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En Camino Homilía para el Domingo |
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Tiempo de Pascua VII Domingo |
4 de mayo de 2008 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
Constitución de la comunidad El presente relato que leemos hoy lo presenta Lucas, el autor de los Hechos de los Apóstoles, después del relato de la ascensión del Señor. Notemos que el grupo de discípulos y discípulas sigue dentro de las normas judías. Jesús resucitado se les reveló fuera de Jerusalén y su significado religioso, pero luego ellos volvieron a ella. El texto hace énfasis en que el camino que recorrieron desde el monte de los Olivos hasta Jerusalén fue lo estrictamente permitido: caminar el día sábado, lo que indica lo difícil que fue tomar distancia de la institucionalidad judía.
Según Pablo Richard[1], la reunión la realizaron posiblemente cerca del templo, en el segundo piso de una casa. Este detalle se puede tomar como un retroceso de la comunidad con respecto a Jesús, pero también como un reto por el testimonio que debían dar ante la institucionalidad judía, como en efecto lo hicieron más tarde.
Un detalle que vale la pena resaltar es el de las personas que se reunieron para la constitución de primera comunidad. Se trata de los once clásicos discípulos, un grupo de mujeres discípulas, incluida María la madre de Jesús y sus hermanos. No vamos a entrar en discusión sobre si eran hermanos de sangre, hermanos de comunidad o simples parientes, porque eso no es lo más importante. Resaltamos que aquí los hermanos de Jesús no aparecen en contraposición a Él como los presenta Marcos, porque ellos creían que no estaba en sus cabales (Mc 3,20-21.31-35), o como los presenta Juan que ni siquiera ellos creían en él (Jn 7,1-10). Lucas los presenta en la misma tónica de los demás discípulos. Es más, Santiago, uno de los hermanos de Jesús, jugó un papel muy influyente en la comunidad de Jerusalén, después de Pedro. (Hch 12,17; 15,13; 21,18).
Se trata de una comunidad mixta con teologías y estrategias distintas, pero reunidos y perseverando en oración. No obstante las diferencias ideológicas y prácticas entre este grupo, tuvieron la humildad, tolerancia y agudeza con la causa de Jesús para reunirse y perseverar en la oración con un mismo espíritu[2].
En estos tiempos de convulsión y de cambios, de crisis en nuestras iglesias, familias y comunidades; en estos tiempos en los que muchos reclaman cambios estructurales en la Iglesia y en nuestras sociedades, vale la pena aprender de esta primigenia comunidad fundacional. Aquí encontramos mujeres y hombres, los once apóstoles y los demás. La experiencia y el testimonio de esta comunidad debe iluminar las nuestras para que nosotros también, no obstante nuestras diferencias, perseveremos unidos en la oración y en un mismo espíritu: el de Jesús que murió y resucitó para dar vida al mundo.
La oración de Jesús El fragmento del Cuarto Evangelista que leemos hoy es la primera parte de la conocida oración de Jesús por su pueblo que abarca todo el capítulo 17. La oración empieza con el tema de “la hora de Jesús”. En algunos textos, especialmente del Cuarto Evangelista, se habla de que todavía no había llegado la hora de Jesús: En las bodas de Caná, Jesús le dice a María, su mamá, que todavía no había llegado su hora (Jn 2,1ss). En otro texto Jesús explica que muchos hermanos suyos no habían creído en Él porque todavía no había llegado su hora (Jn 7,5-6). En otra ocasión, cuando quisieron apedrearlo, nadie le puso las manos porque todavía no había llegado su hora (Jn 7,30). Ya en el relato del lavatorio de los pies se dice que Jesús sabía que había llegado su hora (Jn 13,1ss), y aquí en su oración al Padre por sus discípulos dice claramente: “Padre, llegó la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique” (Jn 17,1).
Hemos hablado ya muchas veces de que Dios no mandó a su hijo para que lo mataran y de esta manera saciar su sed de venganza por los innumerables pecados de los hombres. Sabemos que la muerte de Jesús es consecuencia de su compromiso por el Reino. La muerte, para el Cuarto Evangelista, no es una derrota sino un triunfo porque allí se manifiesta la máxima expresión del amor (Jn 15,13), porque Él selló con su sangre la fidelidad hacia la causa de una vida nueva para la humanidad; porque aunque aparentemente lo vencieron, fue Él quien venció al mundo. (Jn 16,33), pues no dejó contaminar su corazón con las ansias de poder y de dominio sino que se mantuvo fiel al proyecto salvador de Dios, su Padre.
La gloria de Dios se manifiesta en la forma como vivió su hijo, siempre en una actitud de servicio. La gloria de Dios se manifiesta no en la forma como maltratan a su hijo sino en la forma digna como Él asumió su vida, pasión y muerte.
Lo oferta de Jesús para la humanidad es la vida eterna. Pero veamos que la vida eterna no es necesariamente del más allá, sino que es algo concreto y cercano que consiste en conocer a Dios y a Jesús. “Tú le diste poder sobre todos los hombres, para que él dé la vida eterna a todos los que tú le confiaste. Esta es la vida eterna: que te conozcan, a ti, único Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo.” (Jn 17,2-3).
Durante mucho tiempo la Iglesia insistió en la vida eterna como algo del más allá y se olvidó completamente de la vida real y concreta. Al punto de que muchas personas piensan que la Iglesia, y en general el cristianismo, es algo que debe archivarse en los anaqueles de la premodernidad. Hoy como Iglesia hemos cambiado, pero todavía en muchos grupos, se sigue haciendo un énfasis exclusivo en el ganar el cielo. Una oración muy utilizada por algunos de estos grupos despistados es la siguiente: “Oh Jesús mío perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu infinita misericordia”. ¿Le vamos a seguir dando la razón a quienes piensan que debemos ser tan sólo una pieza de museo?
Vale la pena preguntarnos si nosotros participamos de la gloria de Jesús, si conocemos al Padre por medio de Jesús, su Hijo. Llegaremos a este conocimiento cuando vivamos como Él vivió y amemos como Jesús amó. Cuando nos comprometamos con el pobre como Él lo hizo y trabajemos por la justicia, la verdad y la paz como Él trabajó.
¿De parte de quién estamos? ¿De parte del mundo que representa el proyecto del mal, o de parte de Jesús que representa el proyecto de Dios para la humanidad? Jesús no ruega por el mundo sino por los discípulos, de ayer y de hoy, que representan el lugar por excelencia donde él manifiesta su gloria. ¿Somos parte de ese grupo? Ojalá que sí. Es grandioso hacer parte del grupo de Jesús y saber que somos continuadores de su obra salvadora, pero también es una gran responsabilidad, pues dependiendo de nuestro testimonio de vida, los demás podrán ver y reconocer la gloria de Jesús. [1] RICHARD Pablo, El movimiento de Jesús, después de su resurrección y antes de la Iglesia, una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles. Verbo divino y otras, Colección Biblia 71. Quito 2001. Pag. 31s [2] Según Pablo Richard (Op Cit. 33), la frase “perseveraban en oración con un mismo espíritu”, es un término redaccional de Lucas que nos hace sospechar una realidad histórica diferente.
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Fecha de la Última actualización: 29/04/2008 11:38:46 p.m. | |
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