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"A nadie le deben nada, más que amor"                                                                                                               "A nadie le deben nada, más que amor"

En Camino

Homilía para el Domingo

 

Tiempo Ordinario

XXIII Domingo

7 de septiembre de 2008

Autor:  Neptalí Díaz Villán CSsR.                                                                                                     Fuente: www.scalando.com 

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XXIII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A

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-          1ra lect.: Ez 33,7-9

-          Sal 94, 1-2.6-9

-          2da lect.: Rom 13,8-10

-          Evangelio: Mt 18,15-20

 

"A nadie le deben nada, más que amor"

¡AMOR! Que palabra tan grande, tan significativa, tan sublime y tan profunda, pero también tan manipulada. A nombre del amor se engaña, se estafa, se hacen quebrar empresas, se mal forman hijos, se pierden batallas… en fin, se malogran vidas. El amor del que habla Pablo, nada tiene que ver con el engaño utilizado para fundamentar actitudes egoístas, pues con mucha frecuencia el egoísmo hace sus estragos, con el ropaje del amor. Pablo habla del amor que hace crecer, que genera vida, aunque a veces no sea tan romántico e implique actitudes impopulares. Es popular dejar que los hijos hagan lo que quieran, o como dicen, que sean ellos mismos, auténticos y originales. ¿Originales? ¿Auténticos? ¡Cómo no! Ellos necesitan los espacios necesarios para que descubran el mundo, sus oportunidades y amenazas, para que adquieran responsabilidad y seguridad en el continuo despliegue de sus vidas. Pero eso no equivale a tener con ellos una laxitud que genere indisciplina porque, con el cuento de ser  buena gente, buenos padres, buenos profesores, buenos líderes, podemos hacer mucho daño y malograr muchas vidas.

 

Cierto que el amor debe ser nuestra única norma, pero se debe tener muy claro de qué amor se trata para no confundirlo con lo que no es. El amor verdadero genera vida y conduce a la plena felicidad. El amor debe manifestarse en la ternura, en el abrazo, en la bienvenida y en la sonrisa sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso cálido, pero también en la exigencia, en la disciplina y en la corrección firme cuando sea necesaria. 

 

Las lecturas de hoy  nos ubican en la vivencia del amor como manifestación de una fe auténtica. Seguir o no el camino de fe propuesto por Jesús es una opción personal; pero la aceptación de dicho camino de fe implica la disposición de vivirlo en comunidad. Cristianismo e intimismo, cristianismo e individualismo se repelen por naturaleza. El camino de fe propuesto por Jesús se realiza en comunidad, en Iglesia, entendida ésta como un organismo vivo compuesto de muchos miembros unidos por el amor. Por esto para quien sigue el camino de Jesús no cabe aquella respuesta de Caín: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”  (Gen 4,9). Según la enseñanza de nuestra fe, sí somos guardas de nuestros hermanos.

 

La primera lectura de Ezequiel nos presenta la responsabilidad del profeta con respecto a su pueblo. El profeta debe ser el vigilante de sus hermanos, no porque sea un chismoso sino porque debe alertarlos y prevenirlos. Debe permanecer con los oídos bien abiertos y los ojos bien despiertos para escuchar y ver los peligros que acechan a su comunidad. Ezequiel lo vivió durante el exilio de su pueblo en Babilonia, nosotros debemos tenerlo en cuenta durante toda nuestra vida. Como padres, como hermanos, como líderes de una comunidad, como seguidores de Jes