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La Iglesia es misionera o no es Iglesia, dijo el papa Pablo VI en la
conocida Carta Encíclica, Evangeli Nuntiandi (El anuncio del Evangelio).
En el fragmento de los Hechos de Apóstoles que leemos hoy vemos al
apóstol Felipe en misión evangelizadora. Viéndolo en su contexto,
parecería disonante que un judeocristiano como Felipe, se arriesgara a
entrar en tierra de samaritanos a compartir su fe. Sabemos que judíos y
samaritanos tenían una histórica rivalidad que los había llevado a
maltratarse con fuertes agresiones y a guardar odios dañidos de parte y
parte.
Por obra y gracia del Espíritu Santo, y por el noble y sabio servicio
del apóstol Felipe, la predicación de la Buena Noticia dio muchos
frutos. El anuncio respetuoso del Evangelio y los frutos vistos en la
comundiad de Samaría, son señal de que el Espíritu del Señor estaba con
ellos.
En este tiempo hay una fuerte y necesaria discertación acerca de la
misión evangelizadora en las Iglesias cristianas. Le debemos mucho a
los misioneros y misioneras que vinieron a estas tierras a anunciar la
Buena Noticia. Es admirable ver cómo muchas personas se desprenden de su
familia, de su país, de su cultura y se internan en las comunidades
indígenas de Latinoamérica y el Caribe, en el África, Asia y Oceanía.
Pero también es cuestinante la estrategia de muchas misiones y la forma
como ha sido utilizada la religión para fundamentar invasiones, zaqueos,
destrución de pueblos y colonizaciones.
La humandiad ha sido testigo silente de choques culturales en los que la
cultura más debil desde el punto de vista bélico, siempre ha llevado las
de perder. Para no ir tan lejos, basta ver cómo nuestros pueblos
latinoamericanos fueron arrazados y esclavizados por la arrogante
cultura europea, con una sed insaciable de oro, poder y dominio, todo
ello apoyados con el “Derecho Divino” y el sofisma de anunciar el
evangelio a estos salvajes. La colonización en Norte América fue más
destructora para los nativos porque los colonos ingleses se
establecieron con sus familia y lo único que buscaban era acabar como
fuera a los “salvajes indios”, para quedarse con lo único valioso que
ellos tenían: la tierra.
La espada y la cruz fueron cómplices de muchos vejámenes a la humanidad.
“Antes
de la misión, nosotros teníamos las tierras y ellos tenían la Biblia.
Ahora nosotros tenemos la Biblia y ellos se quedaron con nuestras
tierras”.
Decía un poblador Africano, quien se lamentaba la forma como los
europeos dominaron su pueblo.
Afortunadamente como Iglesia algo hemos avanzado, pero todavía nos
falta. Hablamos mucho de ecumenismo y diálogo interreligioso; pero si
partimos de la premisa de que nosotros tenemos la razón y los demás
están equivocados, dudo de que podamos dialogar. Si seguimos afirmando
que nosotros somos la verdadera iglesia y las demás son tan sólo un
intento de comunidades cristianas llamadas a volver al auténtico seno,
que el único camino para llegar a Dios es el nuestro y en las demás
religiones hay tan sólo primitivos vestigios de religiosidad… entonces,
¿podremos entablar un diálogo abierto para comunicar experiencias de
salvación y aunar esfuerzos para construir un mundo mejor? Pongámonos en
los zapatos de los otros: ¿Será que podemos dialogar cuando sabemos que
la única solución es aceptar que estamos absolutamente equivocados?
