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El piloto y cosmonauta ruso Yuri Alexéievich Gagarin, primer ser
humano que viajó al espacio, el 12 de abril de 1961, a bordo de la
nave Vostok 1, comentaba que no había visto a Dios por ninguna parte
durante su vuelo. Podemos pensar, erradamente, que la ascensión de
Jesús fue subir literalmente hacia el cielo, por la creencia de que
Dios está allá arriba en algún lugar, sentado en su trono rodeado de
ángeles. Así nos lo han mostrado las representaciones artísticas,
las películas, muchas predicaciones fantasiosas y la creencia
popular.
Ubicándonos en el mundo antiguo, la ascensión era una forma
narrativa de la época para realzar el fin glorioso de un gran
hombre. Dichas narraciones tenían el siguiente esquema: 1) Se
describe una escena con espectadores. 2) El personaje famoso dirige
sus últimas palabras al pueblo, a sus amigos o a sus discípulos. 3)
Es arrebatado al cielo. La narración de Lucas, no es la única. Tito
Livio, historiador, presenta a Rómulo, primer rey de Roma, ascendido
en una nube y venerado posteriormente como dios. De igual manera es
presentada la ascensión de Heracles, Empédocles, Alejandro Magno y
Apolonio de Tiana. En la literatura bíblica encontramos a Elías (2Re
2,1-18), así como una breve referencia a Henoc (Gen 5, 24).
Entonces ¿la narración de Lucas fue un invento y debemos archivarla?
¡No! Lo que narró Lucas no fue una verdad histórica sino una verdad
teológica. Con el relato de la ascensión él quiso decir que Jesús
había sido glorificado. La resurrección y la ascensión son un mismo
acontecimiento narrado en distintos tiempos y con distintos matices
para dar una enseñanza de manera pedagógica. Toda esa historia
fantástica, propia del mundo antiguo, quiere indicarnos que a Jesús,
el condenado y asesinado en la cruz, Dios lo resucitó, puso todo
bajo sus pies y le dio la primicia absoluta, haciéndolo cabeza de la
Iglesia, como dice la segunda lectura. A ese hombre que no quiso ser
Dios, que no quiso ser rey y que comprendió que no había venido a
este mundo para ser servido sino para servir, Dios lo había exaltado
como Señor de la nueva creación y cabeza de la nueva humanidad.
En este sentido, el cielo no es un lugar al que iremos si nos
portamos bien, sino una situación en la que seremos transformados si
nos abrimos a la gracia y al amor de Dios. Con la ascensión no se
dice que se haya anticipado a la ciencia moderna y hubiera
emprendido un viaje hacia el espacio. Él subió al cielo, quiere
decir, que está en Dios, triunfante, glorificado. La nube que lo
cubre no es un signo meteorológico, es el signo de la presencia de
Dios (Ex 25,15; 1Re 8,10; Mc 9,7).
¿Jesús ascendió y está sentado a la derecha de Dios?
¡Claro que sí! Está en Dios, en la gloria del Padre porque cumplió a
cabalidad su voluntad salvífica (Mc 16,19). Él está allá, ahora nos
toca a nosotros continuar su obra. Leemos este relato no sólo para
contemplarlo y menos para quedarnos en discusiones triviales, sino
para animarnos continuar su obra salvadora. Una y otra vez se ha
repetido: éste es el tiempo de la Iglesia, ahora es nuestro turno
como discípulos y misioneros. Éste es el tiempo de la Iglesia. ¿Qué
hacen ahí parados mirando al cielo? le reclamaron los personajes a
los apóstoles en Galilea. ¿Qué hacemos como cristianos y como
Iglesia ante los acontecimientos de nuestra ciudad, de nuestro país,
de nuestra aldea global? Cuidado con quedarnos parados mirando al
cielo, cuidado con convertir la iglesia, comunidad de amor, en una
institución anquilosada, anacrónica, cerrada a los signos de los
tiempos y en pieza de museo. Cuidado con convertir el Evangelio y su
punzante aguijón en un analgésico.
Esto no es tarea fácil y nos podemos desviar de
camino. Por eso, necesitamos el espíritu de la sabiduría y la
revelación, la luz en el corazón, la riqueza y el esplendor del amor
de Dios para conocer cada vez más sus caminos (Ef 1,17-18 – 2da
lect.).
