Etimológicamente viene del latín vocatio –
onis (acción de llamar). De manera general se utiliza cuando
una persona se siente llamada por algo o por alguien a realizar
un proyecto. Desde nuestra experiencia religiosa, es la llamada
que Dios hace al ser humano para seguir sus caminos y construir
una historia con él.
Durante mucho tiempo en una Iglesia
jerarquizada y clericalizada, la vocación era exclusiva del
clero (papa, obispos, cardenales, sacerdotes y diáconos) y a
religiosos y religiosas con votos de castidad, pobreza y
obediencia. Según esta concepción, los clérigos eran quienes
recibían el llamado especial del Señor, los escogidos y sacados
del mundo en el que vivía el común de la gente. Dios constituía
y ungía de manera especial a sus obispos y sacerdotes para
orientar al pueblo ignorante que debía obedecer todas las
enseñanzas del clero. Se decía de una persona que tenía vocación
porque Dios la llamaba para ser sacerdote, monje o monja, para
vivir la perfecta caridad con la práctica de los santos votos.
Pastoral vocacional era el trabajo que desempeñaban algunos
clérigos, monjes y monjas, con el fin de animar a los jóvenes a
entrar a una diócesis o a una comunidad religiosa y vivir
entregados al servicio del Señor. De esta manera vivirían la
perfecta caridad que sólo es posible alejándose del mundo.
Recuerdo que cuando estudiaba en el Seminario muchos de mis
compañeros se retiraron o fueron retirados porque “no tenían
vocación”.
Afortunadamente, con la constante y casi
terca insistencia de algunos teólogos como el padre Bernard
Häring, la Iglesia jerárquica aceptó que Dios llamaba a todo ser
humano. Cada persona discernía el llamado y trabajaba por el
Reino según sus carismas. A partir del Concilio Vaticano II
(especialmente con la constitución Gaudium Et Spes numerales 3,
10-12, 19, 21, 25, 32, 63) se fue cambiando el sentido. Aunque
25 años después del Concilio algunos todavía lo toman en el
sentido tradicional, hoy sabemos que todos los seres humanos
somos amados y llamados por Dios para ser piedras vivas de esta
edificación. Que todos tenemos vocación.
El llamado ocurre en la conciencia de la
persona. Samuel (primera lectura) sintió un llamado. No era una
voz clara, pero con la ayuda del sacerdote Elí pudo discernir y
descubrir que era el llamado de Dios. Siguió sus pasos, se dejó
transformar por él, creció como persona y se convirtió en
mensajero de Dios para el ser humano.
Descubrir nuestra propia vocación es algo
definitivo para todos, porque se trata del sentido de nuestra
vida. ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Cuál es la razón de mi
existencia? ¿Hay algo tan grande por lo cual valga la pena vivir
y entregar todas mis energías? ¿Hay algo por lo cual valga la
pena incluso morir? Jesús encontró el sentido de su vida, vivió
y murió por ello. Contemplando nuestro mundo, los signos de los
tiempos y nuestro propio ser, nos daremos cuenta de que
necesitamos hallar nuestro papel en la historia y el sentido de
nuestra vida. “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. ¿A
qué nos llama hoy el Señor? ¿Cuál es mi vocación?
EL SEGUIMIENTO DE
JESÚS
Para el Nuevo Testamento la llamada es
fundamentalmente para seguir a Jesús, el Cordero de Dios. El
cordero, en la cultura judía, era un signo muy importante para
rendir culto; indispensable en la celebración de la Cena
Pascual. Las comunidades cristianas, en este caso la comunidad
del Cuarto Evangelio que elaboró el texto de hoy, proclamó a
Jesús como el Cordero de Dios. Esto para decir que la mejor
forma de dar culto a Dios es escuchar el llamado de Jesús,
seguir sus pasos, luchar por su causa y estar dispuestos a morir
tal como él lo hizo, sabiendo que nuestra meta es la vida.
Según el relato de hoy, Juan Bautista
reconoció y señaló a Jesús como el Cordero de Dios. Los
discípulos del Bautista creyeron en la palabra de Juan, dieron
el paso hacia Jesús y lo siguieron.
¿Qué buscan?,
les preguntó Jesús. Esa misma pregunta nos la hace hoy el Señor.
¿Qué buscamos? ¿Qué nos anima, qué nos entristece, cuál es
nuestra lucha, cual nuestra razón de ser?
¿Dónde moras?
Es decir, ¿cual es tu casa, quién eres tú y
cual es tu proyecto, tu camino? ¿Qué ofreces y qué pides? Se
trata de conocer a Jesús. Conocer, en sentido griego, era tener
una idea racional, un concepto, de algo o de alguien. En sentido
semita (donde nació la Biblia) era tener un contacto personal.
Desde la cultura semita se conoce el árbol no tanto porque se
estudien en un libro sus características físicas, sino porque lo
tocamos, descansamos bajo su sombra y comemos de sus frutos (Mt
7,16ss).
“Vengan a ver”.
Jesús fue de cultura semita, por eso no les
hizo una exposición para convencerlos de que su proyecto tenía
validez. Él sencillamente los invitó a ver personalmente dónde
vivía, a compartir y a descubrir si valía la pena entregar su
vida por su Causa.
