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"Acompañando a Jesús en su camino de cruz y de victoria Pascual"                                                                                                                           "Acompañando a Jesús en su camino de cruz y de victoria Pascual"

En Camino

Homilía para el Domingo

 

Ciclo C

Tiempo de Cuaresma

III Domingo

11 de marzo de 2007

Autor:  Neptalí Díaz Villán CSsR.                                                                                                     Fuente: www.scalando.com 

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-          1ra lect.: Ex 3,1-8.13-15

-          Sal 102 (103),1-4.6-8.11

-          2da lect.: 1Cor 10, 1-6.10-12

-          Evangelio: Lc 13 1-9

YO SOY

 

La experiencia del éxodo siempre fue referente en la vida del pueblo de Israel. El fragmento del Éxodo que leemos hoy en la primera lectura nos presenta uno de los aportes más ricos de la cultura judía a la humanidad: la experiencia religiosa con un Dios liberador.

 

El texto sigue un esquema común en los relatos de vocación: Dios se manifiesta de alguna manera y llama a la persona. La persona responde, Dios promete la salvación y le da un encargo al elegido. El elegido objeta la elección por algún motivo y Dios le da alguna explicación o le muestra algún signo y, tras una nueva objeción, viene la respuesta final de Dios.

 

En este caso se trata del llamado de Dios a Moisés para una misión muy concreta: liderar al pueblo en su camino hacia la libertad. Moisés cuidaba las ovejas de su suegro Jetró, sacerdote de Madian. Había huido de Egipto, pues allí lo querían matar después de haber dado muerte a un egipcio que golpeaba a un israelita.

 

Dentro de su vida cotidiana como pastor de ovejas, un día decidió ir más lejos y descubrió el llamado de Dios. Con el fuerte sol del medio día, una zarza ardía sin consumirse, así como con el peso de la más dura esclavitud, un pueblo sobrevivía y clamaba a Dios una respuesta. El sufrimiento de los esclavos no dejó indiferente a Dios quien escuchaba sus gritos y buscaba la forma de liberarlos.

 

Ante el misterio de la zarza ardiendo y ante la situación del pueblo, Moisés debía quitarse las sandalias. Primero porque se trataba de una presencia muy sagrada y segundo porque al pisar las piedras calientes por el sol, podría acercarse más al sufrimiento de los esclavos. Allí descubrió la manifestación, el llamado y el envío de Dios a liberar a su pueblo.

 

Moisés se encontraba en tierra extranjera y su suegro era un sacerdote de otra confesión religiosa, pero quien llamaba era el mismo Dios que había llamado a Abraham de Ur de los Caldeos y le había hecho la promesa de un pueblo grande y libre. Del mismo Dios de Isaac y Jacob, en quienes se empezaba a cumplir la promesa. Se trataba de dar continuidad a esa promesa truncada por la esclavitud a manos de los egipcios.

 

Esta experiencia religiosa no habla de un Dios encumbrado en las alturas, motor inmóvil, fuerza creadora y ordenador del mundo, como lo concebía la filosofía griega. En la cultura semita el nombre le da sentido, identidad y misión a la existencia. Dios se llama así mismo: “YO SOY EL QUE SOY”. El verbo ser-estar quiere indicar una dinámica real e histórica. Se trata de un Dios se manifiesta en la acción a favor de aquellos a quienes se les ha lesionado su dignidad: “la sangre de tu hermano clama a mi” (Gen 4,10). “He visto la humillación de mi pueblo, he escuchado sus clamores” (Ex 3,7). Un Dios que escucha el clamor de los pobres, se conmueve y se indigna ante el dolor humano y toma partido a favor de los maltratados. Un Dios que se compromete con la liberación de los esclavos y con todo el proceso de lucha para consolidarse como pueblo en una tierra que mana leche y miel. Es decir con un pueblo con condiciones de vida digna de seres humanos.

 

Conversión

En el tiempo de Jesús se daban muchas revueltas. La presencia del imperio y su política opresora afectaba la calidad de vida y en particular la sensibilidad religiosa del pueblo. Las revueltas se presentaban especialmente durante la celebración de la pascua, cuando conmemoraban la comida previa de sus antepasados antes de lanzarse a la aventura de salir de Egipto y recorrer el largo camino para llegar a la tierra prometida. Proceso que estuvo iluminado y conducido por la acción de Dios.

 

Los galileos (paisanos de Jesús) tenían fama de revoltosos. A Galilea la llamaban despectivamente “cueva de bandidos” pues de allí eran los guerrilleros celotes, quienes luchaban a muerte para liberar a los judíos de la bota romana y de los demás poderes cómplices de los romanos, quienes lesionaban su dignidad y su fe.

 

La celebración de la Pascua enardecía los ánimos de los galileos y los sacrificios eran una forma de reafirmar su fe en el único Dios Señor y salvador. Por eso no es de extrañar que los galileos de los que habla el evangelio de hoy, animados por el ofrecimiento de algún sacrificio al único Dios, hayan formado revuelta contra la estructura de poder romano y judío que manejaba al pueblo a su antojo. Revuelta que debió reprimir Pilato de manera cruel, propio de su estilo y el de los personajes de la historia encarnecidos con el poder y miedosos de perderlo. Mezcló la sangre de los galileos revoltosos con la sangre de los sacrificios.

