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La persona o el pueblo que no conoce su historia está condenado a
cometer los mismos errores; nuestros pueblos latinoamericanos por el
proceso trágico de la colonización y su posterior disputa de poderes,
donde han ganado otros, pescando en río revuelto, tiene un profundo
vacío en cuanto a memoria histórica se refiere.
Celebrar la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo es, en primera medida,
recordar. “Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha
hecho recorrer… no te olvides del Señor tu Dios” (Dt 8,2.14b), le
dijo Moisés a su pueblo, según el relato deuteronomista. También en la
última cena, Jesús invitó a sus amigos para que hicieran lo que Él había
hecho en memoria suya.
¿Para qué recordaba el pueblo de Israel y para qué recordar nosotros
hoy? El pueblo recordaba para tomar conciencia de los errores del pasado
y evitar cometerlos. Para ver las situaciones duras, así como los
momentos de gloria, y descubrir la mano del Señor que había guiado al
pueblo y seguía acompañándolo, en medio del desierto, de las serpientes,
de la sed o en cualquier situación. Para renovar la alianza y hacer
realidad de nuevo esa presencia salvadora de Dios, porque con el mismo
amor y el mismo poder que sacó a su pueblo de Egipto, el Señor seguía
caminando con ellos. En ese mismo sentido nosotros podemos hacer memoria
de la acción de Dios en el pueblo y comprender que el mismo poder que
desplegó Dios al resucitar a su Hijo, lo despliega hoy a favor de
nosotros los creyentes (Ef 1,19-21); y que con el mismo compromiso y el
amor que vivió Jesús hasta dar su vida, tenemos que vivir sus discípulos
y discípulas.
El discurso del pan de vida, elaborado por las comunidades del Cuarto
Evangelio, que leemos hoy, es una clara invitación a encarnar en nuestra
vida personal y comunitaria a Jesús y su opción por la vida. ¿Qué
significa comer la carne de Jesús? El mismo Cuarto Evangelio dice que la
Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros (Jn 1,14).
Luego, en el fragmento que leemos hoy afirma: “El pan que yo les voy
a dar es mi carne para la vida del mundo… el que come mi carne y bebe mi
sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn
6,51b.54ª).
El don de Dios se nos da a través de la carne, o sea, a través de lo
humano. En Jesús, la Palabra eterna del Padre asumió lo humano con toda
su realidad. Jesús, con su vida y su palabra nos mostró cómo es Dios
encarnado: compasivo, misericordioso, fiel, capaz de servir y dar la
vida por amor. Ese es el pan vivo bajado del cielo, es decir, ese es el
verdadero culto a Dios: asumir la vida tal como la asumió Jesús. Comer
la carne y beber la sangre de Jesús significan vivir como Él, en
entrega, servicio, dedicación y dispuestos a dar la vida por su causa.
Ahí está la vida eterna.
Celebrar la fiesta del cuerpo y la sangre del Señor no es tanto un acto
piedad individual; mi Dios y yo, en íntima estrechez (a veces egoísta
estrechez). Si convertimos la Eucaristía en un acto individualista e
intimista, por más santidad y adoración que se le ponga, no deja de ser
un culto vacío, que no conduce a la vida, “como el que comieron sus
padres y murieron”. Que nuestras eucaristías sean realmente comulgar
en todo nuestro ser con Cristo encarnado en el hoy de nuestra historia
para tener vida eterna.
Oración
Señor Jesús, Pan de vida, Palabra encarnada en nuestra historia, cáliz
de salvación, sangre que se derrama dando testimonio. Te damos gracias
por tu vida en total apertura al amor del Padre y Madre Dios, en total
disponibilidad para llevar a cabo su plan divino, en total donación por
amor a la humanidad. Gracias porque hoy nos alimentas gratuitamente con
este precioso alimento que nos garantiza la verdadera vida.
Al celebrar hoy esta fiesta y al compartir juntos el mismo pan, tu carne
y el mismo cáliz, tu sangre, te pedimos que te asimilemos a ti en
plenitud. Que vivamos, pensemos, sintamos, trabajemos, nos desarrollemos
en sintonía, en comunión contigo.
Contamos contigo Jesús, con tu presencia viva, con tu fuerza, con tu
gracia… contamos contigo en la organización de nuestra vida, de nuestros
planes y proyectos. Te aceptamos como nuestro alimento, nuestro guía y
nuestra fuerza interior… Danos siempre de ese pan, aceptamos siempre ese
pan y nos comprometemos contigo. Cuenta con nosotros, aquí estamos para
seguirte, para caminar y continuar tu obra hasta el final. Amén.
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