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En Camino: Homía para el Domingo |
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Tiempo Ordinario Transfiguración del Señor |
6 de agosto de 2006 | ||||||||||
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Autor: Neptalí Díaz Villán CSsR. Fuente: www.scalando.com Haz Monte-Llanura
Según el relato de Marcos, ocurrió seis días después de la confesión mesiánica[1]. Seis es el número que no alcanza a ser siete, que es perfección. Es decir que la misión de Jesús no había terminado; faltaba mucho por hacer, no solo en el mundo exterior sino dentro del proceso formativo de sus discípulos.
Pedro había confesado a Jesús como Mesías pero se había convertido a su vez en piedra de tropiezo pues, al igual que los demás discípulos, tenía la concepción de un Mesías poderoso guerrero triunfador. Soñaban haciendo parte del grupo privilegiado, de ministros, asesores y demás personajes que rodeaban un rey, con todas las garantías de vida.
Sufrieron una gran decepción cuando el Mesías, quien prefirió para sí mismo sencillamente el título de Hijo del Hombre, les dijo que tenía que padecer una dura prueba: sufrimiento, rechazo, persecución y muerte, para luego entrar en la gloria. Luego les aclaro que quien quisiera seguirlo debía estar dispuesto a tomar su cruz e incluso, a dar su vida por Él y por el Evangelio. Él hablaba con claridad, pero sus discípulos se confundían más. Él les ofrecía su limitada humanidad; ellos buscaban un Mesías triunfador. Él les ofrecía un camino de servicio; ellos buscaban el poder. Él les pedía hacerse como niños, descubrir los valores que habitan escondidos entre los pobres y construir el Reino a partir de los pequeños. Ellos querían subir de status, dejar se ser pobres, hacer parte de un Reino poderoso y tener gente a su servicio.
La transfiguración es una narración simbólica que quiere expresar la victoria total de Jesús. Es una especie de adelanto de lo que Cristo es y representa para la humanidad. Quiere mostrar al Padre que presenta a Jesús como su Hijo, con toda su realidad histórica en conjunto, con su tensión ante las realidades “diabólicas” que desintegran al ser humano. ¡Claro que Jesús también hablaba de victoria! Pero no de manera espectacular e inmediata, como la esperaban sus discípulos y todo el pueblo.
A los seis días se retiró al monte con tres de sus discípulos más cercanos, con quienes había vivido momentos muy especiales, como el que reflexionamos el pasado dos de julio cuando vimos la curación de la hija de Jairo (Mc 5,21-43). Eran momentos de mucha tensión, de dudas y de temores; de prudencia, pero también de decisiones. La obra de Jesús era la obra de Dios; y no se puede hacer la obra de Dios desconociendo su gracia. El monte simboliza el lugar del encuentro de Dios con el ser humano. Necesitaban un espacio para la oración, para hacer memoria de lo que había hecho Dios con su pueblo, para abrirse su gracia y para tomar fuerzas en el duro camino. “La oración es una experiencia de gratuidad. Ese acto ocioso, ese tiempo desperdiciado nos recuerda que el Señor está más allá de las categorías de lo útil y lo inútil. Dios no es de este mundo. La gratuidad de su don, creadora de necesidades más profundas, nos libera de toda alineación religiosa y en última instancia, de toda alineación” [2].
Y se transfiguró. La oración bien realizada tiene el poder para transformar al ser humano y para ayudarle a ver las cosas con claridad. Por algo decía san Alfonso que la oración es el arma más poderosa que tiene el cristiano; a tal punto de afirmar que quien ora se salva y quien no ora se condena. Jesús entró en diálogo espiritual con Elías y Moisés. Es decir con los profetas y con la ley. Él no empezó de cero, no hizo borrón y cuenta nueva. No desconoció los procesos que se hicieron antes de él[3]. Fue continuador del proyecto salvífico de Dios, que venía desde hacía mucho tiempo.
La oración es muy importante; toda nuestra vida debe ser una continua oración. Pero no podemos limitar nuestra vida cristiana a momentos de oración, a ser piadosos rezanderos, con muchas palabras en la boca pero pocos frutos en las manos. Esa fue la gran tentación Pedro. “Maestro, ¡qué bueno que estemos aquí! Levantemos tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Con mucha frecuencia identificamos el cristianismo por los grandes templos, por las grandes basílicas y por los demás grandes monumentos realizados para mostrar la grandeza de la religión (mal enfocada por supuesto). Monumentos que causaron divisiones y que nos muestran lo que no se debería hacer. Monumentos que debemos conservar porque estos nos siguen gritando en lo que podemos caer. Estos hermanos nuestros que los hicieron no sabían lo que hacían, borrachos con el poder como estaban y temerosos de perderlo. Pedro no sabía lo que decía, así como cuando ponemos el énfasis donde no debería estar. Así como cuando queremos enchozarnos y alejarnos del mundo que nos rodea con sus luces y sus sombras.
Necesitamos lugares especiales para la oración, para el encuentro con los hermanos, para la alabanza y para el estudio de la Palabra, pero no podemos quedarnos ahí. No por miedo a bajar del monte a la llanura y enfrentar la realidad.
Es muy importante orar, pero no convertir la oración en un escape ni en excusa para enfrentar el mundo, como lo hicieron los monjes en la edad media. “Ore menos y trabaje más”, le decía San Clemente a su compañero, el padre Passerath. Nuestra oración debe ser como la de Jesús: “Jesús rechaza los falseamientos típicos de la oración: narcisismo espiritual, hipocresía, palabrería, instrumentalización espiritualista alienante, instrumentalización opresora, mixtificación de la sensibilidad o de sensiblería”[4]. Él rescató todos los elementos positivos de la oración judía: bendijo la mesa (Mt 14,19; 15,36; 26,26), oró con la comunidad, incluido el sábado (Lc 4,16)… Su oración no lo hizo huir del mundo y de su propia humanidad, sino que lo ayudó a vivir más humanamente.
La nube en el lenguaje bíblico no es un fenómeno meteorológico; es el signo de la presencia de Dios (Ex 25,15; 1Re 8,10; Hch 1,9). Es decir, que Dios-Padre se hizo presente durante la vida de Jesús. Lo reconoció como Hijo, avaló toda su obra y lo presentó para que escucháramos su Palabra y siguiéramos su camino.
El monte y la llanura son dos realidades inseparables de la vida cristiana. Es preciso subir al monte y bajar a la llanura, siempre con Jesús. [1] Mc 8,27-33 Según este relato, Pedro confiesa a Jesús como el Mesías. [2] (GUTIERREZ Gustavo, en: MARTÍN DESCALZO José Luis, Vida y Misterio de Jesús de Nazareth, Sígueme, Salamanca 1996. 537). [3] Es costumbre entre nuestros líderes mediáticos, que esconden su rabo de paja, hacer ver que a partir de ellos toda va a ser nuevo, que todo va a cambiar. Que la historia se parte en dos a partir de su gobierno, que antes todo el mundo hizo las cosas mal, pero ahora ellos van a hacer las cosas bien… en fin, que Jesucristo les queda pequeño. [4] SOBRINO Jon, en: MARTÍN DESCALZO José Luis, Op. Cit. 536.
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Fecha de la Última actualización: 31/07/2006 12:51:28 a.m. | |
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