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La parábola es una breve síntesis
histórica de Israel, en cuyos orígenes encontramos grupos
“insignificantes”, de lo más bajo que había socialmente hablando.
Algunos papiros encontrados por los investigadores, describen
despectivamente a los Hapirú y Shasú, entre quienes había
nómadas, mercenarios, campesinos, cabreros, esclavos, salteadores,
etc., considerados un problema para la seguridad de las ciudades
estado cananeas.
Dios, así como se manifestó a
tantos pueblos, en sus culturas y religiones, también se manifestó a
este montón de grupos desordenados y conflictivos, convertidos en un
problema para “la gente de bien”, suscitando en ellos el deseo de de
convertirse en pueblo, entendido como la organización de personas
con un proyecto común desarrollado en libertad y a beneficio de
todos, con una vida mejor, más digna y justa.
Es realmente admirable ver cómo
dentro de ese grupo de Hapirú y Shasú, empezó a gestarse un
pueblo, con una organización alternativa frente a un mundo que los
excluía, esclavizaba y perseguía. Abraham, Isaac, Jacob, José,
Moisés, etc., eran patriarcas de los diferentes grupos, todos ellos
tenían esperanzas de formar algo distinto. Para logarlo se unieron y
escribieron una sola historia, incluyendo a sus patriarcas y a sus
deidades, con las tradiciones religiosas y culturales. Y formaron un
pueblo. Pueblo luchador por sus derechos, cuyo hilo conductor fue la
fe en un solo Dios y Señor de todos, revelado en el camino hacia la
construcción de la justicia y el derecho; Pueblo considerado a sí
mismo, como la Viña del Señor.
Ante una vivencia religiosa
politeísta optaron por el monoteísmo: cada clan tenía su Dios: el
Dios de Abraham, el Dios el de Isaac, el Dios de Jacob… (Ex 3,6);
pero al crear un solo pueblo con una historia, descubrieron que era
un mismo Dios, y lo llamaron el Dios de Israel. Yahvé, Dios que
libera. Ante una organización política monárquica, piramidal y
centralista, impuesta por las ciudades estado cananeas, optaron por
la organización tribal, circular, descentralizada y liderada por los
jueces (Jue 4,4-6). Ante una economía individualista a favor de los
grandes terratenientes, ganaderos y ministros cercanos al monarca,
optaron por una economía familiar, distributiva y solidaria.
Esa experiencia duró cierto
tiempo; prueba de ello encontramos en los últimos resultados de la
búsqueda arqueológica, en los que se dió a conocer la vivencia
igualitaria
(casas, utensilios de cocina, forma de enterrar a sus muertos,
etc.), como vivieron los habitantes de las zonas montañas de Judea
en el siglo XIII a.C. correspondiente históricamente a la vivencia
de las 12 tribus de Israel.
En el tiempo del tribalismo cada
familia debía tener su tierra para asegurar el sustento de todos.
Pero la codicia humana no se hizo esperar. Bien lo dijo Mohandas
Karamchand (Mahatma) Gandhi: “En la tierra hay suficiente para
satisfacer la necesidad de todos, pero no tanto para satisfacer la
avaricia de algunos”. Según Norman G., al parecer entre ellos
mismos surgieron personas que adquirieron ganado más allá de la
capacidad de sus parcelas para mantenerlo, y por lo tanto
necesitaron más tierras para alimentarlo. Se vieron en la
“necesidad” de adquirirlas, y con la fuerza de los pequeños
ejércitos que fueron formando, desplazaron a otros, dejándoles sin
medios de producción y convirtiéndoles en empleados de sus
haciendas.
Así aparecieron de nuevo las clases sociales. A esto se sumó que los
jueces encargados de impartir justicia entraron en crisis; perdieron
credibilidad ante el pueblo por la corrupción de algunos, situación
que fue magistralmente aprovechada por los ganaderos para lanzar la
“maravillosa” idea de proponer un rey.
