Nínive
era una antigua ciudad situada en las orillas del río Tigris,
capital del Imperio asirio en el apogeo de su poder
(c. 705-612 a.C.), hoy norte de Irak. De dicha capital imperial
no sobreviven ni los cimientos, como suele ocurrir con todos los
pedestales humanos.
En todo el mundo antiguo, cada pueblo tenía
su dios o sus dioses. Nínive era conocida principalmente como
centro religioso, donde se le rendía culto a la Diosa Istar a la
cual le atribuían poderes curativos. Su estatua era muy conocida
y tenía devotos que la adoraban incluso en Egipto. Se la
representaba con una espada, arco y una funda con flechas, pues
la veían como la diosa de la caza y la guerra. También era vista
como la gran madre, la diosa de la fertilidad y la reina del
firmamento, la representaban desnuda y con pechos prominentes, o
como una madre con un niño junto a su pecho. Como diosa del amor
traía la destrucción a muchos de sus amantes, el más notable de
ellos su consorte Dumuzi.
Uno de los motivos, o una de las excusas para
hacer la guerra entre los pueblos durante la historia humana, ha
sido la religión o los dioses. La guerra entre pueblos era vista
en cierta manera, como guerra entre dioses. Se pensaba que el
pueblo vencedor tenía un dios más poderoso; con esa mentalidad
al Dios de Israel se le llamaba Yahvé Dios Shebaot, o sea Dios
de los ejércitos.
Israel estaba convencido de que su Dios era
el más poderoso. Por eso cuando perdían una batalla o una
guerra, lo veían como castigo de Dios por el mal comportamiento:
“Ahora nos rechazas y avergüenzas; ya no sales, Señor, con
nuestras tropas, nos haces dar la espalda al enemigo y nos
saquean aquellos que nos odian…” (Sal 44). Istar, una de las
diosas de los babilonios y de los asirios, según la mentalidad
de la época era rival del Dios de Israel, pues los dos pueblos
eran enemigos. Se trataba nada más y nada menos que del pueblo
invasor que acabó con el templo de Jerusalén, arrasó con las
ciudades y mantuvo a los israelitas deportados durante 50 años
(587 – 538 a.C.)
¿Por qué el Dios de Israel le pidió a Jonás
que predicara en Nínive, si era un pueblo enemigo que no creía
en Él? Detrás de este relato encontramos un movimiento profético
que reacciona frente a la reforma de Esdras y Nehemías y su
exclusivismo nacionalista que llegó hasta los extremos de la
xenofobia (año 538 a.C.).
Cuando Ciro,
rey de Persia, les permitió a los judíos volver a su tierra,
Esdras y Nehemías impusieron una restauración fundada en la
veneración de la Ley, la reconstrucción del Templo y la
conciencia de ser el único pueblo elegido. Esto los llevó a
exigir la pureza de la fe y de la raza, buscando al máximo
evitar todo tipo de contaminación. De esta manera los
extranjeros se convertían en enemigos por naturaleza.
Desde esta
óptica se persiguió todo tipo de influencia extranjera en la
cultura judía. Los matrimonios mixtos fueron repudiados (Esdras
9-10). Se instaba a abandonar pareja e hijos so pena de ser
expulsados de la comunidad judía. Los extranjeros fueron
expulsados (Nehemías 13,1-3), no sólo del templo sino más allá
de las fronteras nacionales. Las fronteras se cerraron y el
pueblo se replegó en su propio orgullo nacional, en su miedo y
odio al extranjero, cosa totalmente contraria a los orígenes de
Israel como pueblo. Ser amigo de un extranjero, colaborarle,
darle la mano en algún momento se había convertido en sinónimo
de idolatría.
El libro surge como una reacción frente a
ese nacionalismo xenófobo que causaba dolor a muchas personas.
La escuela profética que compone el libro de Jonás propone no
solo rebajarle el calibre al nacionalismo sino llegar a
compartir la experiencia religiosa con los demás pueblos,
incluso con los enemigos.
Después de un “tire y afloje” entre Jonás y
Dios (véase aquí las dos corrientes mencionadas) Jonás terminó
anunciando el mensaje del Dios de Israel en Nínive. Su mensaje
fue muy seco, nada esperanzador y, se podía decir, un poco
mediocre; nada poético, como nos acostumbraron otros profetas.