“Fueron, vieron y se quedaron”.
Para creer realmente en Jesús necesitamos vivir este proceso.
Solamente cuando nos encontremos con Él en nuestra propia carne
y espíritu, cuando experimentemos su obra en nuestra naturaleza,
nos quedaremos en su camino. Entonces confesaremos con pleno
convencimiento con Andrés: “Hemos encontrado al Mesías”.
GLORIFICAR A DIOS CON
EL CUERPO
El desenfreno
como paradigma: Corinto era una
ciudad de la antigua Grecia.
Su historia data desde el año
2000 a.C. Estar situada entre dos mares (golfo de Corinto hacia
el norte y Mar Egeo o Mar Mediterráneo hacia el sur) le ayudó a
desarrollar la actividad comercial. Desde antaño tuvo un papel
muy importante en el juego del poder: Se unió con Esparta en la
guerra del Peloponeso para luchar contra Atenas (431-404 a.C.) y
se enfrentó, luego, a sus amigos espartanos (395-386 a.C.). Fue
ocupada por los macedonios bajo el mando de Filipo II en el
338 a.C. y para defenderse se unió a la Liga Aquea en el
224 a.C. cuando mantuvo su estabilidad hasta que en el 146 a.C.
el ejército romano la destruyó.
Por su calidad de puerto seguía teniendo una
notable importancia comercial. Por eso Julio César la
reconstruyó hacia el 44 a.C. y Corinto volvió a florecer
convirtiéndose en la capital de la provincia romana de Acaya y
en el centro comercial más
importante del archipiélago griego, encrucijada de culturas y
razas, a mitad de camino entre Oriente y Occidente.
Para aquel tiempo
su población estaba compuesta por doscientos mil hombres libres
y cuatrocientos mil esclavos. Tenía 8 km de recinto amurallado,
veintitrés templos, cinco mercados, una plaza central y dos
teatros, uno de ellos con capacidad para veintidós mil
espectadores. La ociosidad de los marineros y la afluencia de
turistas llegados de todas partes, la habían convertido en una
ciudad con un eterno carnaval, algo así como una especie de
capital de Las Vegas del Mundo Mediterráneo. “Vivir como un
corintio” era sinónimo de vicioso; “corintia”, era el término
universalmente empleado para designar a las prostitutas. Con
frecuencia se oía la invitación: “vamos a corintear”. Ya sabrán
de qué se trataba.
En Corinto, con una población muy
heterogénea (griegos, romanos, judíos y orientales) se veneraban
todos los dioses del Panteón griego. Sobre todos ellos
sobresalía Afrodita, cuyo templo estaba asistido por mil
prostitutas sagradas. Hacia el año 50 de nuestra era llegó Pablo
en una de sus jornadas evangelizadoras; fundó una comunidad
cristiana y permaneció por un periodo de dieciocho meses como
animador.
Conocer la
complejidad del contexto sociohistórico nos ayuda a descubrir
porqué la comunidad cristiana de Corinto, era una de las más
conflictivas y el porqué del texto que hoy leemos (segunda
lectura). Los corintios que aceptaron el evangelio, querían
seguir con su vida licenciosa. Pero es claro que los impulsos
humanos, entre ellos los sexuales, cuando los liberamos
indiscriminadamente nos esclavizan y no nos dejan ver otras
realidades humanas. De esta manera nos condenan a llevar una
sexualidad mediocre y una vida meramente animal. Por eso Pablo
llama la atención e invita a vivir la sexualidad de manera
diferente.
La represión como paradigma:
Al lado opuesto en la historia del
cristianismo, encontramos a San Agustín. Con muy buenas
intenciones y apoyado por la antropología platónica, introdujo
en la Iglesia el desprecio por el cuerpo y todo lo terreno.
En adelante ser cristiano implicaba fundamentalmente despreciar
el cuerpo para salvar el alma. La sexualidad fue concebida como
algo totalmente negativo, un mal necesario justificado
únicamente para reproducir la especie. “Si hubiera otra forma
de reproducir la especie habría que buscarla”, decía el
padre Agustín. Pecar era sinónimo de tener relaciones sexuales.
Decir: “Ellos pecaron”, era decir: “ellos tuvieron
sexo”. Los hombres y mujeres castos se pusieron de moda y se
canonizó todo tipo de represiones. Para ser santo o santa se
tenía que ser virgen. Ser puro significaba no tener apetitos
sexuales o reprimirlos hasta anularlos. Los ministros de Dios
debían ser célibes y “reprimir santamente” todo apetito carnal.
El látigo, el cilicio, las hierbas amargas, los ayunos y la
observancia regular de todas las normas de órdenes y
congregaciones religiosas, se convirtieron en camino seguro para
llegar a Dios.
Hasta bien entrada la modernidad la Iglesia
vivió bajo esta consigna. Todos los textos bíblicos fueron
leídos e interpretados a través del lente dualista y misógino de
los teólogos medievales que condenaban el goce del cuerpo,
promovían y canonizaban personajes reprimidos poniéndolos como
testimonio supremo de santidad.
