JESÚS EL LIBERADOR
La literatura bíblica contiene varias líneas
ideológicas, así como diversas experiencias de Dios. En el
Pentateuco (cinco primeros libros de la Biblia) tenemos cuatro
líneas ideológicas que testimoniaron la experiencia de Dios:
Sacerdotal (P), Yavista (J), Eloísta (E) y Deuteronomista (D).
La Deuteronomista (primera lectura) pone el
énfasis no tanto en el cumplimiento de la Ley de manera
minuciosa y casi escrupulosa, como lo hacían muchos rabinos,
sino en la Ley como un don para hacer que en las relaciones
humanas reinen la justicia y la buena convivencia.
¿Por qué Dios prometió un profeta? ¿Por qué
no le dijo a Moisés todo de una vez? ¿Acaso se le olvidó algo?
Para la escuela Deuteronomista, la que escribió el libro del
Deuteronomio, la palabra de Dios no es estática sino dinámica.
Recordemos que Deuteronomio significa segunda Ley (Deutero =
posterior y, Nomos = Ley). Para esta escuela religiosa Dios
sigue hablando por medio de los signos de los tiempos y se hace
necesario renovar el mensaje sin tergiversarlo. Dinamizar la
experiencia de Dios, sin traicionarla: “A quien no escuche
las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré
cuentas. Pero el profeta que se atreva a decir en mi nombre lo
que yo no le haya mandado, o habla en nombre de otros dioses,
será reo de muerte”. (Dt 18,19-20).
El Deuteronomio fue uno de los textos que
más influyó en Jesús. Él lo citó en varias oportunidades y se
hizo continuador de su manera de interpretar la Ley. Aunque
Jesús no fue un maestro autorizado por la academia, tuvo la
sagacidad de interpretar acertadamente la Ley y la Palabra en
general. No se limitó a repetir al pie de la letra los preceptos
y a aplicarlos sin ningún discernimiento como lo hacían los
maestros. Supo comprender que lo esencial era la salvación del
ser humano, liberarlo de todas sus esclavitudes, de sus taras y
de todo aquello que le impedía vivir a plenitud.
¿De qué libera Jesús en este evangelio?
Primero, del miedo a la Ley, de la interpretación simplista y
mediocre, anquilosada y traicionera como lo hacían los maestros
oficiales. Por eso la gente que lo escuchaba comprendía que la
suya era una nueva forma de enseñar: con autoridad, con
fundamentos sólidos, con un profundo deseo de liberar al ser
humano, y sin algún tipo de interés mezquino, sin nada que
ocultar, sin aspiraciones proselitistas, ni engaños frustrantes.
Jesús nos liberó de la visión del Dios
rígido, legislador implacable y nos mostró al papá bueno y
misericordioso, con una palabra esperanzadora, siempre dinámica
y actualizada. Con el hermoso testimonio de Jesús y con los
cambios que vive nuestro mundo contemporáneo, podemos decir con
Juan Arias: “Se puede decir, sin escandalizar a nadie, que
cada época, cada generación, cada nueva revolución histórica,
cada nuevo escenario mundial, cada toma de conciencia del mundo
y de su devenir necesitan un nuevo Dios, de una nueva forma de
concebirlo. Dios en la vida de los hombres es, de alguna manera,
como el arte, como la literatura o la música, como todo lo
fundamentalmente humano. Por eso cada época tiene su música y su
Dios y sus demonios. Lo que no cambia es una cierta insistencia
del hombre en la búsqueda de una dimensión que, de alguna forma,
lo trascienda en cualquiera de sus actividades, desde la
artística a la religiosa, ante la amenaza de vulgaridad de lo
sin sentido, que le impide seguir soñando”.
Nos corresponde hacer hoy ese discernimiento a la luz del
evangelio y analizando nuestro propio devenir histórico.
¿De qué otra cosa nos libera Jesús? Jesús
libera al ser humano de los espíritus malignos. ¿Qué es esto?
Los demonios o espíritus inmundos no
son seres raros que vejan y golpean a las personas; son
situaciones internas o externas que desintegran al ser humano.
Pueden ser enfermedades físicas, emocionales, espirituales,
sicológicas y familiares, corrientes ideológicas o problemas
sociales. Pueden ser experiencias traumáticas, recuerdos y/o
vivencias de la infancia o de algún otro momento de la historia
personal, que enturbian la manera de pensar y sentir, y aunque
la persona quiera escapar de ello, no puede; no es capaz de
confiar y de vivir la vida con esperanza, porque se grabó en
ella una gran desconfianza y un miedo profundo.
En el relato que hoy leemos cuando Jesús
estuvo cerca del hombre endemoniado, los malos espíritus no
pudieron ocultarse. El camino de Jesús tiene que ayudarnos a
identificar los malos espíritus que habitan y dañan la vida
personal o social. Con la presencia de Jesús los malos espíritus
tienen que salir de su escondite. Ante Jesús, los malos
espíritus se dividen; se hace visible lo que es impuro y lo que
no puede subsistir ante Dios. Jesús tuvo y sigue teniendo
autoridad. Sus Palabras y sus obras producen efecto salvífico en
el ser humano.
Hoy tenemos la oportunidad de vivir esta
nueva experiencia de salvación. Nos corresponde abrirnos
confiadamente al amor misericordioso del Padre manifestado en
Jesús y exorcizar los espíritus malignos, es decir, trabajar
para eliminar todo aquello que nos impide vivir a plenitud como
personas y como sociedad. Nos corresponde evaluar nuestra vida
religiosa para evitar todo anacronismo inmovilizador, así como
todo libertinaje desbocado. Nos corresponde comunicar nuestra
experiencia de salvación para que mucha gente, que vive esclava
de los “malos espíritus”, sea testigo del amor de Dios y viva a
plenitud su libertad.
Oración
Señor Jesús, te damos gracias porque sigues
en medio de nosotros, siempre dispuesto a liberarnos de todas
las cadenas que oprimen y denigran la vida. Te reconocemos como
el Profeta, el liberador, el Mesías, el camino, la verdad y la
vida. Te abrimos nuestra mente, nuestro corazón, toda nuestra
historia con sus luces y sus sombras, con las experiencias
bellas y con las experiencias dolorosas que han hecho grabar en
nuestro interior ciertos pesares, miedos e inseguridades que
interrumpen nuestra buena marcha.
Reconocemos esas realidades humanas, “esos malos espíritus” en
nuestro interior y en nuestras familias y comunidades. Pedimos
la acción de tu Espíritu para que ilumine todo nuestro ser y nos
ayude a descubrir esas realidades que nos quitan la paz, que
oscurecen nuestra vida y nos esclavizan. Pedimos la fuerza de tu
Espíritu para que podamos vencerlas, superarlas y vernos libres
de ellas. Que tu Espíritu inunde con su amor toda nuestra vida,
penetre hasta lo más profundo, transformando todo, purificando
todo, santificando todo… desatando toda cadena, eliminando todo
miedo, toda inseguridad, todo resentimiento, todo odio, todo
rencor… Que la luz de tu Santo Espíritu limpie nuestras heridas,
afiance nuestras fortalezas y nos dé la gracia de continuar con
la seguridad propia de los hijos bien amados de Dios, Padre y
Madre. Amén.