Su mensaje fue: “Dentro de cuarenta días, Nínive será
destruida”. Y este pueblo pagano tuvo una actitud de
conversión digna de admirar. Con un hombre que aceptó profetizar
en Nínive a regañadientes y con un mensaje tan parco, la gente
cambió de vida.
Jonás representa a esos judíos ortodoxos,
recalcitrantes y xenófobos que se niegan entrar en contacto con
extranjeros. Esos que se irritan porque la planta de ricino se
ha secado (4,5-11), aunque no les ha costado ningún esfuerzo,
pero no les duele el dolor de los extranjeros que están
persiguiendo. Es más, les molesta la misericordia de Dios y su
propuesta universal a favor de todos los pueblos.
(2,3-10; 4,2)
“Tú tienes lástima de un ricino... ¿y no voy a tener yo
lástima de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento
veinte mil personas que no distinguen su derecha de su
izquierda, y de una gran cantidad de animales?” (4,10-11).
Curiosamente, el texto de Jonás nos trae
también una visión de Dios diferente y hasta un poco peligrosa,
como cualquier visión de Dios cuando no se sabe manejar. En
contacto con lo sagrado, el ser humano elabora una imagen de
Dios y la transmite por medio de palabras, esculturas y por
medio de todos los elementos culturales de un pueblo. En el
mundo antiguo cuando lo natural era la monarquía, se hablaba del
Dios rey, del Señor de los ejércitos, del poderoso defensor.
Frente a una imagen del Dios impasible, el
Señor soberano que todo lo ve y todo lo sostiene, que nunca
cambia y siempre permanece, Jonás nos mostró un Dios que cambia.
¿Dios cambia de parecer? ¿Será que Dios se equivoca y se
arrepiente? Esto puede ser utilizado para manipular la religión
y para hacer decir a Dios lo que no dice, o para hacerle decir
lo que “nos conviene”. Aunque también puede ayudarnos a renovar
sanamente la fe y nuestras estructuras. Cualquier experiencia y
cualquier imagen de Dios no pueden ser definitivas y
absolutizadas, pues Dios es un misterio más grande que cualquier
canon, cualquier definición y que todas las imágenes
antropomórficas, por medio de las cuales lo han representado en
todo el mundo y durante toda la historia humana.
PRIORIZAR
¿Qué estaría pensando Pablo cuando escribió
el texto que hoy leemos de la Carta a los Corintios? ¿Acaso es
una pócima para insensibilizar al ser humano y hacerlo olvidar
de las realidades de la tierra: sufrimiento, alegría, dolor
placer, sueños e ilusiones? ¿Acaso es una invitación a vivir
sólo en torno a la otra vida y a olvidarnos de ésta? ¿Estaba
Pablo en ese momento esperando la parusía? Yo prefiero pensar
que Pablo no invita a una vida flemática, espiritualista casi
antihumana, sino a saber priorizar el Reino por encima de todo.
Con el Reino de Dios todas las realidades adquieren un sentido
nuevo. Comprar, vender, casarse, tener hijos, inclusive
“quedarse” célibe, sufrir y llorar; las frustraciones dolorosas,
los proyectos no realizados y los conflictos permanentes. Todo
adquiere un sentido y puede verse en cada situación, una
oportunidad para construir el Reino donde todos tengamos cabida
y la salvación abunde eternamente.
EL KAIRÓS
¡Llegó el Reino! ¿Cuál Reino? ¿Cómo es ese
Reino? ¿Qué podemos hacer? El Reino es un concepto antiguo,
correspondiente a un mundo dominado social y políticamente por
reinados y monarquías absolutas. Los evangelistas tomaron los
códigos de su época. Hablar de reinado en aquel tiempo era
hablar de la organización social imperante. Recordemos que la
estructura tribal había sido derrotada por los ganaderos en
tiempo de Saúl, primer rey de Israel, y continuando con David,
Salomón y toda su descendencia.
