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En tiempo de Jesús el maestro enseñaba o exponía sus ideas desde su
escuela, el rabino desde la sinagoga, el sumo sacerdote desde el templo,
así como en nuestros tiempos, el obispo desde su cátedra (de ahí la
palabra catedral), el sacerdote desde el púlpito o el político desde la
tribuna.
Los evangelistas nos presentan a Jesús como un personaje paradójico de
principio a fin: es el mismo Logos de Dios, sin embargo se encarnó en el
seno de una sencilla aldeana y nació en un establo; su compañía fueron
los pobres, los desarrapados, los pecadores y las prostitutas. Cuando lo
aclamaron como Mesías no entró montado en un poderoso caballo sino en un
burro, y como corona le pusieron espinas en sus sienes. Su enseñanza no
la dio desde la sinagoga, y cuando intentó hacerlo casi lo linchan (Lc
4,14ss); ni desde la escuela que criticó fuertemente, porque en la
cátedra de Moisés se habían sentado los maestros de la Ley y los
fariseos, manipulando el conocimiento (Mt 23,1s), y mucho menos desde
templo, donde fue a pelear porque lo habían convertido en cueva de
bandidos (Mc 11,17).
Jesús de Nazareth, sin autoridad oficial para enseñar, sin más carta de
presentación que su misma calidad humana, se sentó, no en la cátedra de
Moisés, presidida por los maestros y fariseos, sino junto al lago, al
lado de la gente. Luego se sentó en la barca, signo de la comunidad
eclesial (la Iglesia - comunidad, como lugar de encuentro con Jesús), y
empezó a enseñar en parábolas, el lenguaje del pueblo.
Aunque todavía quedan algunos “ejemplares”, los narradores orales eran
personajes populares en todo el mundo antiguo, sobre todo antes de la
invención de la imprenta. En la Grecia antigua se destacaba el rapsoda
que cantaba los poemas de Homero, el griot en África, tusital en la
polinesia, penglipurlara en Malasia y para no ir tan lejos, los
juglares, los cuenteros, los piqueros, trovadores, romaceros, cantores y
copleros de nuestros pueblos latinoamericanos.
Jesús, entre otras cosas, era un popular contador de cuentos y
parábolas. Por medio de esta común manera de comunicarse enseñaba con
sencillez, picardía y no pocas veces, con sarcasmo e ironía, pero
siempre con profundidad, su experiencia de Dios y su propuesta a la
humanidad.
Hoy tenemos la conocida parábola del sembrador. La gente conocía muy
bien el contexto de la parábola. Ellos eran labradores, campesinos, que
sabían lo que significaba sembrar, ver crecer la semilla, desherbar,
cosechar, etc. Esta es una parábola dirigida a la comunidad eclesial que
se reúne alrededor de Jesús (Jesús sentado dentro de la barca es signo
de la iglesia, comunidad de hermanos). La semilla, muy buena por
supuesto, es la Palabra lanzada sobre las personas. El primer acto de fe
no es de nosotros hacia Dios, sino de Dios hacia nosotros; Él cree en
nosotros y lanza su semilla, la arriesga, la expone al fracaso, a que la
pisoteen, a que se la coman las aves, o a que alcance a germinar pero no
dé fruto. Sabe que el Reino va a ser discutido, ignorado e incluso
perseguido por personas
“que miran sin ver y escuchan sin oír ni entender”,
pero insiste, porque cree en el ser humano, en su capacidad de acogida y
de cambio.
Hay cuatro actitudes distintas ante la Palabra: la actitud de la tierra
del camino, la de las piedras, la que está cubierta de zarzas y la de la
tierra buena o bien preparada; el resultado y el significado de cada una
de estas cuatro tipos de tierra lo explica el mismo texto. Vale la pena
en este día, cuando nos reunimos también alrededor de Jesús,
preguntarnos cuál es nuestra actitud ante la Palabra. ¿Cuánto tiempo
llevo recibiendo la semilla? ¿Cuántas veces la semilla ha caído en mí?
¿Qué fruto ha dado? Si no ha dado fruto no es porque sea una semilla
mala, seguramente tampoco porque yo sea tierra mala, tal vez porque no
ha sido bien preparada o no se han tenido los cuidados, la perseverancia
y la constancia suficientes para que dé fruto.
El fruto de la Palabra (semilla) no puede ser sólo un sentimiento de
tranquilidad y de gozo espiritual; tiene que ser real y duradero:
producir
“semilla para el sembrador y pan para el que come”
(1ra lect.-
Is 55, 10-11).
¿De qué manera nosotros, los que hoy nos reunimos en torno a Cristo,
estamos generando soluciones a los problemas de nuestro mundo; el
hambre, la injusticia, la discriminación, el desplazamiento y la falta
de oportunidades para desarrollo integral de la persona? ¿Qué frutos
estamos dando como discípulos y apóstoles de Jesús? ¿Hacemos parte de lo
que llama Pablo (2da lect. -
Rom 8, 18-23)
“la creación expectante que aguarda la plena manifestación de los hijos
de Dios… con la esperanza de verse libre de la esclavitud de la
corrupción para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios”?
Las mamás saben lo que significan los dolores de parto, en unos casos
más complicados que en otras. En la Biblia estos dolores son signo de
los cambios necesarios de las personas y de las estructuras sociales;
cambios que por lo general encuentran resistencia e incluso persecución,
y por lo tanto dolor, miedo, angustia, pero también esperanza por la
inminente venida de una nueva criatura, nacida del agua del Espíritu,
como le dijo Jesús a Nicodemo (Jn 3,1ss), el nacimiento del hombre
nuevo, como diría Pablo, (Col 3,9-10), o en palabras del Apocalipsis,
los cielos nuevos y la tierra nueva (Ap 21,1).
Oración
Padre y Madre Dios, te bendecimos, te alabamos, te glorificamos, te
ensalzamos, te damos gracias por todos los dones recibidos de ti,
especialmente por tu Palabra que alimenta, fortalece e ilumina nuestro
camino. Gracias por Tu Palabra hecha carne, por Jesús, el hermano mayo
de nuestra familia.
Perdona nuestra ausencia de frutos. Perdona porque muchas veces
pisoteamos tu Palabra, la dejamos a un lado; otras veces nos
entusiasmamos pero luego desistimos y abandonamos los compromisos
adquiridos. Algunas veces alcanzamos a florecer, a emprender nuevos
caminos, pero todo se queda en buenas intenciones. Perdona nuestra falta
de frutos.
Hoy te ofrecemos
los buenos frutos que hemos obtenido gracias a tu Palabra que inunda
nuestra vida, la alimenta, la ilumina, la hace florecer y producir:
semilla para sembrar y pan para comer. Gracias por todo el amor, la
solidaridad, la amistad, la alegría compartida como familia, como
comunidad discipular y apostólica. Te pedimos que ayudes a superar
desganos, miedos, apegos, que ponen en peligro la Palabra. Danos un
espíritu humilde, firme y sereno, para acoger cada día el Evangelio y
permitir que de los buenos frutos de debe dar.
Amén. |