Y como no somos capaces por nuestras propias
fuerzas, contamos nada menos que con la fuerza de Dios. Se trata,
como dice Pablo (Ef 1,19-21) del mismo poder y de la misma fuerza
que Él desplegó al resucitar a Cristo de entre los muertos y darle
asiento a su derecha en el cielo, por encima de todos los tronos y
grandezas, poderes y autoridades, y de todos los seres en este mundo
o en el otro. Esa es una poderosa razón para mantener viva la
esperanza en la construcción de una humanidad nueva. Esa es una
poderosa razón para comprometernos como Iglesia en la Causa de
Jesús.
En el Evangelio encontramos una teofanía
(manifestación de Dios) del resucitado en una montaña. Como la
montaña de la tentación del poder (Mt 4,8), la montaña de las
bienaventuranzas (Mt 5,1ss), o la montaña de la transfiguración (Mt
17,1ss). La actitud de los discípulos ante Jesús glorificado no fue
la misma: unos se postraron, es decir, le creyeron y pusieron toda
su confianza en Él, y otros dudaron.
El mensaje del Evangelio es muy concreto y diciente:
a Jesús, quien rechazó la tentación del poder y llevó una vida pobre
en el espíritu, le ha sido entregado todo poder en el cielo y en la
tierra. En medio de un mundo que exalta a los hombres exitosos sin
importar que estos hayan depuesto la dignidad de muchos seres
humanos por exaltar sus bajos instintos de poder, el Evangelio
presenta como paradigma a Jesús muerto y glorificado, el único que
tiene verdadero poder en el cielo y en la tierra.
Inmediatamente viene el envío misionero de Jesús a
sus discípulos en un monte de la mal vista y despreciada Galilea de
los gentiles. Él sabe para qué es la autoridad. El pleno poder que
Dios le ha dado a Jesús lo emplea no para vanagloriarse sino para
enviar a sus discípulos a todos los pueblos con una misión muy
concreta: bautizarlos, es decir, incorporarlos a una comunidad
discipular, y enseñarles a guardar todo los que él ha mandado. El
envío misionero viene acompañado de una promesa muy alentadora: “Yo
estoy siempre con ustedes hasta el fin de los tiempos.” (Mt 28,20).
Él no nos prometió la ausencia de problemas y la paz perpetua, es
más, muchas veces insistió en la necesidad de asumir la cruz. Pero
sí nos prometió su presencia hasta el fin de los tiempos, es decir,
hasta la victoria final, hasta que en Cristo todas las cosas lleguen
a su plenitud.
Oración
Padre y Madre Dios, te
bendecimos porque hoy de nuevo nos das la oportunidad de abrirnos a
ti con confianza. Te damos gracias porque nos permites abrazarte y
dejarnos abrazar por esa fuerza primigenia de amor, de ternura, de
alegría y de esperanza, que nos hará sentir hijos. Gracias por
nuestra historia de salvación, por tu mano generosa que la conduce y
por tantos hermanos y hermanas con quienes compartimos cada día esta
buena noticia. Gracias especialmente por tu Hijo Jesucristo, el
hermano mayor de nuestra familia, a quien resucitaste de entre los
muertos y está glorificado en ti.
Te pedimos que nos ayudes a
vivir con la grandeza humana que vivió Jesús. A asumir la misión que
él nos ha encomendado: la continuación de su obra salvadora. Te
entregamos todo lo que vivimos hoy: nuestra realidad personal,
familiar, comunitaria, social, eclesial… todo lo ponemos en tus
manos. Tú conoces nuestras inquietudes, nuestros problemas, nuestros
obstáculos, nuestros conflictos… tú conoces nuestros sueños,
nuestros ideales, nuestras ilusiones, nuestras alegrías, todo… Todo
lo presentamos con fe. Nos abrimos a esa gracia, a esa fuerza, a esa
energía maravillosa que procede de ti, ese poder, el mismo que
desplegaste para resucitar a tu Hijo de entre los muertos y que
ahora lo despliegas a favor nuestro, los creyentes.
Ahora nos disponemos a trabajar con gozo por tu obra salvadora. Nos
disponemos a seguir con alegría tu plan de salvación, a vivir el
bautismo, y a incorporar a otras personas para que experimente vida
en nuestras comunidades. Cuenta con nosotros, contamos contigo y con
la presencia constante de Jesús nuestro hermano mayor y del
Espíritu, hasta el final de los tiempos, hasta la plenitud… amén.
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