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“Ustedes ya conocen el acontecimiento que trascendió y que había tenido
su comienzo en Galilea”, dijo Pedro en casa de Cornelio, refiriéndose a
Jesús de Nazareth. En un primer momento, Jesús fue para ellos el
personaje con el cual compartieron, caminaron, lucharon, aprendieron y
se unieron a su causa. En el que pusieron sus esperanzas de liberación
e instauración del Reinado de Dios, pero que finalmente, lo mataron y
ahí todo había acabado.
Aparentemente, Jesús fracasó, pues terminó derrotado en el patíbulo por
cuenta de las autoridades romanas y judías. Pero ¡Jesús no vivió ni
murió en vano! Su vida y su muerte representaron un gran acontecimiento
para las personas con las cuales compartió. Jesús aconteció en las
personas y el acontecimiento de Jesús en ellas representó su salvación,
pues, como dice la primera lectura: “pasó su vida haciendo el bien,
curando a los que estaban bajo el dominio del diablo, porque Dios estaba
con él”. Dios aconteció en el hombre Jesús y él, a su vez, aconteció en
las personas con las cuales entró en contacto. Ellas, por su parte, se
convirtieron en testigos del acontecimiento de Jesús, el ungido por Dios
(o sea, Jesucristo).
Las autoridades que quisieron acabar con Él, pensaron que allí todo
terminaría, pero se engañaron. En un primer momento su movimiento, sus
comunidades se dispersaron. Pero, al tercer día (que significa tiempo en
que Dios actúa), Dios lo resucitó. Acabaron con el Jesús histórico,
pero, al tercer día, Cristo siguió aconteciendo de nuevo y con mucha más
fuerza en las personas que lo conocieron y se abrieron a su acción
salvadora. Esas personas se convirtieron en testigos del acontecimiento
Cristo y por eso no se callaron sino que, por el contrario, anunciaron
con más fuerza esa Buena Noticia. Los testigos de ese acontecimiento
querían que también otras personas tuvieran la oportunidad de una nueva
vida en Cristo.
Ser cristiano significa ser testigo del acontecimiento Cristo en la
propia vida personal y comunitaria. Si nosotros somos testigos de ese
acontecimiento nuestra vida no puede seguir siendo la misma, sino que,
necesariamente, debe ser radicalmente transformada a imagen de aquel que
murió y resucitó. Esa fue la invitación de Pablo a la comunidad de
Colosas: “Busquen los bienes de allá arriba”. Cuidado, que los bienes
de “allá arriba” no significan necesariamente los bienes que usualmente
se han prometido para la otra vida después de la muerte. Los bienes de
“allá arriba” son también todos los de aquí abajo, pero vividos de una
manera distinta. Vividos con la altura humana con la cual los vivió
Jesús. Es todo lo material, lo espiritual, lo temporal, los dones y
carismas puestos al servicio de los demás seres humanos y siempre en la
defensa de una vida digna. Esto implica derrotar el egoísmo y vivir la
solidaridad y el amor. Esto implica permitir que Cristo siga
aconteciendo y salvando por medio nuestro en cada cosa que hagamos.
Es posible que después de 2000 años muchos de nosotros, como dice el
Evangelio, no hayamos entendido lo que significa la resurrección. Es
posible que todavía pensemos que resurrección es la revivificación de un
cadáver, como si el cadáver de Jesús hubiera vuelto a tomar vida y se
hubiera levantado. Es posible que nos quedemos en el espectáculo
mediático de ver entrar la estatua del “Resucitado” entre los aplausos
de la gente y las campanas del templo que suenan. Pero, también es
posible que hoy seamos testigos del acontecimiento Cristo en nuestras
propias vidas, es decir, que podamos vivir en Cristo, morir con él a
todo aquello que nos disminuye como personas (pecado) y resucitar cada
día siendo un ser humano nuevo. Un ser humano capaz de amar y servir
como lo hizo Jesús. Un ser humano que deja ver en su vida a Cristo
resucitado y resucitador. Un ser humano totalmente cristificado.
Oración
Jesucristo resucitado, hermano, amigo, compañero de camino. Te damos
gracias por todo tu testimonio de amor, de entrega, de generosidad hasta
dar la vida, toda la vida, todo tu tiempo, todo tu ser, todo tu amor, tu
cuerpo, tu sangre… todo… Gracias porque tu acontecer histórico fue de
bendición, de gracia, de salud, de salvación para todos los que se
abrieron a una vida nueva. Gracias porque tras esa primigenia y
maravillosa experiencia de Pascua, de resurrección, de vida, muchas
personas han experimentado plenitud y vida eterna. Muchos seres humanos
han escrito una historia de salvación inspirados y conducidos por ti.
Hoy nos disponemos totalmente… te abrimos de par en par las puertas de
nuestros corazones para que acontezcas con la misma fuerza, con la misma
energía, con el mismo amor como lo hiciste en aquellas primeras
comunidades que experimentaron tu resurrección. Que vivieron ese
asombroso acontecer que transformó radicalmente sus vidas y los
convirtió en testigos valientes, en evangelizadores por antonomasia.
Ilumina con tu luz admirable nuestro camino, despeja nuestras dudas,
danos la gracia de comprender el sentido de nuestra historia. Danos la
sabiduría para saber vivir como tú, el Ungido, Hijo de Dios, el
continuador de la obra del Padre… acontece, sigue aconteciendo en
nuestra vida personal, en nuestra vida familiar, en nuestra vida
comunitaria… queremos configurar nuestra vida contigo… vive, actúa,
crece, conduce nuestra existencia… estamos atentos, abiertos,
dispuestos, en camino contigo, hasta la plenitud de los tiempos… amén.
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