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Con el profeta Malaquías
volvemos al tema del postexilio, es decir a la época en la que parte
del pueblo desterrado en Babilonia volvió a su tierra, después de 49
años. Como sabemos, Nabucodonosor, rey de Babilonia, después de
destruir el país, se llevó a los más capacitados para trabajar y
producir. El objetivo era dejar un país en ruinas, sin líderes, sin
mano de obra productiva y con muy pocas posibilidades de
recuperación, lo cual lo hacía más sumiso.
No obstante, quienes se quedaron sacaron fuerzas
y empezaron la reconstrucción con sus propios medios. Con el
surgimiento de Persia como imperio el panorama cambió. Ciro, el
nuevo monarca, tuvo otra forma de gobernar, se mostró benevolente
con los judíos y los dejó marchar; aunque muchos prefirieron
quedarse pues habían hecho vida en Babilonia. Los judíos
repatriados, creídos la flor y nata de la población, llegaron a
imponer su parecer en la organización del estado. Pusieron reglas
severas y excluyentes y obligaron a toda la población a unirse a la
ardua tarea de construir el templo, cosa que favorecía más a la
clase sacerdotal que a la gente. Como llegaron con dinero y con
vanagloria de ser aliados del rey de Persia, empezaron a comprar o a
expropiar las mejores tierras.
Aunque, según lo manifiesta el Salmo 122, a los
repatriados les movía un sentimiento de nacionalismo e identidad con
su pueblo (“que alegría cuando me dijeron vamos a la casa del
Señor, ya pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén…”), al
llegar se dejaron seducir más por el deseo de acaparar que por
restaurar el pueblo con el proyecto de Yahvé. Esto representó un
golpe muy duro para quienes se habían quedado y reconstruían el país
desde abajo. El regreso de sus compatriotas exiliados en vez de ser
una buena noticia se convirtió en una gran pesadilla para los
habitantes de Galilea, Judá y Samaría. Tan fuerte que a partir de
ese momento surgió el conflicto entre samaritanos y judíos, que para
el tiempo de Jesús era tan crítico. Gran parte de la responsabilidad
fue de Esdras y Nehemías y sus políticas xenófobas.
Lo más grave para la sensibilidad religiosa era
que los sacerdotes y levitas utilizaban su rol religioso y su
conocimiento de la ley para favorecer los intereses propios y los de
sus amigos. Ellos debían impulsar al pueblo hacia una verdadera
restauración, incluyente, participativa, justa y equitativa. Pero
hacían totalmente lo contrario.
Por eso la denuncia de Malquías fue dirigida a
los sacerdotes: “Para ustedes,
pues, los sacerdotes, es la siguiente advertencia…
Ustedes se han desviado del camino recto, y con instrucciones han
sido causa de tropiezo para muchos; han frustrado mi alianza con
Leví dice el Señor Omnipotente...” Como dijo
Roberto Ferro: “Los caminos de la religión
muchas veces conducen al infierno”. Ante situaciones como estas
los profetas de ayer y de hoy tienen que manifestarse siempre a
favor de la justicia y denunciando cualquier agresión a la vida. Así
lo hicieron Malaquías y Jesús. Así debe hacerlo todo bautizado.
La crítica de Jesús fue dirigida de manera especial
a los escribas y fariseos que utilizaban la religión para
fundamentar y alimentar su vanidad. Para aprovecharse de los
ignorantes que no conocían la Ley y sentirse miembros de una casta
especial de cumplidores, sabios, doctos y puros ante Dios. Cuando no
hay una verdadera madurez humana y una conciencia de lo que soy,
entonces necesito refugiarme en títulos, en reconocimientos o
cualquier tipo de vanidades, para fundamentar mi pobre existencia.
La crítica de Jesús tiene que ayudarnos hoy a
revisar nuestra vida personal, nuestra madurez humana y cristiana,
nuestro rol dentro de la sociedad. Debe ayudarnos a revisar de
manera especial nuestras estructuras religiosas y la forma como se
ejerce la autoridad dentro de las Iglesias y comunidades en general.
Hoy nos corresponde ver a quienes se sientan en la
“cátedra de Moisés”. A quienes se considera legítimos continuadores
de la enseñanza de Jesús. Es importante valorar a quienes enseñan,
guían al pueblo y lideran procesos de formación integral iluminados
por de la Palabra de Dios.