Nos dice el fragmento de los Hechos que el gentío escuchaba con
aprobación lo que decía Felipe y la ciudad se llenó de alegría.. A pesar
de ser enemigos declarados, la presencia y la predicación del
judeocristiano Felipe en Samaría, fue causa de gran alegría. La
humandidad vieja nos ha enseñado que en el mundo hay ganadores y
perdedores y que tenemos que competir, luchar contra otros, dejar a un
lado a muchos rivales y engañar, si es necesario y para ser ganadores,
para tener éxito, para estar arriba. Tenemos que hacer un nuevo
ejercicio para aprender a ganar, sin llevarnos a nadie por los cuernos,
sin perdedores, sin vencidos. Un nuevo juego de la pirinola: todos
ponen, todos toman, todos ganan. Nuestra lucha no ha de ser contra
personas específicamente, sino contra la vieja humandiad que habita en
todos. Al única perdedora será la infelicidad, la mediocridad y la
muerte.
¿Entonces no vamos a comunicar nuestra experiencia de fe a otros
pueblos, a otras culturas? ¡Claro que sí vamos a comunicar nuestra
experiencia de salvación! Debemos dar razón de nuestra esperanza,
escribió Pedro en la segunda lectura (1P 3,15-18).
En medio de las crisis más profundas por las que puede pasar la
humanidad, de las injusticias y las opresiones, tenemos que dar
testimonio al porqué creemos, por qué vivimos en esperanza, por qué nos
empeñamos en confiar en la misericordia y en la voluntad salvífica de
Dios. Porque el amor se manifestó en Jesucristo quien murió, resucitó y
sigue dando vida al mundo. Porque somos testigos de la forma como
Jesucristo transforma radicalmente la vida de las personas y de las
comunidades. Porque aunque hemos experimentado sufrimientos, como todos
los seres humanos, también hemos disfrutado las mieles de una vida nueva
conducida por e Espíritu Santo por cuyo poder fue resucitado Jesucristo
de entre los muertos.
Todos tenemos que ser misioneros y anunciar convencidos la razón de
nuestra esperanza. En nuestras casas, en nuestros trabajos, aquí, allá,
en la Cochinchina o en la Patagonia. Que otras personas tengan la
posibilidad de conocer a Jesús y seguir sus pasos, pero no podemos hacer
proselitismo desprestigiando las demás experiencias religiosas, ni
imponer nada a nadie. Dar razón de nuestra esperanza, como dijo Pedro:
con
mansendumbre, respeto y buena conciencia.
El Paráclito:
El fragmento del Cuarto Evangelista (o Evangelio según san Juan) que
leemos hoy, manifiesta en primera medida en qué consiste el amor a
Jesús.
“Si me aman, guardarán mis mandamientos”.
No se pide esto porque Él hubiera dado otra serie de mandamientos aparte
de los contenidos en la ley mosáica, o porque impulsara el legalismo
judío. Para Jesús no hay más mandamiento que el amor a Dios, a uno mismo
y al prójimo. Amamos a Jesús, somos sus seguidores en la medida que
despleguemos todo nuestro amor tal como él lo hizo.
El Evangelio que leímos hace ocho días terminaba invitando a hacer las
obras de Jesús:
“Les aseguro que el que cree en mí, también hará las obras que
hago yo, y las hará aún más grandes. Pues yo me voy al Padre.”
(Jn 14,12). Jesús ya hizo su obra, esta es la hora nuestra, esta es la
hora de la Iglesia. Ahora nos corresponde a nosotros continuar con su
obra.
Pero continuar la obra de Jesús, amar como Él amó no es tarea fácil para
nuestra humanidad limitada y tendiente a la currupción. Para ser
continuadores de su misión necesitamos la misma dinámica y fuerza
salvadora que lo impulsó a Él: el Paráclito, el Espíritu de la verdad,
el Espíritu Santo. La palabra paráclito viene del verbo griego
parakalein,
que significa el llamado para ayudar, acompañar, aconsejar. Es el
abogado, el intercesor, el consolador.
Jesús realizó la obra del Padre y la comundiad cristiana está llamada a
continaur la esa misión salvadora, la cual realizará sólo con la ayuda
del Paráclito, que es enviado por Jesús, de parte del Padre (Jn 15,26 y
16,7). Con la fuerza del Paráclito la comundiad cristiana dara
testimonio de Jesús (Jn 15,26) y será conducida a la verdad plena (Jn
16,13).
