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En Camino: Homilía para el Domingo |
Ciclo C |
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IV Domingo |
24 de diciembre de 2006 | ||||||||||||||||
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En nuestro mundo contemporáneo, muchas mujeres han salido del encerramiento y el anonimato en el que las tenía la sociedad androcéntrica (centrada en el varón), que poco a poco vamos superando. Hoy vemos mujeres participando activamente en la política, en la economía, en la educación, etc. Hoy hay mayor conciencia de la responsabilidad que tenemos todos los seres humanos, varones y mujeres, en la construcción de una humanidad nueva.
Hace unos años, cuando pasaba por la ciudad de Mocoa[1], fui testigo de una marcha de mujeres que protestaban contra las políticas de guerra impuestas por el gobierno nacional. Se habían reunido varios movimientos de mujeres para analizar la situación de sus regiones y para buscar salidas a la crisis. Sus gritos suenan hoy en mis oídos: “no queremos parir más hijos para la guerra… rechazamos las fumigaciones que deterioran la salud, la vida y acaban con el medio ambiente. Ni un peso más para la guerra, queremos escuelas... Rechazamos todo tipo de violencia, venga de donde venga… ”
He visto muchas de estas mujeres. Sobre todo en la periferia de los campos y en los asentamientos urbanos. Protestan, gritan y hacen oír su voz. Sueñan, se esfuerzan, trabajan unidas, y son capaces de convertir la trágica historia en una historia de salvación. Dan verdaderos signos de entrega generosa e inyectan la fuerza liberadora y transformadora del amor femenino. A pesar del patriarcalismo de la Biblia, en sus páginas también hallamos el testimonio de mujeres, como Rut, Agar, Judit, Esther, Ana, y porsupuesto: el de María de Nazaret, cuyo testimonio encontramos en el evangelio de hoy.
Lucas nos presenta a dos mujeres cuyos vientres gestaron vidas que, así como ellas, fueron ofrecidas para la salvación de la humanidad. Desde el lejano y desconocido Nazareth una mujer se negó a quedarse en su casa convertida en esclava, para realizar los oficios que los varones no hacían y para satisfacerlos en todas sus apetencias.
María la esposa del justo José, se declaró la sierva del Señor, más no la sierva de su esposo, como era usual en la época en la cual se consideraba a la mujer como una posesión más del marido. Se encaminó hacia las montañas, que simbolizan el lugar del encuentro con Dios. Allí se encontró con el Dios vivo, representado en la humanidad necesitada de Isabel, quien, ya en la vejez y en su vientre estéril, gestaba la vida del Bautista, pues para Dios no hay nada imposible.
María, portadora del Verbo encarnado y del Espíritu Santo, entró en la casa de Zacarías. Su presencia, sus palabras, su sencilla humanidad, hicieron que Isabel se llenara del Espíritu y que su criatura saltara de gozo. Lo que busca la fe cristiana no es precisamente, hacer que los seres humanos convirtamos nuestra vida terrenal en un infierno, para después gozar de un cielo supraterrenal. Nos acercamos al Dios no tanto mortificando nuestro cuerpo y convirtiéndolo en una cosa despreciable para parecernos más a Jesús crucificado, sino generando entre nosotros relaciones de amistad, justicia y fraternidad. Nos acercamos al Dios de Jesús cuando servimos a los demás y trabajamos unidos; cuando sonreímos, disfrutamos la vida y saltamos de gozo.
Ben-decir es, decir bien. Toda la vida de María habló bien de Dios porque transparentó su amor y su misericordia. El gozo de Isabel por la presencia de María, la impulsó a decir una frase valiosísima: “¡Bendita eres entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” Jesús y María hablaron bien de Dios porque durante toda su vida comprometieron y cumplieron a cabalidad su obra salvadora.
