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Imperativo ético religioso:
en el mundo antiguo había “profetas” pagados por el rey, para que le
dieran consejos, lo adularan e informaran al pueblo acerca de las
maravillas del monarca. Por otro lado aparecían profetas de la
desgracia que andaban infundiendo miedo, preconizando catástrofes a
granel, a causa de los pecados de los hombres. ¿Dónde ubicamos a los
profetas de la tradición bíblica? En ninguno de los anteriores.
El objetivo de los profetas de Yahvé no era hacer temblar la tierra
para infundir miedo a las masas ignorantes. No se era profeta de
Yahvé por profesión o sueldo, sino por obligación. ¿Por qué? ¿Acaso
Dios obliga a alguien? No, pero cuando una persona llega a una
profunda madurez de conciencia, en términos puramente humanos o en
términos de fe, le es imposible comulgar con la injusticia, ser
testigo de la corrupción o de la explotación y quedarse callado. Le
es imposible ver caras cabizbajas, tristes y desanimadas, y no
anunciar que es posible construir otro mundo con el esfuerzo de
todos y la gracia de Dios. Para la persona con sensibilidad humana
y, además, con una fe profunda en el Dios de la vida, el profetismo
se convierte en un imperativo ético, sin el cual no se puede vivir
la fe y, en últimas, no se puede vivir.
Como su ministerio le trajo burlas, maltratos y persecuciones, no
sólo por parte del poder sino de su misma gente, Jeremías se quejó
ante Dios. Su reclamo llegó casi a la blasfemia:
“¡maldito el día en que nací!, ¡el día que me dio a luz mi madre, no
sea bendito…!”(20,14).
Él no fue profeta por profesión, no tuvo sueldo por anunciar y
denunciar; fue su sensibilidad humana la que le hizo ver la
situación y por tanto la necesidad, y fue su conciencia la que no le
permitió escapar:
“me
sedujiste Señor y me dejé seducir, me forzaste y me pudiste. He sido
la irrisión cotidiana, todos me remedaban. Pues cada vez que hablo
es para gritar: ¡atropello!, y para gritar: ¡expolio!... Yo decía:
no volveré a recordarlo, ni hablaré más en su nombre. Pero había en
mi corazón algo como fuego ardiente prendido en mis huesos, y aunque
yo trabajara por ahogarlo no podía”
(20,8-9).
“Amigos, la situación es bastante dura, hay que ser muy claros, si
nos quedamos aquí corremos un inminente peligro. Ustedes verán qué
hacen, los dejo en libertad, yo, por mi parte no podría en
conciencia volver a ejercer la medicina si ahora me voy de aquí”
(Médico director de un hospital en África central, ante una epidemia
de Ébola – Revista Sin Fronteras)
¿Será que esta experiencia de Jeremías se queda solamente para
personajes anómalos, interesados por el bien común, enfermos de un
síndrome “rarísimo” que se manifiesta con un fuerte y desesperante
dolor en las entrañas ante el sufrimiento ajeno, llamado por los
especialistas splagnisomai o sea en castellano: misericordia o
compasión? O, ¿será cierto que por el Bautismo todos somos profetas
y que por ser seguidores de Jesús nuestros actos humanos deben estar
movidos por la misericordia, como lo hizo Él?
Tomar la cruz:
Que Jesús tuviera la claridad de conciencia mostrada por los
evangelistas, es decir que supiera lo que iba a suceder con toda
lucidez: pasión, muerte y resurrección, es algo que discuten hoy los
exegetas. Lo más posible es que Él no haya tenido esa claridad de lo
porvenir.
Se trata con más probabilidad de un texto elaborado por los
evangelistas a la luz de la Pascua. Pero pensar que Jesús esperara
en Jerusalén todas la puertas abiertas y la mejor disposición por
parte de los detentores del poder, sería creerlo tonto. Con toda
seguridad, él supo que no iba a ser fácil el encuentro con los
ancianos, sumos sacerdotes y escribas, es decir, el poder religioso
y político.
Por naturaleza el que tiene el poder no lo quiere soltar, el que no
tiene problemas porque la pasa bien así el mundo se muera de hambre,
no quiere que las cosas cambien; o ¿será que los países ricos
quieren de verdad que la situación del planeta cambie? La última
reunión del G8 nos muestra todo lo contrario. Estos países no tienen
la más mínima voluntad política para que se acaben de verdad el
hambre, la miseria y la indignidad con la que sobreviven muchos
seres humanos. Se reúnen supuestamente para estudiar la forma de
cambiar el mundo, pero con estos colosos pasa lo que, según mi
abuela, pasa con las gallinas viejas:
“cacarean mucho, pero no ponen huevo”.
Así mismo, muchos de nuestros países y regiones están dominados por
familias que día a día saquean miserablemente a nuestra gente,
aunque tengan el descaro de caminar orondos ante los medios de
información y de presentarse ante el público como los honorables
concejales, alcaldes, ministros, gobernadores, senadores o
presidentes. Como los empresarios exitosos, los presidentes o
directores ejecutivos de fundaciones sin ánimo de lucro, creadas con
una la facha humanista, pero en el fondo lo que les interesa con
ellas es evadir impuestos. Pero en fin, como dijo Einstein:
“no
podemos enseñarle a un gato a que no cace pájaros”.
