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La primera lectura del segundo Isaías o libro de Consolación
corresponde a una época de transición en el ámbito sociopolítico que
le tocó vivir al pueblo de Israel desterrado en Babilonia. Un nuevo
imperio iba creciendo mientras otro decrecía, como es normal en
nuestro mundo. Se trataba de Persia que no figuraba entre las
potencias tradicionales de Mesopotamia, pero que poco a poco fue
adueñándose de toda esa zona, con el liderazgo de Ciro. Empezó por
Asia Menor. En el año 550 a.C. derrotó a los medos y en el 546
conquistó Lidia. Siguió con Mesopotamia y aprovechó la división que
había en Babilonia debido al conflicto de Nabonid con los sacerdotes
de Marduk, dios reemplazado por el dios Sin (luna). Cono ha ocurrido
y sigue ocurriendo en muchas invasiones y conquistas, cuando vieron
la supremacía de los persas parte del ejército babilonio se adhirió
a ellos. En el 539 Ciro era aclamado en Babilonia.
Que Ciro, rey de Persia, haya derrocado a los babilonios lo hacía
ver por los desterrados como una bendición. Ese sentimiento de hizo
más fuerte cuando los nuevos gobernantes mostraban cierta
benevolencia teniendo en cuenta la crueldad de Nabucodonosor, rey
babilonio derrotado por Ciro. Por eso los profetas, así como Esdras
y Nehemías no ahorran palabras para elogiar al nuevo rey. Se le
compusieron himnos que lo mostraban como instrumento de Dios (Is
41,1ss); se le llamó “cumplidor de la palabra de Yahvé” (2Cr
36,22ss; Esd 1,1), pastor mío (Is 44,28,), “reconstructor de la
ciudad”, “liberador de los cautivos”. En texto que hoy leemos se le
llama ungido de Yahvé (45,1)
Frente a este nuevo contexto, algunos líderes israelitas en el
exilio (año 538 a.C.), encabezados por Nehemías, funcionario judío
en Persia, le propusieron al rey Ciro que los dejara volver a su
tierra. El rey accedió poniendo sus condiciones. Históricamente fue
una jugada política de Ciro, pues el pueblo de Israel, por su
desobediencia civil y sus continuas peticiones de volver a su
tierra, se había convertido en un problema. El salmo 136 es una
prueba de ello:
“Junto a los canales de Babilonia nos sentábamos a llorar con
angustia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras
cítaras. Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos: cántennos un cantar de Sión.
¡Cómo cantar un cantar de Sión en tierra extranjera! Si me olvido de
ti Jerusalén, que se me paralice la mano derecha…”
No obstante que se trataba de un nuevo imperio en el escenario
regional, existían serias amenazas para los persas, especialmente
por parte de Grecia que había desarrollado un considerable potencial
bélico y un nivel cultural inigualable. Para los intereses del
imperio persa era mejor dejar marchar a los judíos y así tener unos
“aliados” sumisos en esta parte amenazada. Además teniendo en cuenta
que Ciro tenía deseos de invadir y conquistar Egipto. Cosa que no
lograría Ciro porque murió, pero sí lo hizo su hijo Cambises
derrotando al “inmortal” Menfis en el año 525; aunque su reinado
duró poco porque se suicidó en el año 521.
A los judíos los dejaron volver a su tierra como parte de una jugada
política de Ciro. Sin embargo este hecho fue visto como una acción
de Dios que se valía de muchos medios para favorecer a su pueblo,
incluso valiéndose de un rey “pagano” que realiza la obra de Dios.
En medio de los avatares de la vida, de los intereses de por medio y
de tantos sentimientos humanos que dominan el entorno, vale la pena
aprovechar las oportunidades a favor de la vida, sin dañar ni
destruir a nadie y defendiendo los valores humanos.
Los reyes, faraones, zares, emperadores, caciques o como se llame a
los monarcas, eran vistos en el mundo antiguo como hijos de los
dioses o como dios mismo. Por eso Isaías, aunque realzó la figura de
Ciro, enfatizó aún con más fuerza:
hay un
único Señor; así dice el Señor... Yo soy el Señor y no hay otro,
fuera de mi no hay otro dios.