Con ésto podemos entender mejor la segunda lectura, cuando nos dice que a Dios no le agradan los holocaustos ni los sacrificios expiatorios, sino que acepta como ofrenda única y definitiva, la del cuerpo de Jesucristo. El cuerpo de Cristo como ofrenda única y definitiva no equivale a su sangre derramada y a su ignominiosa muerte en la cruz, supuestamente para calmar la ira de un dios justiciero. Es la entrega de Jesús como persona; su cuerpo y su sangre, es decir: todo su ser al plan de Dios para el ser humano. La voluntad salvífica de Dios no fue la muerte de su hijo, sino hacerlo partícipe de nuestra naturaleza humana con un amor grande capaz de transformarlo todo. A Dios se agrada no tanto con el ofrecimiento de sacrificios externos que para nada nos comprometen como personas, sino entrando en comunión con el Padre, con nosotros mismos, con el mundo y con los demás seres humanos, como lo hizo Jesús.
El evangelio cierra con una bienaventuranza: “¡Bienaventurada eres tú, que creíste que se cumpliría lo que el Señor te anunció!”. Las bienaventuranzas constituyen el mensaje central del nuevo testamento y sintetizan el plan de Dios para el ser humano: una humanidad plena y feliz. Después de ésto no viene nada más. Todos los dogmas de los padres de la iglesia sobre María se quedan pequeños ante las palabras de la “estéril” anciana que resaltó lo verdaderamente importante de aquella mujer sencilla de Nazareth.
María es la mujer Bienaventurada porque le creyó a Dios, y porque Dios creyó en ella para encomendarle una obra del tal magnitud que ella realizó a plenitud. La fe de María no fue una fe ciega de levitaciones y beatitudes celestiales que rayan con la tontería. La oración y la fe de María no tienen nada que ver con aquellos cuadros que representan a María como una mujer embobada, envuelta en un nirvana celeste y alejada de todo lo terreno.
La fe de María es la fuerza interior, el impulso vital para ponerse en camino hacia el prójimo necesitado, aún arriesgando la seguridad personal. Es el impulso vital para realizar la obra de Dios, para cambiar la historia de una forma sencilla, muchas veces silenciosa, pero siempre con decisión, entrega y amor puro, puestos al servicio de los necesitados. Por eso ella es la mujer feliz por excelencia; un modelo de mujer y de discípula para las mujeres y para toda la humanidad.
¡Ya se acerca el niño! “¡Despierta, despierta, levántate, Sión! Vístete de fiesta Jerusalén, ciudad santa… ¡Sacúdete el polvo! ¡Levántate, Jerusalén, tú que estabas cautiva, y desata las ligaduras de tu cuello, Hija de Sión!” (Is 52,1ª.2) ¡Ya se acerca el niño!, el fruto del vientre de una mujer aldeana que fue capaz de ponerse en camino para seguir la voz de Dios y para ir al encuentro del prójimo. ¡Ya se acerca el niño!, tejido del vientre puro de una mujer pobre y buena, que le creyó a Dios y se entregó con alma, vida y corazón, a su obra salvadora. ¡Ya se acerca el niño!. Lo encontraremos en la medida que, como María, nos pongamos en camino hacia los más débiles. Lo encontraremos especialmente en el rostro de aquellos que hoy, como le pasó al niño Jesús, no tienen espacio en el mesón. Lo encontramos en aquellos que sobran, que estorban, que ensucian las calles con sus ropas raídas, que no caben en nuestros colegios, en nuestras universidades y en nuestras reuniones sociales o religiosas. ¡Ya se acerca el niño! [1] Mocoa es una pequeña ciudad capital del Putumayo, uno de los departamentos más azotados por la violencia en Colombia. La concentración de la que fui testigo, se llevó a cabo en la plaza central de Mocoa, el 26 de noviembre de 2003; en ella participaron más de 3.000 mujeres de organizaciones comunitarias.
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Fecha de la Última actualización: 19/12/2006 12:46:47 p.m. | |
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