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En Camino: Comentando la Palabra
Tiempo Ordinario

VI Domingo

Autor: Neptalí Díaz Villán, C.Ss.R.                                                                         Fuente: www.scalando.com

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-      1ra lect.: Lev 13, 1-2.44-46

-      Sal 31

-      2da lect.: ICor 10, 31-11,1

-      Evangelio: Mc 1, 40-45

"Si quieres, puede limpiarme"

Desde 1874 cuando el médico noruego Gerhard Henrik Armauer Hansen descubrió los orígenes de la lepra, se sabe que es producida por un bacilo llamado Mycobacterium leprae (también conocido como el bacilo de Hansen, similar al de la tuberculosis). Hoy sabemos que es una enfermedad infecciosa crónica de los seres humanos que afecta sobre todo a la piel, membranas mucosas y nervios.

En el mundo antiguo no había claridad sobre este tema. Lepra se le llamaba a diversas afecciones dérmicas. No podemos afirmar o negar con seguridad si cuando se hizo la legislación del Levítico (primera lectura.) esta enfermedad estuviera presente en Israel, pues los primeros indicios verdaderos de la enfermedad de Hansen en esta parte del mundo, datan de tiempos posteriores a la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.). Es posible que cuando el Levítico habla de lepra se trate de alguna afección en la piel producida por algún hongo. Y cuando en el evangelio se habla de lepra, se trate efectivamente de la enfermedad de Hansen o de algún otro problema dérmico menos grave.

A nadie relativamente cuerdo se le ocurriría pensar hoy que la aparición de la lepra y su posterior desarrollo tenga algo que ver con ideologías, convicciones religiosas o políticas. Pero en el mundo antiguo se consideraba como un castigo divino a causa de los pecados. Por eso los sacerdotes se encargaban de hacer el diagnóstico y de exigir el aislamiento de los enfermos para evitar el contagio de los demás. A esto se le daba un carácter sanitario y religioso, pues se pensaba que el enfermo contaminaba al sano, el pecador, al santo, y el impuro, al puro.

La Ley del Levítico es entendible porque no tenían los conocimientos científicos de hoy; y aunque fuera muy duro tanto para la familia, como para el enfermo, buscaba defender la vida. Pero, el miedo, peligroso consejero, hacía que ante cualquier manifestación en la piel, los Sacerdotes diagnosticaran lepra, separaran a mucha gente de su familia y la condenaran a vivir lejos de sus seres queridos. De esta manera el leproso era condenado a sufrir un infierno, además de su enfermedad, por el peso psicológico de sentirse despreciado y castigado por Dios, señalado por todo el mundo y marginado de la sociedad.

El Evangelio de Marcos que hoy leemos presenta una narración elaborada con la intención de dar una enseñanza a su comunidad.  Jesús iba en una de sus correrías como misionero itinerante. Un leproso rompió con la severa normatividad, se acercó a Jesús y se postró ante él. Postrarse, antiguamente, significaba reconocer en la persona a alguien digno de reverencia; y en el evangelio era signo de confianza y disponibilidad para el seguimiento.

La literatura bíblica tiene la particularidad, entre otras cosas, de poner como personajes centrales a gente del común, especialmente a los marginados y condenados por el sistema o por la dureza de la vida. Por eso, en este texto, como en muchos otros, se pone como paradigma de fe a un hombre víctima de la enfermedad y del sistema que lo excluía. Este hombre en una situación límite, sin pensarlo dos veces rompió el protocolo, se acercó y le habló a Jesús.

Con seguridad no lo habría hecho si hubiera visto en Jesús a un orondo e insensible sacerdote del templo de Jerusalén. Lo hizo porque el hombre de Nazareth le inspiró confianza. Su oración también es paradigmática: “Si quieres, puedes limpiarme”. Es una oración de entrega total a la voluntad de Dios. ¡Así debe ser nuestra oración!: “Señor, yo quiero sanarme, Señor, yo quiero realizar este proyecto, Señor, yo quiero esto o aquello… si quieres ayúdame a conseguirlo”. Como dice el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Otra particularidad de la literatura bíblica es entrar en la conciencia de la gente, y narrar sus sentimientos y pensamientos, lo que le duele y lo que le alegra. Los móviles de su accionar. Por eso con mucha frecuencia narran los sentimientos de Jesús, sus miradas, sus gestos de alegría o de tristeza, sus manifestaciones de amor o de rabia. “Jesús sintió compasión, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Sí quiero que quedes limpio”.

Jesús no puso entre paréntesis la Ley porque fuera un anárquico. Al contrario, una vez realizado el milagro, envió al leproso sanado a presentarse al sacerdote, como mandaba la Ley. Él puso entre paréntesis la Ley porque todo su accionar estuvo movido fundamentalmente por la compasión. Con Jesús el nombre de Dios es amor y la concreción del amor es la misericordia. Todas las leyes, todas las estructuras, todas las religiones, ¡todo!, no tendría sentido si está alejado del amor misericordioso. De esta manera puso por encima el valor de la persona humana y la defensa de su dignidad.