Incluso hoy algunas comunidades, grupos y movimientos de la
Iglesia mantienen estas prácticas como paradigma de vida
cristiana.
Pero la humanidad no aguantó más. Sucedió
algo así como con los Agujeros Negros, de los que habló el
astrónomo alemán Karl Schwarzschild en 1916, que van atrayendo y
condensando gran cantidad de energía (implosión) hasta que en
algún momento se saturan y explotan (explosión). En los años 60
y 70 se dio el boom de la sexualidad, vino la píldora
anticonceptiva, se popularizó la marihuana, las nuevas
tendencias de la música y el mundo de la moda. El cine, la radio
y la televisión, aprovecharon los impulsos sexuales innatos en
el ser humano para hacer comercio. Vuelve y juega.
La propuesta cristiana:
Nuestro mundo repite hoy la misma experiencia
de Corinto. Vivimos en una sociedad hedonista en la cual el
placer de donde venga, como venga, con quien sea, como sea, es
el que manda la parada. Vivimos la crisis de los valores, la
inversión de los códigos éticos, morales y humanos a todos los
niveles. Vivimos una época de consumismo exagerado que asfixia y
manipula la humanidad. Lo importante es sentirse bien y punto.
Vivimos en una sociedad relativista y permisiva que rechaza el
compromiso y todo tipo de talanqueras.
Hoy estamos en un mar multicolor en el que
unas personas se aferran a la corriente represiva de la
sexualidad y otros prefieren vivir sumergidos en un continuo
corinteo.
Frente a estas dos tendencias extremas Pablo,
en su carta a los Corintios, nos puede iluminar. El desenfreno
sexual destruye, vuelve banal y hasta vulgar algo que por
naturaleza es bello y engrandece la vida humana. Muchas personas
que viven solo en pos del placer por el placer y se quedan en
una sexualidad mediocre, genitalizada, funcionalista, sin
autocontrol y, en últimas, se vuelven esclavos de ella. No
alcanzan a descubrir toda la riqueza de la sexualidad. Por eso
Pablo invita: “El cuerpo no es para fornicar, sino para
servir al Señor…”
Así mismo, el retraimiento, la represión y el
desprecio por todo lo corpóreo, destruye la vida. Muchas
personas han pasado toda su existencia reprimiéndose, tratando
de tapar esa fuerza que fluye dentro de ellas y no han hecho
otra cosa que amargarse y amargarle la vida a los demás con sus
obstinaciones e intransigencias enfermizas, cubiertas con manto
sagrado. Pablo dice: “El cuerpo es templo del Espíritu Santo,
que han recibido de Dios y habita en ustedes…”
Para glorificar a Dios con el cuerpo hay que
tener cuidado con el desenfreno y la represión, dos extremos
igualmente dañinos. Necesitamos vivir a plenitud la sexualidad,
disfrutar de ella, pero es preciso el autocontrol, el orden.
Necesitamos el autocontrol, pero no la represión castradora.
Necesitamos integrar armónicamente nuestras
dimensiones, de tal manera que a través de nuestros cuerpos
comuniquemos vida, amor, plenitud y, por tanto, glorifiquemos
a Dios.
Que con nuestras palabras, con nuestros
actos, con nuestro compromiso, con todo lo que hagamos a diario
glorifiquemos a Dios. Que con un abrazo, con una sonrisa, con la
mano tendida para ayudar al necesitado, con nuestros pies
dispuestos a caminar y seguir el buen camino, glorifiquemos a
Dios. Que en la comunicación, la unión y la comunión profunda
con la persona amada, en el apoyo mutuo, en el caminar parejo y
en el gemir orgásmico y placentero, glorifiquemos a Dios. Que
nuestros cuerpos no sean para la fornicación ni para la
represión. Que sean para comunicar vida, alegría y amor, que
sean para glorificar a Dios que vive dentro de nosotros
inspirándonos todo lo bello, lo bueno, lo placentero, lo que
engrandece la vida humana y la hace más digna de ser vivida.
Oración
Oh Dios Madre y Padre que nos comunicas con
generosidad todo el torrente de vida, de amor y de paz y nos
llamas continuamente a construir un proyecto noble, grande,
bello y bueno. Te bendecimos, te alabamos, te glorificamos, te
damos gracias con nuestras palabras, con nuestras obras, con
nuestras actitudes, con nuestros cuerpos… Danos la sabiduría
para evitar todo tipo de desenfreno esclavizante y todo tipo de
represión enfermiza. Danos la sabiduría, la decisión, la firmeza
y la capacidad para vivir una sexualidad comunicadora de
plenitud.
Queremos ir en pos de Jesús, conocerlo,
amarlo y seguirlo hasta el final. Hoy escuchamos su llamado y
nos sentimos animados a apostarlo todo por su Causa. Hoy lo
reconocemos como el Mesías, el Ungido, el que está aquí en medio
de nosotros como camino, verdad y vida, como vía segura de
plenitud y felicidad. Por eso nos disponemos a caminar con él y
te pedimos la fuerza necesaria para ser fieles en su seguimiento
y la gracia de ver los frutos de eternidad. Amén.