Desde 1874 cuando el médico noruego Gerhard
Henrik Armauer Hansen descubrió los orígenes de la lepra, se
sabe que es producida por un bacilo
llamado Mycobacterium leprae
(también conocido como el bacilo de Hansen, similar al de
la tuberculosis). Hoy sabemos que es una enfermedad infecciosa
crónica de los seres humanos que afecta sobre todo a la piel,
membranas mucosas y nervios.
En el mundo antiguo no había claridad sobre
este tema. Lepra se le llamaba a diversas afecciones dérmicas.
No podemos afirmar o negar con seguridad si cuando se hizo la
legislación del Levítico (primera lectura.) esta enfermedad
estuviera presente en Israel, pues los primeros indicios
verdaderos de la enfermedad de Hansen en esta parte del mundo,
datan de tiempos posteriores a la muerte de Alejandro Magno (323
a.C.). Es posible que cuando el Levítico habla de lepra se trate
de alguna afección en la piel producida por algún hongo. Y
cuando en el evangelio se habla de lepra, se trate efectivamente
de la enfermedad de Hansen o de algún otro problema dérmico
menos grave.
A nadie relativamente cuerdo se le ocurriría
pensar hoy que la aparición de la lepra y su posterior
desarrollo tenga algo que ver con ideologías, convicciones
religiosas o políticas. Pero en el mundo antiguo se consideraba
como un castigo divino a causa de los pecados. Por eso los
sacerdotes se encargaban de hacer el diagnóstico y de exigir el
aislamiento de los enfermos para evitar el contagio de los
demás. A esto se le daba un carácter sanitario y religioso, pues
se pensaba que el enfermo contaminaba al sano, el pecador, al
santo, y el impuro, al puro.
La Ley del Levítico es entendible porque no
tenían los conocimientos científicos de hoy; y aunque fuera muy
duro tanto para la familia, como para el enfermo, buscaba
defender la vida. Pero, el miedo, peligroso consejero, hacía que
ante cualquier manifestación en la piel, los Sacerdotes
diagnosticaran lepra, separaran a mucha gente de su familia y la
condenaran a vivir lejos de sus seres queridos. De esta manera
el leproso era condenado a sufrir un infierno, además de su
enfermedad, por el peso psicológico de sentirse despreciado y
castigado por Dios, señalado por todo el mundo y marginado de la
sociedad.
El Evangelio de Marcos que hoy leemos
presenta una narración elaborada con la intención de dar una
enseñanza a su comunidad. Jesús iba en una de sus correrías
como misionero itinerante. Un leproso rompió con la severa
normatividad, se acercó a Jesús y se postró ante él. Postrarse,
antiguamente, significaba reconocer en la persona a alguien
digno de reverencia; y en el evangelio era signo de confianza y
disponibilidad para el seguimiento.
La literatura bíblica tiene la
particularidad, entre otras cosas, de poner como personajes
centrales a gente del común, especialmente a los marginados y
condenados por el sistema o por la dureza de la vida. Por eso,
en este texto, como en muchos otros, se pone como paradigma de
fe a un hombre víctima de la enfermedad y del sistema que lo
excluía. Este hombre en una situación límite, sin pensarlo dos
veces rompió el protocolo, se acercó y le habló a Jesús.
Con seguridad no lo habría hecho si hubiera
visto en Jesús a un orondo e insensible sacerdote del templo de
Jerusalén. Lo hizo porque el hombre de Nazareth le inspiró
confianza. Su oración también es paradigmática: “Si quieres,
puedes limpiarme”. Es una oración de entrega total a la
voluntad de Dios. ¡Así debe ser nuestra oración!: “Señor, yo
quiero sanarme, Señor, yo quiero realizar este proyecto, Señor,
yo quiero esto o aquello… si quieres ayúdame a conseguirlo”.
Como dice el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra
como en el cielo”.
Otra particularidad de la literatura bíblica
es entrar en la conciencia de la gente, y narrar sus
sentimientos y pensamientos, lo que le duele y lo que le alegra.
Los móviles de su accionar. Por eso con mucha frecuencia narran
los sentimientos de Jesús, sus miradas, sus gestos de alegría o
de tristeza, sus manifestaciones de amor o de rabia. “Jesús
sintió compasión, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Sí quiero
que quedes limpio”.