En aquella época nadie podía tocar a un leproso pues, según la tradición, quedaba contaminado por su pecado; pero Jesús se arriesgó, extendió su mano y lo tocó. Un escándalo para los leguleyos, un atrevimiento condenable para los flemáticos legisladores religiosos para los cuales lo que mejor sabían decir era NO. La salvación para un enfermo que sufría por su enfermedad y por la exclusión. Jesús demostró que la Ley por sí misma no salva. Que no siempre el que cumple la Ley hace la voluntad de Dios. Que muchas veces hay que romper la Ley para salvar al ser humano. Que la norma fundamental es el amor misericordioso. Que Dios no puede estar en contra del amor y que no está en contra de Dios quien ama de verdad, no daña a nadie y obra el bien a su paso. “Ama y haz lo que quieras”, decía San Agustín.

Con mucha frecuencia los que se atreven a romper normas anacrónicas, disciplinas y tradiciones intocables cubiertas por un manto sagrado, son cuestionados, señalados, expulsados y hasta perseguidos. Por las condiciones de la época lo que hizo Jesús con el leproso no se debía hacer, por eso le pidió encarecidamente que no lo dijera a nadie. Ese era el llamado “secreto Mesiánico”, un misterio que no se ha comprendido muy bien todavía, pero que sigue vigente.

Pero el leproso sanado no fue a donde el sacerdote para que le permitiera reintegrarse a la comunidad, sino que cometió otro atrevimiento al autoincluirse en la sociedad. Además empezó a anunciar por todo el mundo su experiencia con Jesús como una Buena Noticia, de tal manera que Jesús ya no podía estar abiertamente en público sino que le tocaba mantenerse alejado. Es decir, que por su compromiso con la defensa de la vida se convirtió en un excluido más.

Pero como dice la canción: “no se puede sepultar la luz, no se puede sepultar la vida; no se puede sepultar un pueblo que busca la libertad”. Donde estaba Jesús allá llegaban, pues el templo y toda la estructura religiosa, manejada por una banda de criminales camuflados con una aureola de santidad, no podían ser signo del Dios vivo y verdadero. Fue el “loco” Jesús, el aldeano atrevido, el “impúdico” amigo de publicanos y pecadores,  condenado a vivir en la periferia y finalmente ejecutado (asesinado) a las fueras de la ciudad, quien nos mostró el verdadero rostro misericordioso de Dios. Como dice el evangelio de Juan: “He aquí el hombre” (Jn 19,5b).

Oración

Jesús, hermano, amigo, compañero de camino, te damos gracias por habernos revelado en su plenitud el amor misericordioso de Dios, Padre y Madre, origen y meta de la vida, fuente de plenitud, de paz, de amor y todo lo bello que le da sentido a nuestra existencia.

Te pedimos que nos ayudes a valorar el maravilloso aporte de la revelación y de los diferentes caminos religiosos; a encontrarle todo el sentido a la Ley, respetarla, apreciarla y a darle aplicabilidad según nuestro propio contexto vital, nuestros intereses y necesidades reales.

Aquí estamos, postrados ante ti, con la actitud humilde y confiada del leproso: tú conoces nuestros intereses, nuestras necesidades, nuestros conflictos, nuestras oportunidades, nuestros sueños, nuestros anhelos más profundos. Tú conoces también nuestra fragilidad humana, la oscuridad, las realidades que contaminan nuestra mente y nuestro corazón. Todo esto te lo presentamos: Señor, si quieres puedes limpiarnos, si quieres… si es bueno para nosotros, si es para hacer realidad el plan salvífico de Dios, Padre y Madre, porque sabemos que ahí está nuestra salvación; si quieres, ayúdanos a hacer realidad esos anhelos que te presentamos… confiamos plenamente en ti, estamos a tus pies, dispuestos a seguirte, a caminar contigo… nos ponemos en tus manos… Amén.

Exhortación final:

Jesús

(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 322)

Gracias, Padre, porque Jesús, curando a los leprosos

nos mostró que el amor no margina a nadie, sino que

regenera a la persona, restableciéndola en su dignidad.

Cada sanación de Cristo nos habla de su corazón compasivo

y nos confirma en la venida de tu amor y de tu reino.

 

Siguiendo su ejemplo, danos, Señor, un corazón sensible

al bien de los hermanos, para saber dialogar contigo en la fe.

Danos disponibilidad para escuchar tu palabra, sin encerrarnos

en el monólogo egocéntrico y estéril de nuestra propia seguridad.

Y concédenos superar todas las crisis  y dificultades de la fe

en nuestro camino hacia la indispensable madurez cristiana.

 

Amén.

Preguntas, comentarios a: Neptalí Díaz Villán, C.Ss.R.  

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Fecha de la Última actualización: 17/01/2012 08:18:28 p.m.

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