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En Camino Homilía para el Domingo |
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Tiempo Ordinario XXXIII Domingo |
18 de noviembre de 2007 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
“Nadie nació aprendido”, “quien no sabe es como quien no ve”, suelen decir nuestros viejos cuando alguien ignora algo. Ni el Logos de Dios nació aprendido. El evangelio de Lucas nos dice que el niño crecía en estatura, en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres (Lc 1,80.2,52). Durante su ministerio público, Jesús tuvo algunas variaciones. Por ejemplo, con respecto a los extranjeros los evangelistas lo presentan, en un principio, con una actitud cerrada, actitud muy propia de los judíos. Cuando envío a sus discípulos a misionar les dijo que no entraran a tierra de gentiles ni a poblaciones samaritanas, sino sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel (Mt 10,6). Luego, Él mismo cruzó la frontera y llegó al territorio de Tiro y Sidón, pero se negaba a atender a la hija de una sirofenicia, pues había sido enviado a atender a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Y con la insistencia de la mujer le respondió de una manera despectiva propia de los judíos ortodoxos: “No es justo tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros”. A raíz de la insistencia y de la profunda fe de esta mujer extranjera, él cambió de parecer y accedió a la petición de ella (Mt 15,21ss). Luego, los evangelistas lo presentan en territorio de samaritanos y él mismo los pone como testimonio de apertura al Reino de Dios (Lc 10,25ss; 17,11-18; Jn 4). Y después de la resurrección envió a sus discípulos a anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos y a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. El camino de Jesús no puede ser estático sino dinámico. Hay algunos elementos del camino de Jesús que no podemos cambiar, pero hay otros que no sólo podemos cambiar sino que necesitamos cambiar a la luz del evangelio y de los signos de los tiempos (Lc 12,54-56). Pablo también vivió su propio proceso religioso en muchos aspectos. Por ejemplo, el que vemos en la segunda lectura, de su Segunda Carta a los cristianos de Tesalónica. En una primera etapa de su vida cristiana se unió a quienes esperaban una inminente segunda venida de Cristo, o la llamada parusía. En la primera carta a los tesalonicenses los invitó a vivir conforme a las enseñanzas, a trabajar para solventar las necesidades y a no afligirse como quienes no tienen esperanza, pues Jesús vendría a llevarlos a su Reino (1Tes 4,1ss). Resulta que con la esperanza puesta en la famosa Parusía, muchos cristianos de Tesalónica, los más avivatos y perezosos, se dedicaron a todo, menos a trabajar, pues decían que Jesús vendría pronto por segunda vez para llevarlos entre una nube. Entonces ¿para qué trabajar y preocuparse por este mundo? Esta situación ayudó a Pablo a madurar su fe y a repensar aquello de la Parusía. Por esto en su segunda carta a la comunidad de Tesalónica hizo un fuerte reclamo y una invitación contundente a quienes no querían trabajar: “A esos tales les mandamos y ordenamos en nombre del Señor Jesucristo que trabajen en paz para ganarse el pan” (2Tes 3,6-12). Tenemos no sólo el derecho a cambiar algunas posturas, sino el deber ético y moral de hacerlo cuando sea necesario para ser fiel al Evangelio y para beneficiar al ser humano. Por otra parte, digamos que el éxito personal y el progreso social no son fruto del azar. Los avances personales y comunitarios no vienen por un golpe de suerte o porque un día amanecimos inspirados. Estas cosas se dan no tanto por inspiración sino por transpiración, es decir, por arte del trabajo bien planeado y ejecutado. Algunas personas desperdician su creatividad en inventar enfermedades, simular sufrimientos y engañar a las demás con el fin de generar lástima y hacerse acreedores de una limosna. Estas personas profundizarán cada día su miseria y nunca saldrán de ahí mientras no se decidan a cambiar y a romper con ese círculo vicioso que denigra su humanidad, y mientras encuentren a su paso personas “de buen corazón” que, para calmar sus conciencias, se convierten en cómplices de su desidia. Contrario a las anteriores, otras personas con tremendas limitaciones se esfuerzan, luchan y crecen integralmente en medio de situaciones más adversas. Dentro de este grupo encontramos algunos limitados por su pobreza, excluidos de la sociedad por sus opciones personales, limitados por mutilaciones de algún(os) de sus miembros, minusválidos, o con severos traumas de su niñez o su juventud, etc. Personas que forman equipos de trabajo, se unen, buscan, crean, perseveran y logran sus objetivos porque, como dijo Jesús: “Todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta