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En Camino Homilía para el Domingo |
Ciclo C |
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Tiempo de Cuaresma V Domingo |
25 de marzo de 2007 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
Una tendencia que no deja crecer a las personas o a las instituciones es hacer siempre lo mismo porque eso es ha funcionado así por mucho tiempo. ¿Para qué cambiar las estructuras de la Iglesia si han funcionado por tantos años? ¿Para qué cambiar las estrategias en la pastoral, si nos hemos mantenido siempre? ¿Para qué cambiar los equipos de una fábrica, la diagramación de una revista, el estilo de un noticiero, la programación de un canal o algo tan sencillo como la decoración de un apartamento, si con esa fórmula han funcionado bien las cosas? ¿Para qué cambiar la pedagogía, la política, la teología… en fin… para qué nos complicamos tanto?
El primer domingo de cuaresma hablábamos de la memoria histórica y su importancia en nuestra vida de fe tanto a nivel personal como colectivo. Como un complemento de esta reflexión, el profeta Isaías en el texto que hoy leemos, invita a sus lectores a no quedarse en el pasado.
Es muy importante hacer memoria de los acontecimientos históricos, pero no para quedarnos ahí, ni para vivir de ellos, como quien añora el pasado por aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor.”
El profeta se refiera específicamente a los acontecimientos del Éxodo que deben ser recordados, no para quedarse en el pasado sino para hacer otro éxodo de salvación. Porque recordarlos simplemente como unos datos históricos y seguir en lo mismo es una tontería. Dios se sigue manifestando en nuestra historia y es preciso descubrir su presencia entre nosotros, para dejar atrás algunas realidades negativas, otras buenas que podrían ser superadas y abrirnos a una nueva experiencia con Él. “No se queden recordando lo antiguo, no piensen en cosas del pasado, ahora que voy a hacer algo nuevo; ya se vislumbra, ¿no lo perciben? Voy a abrir un camino en el desierto, y ríos que lo rieguen.” (Is 43,18-19)
Yo tampoco te condeno A la religión, así como a todo lo que atañe al ser humano, no la podemos desligar de las realidades propias de su tiempo. Es claro que la Ley de Dios buscaba la construcción de un pueblo armonioso, digno, libre y justo, ante Dios y ante los demás seres humanos. Pero no podemos aplicar la Ley de manera irracional, sin tener en cuenta, las reales necesidades del ser humano de hoy y los aportes de las ciencias modernas. No podemos desconocer que fue promulgada en una cultura antigua, patriarcal y androcéntrica (centrada en el varón), muy diferente a la nuestra. Hace casi dos mil años, Jesús encontró algunos elementos que necesitaban replantearse para seguir fieles a Dios, que se gloría en la salvación del ser humano.
Para el tema que nos interesa hoy, la Ley mandaba apedrear a la mujer que no llegara virgen al matrimonio (Dt 22,13ss), pero con respecto al varón no tenía prescripción alguna. El marido podía tener relaciones sexuales con todas las mujeres que quisiera; el problema era cuando las tenía con una mujer casada, pues se consideraba una deshonra para el marido de esa mujer. Si se descubría este delito los dos debían morir (Dt 20,10ss. 22,22). El énfasis no lo ponían en la dignidad de la mujer, sino en la afrenta contra su marido.
Algo no estaba bien y necesita ser replanteado. Por una parte Ley se está claramente a favor del varón, y por otra, se maximiza la falta sexual a tal punto de ocultar con esa actitud, otras faltas más graves y perjudiciales para el ser humano.
El evangelio que hoy leemos nos presenta la escena de una mujer sorprendida en adulterio. Quienes la acusaban y querían matarla por ese pecado, no se preguntaron las circunstancias del hecho. No les interesó saber cómo la trataba el marido, qué insatisfacción, vacío afectivo o desajuste emocional podría tener ella. Simplemente fue sorprendida en el mismo acto de tener relaciones sexuales ilícitas y por lo tanto debía morir.
¡Claro! ¡Un pecado mortal!, ¡una abominación!, podría decir alguien. Pero, sin pretender ocultar la frustración y el conflicto que vienen tras una sexualidad desordenada, muchas veces se exagera cuando se juzgan y se castigan severamente las faltas sexuales, mientras se dejan pasar muchas actitudes que denigran más la dignidad humana.
Muchas personas se sienten puras porque no cometen “delitos” sexuales, pero viven llenas de envidia, codicia, injusticia, ambición, y explotación. ¿De verdad podríamos decir que son puras por no cometer delitos sexuales, aún si son insolidarizas, indiferentes e inmisericordes antes el sufrimiento humano?
En el común de la gente a veces se maneja la siguiente relación: Malos pensamientos = Pensamientos sexuales. Malos deseos = Deseos sexuales Deseos impuros = Deseos sexuales. Una pecadora pública = una prostituta. Dos personas pecaron = Dos personas tuvieron relaciones sexuales. Sexo = Pecado. ¡Que horror!