Pero cuando una persona o grupo legítimamente
constituido se sienta en la “cátedra de Moisés” o en la “cátedra de
Jesús” y se interesa más
por defender su pedacito de poder, que por el bien común, entonces
su autoridad es deslegitimada. Así mantenga las credenciales, las
autorizaciones legales y las recomendaciones de los más altos
dignatarios. Delante de Dios está deslegitimado por su mezquino
proceder.
Mirémonos: tenemos derecho a manifestar lo que
pensamos, pero no a imponer nuestra ideología y menos a perseguir a
quienes piensan distinto a nosotros. La autoridad es para hacer
crecer, para comunicar vida, no para maltratar ni destruir. Podemos
invitar a que nos escuchen, mas no obligar a que nos crean y menos a
lanzar el anatema (maldición) hacia quienes disienten o contradicen
nuestra manera de pensar.
Jesús no se manifestó en contra de toda autoridad de
manera automática. No vemos en él
a un anarquista fanático;
por el contrario, reconoció la importancia del liderazgo como un
servicio e invitó a sus discípulos a convertirse en servidores. Los
líderes son necesarios para el buen funcionamiento de una empresa,
una sociedad o un país, y por supuesto de una Iglesia. Lo que
cuestionó Jesús fue la falta de testimonio de las autoridades y cómo
éstas se ocuparon más en mantener
estructuras mentales, ideológicas, sociales y religiosas
desgastadas, que en fomentar relaciones de fraternidad y justicia.
Criticó la forma como ponían cargas pesadas sobre los demás y ellos
ni siquiera las tocaban.
Es legítimo y además necesario defender la
ortodoxia, es decir una recta doctrina; una recta enseñanza que
oriente el proceder humano. Pero la ortodoxia nunca puede estar por
encima del bien humano, de la ortopraxia, es decir de la recta
manera de vivir. Pensemos por ejemplo en los divorciados vueltos a
casar, a quienes les negamos la comunión. Desde la “cátedra de
Moises” ¿tenemos derecho a negar la comunión?
A pesar de la falta de testimonio de muchos
líderes, de predicadores y en general de los bautizados,
la Palabra de Dios tiene validez, pues ésta supera
los flacos servicios de las autoridades. Es cierto que se enseña más
con el testimonio que con mil argumentos, palabras hermosas y bien
fundamentadas; pero un cristiano y una comunidad madura, ante la
hipocresía o la falta de testimonio de su líder, en medio del dolor
y del desánimo debe continuar el camino de Jesús.
Y no nos sintamos excluidos de la crítica. Esta
crítica no es para los demás sino para mí, para todos. Desde el Papa
con sus instituciones, obispos, teólogos, párrocos, pastores, padres
de familia, líderes de pequeños grupos o comunidades, gerentes o
coordinadores, todos. La coordinación, el liderazgo, la autoridad,
tiene sentido cuando es servicio, participación humilde de la única
autoridad absoluta, del único Señor. Si buscamos ejercer la
autoridad para inflarnos, para humillar y para que nos alaben, nos
den los primeros puestos, nos llamen maestros y nos hagan
reverencias, estamos en el lugar equivocado. El absolutismo y la
búsqueda de privilegios por encima de los del pueblo, son
incompatibles con el Proyecto de Jesús. Si no estamos dispuestos a
servir como Jesús, que lavó los pies de sus discípulos, no tendremos
nada que ver con él (Jn 13,8). El que ejerce la autoridad debe ser,
como lo recuerda la segunda lectura, una madre llena de ternura con
sus hijos (1 Tes. 2,7). Debe comunicar vida en abundancia y con los
mejores métodos, aun cuando deba corregir con firmeza y tomar
decisiones impopulares, siempre para el bien, la justicia, la
equidad, la plenitud de vida.
Oración
Dios, Padre y Madre lleno de ternura; Misterio
Infinito de verdad, de amor y de todo lo que da vida. Te damos
gracias porque nos abres los ojos y nos ayudas a ver los peligros en
el camino y la tentación de desviarnos de tu proyecto salvador.
Líbranos de convertir el hermoso camino de Jesús en un instrumento
para atentar contra la vida de las personas. Que seamos capaces de
alejarnos de toda mezquindad y de denunciar, de palabra y de obra, a
quienes utilizan la autoridad para servirse así mismos y dañar a los
demás.
Nos abrimos a la gracia de tu Espíritu para tener la sabiduría, la
fortaleza y la humildad para trabajar por la justicia del Reino. Que
seamos auténticos servidores en nuestras casas, en nuestras
empresas, en nuestras comunidades, en nuestras iglesias. Que podamos
experimentar, disfrutar y comunicar la vida abundante que tú nos das
a manos llenas. Amén.
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