 

La antigua doctrina de la retribución, muy difundida entre las corrientes rabínicas en el tiempo de Jesús, enseñaba que las desgracias eran consecuencia de actos pecaminosos. De tal manera que a los galileos asesinados por Herodes y los accidentados en la torre de Siloé, habrían muerto como castigo de Dios por algún pecado. Es más, la ortodoxia judía culpaba a la gente pobre e ignorante que no conocía la ley, de las desgracias que vivían. Según ellos, “el pueblo de la tierra”, como despectivamente llamaban a los pobres, ofendían al Altísimo con su ignorancia, su poca observancia de la ley y su rechazo al sagrado orden establecido por Dios.

 

Cuando se viven momentos críticos a nivel personal o colectivo, se suele tirar flechas para todo los lados y buscar culpables en todos, menos en nosotros mismos, porque nos cuesta asumir responsabilidades. Es más fácil tener chivos expiatorios. Jesús rechazó severamente ese juicio contra la gente y la visión de un Dios cruel y vengador. Las tragedias son ocasionadas por fenómenos naturales, irresponsabilidades o injusticias humanas y no como castigo de Dios. A cambio, propuso la conversión para todos, pues si no cambiamos y trabajamos unidos, pereceremos, no por castigo de Dios, sino como consecuencia lógica de nuestros actos humanos.

 

En muchos textos se compara el pueblo de Israel con una vid o con una higuera (Is 5,1; Jer 8,13. 24,1-10; Os 9,10; Mi 7,1). La parábola de la higuera quiere mostrar la ausencia de frutos en el pueblo de Israel. La gran cantidad de empobrecidos y marginados a quienes se les desconocían sus derechos, la explotación, el despojo de los pequeños propietarios y la acumulación de tierras por parte de los terratenientes, amigos del sistema y todo el orden establecido, tenía al pueblo sofocado y sufriendo. Israel no daba los frutos que Dios quería: justicia y derecho. Ese era un reclamo propio del movimiento profético del cual Jesús fue un buen heredero. El problema de esta higuera no era su follaje sino la ausencia de frutos. Ocupaba un gran espacio dentro de la viña pero no producía.

 

La institución judía (sanedrín, sacerdocio, templo), estaba muy bien organizada y las estructuras arquitectónicas del templo eran dignas de admiración, pero todo eso no servía para que el Israel diera los frutos que Dios esperaba. Por el contrario, eran un elemento más para engañar al pueblo y mantenerlo subyugado.

 

Por eso el dueño de la viña quería eliminar la higuera. Un el empleado fue quien salió en defensa de ésta y prometió dedicarle un cuidado especial para ver si producía frutos. No sabemos si al cabo de un año y con los cuidados especiales del empleado intercesor, la higuera haya dado frutos o no. Algunas veces los evangelios dejan las cosas sin terminar para suscitar a que la comunidad le ponga el final con su propia vida.

 

Nos corresponde a nosotros, los cristianos de hoy, analizar nuestras instituciones religiosas y nuestra vivencia de la fe. Aunque ya las constituciones políticas de nuestros países no tienen el catolicismo como religión oficial, vivimos en sociedades cristianizadas y la gran mayoría de personas dicen creer en Dios y hacer parte de alguna iglesia cristiana.

 

Pero, ¿dónde están los frutos? Por qué seguimos viendo cuadros tan dramáticos de hambre, miseria, analfabetismo, asesinatos, desplazamientos, secuestros, miedo, desesperanza… ¿esos son los frutos de nuestro árbol social cristiano? ¿No son cristianos casi en su totalidad quienes cometen robos, asesinatos, secuestros, engaños, traiciones y todo tipo de malas obras? ¿No son en su mayoría cristianos quienes se benefician de la tiranía del mercado, pagan malos sueldos, están afiliados a partidos políticos de dudosa reputación, hacen acuerdos con delincuentes con licencia para matar y se reparten miserablemente la torta del erario público? ¿Tienes asegurada bien tu casa? Porque mientras estás leyendo esta reflexión, puede que haya algún “bautizado” con deseos de entrar a tu casa para atracarla…

 

¿Después del año dio o no dio fruto la higuera? Nosotros somos la higuera y la respuesta la tenemos en nuestras manos. ¿Qué frutos tenemos en nuestras manos? ¿Qué tal si aprovechamos este tiempo de cuaresma para reflexionar seriamente sobre los frutos que damos como creyentes a nivel personal y eclesial? ¿Qué tal si aprovechamos la cuaresma para comprometernos con Jesús y su proyecto de salvación? ¿Qué tal si nos lanzamos a la aventura de construir una sociedad en la cual todos tengamos derecho a disfrutar de “la leche y la miel” que hoy sólo disfrutan unos pocos, mientras otros están condenamos a sobrevivir?


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