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Empecemos diciendo que la primera clave de lectura para entender el
evangelio de hoy es la barca como signo de la Iglesia. Después de
compartir solidariamente el pan, Jesús apremió a sus discípulos a subir
a la barca e ir hacia la otra orilla. Toda empresa necesita una
estructura que le de solidez y le ayude a hacer posible los obejetivos y
metas que se trace. Para darle continuidad y eficacia a la obra
emprendida por Jesús, apareció la Iglesia, sin la cual los signos
salvíficos de Jesús se hubieran quedado en historia.
Aunque históricamente Jesús no fundó la Iglesia, la comunidad primitiva
vió la necesidad de organizarse, e interpretando los signos de los
tiempos, descubrió ahí la voz de Jesús que decía: “suban a la barca”,
“vayan a la otra orilla”
o sea formen Iglesia, sigan adelante con la misión,
“como mi
Padre me envió yo también los envío”
(Jn 20,21),
“Tu eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia”.
(Mt 16,18).
Jesús no fundó la Iglesia, pero la Iglesia se fundó en Jesús. Los
discípulos, escuchando y obedeciendo la voz de su maestro, formaron
Iglesia y se lanzaron hacia la otra orilla. ¿Cuál es esa otra orilla? La
meta, el Reino. Fue así como después de la muerte y resurrección de
Jesús llegó el tiempo de la Iglesia que, acompañada por el Espíritu,
debía continuar con la construcción de la justicia del Reino. Jesús
siguió hacia el monte, signo del lugar del encuentro con Dios, o sea que
el Jesús de carne y hueso, lo que llamanos, el Jesús histórico, ya no
estaba con ellos. El Espíritu, manifestado en la Iglesia continuó la
“aventura”.
Pero, como es natural, la Iglesia empezó a tener dificultades. Por una
parte, el viento le era contrario, por otra, los conflictos internos y
la falta de fe la desanimaban. Si nuestra empresa es contruir el Reino
de Dios con sus valores: justicia, fraternidad, solidaridad, etc., vamos
a tener vientos en contra. No es fácil construir justicia en un mundo
estructuralmente injusto dominado por el afán de poder, el deseo de
aparecer y un hambre insaciable de placer narcisista y egoísta como fin
último de la vida.
No era fácil, perseverar en medio del viento contrario, de las olas
amenazantes, de la “horrible noche” y del miedo que inundaba los
navegantes. La vida humana es fragil. Cualquiera de nosotros hubiera
tenido una actitud semejante. Pero la luz de la madrugada mostró a Jesús
por encima de las fuerzas adversas:
“Yo he
vencido al mundo”,
nos recuerda el evangelio de Juan (16,33). La persona de fe siempre
encontrará que después de la noche y aún en medio de la tormenta, viene
un nuevo amanecer que le permite ver a Jesús caminando sobre las aguas
caudalosas.
Como estamos hablando, no del Jesús histórico, de carne y hueso, sino
del Jesús resucitado, cuya presencia no es evidente, los discípulos se
asustaron porque pensaban que era un fantasma.
“Ánimo, soy
yo, no tengan miedo”,
les dijo. Uno de los problemas internos de la Iglesia primitiva fue la
introducción de algunos grupos con tendencia gnóstica que veían a Jesús
como un espíritu, un eon, casi como un fantasma. Este texto quiere de
paso decirle a la comundiad cristiana que no se deje engañar por los
gnósticos; que Jesús no es un fantasma, que es el Hijo de Dios,
confesión que tenemos al final del texto. “¡Verdaderamente eres el Hijo
de Dios!”
(Mt 14,33)
A Jesús resucitado no lo percibimos a primera vista y corremos el riesgo
de confundirlo. Muchas veces durante la historia del cristianismo se ha
utilizado su nombre para amenazar con la condenación eterna o con
desgracias como castigo por el pecado. Para infundir miedo y someter a
los pueblos a los designios de los falsos pastores del momento. Jesús
nunca utilizó el miedo para llamar seguidores. Por el contrario, les
reclamó a sus discípulos y a todo el pueblo la falta de fe (Mt 8,10-12;
14,27) y los invitó a vencer el miedo.
