|
El presente relato que
leemos hoy lo presenta Lucas, el autor de los Hechos de los Apóstoles,
después del relato de la ascensión del Señor. Notemos que el grupo de
discípulos y discípulas sigue dentro de las normas judías. Jesús
resucitado se les reveló fuera de Jerusalén y su significado religioso,
pero luego ellos volvieron a ella. El texto hace énfasis en que el
camino que recorrieron desde el monte de los Olivos hasta Jerusalén fue
lo estrictamente permitido: caminar el día sábado, lo que indica lo
difícil que fue tomar distancia de la institucionalidad judía.
Según Pablo Richard,
la reunión la realizaron posiblemente cerca del templo, en el segundo
piso de una casa. Este detalle se puede tomar como un retroceso de la
comunidad con respecto a Jesús, pero también como un reto por el
testimonio que debían dar ante la institucionalidad judía, como en
efecto lo hicieron más tarde.
Un detalle que vale la pena
resaltar es el de las personas que se reunieron para la constitución de
primera comunidad. Se trata de los once clásicos discípulos, un grupo de
mujeres discípulas, incluida María la madre de Jesús y sus hermanos. No
vamos a entrar en discusión sobre si eran hermanos de sangre, hermanos
de comunidad o simples parientes, porque eso no es lo más importante.
Resaltamos que aquí los hermanos de Jesús no aparecen en contraposición
a Él como los presenta Marcos, porque ellos creían que no estaba en sus
cabales (Mc 3,20-21.31-35), o como los presenta Juan que ni siquiera
ellos creían en él (Jn 7,1-10). Lucas los presenta en la misma tónica de
los demás discípulos. Es más, Santiago, uno de los hermanos de Jesús,
jugó un papel muy influyente en la comunidad de Jerusalén, después de
Pedro. (Hch 12,17; 15,13; 21,18).
Se trata de una comunidad
mixta con teologías y estrategias distintas, pero reunidos y
perseverando en oración. No obstante las diferencias ideológicas y
prácticas entre este grupo, tuvieron la humildad, tolerancia y agudeza
con la causa de Jesús para reunirse y perseverar en la oración con un
mismo espíritu.
En estos tiempos de
convulsión y de cambios, de crisis en nuestras iglesias, familias y
comunidades; en estos tiempos en los que muchos reclaman cambios
estructurales en la Iglesia y en nuestras sociedades, vale la pena
aprender de esta primigenia comunidad fundacional. Aquí encontramos
mujeres y hombres, los once apóstoles y los demás. La experiencia y el
testimonio de esta comunidad debe iluminar las nuestras para que
nosotros también, no obstante nuestras diferencias, perseveremos unidos
en la oración y en un mismo espíritu: el de Jesús que murió y resucitó
para dar vida al mundo.
La oración de Jesús
El fragmento del Cuarto
Evangelista que leemos hoy es la primera parte de la conocida oración de
Jesús por su pueblo que abarca todo el capítulo 17. La oración empieza
con el tema de “la hora de Jesús”. En algunos textos, especialmente del
Cuarto Evangelista, se habla de que todavía no había llegado la hora de
Jesús: En las bodas de Caná, Jesús le dice a María, su mamá, que todavía
no había llegado su hora (Jn 2,1ss). En otro texto Jesús explica que
muchos hermanos suyos no habían creído en Él porque todavía no había
llegado su hora (Jn 7,5-6). En otra ocasión, cuando quisieron
apedrearlo, nadie le puso las manos porque todavía no había llegado su
hora (Jn 7,30). Ya en el relato del lavatorio de los pies se dice que
Jesús sabía que había llegado su hora (Jn 13,1ss), y aquí en su oración
al Padre por sus discípulos dice claramente: “Padre, llegó la hora:
glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique” (Jn
17,1).
Hemos hablado ya muchas
veces de que Dios no mandó a su hijo para que lo mataran y de esta
manera saciar su sed de venganza por los innumerables pecados de los
hombres. Sabemos que la muerte de Jesús es consecuencia de su compromiso
por el Reino. La muerte, para el Cuarto Evangelista, no es una derrota
sino un triunfo porque allí se manifiesta la máxima expresión del amor
(Jn 15,13), porque Él selló con su sangre la fidelidad hacia la causa de
una vida nueva para la humanidad; porque aunque aparentemente lo
vencieron, fue Él quien venció al mundo. (Jn 16,33), pues no dejó
contaminar su corazón con las ansias de poder y de dominio sino que se
mantuvo fiel al proyecto salvador de Dios, su Padre.
La gloria de Dios se
manifiesta en la forma como vivió su hijo, siempre en una actitud de
servicio. La gloria de Dios se manifiesta no en la forma como maltratan
a su hijo sino en la forma digna como Él asumió su vida, pasión y
muerte.
Lo oferta de Jesús para la
humanidad es la vida eterna. Pero veamos que la vida eterna no es
necesariamente del más allá, sino que es algo concreto y cercano que
consiste en conocer a Dios y a Jesús. “Tú
le diste poder sobre todos los hombres, para que él dé la vida eterna a
todos los que tú le confiaste. Esta es la vida eterna: que te conozcan,
a ti, único Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo.”
(Jn 17,2-3).
Durante mucho tiempo la
Iglesia insistió en la vida eterna como algo del más allá y se olvidó
completamente de la vida real y concreta. Al punto de que muchas
personas piensan que la Iglesia, y en general el cristianismo, es algo
que debe archivarse en los anaqueles de la premodernidad. Hoy como
Iglesia hemos cambiado, pero todavía en muchos grupos, se sigue haciendo
un énfasis exclusivo en el ganar el cielo. Una oración muy utilizada por
algunos de estos grupos despistados es la siguiente: “Oh Jesús mío
perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al
cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu
infinita misericordia”. ¿Le vamos a seguir dando la razón a quienes
piensan que debemos ser tan sólo una pieza de museo?
Vale la pena preguntarnos
si nosotros participamos de la gloria de Jesús, si conocemos al Padre
por medio de Jesús, su Hijo. Llegaremos a este conocimiento cuando
vivamos como Él vivió y amemos como Jesús amó. Cuando nos comprometamos
con el pobre como Él lo hizo y trabajemos por la justicia, la verdad y
la paz como Él trabajó.
¿De parte de quién estamos?
¿De parte del mundo que representa el proyecto del mal, o de parte de
Jesús que representa el proyecto de Dios para la humanidad? Jesús no
ruega por el mundo sino por los discípulos, de ayer y de hoy, que
representan el lugar por excelencia donde él manifiesta su gloria.
¿Somos parte de ese grupo? Ojalá que sí. Es grandioso hacer parte del
grupo de Jesús y saber que somos continuadores de su obra salvadora,
pero también es una gran responsabilidad, pues dependiendo de nuestro
testimonio de vida, los demás podrán ver y reconocer la gloria de Jesús.
|