Para una sensibilidad universal de diálogo interreligioso,
esta expresión del profeta Isaías puede sonar anti ecuménica, pero
analizado en su contexto, lo que quiso el profeta fue decirle al rey
que él no era dios y que sus
políticas tenían validez en la medida que no usurpara su puesto. El
pueblo, su tierra, sus derechos, su vida, eran de Dios, del único
Señor, el único absoluto.
En la Palestina del tiempo de Jesús, los emperadores romanos Octavio
Augusto (27 a. C. – 14 d. C.) y Tiberio (14 – 37 d. C.) se
impusieron como dioses. Al emperador se le debía rendir culto. En
este contexto los adversarios del hombre de Nazareth, le lanzaron
sinuosamente la siguiente pregunta:
“¿Es
lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?”
Aquí encontramos una situación bastante difícil de sortear. Los
celotas, o sea la extrema izquierda y el pueblo pobre que trabajaba
la tierra, campesinos o inquilinos, eran quienes más padecían con la
política fiscal impuesta por los romanos y por lo cual rechazaban
dicho tributo. Por otra parte, los colaboracionistas de derecha,
herodianos, saduceos pro invasión romana, lo apoyaban o al menos se
unían al sistema, pues favorecía sus intereses personales.
Los fariseos, aunque eran un grupo que ideológicamente no estaba de
acuerdo con la invasión romana, contrario a los herodianos
(seguidores de Herodes), se unieron con estos, cuando se trató de
buscar la caída de Jesús (el enemigo de mi enemigo es mi amigo,
dicen por ahí como una estrategia de guerra). La pregunta no se la
dirigieron porque ellos estuvieran interesados en las enseñanzas de
este nuevo maestro, en su postura ética o política; querían ponerlo
a prueba y en contra tanto de los pro-romanos como de los
anti-romanos. Por eso Jesús los llamó hipócritas.
“Pues den al emperador lo que es
del emperador y devuelvan también a Dios lo que es de Dios”,
fue la respuesta de Jesús. Para algunos teólogos (Descalzo,
Schnackenburg, Schillebeeckx), esto es una muestra del poco interés
de Jesús por los problemas políticos. Él habría enfatizado en los
deberes del ciudadano y nada más. Otros, como Gnilka, afirman que la
respuesta de Jesús va más allá de la cuestión de los impuestos y es
más una cuestión de principios, es decir: Jesús aceptó la autoridad
estatal, pero señaló sus límites, sabiendo que dicha autoridad debía
estar sometida siempre al reinado de Dios; y en caso de conflicto,
primero estaba la obediencia a Dios que a los hombres.
Según Carlos Bravo,
“la moneda tiene una imagen del César, prohibida en el segundo
mandamiento del decálogo (Dt 5,8ss) y una inscripción que colocaba
al emperador en la esfera de lo divino, y que formaba parte del
culto que se le rendía. El pago del tributo, al mismo tiempo que
hacía más dura la situación económica del pueblo empobrecido,
suponía la aceptación práctica del derecho de Roma sobre la tierra
de Israel y del culto al emperador”.
La respuesta de Jesús fue muy sagaz, pero no evasiva, ni
diplomática. Se entiende después de analizarla en su contexto. Jesús
tiene totalmente claro que el emperador no era Dios. Por eso el
evangelio nombró a Dios aparte del emperador. Jesús le quitó al
emperador la categoría de Dios y no lo aceptó como absoluto, pues el
único absoluto es el Padre Dios que ejerce su poder en la medida que
da vida. Aunque los romanos permitían cualquier culto religioso en
sus colonias, implantaban el culto al emperador. Para Jesús, el
César es el César, no Dios. La moneda era romana, sagrada para los
invasores; para los judíos era sacrílega.
Decir que Jesús haya justificado el pago del impuesto al César o
pretender separar la cuestión política de la religiosa en ese
preciso momento, es traicionar consciente o inconscientemente su
mensaje. En nuestra sociedad secular lo político va independiente de
lo religioso; en aquella época era impensable. Yahvé (el Dios que
libera), estaba siempre con su Pueblo en todos los procesos, se
identificaba con un pueblo digno, independiente y libre, y con todo
lo necesario para lograrlo.