Él no les dijo de no había problemas y que todo estaba bien. ¡No!,
porque en ese momento sí los había. Pero una vez reconocidos los
problemas se necesitaba enfrentarlos con una fe robusta y un compromiso
firme por la causa del Reino. Como les pasó a los discípulos de la
primigenia comunidad a nosotros el miedo nos hace ver más grandes los
problemas y detiene nuestro anhelo de solucionarlos. Pero la presencia
viva de Jesús resucitado en nuestra barca (Iglesia) da fuerza y valor a
nuestra fragiliad humana y nos capacida para vencer el miedo y para dar
solución a cada realidad adversa.
Toda organziación necesita líderes, la Igleisa no es la excepción.
Pedro, en las Iglesias primitivas, fue una figura representativa, un
lider destacado, pero no por esto perfecto e infalible. Muchas veces se
equivocó y otras veces su liderazgo estuvo dominado por el miedo. Aunque
desafió situaciones adversas, fue incapaz de sostenerse sin la ayuda de
Jesús. Como miembros de Iglesia debemos tener sumo cuidado, sobre todo
si desempeñamos algún tipo de liderezgo, pues en momentos de crisis
corremos el riesgo de dejarnos inundar por el miedo, y en el extremo por
la paranoia. Entonces atacaremos a las personas pensando que nos va a
atacar, porque el miedo hace ver fantasmas hasta donde está la presencia
del resucitado que trae una buena noticia.
Así como Pedro, todos los discípulos y discípulas necesitamos gritar:
“Señor sálvanos”,
con la seguiridad de que Jesús extenderá su mano para levantarnos y
alejar todo tipo de temor. Entonces, entenderemos que sólo
la fe serena en el Señor nos dará las fuerzas para permanecer sobre las
aguas caudalosas, los vientos adversos y nuestros propios temores e
inseguridades.
La perspectiva eclesial no la podemos perder. En medio de las
adversidades en nuestras Iglesias, en medio de los problemas externos o
internos y en medio de nuestras diferencias, tenemos que buscar la
unidad. No porque tengamos diferencias con el “Pedro de turno” vamos a
formar “rancho aparte”. Por el contrario, subidos en la barca, unidos
como Iglesia, es preciso buscar lo fundamental y confesar de palabra y
de obra que realmente Jesús es el Hijo de Dios. (Mt 14,33). Que unidos
como Iglesia superemos toda adversidad que nos amenaza, alejemos los
fantasmas que embotan nuestra mente y descubramos cada día
la presencia de Jesús resucitado presente en el amanecer de nuestra
historia.
Oración
Oh Dios, Padre y Madre común, gracias por nuestra comunidad eclesial en
la que hemos vivido, crecido y aprendido. Gracias por esta barca en la
cual navegamos hacia la otra orilla en medio de paisajes bellos,
momentos de solaz y alegría, así como en medio de tormentas y vientos
contrarios. Te pedimos perdón por las veces que nos hemos dejado inundar
por el miedo, por las rencillas internas, los intereses egoístas, la
falta de fe, de amor, de entrega, de generosidad.
Señor Jesús ayúdanos a descubrir tu presencia viva en medio de cualquier
circunstancia. Que nuestra fe y nuestra esperanza sean más grandes que
todos los problemas juntos y el miedo que nos invade. Que tu amor
misericordioso nos una como familia y comunidad, nos ayude a superar las
diferencias, a tolerarnos y a buscar juntos la justicia del Reino en
medio de nuestra barca.
Que tu Espíritu inunde con su gracia nuestra barca: comunidad, familia,
iglesia… tenemos la certeza de que ningún viento nos destruirá porque
vas con nosotros. Contigo vencemos todas las adversidades, los
obstáculos, los miedos… todo. Contamos contigo… cuenta con nosotros, con
nuestras leves fuerzas, con nuestra disponibilidad para continuar
navegando… Amén.
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