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La mejor prueba de la resurrección de Jesús no la constituye la tumba
vacía sino el testimonio de una comunidad que se ama. Una comunidad que
supera los odios, los miedos y los egoísmos propios de la vieja
humanidad dominada por el pecado, y es capaz de vivir solidariamente con
la fuerza del resucitado.
Con la muerte de Jesús sus seguidores y seguidoras vieron terminadas sus
esperanzas de una transformación para sus vidas. Como lo podemos ver en
el evangelio de hoy, se llenaron de miedo y pensaron que les podría
ocurrir lo mismo que a su maestro. Muchos huyeron (Lc 24, 13ss) porque
no querían saber nada de las pasadas esperanzas chocadas con la dura
realidad y convertidas en tremendas frustraciones.
Pero de pronto toda esa realidad trágica empezó a cambiar. El hombre que
habían matado estaba vivo. Y no fue solamente que sus discípulos hayan
resucitado su causa; fue que Él resucitó de verdad y se presentó a
ellos: a los que iban de camino, a los que estaban pescando y a los que
estaban encerrados, o sea a todos sus discípulos que habían vuelto a sus
actividades de antes. La resurrección los sorprendió en medio de su
increencia y su decepción.
Poco a poco fueron descubriendo algo especial relacionado con Jesús. No
sabían con claridad qué era lo que pasaba, ni lo identificaban muy bien.
Por eso en algunos relatos del evangelio se dice que los discípulos lo
confundieron con un fantasma. Unos pensaron que esas sensaciones se
daban por la fuerte decepción que habían sufrido, que era producto de la
locura o que estaban pasados de copas. Con el paso del tiempo se
convencieron de que esa experiencia que los cubría y les devolvía las
esperanzas era provocada por Jesús. ¡Sí! El mismo Jesús que habían visto
clavado de pies y manos en la cruz, y traspasado en su costado. El mismo
con el cual habían compartido experiencias únicas que habían cambiado
radicalmente sus vidas. No había duda: era la presencia viva de Jesús,
ahora de una manera nueva. No había duda: Jesús había resucitado y vivía
en medio de ellos.
La resurrección no fue algo inminente. No fue un hecho comprobado
científicamente que dejara a todos sin aluna duda. Fue un acontecimiento
que necesitó tiempo para madurar y para convencerlos de su veracidad.
Fue un acontecimiento muy sutil, pero con una fuerza tan grande que los
hizo vencer todas las limitaciones humanas, los capacitó para lanzarse a
anunciar la Buena Nueva y los hizo capaces de continuar con el proyecto
de Jesús.
La experiencia de la resurrección les hizo experimentar la paz de Jesús,
que no es la de las tumbas sino la que viene como consecuencia de la
justicia y de una vida reconciliada con el Espíritu del Señor. Con la
experiencia de la resurrección los discípulos se convirtieron en
apóstoles, es decir, en enviados a ser continuadores de la obra de
Jesús. Así como Jesús se sintió enviado por el Padre Dios a continuar su
obra, con el acontecimiento pascual los discípulos sintieron la
obligación interna de continuar la obra salvífica de Jesús. La
reconciliación, el perdón y la paz, son consecuencias del acontecimiento
pascual en la vida de las personas y de las comunidades. La comunidad
cristiana debe brindar el espacio para superar toda categoría de pecado
que pisotee la dignidad humana y le quite la paz, y generar el ambiente
necesario para que Cristo resucitado llegue con su perdón y su paz a
cada ser humano.
La comunidad cristiana debe dar testimonio de la resurrección, anunciar
con su vida y con su palabra, que Cristo está vivo, pero siempre debe
respetar los procesos que cada persona y cada comunidad vive, como
hicieron los amigos de Tomás. Es lo que se llama la paciencia histórica,
la paciencia del gato cazador. A Tomás le contaron la Buena Noticia,
pero no lo obligaron a creer en esa Buena Noticia, sería algo totalmente
contrario a la fe. Una Buena Noticia, como un plato suculento, no se
impone, se propone con alegría y generosidad. El Evangelio deja de ser
Evangelio si se impone. Nadie puede creer si se le impone la fe.
La figura de Tomás nos deja ver un proceso de fe con el resucitado.
