devotas, confabuladas con los principales de la ciudad, y en total oposición a la Buena Noticia de Jesús.
Se trataba de mujeres acomodadas que, como era costumbre en la antigüedad, se dedicaban al caluroso oficio de no hacer nada. Eran sanguijuelas que vivían a expensas de sus maridos adinerados o influyentes. Solían tener por lo menos tres esclavos a su servicio, muchos vestidos en el ropero y alhajas en su cuello y manos, para ocultar su poquedad humana. Estas distinguidas damas vieron en el Proyecto de Jesús un enemigo mortal y por eso lo persiguieron a muerte. Aliadas con los principales de la ciudad, expulsaron a los cristianos.
En medio de todas las incomodidades y el peligro inminente por las persecuciones, éstas nunca lograron extinguir el cristianismo. Por el contrario, cada creyente disperso se convertía en fundador de nuevas comunidades. Por algo San Alfonso de Luguori, cuando vivió momento críticos, escribió a los miembros de su naciente comunidad: “no temo las persecuciones, temo que las comunidades abandonen la observancia regular y se disipen, cayendo en la indisciplina y perdiendo la razón de ser”.
“No hay mal que por bien no venga”, decían nuestros viejos. Hechos incómodos y dolorosos como lo fueron las persecuciones, sirvieron como motor para que el evangelio se extendiera de manera asombrosa. El rechazo de algunos judíos habitantes de Antioquía de Pisidia, impulsó a los apóstoles a que rompieran ese gueto nacionalista y evangelizaran a los no judíos o gentiles, como les llamaban despectivamente. Luego, ante la fuerte persecución en esa ciudad, vieron la oportunidad de evangelizar Iconio y así lo hicieron.
La visión del libro del Apocalipsis, nos describe no un simple sueño nacionalista judío. Nos presenta la nueva realidad instaurada por el Cordero, por medio del cual fueron superadas todas las fronteras que los humanos construyeron para vivir separados y divididos. La propuesta del Apocalipsis es universal e incluyente. “… vi una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie, delante del trono y del Cordero”. (Ap 7,9)
Ésta es una visión del cielo[1]. Recordemos que para este libro, la historia no sólo se ve en el mundo aparente y empírico, sino tiene una dimensión profunda, oculta y trascendente. Cuando se habla de cielo no se refiere tanto a la otra vida después de la muerte, sino a la dimensión profunda y trascendente de nuestra historia que nos hace vivir esta vida de una manera diferente. (Los capítulos 21 y 22 hacen una descripción más detallada del cielo).
Los hechos del cielo pasaban desapercibidos para quienes vivían en la superficialidad y aprovechaban los privilegios que daba imperio, sin importar el sufrimiento de los oprimidos. El cielo no lo podían percibir quienes eran indiferentes al dolor de los esclavos empobrecidos y sólo pensaban en los placeres, asequibles únicamente para los “hombres libres”, los ciudadanos romanos.
El cristiano debía liberarse de toda la ideología imperial, renunciar a ese mundo de dominación y maltrato a la dignidad humana, y lavar sus túnicas en la sangre del Cordero. Unirse a la comunidad de los sumergidos (bautizados) en Cristo y vivir de manera diferente. El imperio proclamaba dichosos a quienes dominaban, oprimían y exprimían a los perdedores. Los cristianos decían que los perdedores tenían una dignidad que no merecían quienes aplastaban a los demás y se envenenaban a sí mismos con la copa de la victoria. Para el Apocalipsis unirse al imperio era mancharse, mientras que renunciar a él y unirse a los “perdedores” y a su utopía de un cielo nuevo y una tierra nueva, era revestirse con túnicas blancas y levantar las manos limpias, dignas y dispuestas para trabajar.
Vale la pena que en medio de nuestro mundo que le rinde culto a la eficiencia, a los placeres, al poder, y en general a los ganadores, asumamos una postura crítica y descubramos el otro lado de la historia. Preguntémonos si hacemos parte de los ciudadanos del cielo y vivimos comprometidos con la construcción de los cielos nuevos y la tierra nueva, o si caminamos como zombis por donde nos conduce esta sociedad egoísta, consumista y planetófaga.
El evangelio también fue escrito en un contexto de persecución. Casi siempre le pedimos al Señor que nos vaya bien en todo. Solemos decir: “Yo tengo fe en que Jesús me va a ayudar, y que todo va a salir bien.” Y eso está bien porque es un pensamiento positivo. Pero Jesús no nos garantiza que en todo nos va a ir bien. Él nos garantiza su presencia con nosotros y la victoria final sobre la muerte.
Vale la pena que hoy nos preguntemos si hacemos parte del rebaño de Jesús. Si tenemos a Jesús como nuestro pastor y a su vez, si asumimos nuestro trabajo como un pastoreo al estilo del único pastor. Veamos las características de las “ovejas” que hacen parte del rebaño de Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco. Ellas me siguen y yo les doy vida eterna. Nunca perecerán y nadie las arrebatará de mi mano.” (Jn 10,27-28)
1. Escuchar su voz 2. Dejarse conocer por Jesús 3. Seguir sus pasos 4. Experimentar la vida eterna que Él ofrece. 5. Hay algo asegurado para estas ovejas: nunca perecerán. 6. Fidelidad y seguridad en Él: “Nadie las arrebatará de mi mano”. ¿Hacemos parte de este rebaño?[1] RICHARD Pablo, Apocalipsis, reconstrucción de la esperanza. Quito, Tierra Nueva. Colección Biblia No 65. 2001. pp. 104-107
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Fecha de la Última actualización: 26/04/2007 01:28:57 p.m. | |
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