Al dar testimonio de Jesús resucitado, la piedra desachada por los
arquitectos, convertida en piedra angular, necesariamente la comundiad
entrará en conflicto con el mundo. Al dejarse conducir por el Paráclito
a la verdad plena (verdad que sin lugar a dudas la encontrará en Jesús),
la comundiad cristiana descubrirá la falsedad del mundo (Jn 16,7-10).
Por esto, como afirma Josep Oriol Tuñí, la comundiad que se deja guiar
por el Paráclito entrará en conflicto con el mundo:
“En
este contexto, el Paráclito ha de chocar con la oposición del mundo, que
continúa el proceso contra Jesús (si a mí me han perseguido, también los
perseguirán a ustedes: (Jn 15,20) y su tarea fundamental será dar
testimonio de Jesús mediante el testimonio de los discípulos (Jn
15,26-27). La oposición que encontró Jesús la enontrarán también el
Paráclito y los discípulos ”
Vale aclarar que en éste fragmento que leemos del Cuato Evangelista, el
término mundo tiene una connotación negativa. Aquí el mundo es todo lo
opuesto al proyecto de Jesús, el mundo del egoísmo, del afán de dinero y
poder, de la injusticia y la opresión. Es todo el sistema corrupto que
atenta contra la vida, la libertad, la dignidad y los demás derechos de
las personas.
Por eso dice el texto que el mundo no conoce al Paráclito; porque sólo
entiende el lenguaje del poder y de los miedos humanos, a veces
camuflados de gradeza. El mundo no entiende el lenguje de la defensa del
pobre; no sabe qué es eso de ponerse junto al necesitado para caminar
con él, para defenderlo y para dejarnos conducir a la verdad plena.
Si caminamos con Jesús, si asumimos su proyecto y lo continuamos,
comprenderemos este lenguaje que el mundo no conoce y que combate porque
descubre su falcedad. El Paráclito será nuestro guía, nuestro consejero,
nuestro defensor; y nos ayudará a descubrir la realidad de Jesús y la
equivocación del mundo. Frente a la aparente victoria del príncipe de
este mundo, comprenderemos en carne propia la victoria de Jesús y su
causa salvadora.
Oración
Señor Jesús te bendecimos, te alabamos, te ensalsamos, te damos gracias.
Para ti sea la gloria, el honor, el reconocimiento, la bendición, porque
tú eres la expresión más patente del amor misericoridioso de Dios, Padre
y Madre. A ti nos unimos con fe, con confianza, con deseos sinceros de
ser continuadores de tu obra salvadora a favor de toda la humanidad.
Nos disponemos a ser evangelizadores con toda la Iglesia, con todas las
Iglesias, con todos los hombres y mujeres que creen en ti y en ti han
encontrado salvación y vida eterna. Te damos gracias por tantos
evangelizadores y evangelizadoras que nos han comunicado tu Palabra, tu
Espíritu, tu proyecto, en medio de los errores propios de su época, de
las comprensiones, de las mentalidades que hoy ya estamos superando. Te
pedimos que nos purifiques, que nos libres de todo tipo de
fundamentalismo para anunciarte con vigor, con pasión, con fuerza, con
energía, pero también con humildad, con sencillez de corazón y con
generosidad de espíritu.
Pedimos que tu Espíritu Paráclito siempre nos acompañe. Porque como
seres humanos somos débiles, a veces fallamos, nos desanimamos, nos
podemos equivocar de camino, podemos desviar la sagrada misión que nos
encomientas. Contamos con el Parácito para que nuestras opciones,
nuestra lucha, nuestra entrega, nuestra causa, sea la tuya. Contamos
contigo, contamos con el Paráclito, cuenta con nosotros. Estamos en
camino contigo, hasta el final de los tiempos… Amén.
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