Esto no se da sólo en el común de la gente. Esa tendencia va impulsada por la misma enseñanza de la Iglesia jerárquica. Según el Código de Derecho Canónico, una de las faltas más graves que puede cometer un sacerdote, por la cual queda excomulgado latae sententiae (en el mismo instante), excomunión que sólo puede levantar la Santa Sede, es absolver a su cómplice (Cánones No 977 y 1378). ¿Cómplice de algún acto injusto, deshonesto o corrupto que daña a algún pueblo a algún ser humano en particular? ¡No! ¡Cómplice de delitos sexuales! ¿O sea cómplice de alguna violación sexual? ¡No! Esto quiere decir que si un ministro ordenado acepta en confesión y le da la absolución a una persona con la cual haya tenido relaciones sexuales, queda excomulgado en el mismo instante que realiza ese acto “execrable”. Pero si el ministro apoya a algún poderoso explotador, se hace cómplice de esa injusticia y legitima actos de barbarie, no es tan grave como tener relaciones sexuales y absolver a su cómplice de semejante “abominación”. ¿Si el ministro ultrajó a una persona en confesión y la condenó porque incumplía algún mandamiento? Está mal, pero no es tan grave como lo otro. ¿Y si se trata de un ministro injusto, codicioso, invadido por su afán de lucro? Pues está muy mal, pero no es tan grave para excomulgarlo. ¡Así estamos!
Veamos otro ejemplo. Según la exhortación apostólica de Juan Pablo II, Familiaris Consortio, las parejas separadas no pueden volver a casarse si quieren seguir participando de la eucaristía. En el caso de que estas personas separadas hayan formado una nueva pareja, deben dejarla para que puedan comulgar. Si ya formaron una segunda familia y no quieran separarse por el bien de los hijos, se les permitiría participar de la comunión, con una condición: no tener relaciones sexuales. Pueden vivir bajo el mismo techo, formar a sus hijos, hacer vida social, ¡todo!, menos tener relaciones sexuales. Deben vivir en perfecta continencia. Vivir como hermanitos.[1] Arguyen los altos jerarcas, todos varones solteros, que si se admitiera en la comunión a estas parejas, se contradijera objetivamente la unión entre Cristo y la Iglesia, se causaría un grave escándalo a las demás parejas y se correría el riesgo de que tras ellas se vayan otras parejas por el mismo camino. Como ya se dijo, sin pretender ocultar la frustración y el conflicto que vienen tras una sexualidad desordenada, hoy como ayer, se sigue maximizando el castigo a los “delitos sexuales” y se olvidan otras faltas que hacen mucho daño a las personas y a los pueblos.
En el caso del evangelio de hoy, quienes acudieron a Jesús no lo hicieron para consultarlo, ni para aprender algo de su nuevo camino para encontrar a Dios y su forma de aplicar la Ley. Para los acusadores todo estaba muy claro: la mujer debía morir porque había pecado gravemente. La mujer y Jesús no interesaban para ellos. Sólo querían aliviar con la violencia sus deseos reprimidos, esconder sus propias falencias y mostrarse puros, y ponerle una trampa al hombre de Nazareth, para tener de qué acusarlo. Si él aprobaba la muerte, se contradecía así mismo y su lenguaje de misericordia. Si la desaprobaba, se ponía en contra de toda una institución poderosa y lo podían acusar de complicidad. Jaque mate: con cualquier respuesta perdía.
Él se inclinó y empezó a escribir en el suelo. No se sabe exactamente qué significa ese signo, aunque los escrituristas prefieren suponer que el evangelio quiere manifestar una actitud desinteresada por parte de Jesús, ya que él vino a dar vida y no a juzgar ni a condenar (Jn 3,16-17; 10,10).
Jesús no discutió la veracidad de la acusación y fue más allá. Supo descubrir la bajeza humana de quienes se creían santos y con autoridad para dar muerte a una pecadora, motivados por un falso afán hacer justicia. Supo revisar la Ley de Dios que podía y debía ser actualizada.
“¡El que no tenga pecado, que le tire la primera piedra!” dijo, y se volvió a inclinar para escribir en el suelo. Estas palabras de Jesús no pueden ser una excusa para no corregir a nuestros hijos, alumnos o hermanos, ni menos para quitar todo tipo de acción judicial contra los delincuentes reales, cuando lo ameriten las circunstancias. Eso hay que hacerlo, sin decir que los encargados de corregir las conductas personales o sociales tengan que ser santos, aunque no deben comportarse como dioses, dueños del bien y del mal (Gen 3,1ss).
Se fueron todos y quedó Jesús solo, con la mujer, que seguía allí delante. De esta manera los acusadores se convirtieron en acusados. Muy valientes para descubrir y combatir los pecados de los demás, pero cobardes e incapaces de descubrir y enfrentar los propios.
A la mujer le habló como Él mejor sabía hacerlo: con misericordia. La importancia que le negó a los acusadores, se la dio a la mujer, pues ella necesitaba una palabra certera para la ocasión. No la condenó como persona, pero tampoco la felicitó por su falta. Creyó en ella y en su capacidad de conversión y la invitó a no volver a pecar. “Entonces se incorporó y le preguntó: `Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te condenó?´ Ella respondió: `Nadie, Señor´. Jesús le dijo: `Pues tampoco yo te condeno. Vete, y de ahora en adelante no peques más´.”
Revisemos nuestra vida a la luz de esta palabra. ¿Cómo reaccionamos ante las fallas de las demás personas y cómo lo hacemos ante las nuestras? ¿He sentido el índice de alguna persona o institución que me acusa y la misericordia de Dios que, no me condena, pero me invita a la conversión? ¿Cómo va mi camino de conversión? [1] “La Iglesia, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez… podrán hacerlo cuando varón y mujer no pueden realmente separarse, pero se obligan a vivir en perfecta continencia; es decir, a abstenerse de aquellos actos reservados a los casados, y aún cuando no exista peligro de escándalo” (Exhortación Apostólica de Juan Pablo II, Familiaris Consortio No. 84)
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Fecha de la Última actualización: 19/03/2007 04:34:54 p.m. | |
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