El Reinado de Dios que anunció Jesús, tenía un carácter de salvación
integral para el pueblo, totalmente contrario al reinado del César.
¿Qué le correspondía al César? ¿La tierra? ¿Los seres humanos? Para
los romanos, acostumbrados a derramar la sangre de cualquier ser
humano para calmar su insaciable sed de poder y para satisfacer sus
inclinaciones concupiscibles (pan y circo – comida y diversión), era
natural apropiarse de todo. Pero para la mentalidad judía, la
tierra, principal medio de producción de la época, era sólo de Dios.
El César impuso su sistema por encima de Dios, convirtiéndose en un
obstáculo para el Reino anunciado por Jesús. “Den a Dios lo que es
de Dios” hace referencia al primer mandamiento: “Amarás a Dios sobre
todas las cosas y a él solo adorarás”. La imposición de los romanos
violaba totalmente ese mandamiento y atentaba contra el ser humano,
imagen de Dios. Al emperador le pertenecía la moneda, con su imagen,
pero no los seres humanos, ni la tierra, de los cuales él se había
apropiado. Así,
“que el César se lleve esa moneda, que atenta contra los derechos de
Dios y que le regrese a Dios lo que le pertenece: el culto, el
pueblo y la tierra”.
Inspirados por este Evangelio y mirando nuestro propio contexto, nos
corresponde a nosotros responder adecuadamente a los distintos
retos, siempre en defensa de la vida, del bien común, de la
justicia. El asunto va más allá de los impuestos. Es claro que la
legitimidad o ilegitimidad de los impuestos en nuestro contexto
tiene que ver más con el empleo de éstos, con el manejo de la “cosa
pública”. Podríamos preguntarnos, ¿cómo debe ser la reacción de un
discípulo de Jesús frente a los distintos procesos sociales y
políticos? ¿Cómo reaccionar frente a los políticos que siguen
acudiendo a la compra de votos, a la compra de testigos electorales
o a cualquier otra artimaña para llegar al poder y frente a quienes
los apoyan desde arriba o desde abajo, con las palabras, con las
obras o con las armas?
¿Cómo aplicar esa máxima
“den al emperador lo que es del emperador y devuelvan a Dios lo que
es de Dios”,
sin manipulación de la conciencias, sin emplear la religión para
engañar? ¿Qué les corresponde a los servidores públicos y qué le
corresponde a los ciudadanos? ¿Qué les corresponde a los ministros
de la iglesia (la mal llamada y constituida jerarquía) y qué le
corresponde a al resto del pueblo? ¿Qué les corresponde a los padres
y qué a los hijos? ¿Qué a los educadores y qué a los educandos? ¿Qué
a los civiles, qué a los militares? ¿Qué a las mujeres y qué a los
varones? ¿Qué a los empresarios, qué a los sindicatos y a los
empleados? ¿Qué a los productores y qué a los consumidores? ¿Qué a
los niños, a los jóvenes, a los adultos y qué a los ancianos? ¿Cómo
responder de palabra y de obra a las realidades de hoy según el
Espíritu de Jesús?
Oración
Dios, Padre y Madre, te bendecimos porque de distintas formas
manifiestas tu amor misericordioso, incluso valiéndose de medios
insospechados, siempre en defensa de la vida digna para todos. Te
pedimos que nos libres de emplear las palabras de Jesús para apoyar
engaños, posturas ideológicas que justifican la injusticia, la
corrupción y la violación de los derechos humanos más fundamentales.
Te pedimos que nos des la fortaleza para trabajar en la justicia del
Reino y la audacia para cuidarnos de quienes sólo buscan sus propios
intereses y están dispuestos a lo que sea para defenderlos. Danos la
lucidez mental y espiritual para descubrir la forma de responder
adecuadamente, según tu plan de salvación, a tantos retos que nos
presenta el mundo de hoy, para que vivamos como corresponde: como
verdaderos hijos tuyos, como auténticos hermanos, en dignidad,
libertad y felicidad. Amén.
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