Jesús conocía la humanidad. Por eso les dijo a sus discípulos que no
la iban a tener fácil en Jerusalén. Sabía que el poder cuando se
siente tocado reacciona de manera brutal y se lleva a su paso todo
lo que encuentra, como bien lo representa el libro del Apocalipsis
(Cap. 12).
Hemos dicho muchas veces que Jesús fue continuador de la Tradición
Deuteronomista y Profética del A.T. Como tal, asumió el compromiso
de Jeremías (Primera lectura). El evangelio de hoy presenta a Jesús
camino de Jerusalén, consciente del inminente peligro, pero incapaz
de ser indiferente ante la deplorable situación que vivía su pueblo,
dominado por falsos pastores.
El demagogo (de derecha, izquierda o centro), a diferencia del
verdadero líder, con tal de ganar adeptos, resalta sobremanera las
cualidades del pueblo, adula a los ciudadanos por su cultura, su
inteligencia o su historia. Promete la soluciones a los problemas,
el progreso de los pueblos, y hasta redención y vida eterna si el
ambiente se lo permite, todo ello sin compromiso alguno.
A Jesús no le interesaron mucho “las encuestas”, la fama o el qué
dirán. Él no fue un demagogo, ni engaño a nadie; por el contrario,
siempre fue muy claro con sus seguidores y les hizo ver lo que les
iba “pierna arriba”. Les dijo que en Jerusalén tendrían serios
problemas y que existía la posibilidad de la muerte ya que esa había
sido la suerte de muchos profetas. Pero que a pesar de todo debían
seguir su marcha como un compromiso con Dios y con sus hermanos.
Pedro, como representante de sus discípulos, con la visión de un
mesianismo político militar victorioso, sintió miedo y decepción.
Todos querían cambiar de status y ya se veían como los ministros del
nuevo Rey de Israel.
Jesús, aunque tuvo la tentación del poder (Mt 4,8-11), optó por el
servicio. Sí, quería la victoria, pero no la victoria de unos sobre
los otros. No pretendió voltear la torta para que otros tomaran el
puesto de gobernantes y siguieran con los mismos vicios. Quiso no
solo el cambio de las estructuras sociales, sino el cambio de toda
la persona, pues no se puede buscar la transformación de las
estructuras sociales sin antes transformar las estructuras internas
del individuo. Si no superamos los traumas, incoherencias, egoísmos,
y demás taras personales, la transformación social se convierte en
otra esclavitud y por tanto en una decepción más en nombre de la
libertad. ¡Cuántas revoluciones hemos tenido a lo largo de nuestra
historia y cuántas decepciones se han llevado las personas y los
grupos humanos por cuenta de quienes han prometido la transformación
total!
Jesús sabía con seguridad que su propuesta del Reino no iba a calar
fácilmente, pues encontraría la oposición, no sólo de los poderes
sino de sus mismos discípulos que ya se veían reinando sobre las
doce tribus de Israel. Por eso en ese momento a Pedro lo llamó
Satanás pues no pensaba como Dios sino como los hombres deseosos de
poder, dinero, etc., y a los demás discípulos, que compartían los
anhelos de Pedro, los invitó a seguirlo con unas condiciones muy
concretas: negarse a sí mismos, que no equivale a negarse como
personas, sino a los intereses egoístas y altaneros que habitan en
el interior de todo ser humano, cargar con la cruz, es decir, asumir
la vida tal como viene, aún con los momentos duros, contando con la
posibilidad del fracaso y la muerte, pues así como a la tierra
prometida se llegó sólo atravesando un inmenso desierto, a la
resurrección se llega sólo cargando la cruz, entregando la vida,
poniéndola al servicio. Sin lugar a dudas, esa será la mejor ofrenda
para el Señor: nuestros cuerpos como hostias vivas, santas y
agradables a Dios (Segunda lectura). Sin lugar a dudas ahí está
también nuestra razón de ser como cristianos y como seres humanos,
pues
“una
vida sólo vale la pena si se vive en aras de otros... Una vida
encaminada fundamentalmente a la satisfacción de anhelos personales,
tarde o temprano conduce a una amarga desilusión”.
(A. Einstein).
Oración
Oh Dios, Padre y Madre de misericordia. Te bendecimos por el amor,
la bondad y la misericordia con las que nos envuelves cada día
llenándonos la alegría y las ganas de vivir. Te pedimos que ese
mismo amor misericordioso lo comuniquemos en abundancia a nuestros
hermanos, especialmente a los más necesitados. Danos la valentía
para ejercer un profetismo decidido y generoso, según nuestro
contexto vital y las inspiraciones de tu Espíritu.
Libera nuestros corazones del miedo, la avaricia, la mentira y todo
tipo de obstáculos para seguir el camino de Jesús y su proyecto de
salvación. Que seamos capaces de renunciar a todo tipo de codicia y
a pretender construir nuestra vida impulsados solamente por anhelos
individualistas y egoístas. Que la gracia de tu Espíritu nos de un
corazón fuerte y generoso capaz de amar, de vivir en libertad y de
trabajar por una humanidad incluyente y con oportunidades. Amén.
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