Tomas quería ver a Jesús en las mismas condiciones espacio-temporales
con las que se ve a un ser humano normal, y se negaba a creer en el
resucitado por el testimonio de la comunidad. Sus compañeros le decían
que lo habían visto, pero Tomás se negaba a creerlo. Veamos que la
experiencia de la resurrección se da en Tomás cuando estaban reunidos en
comunidad. Tomás entró en comunión con la comunidad, se abrió a ella y
al Espíritu que la movía, y fue descubriendo poco a poco los signos del
resucitado en sus hermanos. Vio que realmente sus hermanos estaban
totalmente transformados. Los que antes temblaban de miedo por la
persecución de los judíos y se encerraban para no ser vistos por las
autoridades, luego confesaban abiertamente que Jesús había resucitado.
Los que antes huían porque no querían saber nada del “fracasado” Jesús,
ahora se sentían ungidos por su Espíritu y trabajaban para transformar
todas las realidades que dañan al ser humano, y para conseguir la paz y
la reconciliación.
Fue así como comprendió que esa comunidad vivía como vivía, que esa
comunidad había superado el miedo, la desesperanza, los egoísmos, en
encerramiento existencial y había pasado a la esperanza, al testimonio,
al amor, a la decisión de escribir una nueva historia, gracias a que
Jesús estaba vivo. Y lo experimentó resucitado específicamente en medio
del dolor de los que sufren y mantienen viva la esperanza y luchan por
una vida mejor, en medio de las llagas, del costado y de las manos
atravesadas. Encontrarse con esa realidad, con el Jesús vivo en medio de
las personas, lo llenó de una alegría desbordante, que transformó su
vida. De sus labios salieron unas palabras que quieren decir algo
indescriptible:
“¡Señor mío
y Dios mío!”
¡Es verdad! ¡Jesús está vivo! ¡Lo han palpado mis manos, los han visto
mis ojos!
Y el Evangelio remata: bienaventurados los que creen si haber visto. La
fe en Jesús no puede ser un peso, un problema más para la vida humana,
sino una fuente inagotable de alegría, de bienaventuranza, un impulso
para que la persona realice plenamente su existencia, redescubra cada
día un sentido nuevo para vivir y para luchar por su libertad y
dignidad.
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Lucas, el autor de los Hechos de los Apóstoles, presenta una comunidad
discipular que ha vivido la experiencia de la resurrección y camina
firmemente con Jesús. Cuatro elementos deben acompañar la vida de toda
comunidad discipular: 1) Escuchar la enseñanza de los apóstoles. 2) La
vida común y compartir solidario. 3) La fracción del pan o la
Eucaristía y 4) Las oraciones. Veamos estos cuatro elementos:
Afortunadamente, hoy hay muchas formas para escuchar la enseñanza de los
apóstoles. Recordemos que el apóstol es el enviado para dar testimonio
del acontecimiento de la resurrección. En los primeros años del
cristianismo, la experiencia de fe se transmitía de manera oral. Luego
se fueron escribiendo los evangelios y las cartas de los apóstoles. La
enseñanza de los primeros apóstoles está consignada en la Biblia, y cada
día esa enseñanza se va enriqueciendo con la experiencia de aquellos que
siguen con sinceridad a Jesús y experimentan su salvación.
Antes la Biblia era para uso exclusivo del clero, porque se pensaba que
el pueblo iletrado no la comprendería y haría mal uso de ella. Lo que
debía hacer el pueblo de Dios era obedecer a la enseñanza de los
jerarcas. Después de la reforma protestante la Iglesia Católica se vio
obligada a entregarle la Biblia al pueblo e incentivar un estudio
responsable. Hoy hay muchas formas para acceder la Biblia. En muchas
universidades se ofrecen diplomados, licenciaturas, especializaciones,
maestrías o doctorados, y cualquier persona puede acceder a estos
estudios, dependiendo de su tiempo y su capacidad económica. Hay también
algunas parroquias que ofrecen buenos cursos de estudio de la palabra.
Se pueden hacer también estudios personales por medio de la lectura de
buenos libros o de páginas Web con estudios sustentados. ¡Vale la pena
intentarlo!
En cuanto al segundo punto, la solidaridad, hay muchas formas de
hacerlo. Durante los días de cuaresma se promueve la comunicación
cristiana de bienes en las parroquias. Muchas fundaciones con un
espíritu cristiano promueven la justicia y la paz en el mundo. Hay
personas e instituciones realmente comprometidas con la construcción de
un mundo mejor. Vale la pena integrarnos de alguna manera a estos
grupos.