Según estos ganaderos
oportunistas, un rey sería la solución ante la justicia decadente
que padecían en ese momento. El rey sería el camino para llegar a
ser un pueblo grande, al estilo de Egipto. No faltaron los grandes
discursos que animaron engañosamente a la gente para que apoyara la
entrada de la monarquía como la panacea de todos los problemas. Y
parte del pueblo los apoyó, pero como decían nuestros viejos, “no
sabían lo que les iba pierna arriba”. No faltaron por supuesto
los opositores y defensores del proyecto original del Yahvé, o sea
el proyecto tribal (Jue 9,7-15; 1Sam 8), pero terminó imponiéndose
la monarquía, con Saúl como primer rey, impuesto por los ganaderos.
Los que vinieron de ahí en adelante: David, que con la ayuda de los
filisteos derrocó a Saúl; Salomón que acabó con todos sus
opositores, incluyendo a su propio hermano Adonías; y el resto de
reyes de Israel y de Judá, fueron “el mismo perro con distinto
nombre”.
El pueblo, considerado a sí mismo
como la Viña del Señor, propiedad de Dios, fue usurpado por el
monarca y sus padrinos políticos que lo llevaron al poder
convertidos en clase privilegiada, casta intocable, con su
centralismo, despotismo, nepotismo y con toda la clase de patologías
sicopolíticas y religiosas que ha sufrido la humanidad.
En ese momento histórico,
surgieron los profetas como una protesta ante los usurpadores de la
viña. La gran mayoría de profetas fueron antimonárquicos y hablaron
siempre con palabras cortantes, desafiantes ante el poder que
oprimía y defendieron el proyecto tribal, descentralizado e
igualitario.
Isaías (primer lectura.), quien
por la influencia de sus maestros, muy cercanos a la cohorte, no fue
antimonárquico e hizo parte de la cohorte real durante los reinados
de
Jotán, Ajaz y Ezequías, se dio cuenta de la holgura en que vivían el
rey y sus compinches, mientras el pueblo pasaba necesidades. Por eso
los enfrentó poniéndose a favor de los pobres, y tomó el camino de
la profecía, hacia el año 740 a.C. En el texto que hoy leemos,
utilizó una vieja canción de protesta sobre la viña, para manifestar
el inconformismo ante la política interna ejercida con
autoritarismo, represión e inmediatismo:
“Él esperaba respeto del derecho, y solo ve sangre; esperaba
justicia, y solo oye quejas.”.
Los deseos de Dios para con su pueblo, se vieron truncados por el
egoísmo de los viñadores que se apropiaron de la viña, usurpando el
puesto de Dios, único dueño de ella.
El pueblo siempre vió en los
profetas personas enviadas por Dios para defenderlo. Con el
surgimiento de un profeta experimentaba su presencia siempre fiel, y
su fuerza liberadora. Pero para los usurpadores de la Viña, los
profetas fueron un problema; vieron en ellos personajes enemigos del
orden, de la sana doctrina y arremetieron contra ellos:
“apalearon y apedrearon a unos, y a otros los mataron”.
La redacción final de la
parábola, con un marcado tinte post pascual,
incluyó la interpretación del ministerio de Jesús, como el hijo de
Dios enviado a rescatar su proyecto tribal (12 Tribus – 12
Apóstoles). “Tanto amó Dios al mundo (su viña), que le envió a su
propio Hijo…” (Jn 3,16). “El Verbo de Dios se hizo carne y habitó
entre nosotros…” (Jn 1,16). Las comunidades cristianas vieron en
Jesús, al enviado de Dios para reclamar la justicia y el derecho, y
hacer que la Viña produjera frutos de vida. Pero los viñadores de
la época hicieron lo que sabían hacer: matar al heredero para
quedarse con la Viña, y conservar sus privilegios, por encima de la
voluntad de Dios y por tanto de los intereses comunes.
El Salmo 117 (118),22: “la
piedra rechazada por los arquitectos es ahora la piedra angular…”
fue interpretado y aplicado por las comunidades cristianas a
Jesús (Lc 20,17; Mc 12,10; Mt 21,42; Hec 4,11; 1Pe 2,7…), rechazado
y asesinado por los arquitectos del mundo pero resucitado por Dios.