se la abrirá” (Lc 11,10). Infortunadamente, hay muchos inmaduros, “adolescentes” de todas las edades cuyos padres cuando niños no les enseñaron a dar de sí mismos sino sólo a recibir. No les enseñaron a pensar por sí mismos y a ser autárquicos sino sólo a obedecer. Se lo proporcionaron todo y los domesticaron de tal manera que hicieron de ellos personas inseguras e incapaces de valerse por sí mismas. En nuestra cultura latinoamericana, a diferencia de la cultura anglosajona, los jóvenes viven con sus padres y dependen de ellos, incluso, hasta después de casarse. Mientras en Estados Unidos, Canadá o Francia un joven de 18 años sale de su casa y muchos trabajan desde temprana edad, hay jóvenes latinoamericanos de 25 años que todavía piden dinero y permiso para ir a un paseo, y otros quieren autonomía en sus actos pero que les den el dinero que necesitan. ¡Claro que tenemos el compromiso de compartir y de ser solidarios con el necesitado! Pero eso puede ser un arma de doble filo. ¡Ayudar a los pobres puede ser un negocio muy lucrativo! Muchos políticos latinoamericanos han llegado a sus puestos por medio del canje de votos por bolsas de cemento, por ladrillos para hacer casas, por electrodomésticos que se dañan a los dos meses o por cualquier baratija que compran con el dinero del erario público. ¡Pero el pobre no necesita una limosna! Necesita oportunidades para trabajar y promoverse como ser humano. ¡Claro que si un hermano nuestro sufre una calamidad hay que buscarlo y auxiliarlo! Llevarle la comida a la boca si es necesario. Pero no podemos ser cómplices del fracaso humano y de la mediocridad existencial de quienes, por pura pereza, no quieren trabajar y exigen lo mejor. Aquí hay que ser muy serios. A estos eternos adolescentes tenemos que aplicarles la consigna de Pablo: “si alguien no quiere trabajar, que no coma”. (2Tes 3,10). El discurso apocalíptico En un lenguaje simbólico, la literatura apocalíptica hace una lectura del presente dramático, una protesta a los generadores del dolor y una propuesta para enfrentar esa situación conflictiva. Este discurso que leemos hoy en el evangelio de Lucas no es una precognición de lo que va a suceder, sino una lectura del presente histórico. Fueron las comunidades cristianas quienes elaboraron este discurso cuando ya el templo había sido destruido como represalia de la rebelión judía contra los romanos, liderada por los guerrilleros celotes. En la llamada guerra judía que se dio desde el año 66 al 70 d.C., las tropas del Tito, emperador romano, acabaron con todo y el país quedó arrasado completamente, así como todas sus instituciones. Antes de la guerra judía los cristianos hacían parte de los judíos. En ellos no estaba la posibilidad de formar una nueva religión a partir de Jesús, pues Él no fundó una nueva religión sino que ofreció un camino de humanización y de filiación plena con el Padre Dios. Después de la guerra judía la única institución judía que sobrevivió a la debacle fue la farisea. Antes de la guerra los cristianos iban al templo y a la sinagoga, y participaban de las oraciones como los demás. (Hch 3,1ss). Los fariseos cerraron la vivencia del judaísmo a su entender y desde entonces la única forma ser judío fue a la manera de los fariseos ortodoxos, pegada a la Ley y a las tradiciones. Si algún judío no estaba de acuerdo con ellos era inmediatamente expulsado de la sinagogas y de la comunidad judía, acusado de apostasía y perseguido. Por ese motivo los cristianos se vieron obligados a romper totalmente con los judíos y a establecer una nueva vivencia religiosa a partir de la experiencia de Jesús y fundada en el encuentro con el Cristo vivo, como manifestación plena del amor misericordioso del Padre Dios. Sus raíces estaban, indudablemente, en el judaísmo, pero en el centro ya no estaban las Leyes, las tradiciones, el Templo ni la sinagoga, sino el encuentro con el Dios vivo manifestado en Jesucristo: en su palabra y en su obra; en su causa, en su proyecto, en su persona y en su entrega total a los seres humanos. Las Iglesias cristianas debemos estar siempre prestos para evaluar nuestra experiencia religiosa a la luz del evangelio y de los signos de los tiempos. Tenemos la responsabilidad de presentar la novedad de Jesús a un mundo dinámico en continua evolución y expansión, a una humanidad sedienta amor y de sentido. Tenemos el reto de romper con todas las estructuras, entre ellas las estructuras religiosas que no correspondan de verdad al Espíritu de Jesús resucitado y al amor misericordioso del Padre. Tenemos el reto de fundar y refundar nuestra religiosidad en Cristo vivo.
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Fecha de la Última actualización: 12/11/2007 08:16:40 a.m. | |
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