En tiempo de Jesús el pueblo padecía el
reinado absolutista de Herodes Antipas, hijo de Herodes el
Grande, los dos, ambiciosos y sanguinarios, capaces de lo que
fuera para mantener su poder. Fieles al gran emperador romano,
Augusto y Tiberio respectivamente. El pueblo era poseedor de una
rica memoria histórica. No podía olvidar los reinados opresores
desde la monarquía egipcia y las ciudades estado cananeas,
pasando por los imperios regionales que los acosaban, así como
los reyes propios de Israel que desde Saúl no habían hecho otra
cosa diferente a aprovecharse del pueblo. Tenían muy reciente la
gran frustración sufrida debido a que los asmoneos que asumieron
el poder después de ganar la guerra contra los invasores
seléucidas, dejaron despertar el pequeño rey absolutista que
habita en todo ser humano y se convirtieron en tiranos más, que
los mismos invasores. (135 – 75 a.C.)
Hablar de rey y de reinados aunque era lo
normal, causaba muchos recelos. El mismo Jesús huyó cuando
quisieron proclamarlo rey (Jn 6,15). Nunca habló de sí mismo
como rey, sino del reinado de Dios. Que nadie distinto a Dios se
proclamara absoluto y que nadie utilizara su nombre como
instrumento para adquirir y mantener el poder. “Si alguno
quiere ser el primero, que se haga el último y el servidor de
todos” (Mc 9,35). El reinado de Dios excluía necesariamente
todo tipo de absolutismo, de tiranía y de explotación. El
reinado de Dios garantizaba la hermandad entre los seres
humanos, la justicia, el derecho y la exclusión de la violencia.
La anulación del nacionalismo fundamentalista, la xenofobia y
las fronteras, para facilitar una fraternidad universal. Un
sueño inalcanzable, una ilusión delirante para algunos, la razón
de nuestra lucha, la meta que esperamos y el sentido de nuestra
vida, para los que creemos en Jesús el Cristo.
Según el mensaje de Jesús, para hacer
realidad ese Reinado con nuevos valores incluyentes,
participativos y realizadores, necesitamos una actitud
constante: la conversión. Del latín convertio – onis,
acción o efecto de convertir. Implica cambio, transformación,
dinamicidad. Como cuando una persona va por un camino
equivocado, reconoce su error, encuentra el verdadero, cambia de
rumbo y lo asume con todas sus fuerzas. El reinado de Dios es
una oferta que viene de la voluntad salvífica del Padre para la
humanidad y que sólo es posible realizar con nuestro aporte. Es
fruto de la gracia y del trabajo humano.
Conversión no significa necesariamente
cambiar de religión y aceptar racionalmente todos los dogmas; es
estar dispuesto a hacer del Reino nuestra opción fundamental
alrededor de la cual gire toda nuestra vida.
“Lo que Jesús intentaba despertar era la
aceptación creyente y confiada de su proclamación del reino de
Dios, para congregar a los hombres bajo este reino y moverlos a
un nuevo comportamiento”.
“Conversión significa: mudar el modo de pensar y actuar en el
sentido de Dios, por lo tanto, revolucionarse interiormente...
convertirse no consiste en ejercicios piadosos, sino en un nuevo
modo de existir frente a Dios y ante la novedad anunciada por
Jesús”.
“Se ha cumplido el tiempo y el
Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en la Buena
Nueva”.
Oración
Señor Jesús, rostro humano de Dios,
plenitud de la revelación amorosa del Padre. Gracias por darnos
lo mejor de tu propio corazón, por comunicarnos con generosidad
la Buena Nueva de la salvación. Gracias por tu vida, totalmente
entregada a la realización de la justicia del Reino. Gracias
porque hoy continúas llamándonos a seguirte para ser pescadores
de personas, para trabajar por una humanidad nueva, libre y
digna, conforme al plan de salvación.
Te pedimos que nos libres de todo tipo de
fanatismos, de exclusivismos, intolerancias, odios y xenofobias
que destruyen nuestras instituciones y nuestra humanidad.
Ayúdanos a defender nuestra identidad, sin despreciar ni dañar a
los demás. Danos un corazón grande y abierto para amar la vida,
defenderla y dignificarla, en cualquiera de sus manifestaciones.
Danos la gracia de vivir en continua
conversión de cara al Reino de Dios y su justicia. Queremos
vivir totalmente libres para amar, para seguirte, para construir
juntos tu proyecto, que nos garantiza y vida plenamente feliz.
Aquí estamos, Jesús, aceptamos tu llamado, seguimos tus pasos,
nos ponemos en camino, como personas, como familias, como
comunidad, como Iglesia. Aquí estamos, vamos en pos de ti,
confiamos en tu Palabra, en tu bondad… amén.