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“Con lo
mío-mío-mío, con lo mío no se meta, o es que usted no ha comprendido que
lo mío se respeta”,
dice la canción. Todos defendemos lo que consideramos nuestro y cuando
alguien nos lo quiere quitar peleamos; si se meten con lo nuestro,
exigimos respeto.
El pueblo de Israel llevaba
años tratando de construir una nación santa, justa e igualitaria. La
religión, como en todo el mundo antiguo, jugó un papel central en los
procesos sociohistóricos del pueblo: Dios era el Dios de Israel. El
pueblo era consagrado a Dios y se consideraba su propiedad. Las
escrituras, las tradiciones, la historia, las leyes, eran algo
totalmente sagrado, así como las personas que pertenecían al pueblo.
Para la mentalidad del pueblo judío de la época, las demás naciones eran
inferiores al pueblo de de Israel y sus dioses, o más que dioses,
ídolos, eran totalmente inferiores al verdadero Dios de Israel. La gente
de esas otras naciones, eran gentiles, paganos y, en el extremo,
considerados como animales, perros. Esto era un mecanismo de defensa de
un pueblo que vivió en un continuo conflicto con otros pueblos que lo
querían esclavizar y hacer perder su identidad.
Algunos libros proféticos,
como Isaías y especialmente Jonás, que a regañadientes fue a predicar a
un pueblo extranjero (Nínive), trataron de ampliar el horizonte y
mostraron un Dios salvador de todos los pueblos de la tierra.
La primera lectura nos
muestra la generosidad de una mujer sunamita (extrajera por tanto), para
con el profeta Eliseo que, como profeta de Dios, le dio un mensaje
esperanzador a esta familia “pagana” que no podía tener hijos: un hijo,
una nueva vida. Con este gesto de generosidad de la extranjera con el
profeta y del profeta con la extranjera se dice que Dios es de todos y
que se manifiesta al que lo busca, al que responde con amor a su
inspiración.
Jesús, a pesar de ser judío,
fue ampliando su postura frente a los no judíos: primero se cerró sólo
al círculo de los de su raza. En uno de los primeros envíos a sus
apóstoles les dijo que no entraran a territorio de paganos ni a casa de
los samaritanos, sino más bien a las ovejas perdidas del pueblo de
Israel. (Mt 10,5b-6). Incluso en alguna ocasión trató a una mujer
cirofenicia de una manera muy despectiva (Mt 15,2128); pero luego tuvo
una acogida asombrosa que escandalizó a los suyos, dada su postura
frente a los extranjeros.
El padre y la madre eran el
símbolo de la familia, del grupo, de la raza judía y de todo lo que ello
representaba: tradiciones, leyes, proyecciones, etc. El prójimo (el
próximo, el que tenían cerca) era su propia familia, su pueblo, su raza;
los otros pueblos no eran prójimos, eran paganos. El pueblo esperaba un
Mesías que salvara a Israel, que lo gobernara y lo consolidara como
potencia que dominara otros pueblos. Un Mesías nacionalista. Pero Jesús
fue comprendiendo poco a poco, que su misión abarcaba la humanidad
entera, no se podía limitar a las fronteras puestas por una raza,
nación, o ideología, sino que debía trascender y amar solidariamente a
todos.
El evangelio de hoy no pide
despreciar a los papás, a la familia o al pueblo. Es una invitación a
amar a Jesús y su proyecto por encima de intereses egoístas de personas,
familias, grupos o naciones, cuando estas pisotean a los demás seres
humanos. No se trata de tener una relación intimista de “profundo amor”
con el amado Jesús, en la oración elevada del piso, o en una mística
desencarnada. Amar a Jesús es amar su proyecto, su meta, su razón por la
cual vivió y murió: el Reino, la solidaridad, la fraternidad, la
justicia, la dignidad para todos los seres humanos. Si es necesario
romper con alguna tradición, para construir el Reino, se debe hacer. A
lo primero que hay que renunciar es a nuestro natural egoísmo, y optar
por Jesús y su proyecto; si es necesario enfrentar, así sea nuestra
propia familia, institución o patria, se debe hacer. En el Reino no
caben el nepotismo, el favoritismo, la exclusión, ni complicidad con la
injusticia.
Decidirse a construir el
Reino trae problemas, todo el mundo aprueba cuando se habla de los
demás, cuando se critican los males de otros, pero cuando nos tocan las
fibras de nuestro egoísmo, reclamamos. Por eso Jesús advirtió que se
tenía que cargar la cruz, o sea las consecuencias difíciles del
compromiso con el Reino, sabiendo que el final no sería la fatalidad:
“el que pierda su vida, la ganará”.
Analicemos primero nuestra
propia vida; veamos si le hemos jugado a los favoritismos, si hemos
favorecido nuestro bien individual o familiar por encima de la justicia
y demás valores del Reino. Veamos a qué necesitamos morir, para
incorporarnos (Rom
6,3-4.8-11 – 2da
lect.) a Cristo en su muerte y participar de su resurrección, como
hombres y mujeres renovados, capaces de amar y servir.
Oración
Dios Padre y Madre de todos
los seres humanos, de todos los seres vivos, de todo cuanto existe.
Fuente, origen y meta de nuestra vida. Nos sentimos unidos profundamente
como a ti y a todo el cosmos, incluso al caos que a veces padecemos y
del cual volvemos a nacer como nuevas criaturas, gracias a tu Espíritu
que todo lo renueva y le da sentido.
Gracias por el hermoso
testimonio de Jesús, el hermano mayor de nuestra familia humana, el
primero de todas las nuevas criaturas, nacidas del amor misericordioso.
Te pedimos que nos ayudes a superar todo tipo de fanatismos,
favoritismos, exclusivismos y todo aquello que nos daña como humanidad,
todo aquello que atenta contra la vida. Ayúdanos a morir al “hombre
viejo”, cargado de miedos, de egoísmos, de sentimientos rastreros y de
toda mezquindad destructora, y a resucitar como hombres y mujeres llenas
del Espíritu de Jesús Resucitado, capaces de amar, de servir, de vivir
en auténtica libertad. Ayúdanos a valorar la vida humana en todas sus
manifestaciones, a defenderla y a dignificarla. Ayúdanos a asumir el
compromiso con la justicia del Reino con la misma pasión, la misma
entrega, el mismo amor y la misma generosidad como lo hizo tu Hijo
Jesucristo. Amén. |