Jesús no puso entre paréntesis la Ley porque
fuera un anárquico. Al contrario, una vez realizado el milagro,
envió al leproso sanado a presentarse al sacerdote, como mandaba
la Ley. Él puso entre paréntesis la Ley porque todo su accionar
estuvo movido fundamentalmente por la compasión. Con Jesús el
nombre de Dios es amor y la concreción del amor es la
misericordia. Todas las leyes, todas las estructuras, todas las
religiones, ¡todo!, no tendría sentido si está alejado del amor
misericordioso. De esta manera puso por encima el valor de la
persona humana y la defensa de su dignidad.
En aquella época nadie podía tocar a un
leproso pues, según la tradición, quedaba contaminado por su
pecado; pero Jesús se arriesgó, extendió su mano y lo tocó. Un
escándalo para los leguleyos, un atrevimiento condenable para
los flemáticos legisladores religiosos para los cuales lo que
mejor sabían decir era NO. La salvación para un enfermo que
sufría por su enfermedad y por la exclusión. Jesús demostró que
la Ley por sí misma no salva. Que no siempre el que cumple la
Ley hace la voluntad de Dios. Que muchas veces hay que romper la
Ley para salvar al ser humano. Que la norma fundamental es el
amor misericordioso. Que Dios no puede estar en contra del amor
y que no está en contra de Dios quien ama de verdad, no daña a
nadie y obra el bien a su paso. “Ama y haz lo que quieras”,
decía San Agustín.
Con mucha frecuencia los que se atreven a
romper normas anacrónicas, disciplinas y tradiciones intocables
cubiertas por un manto sagrado, son cuestionados, señalados,
expulsados y hasta perseguidos. Por las condiciones de la época
lo que hizo Jesús con el leproso no se debía hacer, por eso le
pidió encarecidamente que no lo dijera a nadie. Ese era el
llamado “secreto Mesiánico”, un misterio que no se ha
comprendido muy bien todavía, pero que sigue vigente.
Pero el leproso sanado no fue a donde el
sacerdote para que le permitiera reintegrarse a la comunidad,
sino que cometió otro atrevimiento al autoincluirse en la
sociedad. Además empezó a anunciar por todo el mundo su
experiencia con Jesús como una Buena Noticia, de tal manera que
Jesús ya no podía estar abiertamente en público sino que le
tocaba mantenerse alejado. Es decir, que por su compromiso con
la defensa de la vida se convirtió en un excluido más.
Pero como dice la canción: “no se puede
sepultar la luz, no se puede sepultar la vida; no se puede
sepultar un pueblo que busca la libertad”. Donde estaba
Jesús allá llegaban, pues el templo y toda la estructura
religiosa, manejada por una banda de criminales camuflados con
una aureola de santidad, no podían ser signo del Dios vivo y
verdadero. Fue el “loco” Jesús, el aldeano atrevido, el
“impúdico” amigo de publicanos y pecadores, condenado a vivir
en la periferia y finalmente ejecutado (asesinado) a las fueras
de la ciudad, quien nos mostró el verdadero rostro
misericordioso de Dios. Como dice el evangelio de Juan: “He
aquí el hombre” (Jn 19,5b).
Oración
Jesús, hermano, amigo, compañero de camino,
te damos gracias por habernos revelado en su plenitud el amor
misericordioso de Dios, Padre y Madre, origen y meta de la vida,
fuente de plenitud, de paz, de amor y todo lo bello que le da
sentido a nuestra existencia.
Te pedimos que nos ayudes a valorar el
maravilloso aporte de la revelación y de los diferentes caminos
religiosos; a encontrarle todo el sentido a la Ley, respetarla,
apreciarla y a darle aplicabilidad según nuestro propio contexto
vital, nuestros intereses y necesidades reales.
Aquí estamos, postrados ante ti, con la actitud humilde y
confiada del leproso: tú conoces nuestros intereses, nuestras
necesidades, nuestros conflictos, nuestras oportunidades,
nuestros sueños, nuestros anhelos más profundos. Tú conoces
también nuestra fragilidad humana, la oscuridad, las realidades
que contaminan nuestra mente y nuestro corazón. Todo esto te lo
presentamos: Señor, si quieres puedes limpiarnos, si quieres… si
es bueno para nosotros, si es para hacer realidad el plan
salvífico de Dios, Padre y Madre, porque sabemos que ahí está
nuestra salvación; si quieres, ayúdanos a hacer realidad esos
anhelos que te presentamos… confiamos plenamente en ti, estamos
a tus pies, dispuestos a seguirte, a caminar contigo… nos
ponemos en tus manos… Amén.