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En Camino Homilía para el Domingo |
Ciclo C |
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Tiempo de Cuaresma IV Domingo |
18 de marzo de 2007 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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La pascua empezó con una comida y terminó con otra. La primera (Ex 12) marcó el inicio de un largo y peligroso recorrido por el desierto. Llevaba consigo el riesgo, la firme esperanza y la audaz decisión de liberarse de la esclavitud y encontrar algo mejor para vivir: una tierra que manara leche miel. Fue un duro camino que duró cuarenta años, tiempo que no es cronológico sino simbólico. Cuarenta es un número global que enmarca lo necesario para que un proyecto madure, se consolide y se puedan lograr buenos resultados. Pasaron por muchos problemas: hambre, sed, cansancio, muertes, protestas contra Moisés y hasta deseos de volver a Egipto, donde por lo menos tenían comida y bebida, aunque fueran esclavos. Mucha gente murió, entre ellos su líder Moisés; pero por fin llegaron.
La segunda comida (Josué 5) fue un cierre con broche del largo recorrido por el desierto y la inauguración de la nueva vida. Marcó el fin del oprobio de Egipto y el inicio de la libertad. Atrás quedaron Egipto y el maná, o sea la esclavitud y el desierto como camino de peregrinación.
Llegaba una nueva etapa con nuevos retos. Habían alcanzado la independencia; ahora debían constituirse como pueblo libre y ser fieles a la alianza con el Dios que los había acompañado durante todo el camino y borrado el oprobio de Egipto. En la pascua que celebraban cada año, debían hacer memoria de todos los acontecimientos salvíficos de Dios a favor de su pueblo. Comprometerse con Dios y con sus hermanos, a vivir en continua alerta pues podrían aparecer en cualquier momento otros faraones con deseos de esclavizar, otros verdugos dispuestos a maltratar y hombres débiles, presa fácil de los mezquinos intereses de los explotadores. La fidelidad a la alianza implicaba la lucha constante contra todo tipo esclavitud y el firme deseo para que la tierra manara leche y miel y que todos tuvieran derecho de disfrutarla.
Un Padre con entrañas de Madre Cuando a Albino Luciani, conocido en su tiempo como el papa de la sonrisa, Juan Pablo I, se le ocurrió decir que Dios era Padre y Madre, algunas personas defensoras de la pulcritud e inerrancia de la religión, mostraron su preocupación. El temido cardenal Joseph Auer Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI, dijo muy ofuscado a los medios de comunicación que ni siquiera el papa tenía derecho a cambiarle de sexo a Dios.
Hay que reconocer que la cultura patriarcal en la cual nació y se desarrolló nuestra fe judeocristiana nos ha dejado un gran vacío afectivo en cuanto a la figura de la deidad femenina, que tienen otras religiones.[1] Las ciencias modernas han descubierto que todo ser humano tiene dentro de sí las dimensiones masculina y femenina; desconocer esa realidad no es saludable. Si por fe afirmamos que somos imagen y semejanza de Dios, por lo tanto, no podríamos desconocer la dimensión femenina de Dios.
Cuando O`gdon Ondo Andeme llegó a Bogotá como exiliado político, procedente de Guinea Ecuatorial, un país centro Africano con muchos conflictos, magna herencia que los europeos han dejado por todo el mundo, no había visto ni escuchado a Michel Jackson, el famoso cantante de Pop. De pronto vio en la televisión un video musical en el cual Michel Jackson bailaba y cantaba. A O`gdon le llamó la atención la forma de bailar del cantante “blanco” y le dijo a su compañero de exilio, con quien compartía el cuarto: “Mira, ese cantante es un blanco con sangre de negro; ¡es que ese estilo de bailar y cantar es propio de los negros…!”
Al contemplar la hermosísima parábola de hoy, descubrimos que el Padre misericordioso, tiene unos sentimientos profundamente maternales. Podríamos decir que es un Padre con entrañas de Madre.