Las comunidades cristianas se convirtieron en la nueva Viña del
Señor; testimonio de ello son el nuevo testamento y tanta gente que
unida a Jesús y su Proyecto, alimentada con su Palabra, su cuerpo y
su sangre, y siendo administradora de los dones de Dios, ha dado
frutos de amor, paz, reconciliación, justicia y derecho.
Hoy muchas comunidades cristianas
tratan de identificarse con la Viña del Señor, en medio de los
problemas internos y externos que han enfrentado; aún en medio de la
propia tentación de adueñarse de la viña, y por supuesto, en medio
de un mundo en manos viñadores asesinos.
¡Cuidado! Porque aunque de
pronto, nosotros hoy no nos consideremos viñadores asesinos, tenemos
la gran tentación de adueñarnos de la viña, cuando lo que podemos y
debemos ser, es buenos administradores. “Serán como dioses” (Gen
3,5) el pecado de Adán y Eva sigue dándose hoy;
un humano jugando a ser Dios, ¡que desastre! Gobernantes que quieren
perpetuarse como tales, políticas impuestas por imperios,
neocolonialismos, desinformación, manipulación de las masas,
desintegración y tantos males que padece la humanidad actual, de los
cuales nuestras comunidades no están exentas. Somos la viña del
Señor, no somos sus dueños; estamos invitados a trabajar, pero no a
adueñarnos de ella. Si nos adueñamos daremos frutos de muerte,
asesinatos y lamentos. Si trabajamos con Dios en nuestro
interior, como buenos administradores, daremos frutos de vida,
justicia y derecho, y daremos todo lo que es verdadero,
noble, justo, puro, amable (segunda lectura.), y todas las
virtudes y valores humanos.
Nadie
en particular, ningún grupo humano, ninguna iglesia puede adueñarse
del proyecto de Jesús. Ninguna institución puede autoproclamarse a
auténtica depositaria de su mensaje. Cualquier persona, cualquier
grupo humano puede acceder a Jesús a su mensaje, a su proyecto. Lo
que debe hacer es dar bueno frutos con sincero corazón, sin
intereses bajos de por medio. Nosotros como Iglesia no podemos
creernos el único pueblo de Dios. Lo que debemos hacer es dar buenos
frutos, los frutos que Dios espera. La arrogancia con la que algunos
miembros de algunas iglesias, incluida la nuestra, se autoproclaman
como “El Pueblo de Dios” lo que demuestra es una crasa ignorancia y
triste desvío del proyecto de Jesús. “Por
eso les digo: Dios les va a quitar su reino para confiárselo a un
pueblo que produzca frutos”.
Edificaste una torre
para tu
huerta florida;
un
lagar para tu vino
y, para
el vino, una viña.
Y la
viña no dio uvas
ni el
lagar buena bebida:
sólo
racimos amargos
y zumos
de amarga tinta.
Edificaste una torre,
Señor,
para tu guarida;
un
huerto de dulces frutos,
una
noria de aguas limpias,
un
blanco silencio de horas
y un
verde beso de brisas
y esta
casa que es tu torre,
este mi
cuerpo de arcilla,
esta
sangre que es tu sangre
y esta
herida que es tu herida
te
dieron frutos amargos,
amargas
uvas y espinas
¡Rompe,
Señor, tu silencio,
rompe
tu silencio y grita!
que mi
lagar enrojezca
cuando
tu planta lo pisa
y que
tu mesa se endulce
con el
vino de tu viña.
Oración
Oh
Dios, Padre y Madre de bondad, gracias por llamarnos a hacer parte
de la viña brotada de tu corazón amoroso. Cada uno de nosotros somos
tu vida, nuestras familias son tu viña, nuestras comunidades son tu
viña… gracias porque nos sentimos parte de tu propiedad que guías,
proteges y llenas de vida en plenitud.
Te
pedimos que nos libres de todo afán desmedido de lucro, de toda
codicia, de la tentación de adueñarnos de lo que es tuyo. Danos la
sabiduría y la decisión firme de no hacerle juego al poder que
oprime y destruye la vida. Que la fuerza de tu Espíritu nos de la
gracia de trabajar con honestidad, con alegría, con buenos
resultados por el cuidado, el desarrollo integral y la dignificación
esta tu viña. |