En cuanto a la Eucaristía o fracción del pan, muchas personas tenemos la
fortuna de participar cada domingo e incluso a diario de este alimento
de vida eterna. Muchos no participan porque no es de su agrado la forma
como se realiza o porque no se sienten involucrados; y otros porque
sencillamente no les interesa. Quienes participan con asiduidad y
saborean este gran misterio de salvación, dan testimonio de los buenos
frutos que recogen para su vida. Pero también hay un gran número de
cristianos católicos que no tienen acceso a la eucaristía por falta de
sacerdotes. Desde el centro se han promovido grandes campañas de
promoción vocacional para este ministerio, algunas de ellas con muy
buenos frutos.
A muchas de ellas nos hemos unido en las parroquias, en los colegios, en
las universidades, en pueblos, campos y veredas. Hemos organizados
jornadas de oración para que el dueño de la mies nos envíe obreros. Pero
hay una inquietud que el pueblo ya conoce y que vale la pena no dejar
inadvertida. En las campañas de promoción vocacional encontramos muchos
jóvenes que se sienten llamados a servir en este ministerio, pero se
encuentran con una disciplina de la Iglesia: los ministros ordenados
deben ser varones célibes. Este es un tema largo y espinoso. Hay muchos
jóvenes a quienes les gustaría servir a Dios y a la comunidad como
presbíteros y tienen a su vez vocación para el matrimonio. Hay también
mujeres a quienes les encantaría servir como presbíteras, pero el
sacerdocio para las mujeres ni hablar, en actual la disciplina de la
Iglesia Católica. ¿Esta disciplina forma parte del núcleo de la fe o
pudiera ser de otra forma para favorecer la humanidad de los ministros
ordenados y para ofrecer al pueblo más posibilidad de acceder a la
fracción del pan? ¿Las sacerdotisas que existen en otras Iglesias
cristianas serían un adefesio en la nuestra, o darían un aporte del cual
ahora nos estamos perdiendo? Si es cierto que, como dice Juan Pablo II:
“La Iglesia vive de la Eucaristía”,
¿no sería bueno buscar que todas las comunidades cristinas católicas
tuvieran acceso a este sacramento? El documente
Sacerdotalis Caelibatus
del Papa Pablo VI intenta dar respuestas algunos de estos interrogantes.
No obstante, el diálogo está abierto.
El cuanto al punto del que habla Lucas es el de la oración. Hoy se han
multiplicado los grupos de oración tanto a nivel católico como
protestante. Esto indudablemente manifiesta la sed espiritual que tiene
nuestro mundo. Es necesario buscar la comunión con la Iglesia porque
muchos grupos se han convertido en un problema, no sólo para la
estructura de la Iglesia sino especialmente para muchos de sus miembros.
Algunos hacen un énfasis casi enfermizo en lo místico y lo mágico: don
de lenguas, expulsión de demonios, revelaciones, manifestaciones, etc.
Es necesario que saquemos el espacio personal, familiar y comunitario
para la oración. Ojalá debidamente asesorados y acompañados por personas
con una espiritualidad profunda y así como con un buen conocimiento
teológico.
Oración
Jesucristo resucitado, gracias por tu presencia viva en medio de
nosotros. Gracias por tu acción salvadora siempre a favor de la vida, de
la dignidad de las personas. Te entregamos nuestras familias y
comunidades. Reconocemos que muchas veces los problemas, los conflictos
internos o externos, los miedos, las dudas, nos hacen encerrar en
nosotros mismos y no nos dejan ver el camino. Reconocemos que a veces
nos dejamos dominar por las dudas, los temores, las diferencias, la
ansiedad…
Así como te hiciste presente en medio de la comunidad cristiana
primitiva, hoy te abrimos de par en par las puertas de nuestros
corazones para entres y disipes nuestras inseguridades, nuestros miedos,
nuestra falta de fe… reconcílianos con tu perdón, danos la paz y la
fuerza de tu Espíritu para experimentar una nueva vida, engendrada a
partir de tu resurrección. Danos la sabiduría para seguir tus pasos,
realizando a plenitud el plan salvífico de Dios. Que también nosotros
podamos verte, palparte, experimentarte vivo, resucitado y, con alegría,
nos convirtamos en testigos de la resurrección. Amén.
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