Por algo el conocido pintor Rembrath, dibujó en su famosa obra, “el regreso del hijo pródigo”, uno de los brazos del Padre con características de mujer. Ahí la humanidad del hijo pródigo y en él la humanidad entera que vuelve a casa, se ve cubierta por un brazo paternal y otro maternal: los brazos de Dios Padre-Madre, como dijo nuestro desaparecido Papa Juan Pablo I.
Qué alegría saber que nuestro Dios es Padre y Madre de misericordia y que en Él nosotros, sus hijos e hijas, podemos integrar a nuestras vidas tanto la dimensión masculina y como la femenina, y desarrollarnos de manera armoniosa como seres humanos. Además de la confianza absoluta que nos motiva a retornar alegremente a la casa de Padre y Madre Dios, esta realidad tiene que hacernos replantear muchas estructuras actuales en diferentes campos de nuestro camino de fe.
Tres maneras de ser Tenemos la posibilidad de ser como hijo menor, como hijo mayor o como Padre Madre de misericordia. Como hijos menores podemos minusvalorar al gran amor de Dios, abandonar su casa, sus caminos y su proyecto, y derrochar irresponsablemente lo que Él nos ha dado, exponiéndonos de esta manera a recibir una gran frustración, como consecuencia de nuestros actos irresponsables. Vale la pena preguntarnos cuántas veces hemos actuado como el hijo menor y cuántas frustraciones hemos tenido. Vale la pena en esta cuaresma tomar una decisión inteligente: volver a la casa de Padre Madre, con la absoluta certeza de encontrar acogida y con un profundo deseo por transformarnos a su imagen.
Como hijos mayores corremos el riesgo de ser muy cumplidores de todas las “órdenes” de Padre Madre, pero no tanto con el amor agradecido de un hijo que se siente amado, ni con la alegría de hacer realidad la voluntad salvífica de Dios, sino con la mezquindad de quien sólo busca su propio interés y trabaja para lograr sus vanas pretensiones. Podemos desconocer nuestra limitación humana, creernos buenos por seguir estrictamente todos los preceptos y dogmas de una institución, y con el derecho de juzgar a quienes consideramos malos e indignos de retornar a la casa de Dios. Pero esconder tras ese socarrón halo de santidad, la amargura de un malogrado impulso de hacer lo mismo por el miedo al castigo y por no perder una vana pureza religiosa, que esconde en el fondo la más sutil y frustrante infelicidad.
Del hijo menor sabemos que retornó y disfrutó de la fiesta; no sabemos si después se integró completamente a las actividades de la casa. Del hijo mayor no sabemos si al fin decidió entrar o prefirió hacer caso a su vanidad religiosa, autoexcluyéndose definitivamente del gran banquete del Reino que es para todos. La respuesta la tenemos nosotros, como comunidad creyente…
De alguna manera en algún momento de nuestras vidas actuamos como el hijo menor y en otros momentos lo hacemos como el mayor. ¿Cuándo, cómo, dónde, con quiénes y en qué circunstancias hemos actuado así? Vale la pena evaluar seriamente nuestra vida de fe. Nos estamos jugando la participación el gran banquete del Reino.
Finalmente, ojalá avancemos y maduramos como seres humanos para llegar a ser verdaderas imágenes de Dios Padre y Madre, con entrañas de misericordia. [1] Aunque podríamos tener la salvedad en el Espíritu, ya que Espíritu, ruah, en hebreo, es femenino, en griego es neutro - Pneuma – y en castellano es masculino. Por otra parte, de alguna manera ese vacío lo han llenado también las múltiples devociones a María Santísima que, aunque oficialmente no se le rinde latría, al pueblo no le importa mucho los términos teológicos y la ortodoxia en la fe, sino expresar sus afectos humanos a la divinidad.
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Fecha de la Última actualización: 14/03/2007 12:37:04 a.m. | |
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