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"Tiempo de penitencia y de reonovación interior para preparar la Pascua del Señor"                                                                                                                                                                                                                                              "Tiempo de penitencia y de reonovación interior para preparar la Pascua del Señor"

En Camino

Homilía para el Domingo

 

Tiempo de Cuaresma

IV Domingo

2 de marzo de 2008

Autor:  Neptalí Díaz Villán CSsR.                                                                                                     Fuente: www.scalando.com 

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V Domingo de Cuaresma Ciclo A

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-          1ra lect.: 1S 16,1b.6-7.10-13

-          Sal 22,2-6

-          2da lect.: Ef 5,8-14

-          Evangelio: Jn 9,1-41

 

"Saber elegir"

Saber elegir

Que un hombre sea galante y buen conquistador, y además, sea poseedor de una gran chequera, no significa que sea un esposo y un padre excelente. Que una mujer llame la atención con sus carnosos labios y su despampanante figura, no significa que sea la ideal para formar un hogar estable y que con ella se construya un matrimonio feliz. Que un candidato para liderar alguna obra pública o privada sea el más destacado por su presencia, sus títulos o su palabrería, no significa que realmente sea un excelente conductor y servidor de dicha causa. Muchos países, ciudades, iglesias o empresas han sufrido los estragos de los buenos candidatos que resultaron ser verdaderos fiascos. No son pocos los matrimonios que han terminado en la papelera porque los cónyuges se dejaron llevar por las apariencias.

 

El libro de Samuel nos presenta la elección del Rey David para invitarnos a que, cuando debamos elegir, analicemos muy bien las posibilidades y escojamos la mejor de ellas. Saúl era un muchacho distinguido, de buena familia y de una figura muy atrayente. Los ganaderos y demás hebreos influyentes lo apoyaron con la esperanza de que el Rey lograra controlar el avance de los filisteos. Pero una vez llegó al poder, Saúl se encargó de defender sólo a quienes lo habían puesto en el poder y a darse la gran vida, mientras los filisteos avanzaban en su propósito de dominar Israel. Al poco tiempo se convirtió en un tirano que hacía la vida del pueblo más insoportable y los debilitaba ante los extranjeros que pescaban en río revuelto.

 

Entonces, surgió un líder carismático cuya condición humilde no fue obstáculo para hacer que Saúl terminara de perder el apoyo de los grandes y de todo el pueblo, y que pasara a formar parte del pasado, con un fin muy triste: el suicidio. El relato de Samuel presenta a los siete hermanos de David, todos ellos muy buenos candidatos por su figura, más no por su corazón. Por eso, Dios invita a Samuel a ver más allá: “No te fijes en su apariencia ni en su buena estatura. No es éste el que quiero. Lo importante no lo ven los hombres: ellos ven sólo la apariencia, pero Dios ve el corazón.” Finalmente, apareció David y ese fue el elegido.

 

Nos corresponde ser muy cuidadosos con nuestras elecciones tanto a nivel personal como comunitario. Tenemos la responsabilidad de ser muy críticos y analíticos porque en este mundo de las apariencias, la imagen está por encima de la esencia y, aunque los humanos tenemos la capacidad de razonar, muchas veces nos dejamos dominar por las pasiones y los impulsos de bajo nivel. Aunque tenemos la capacidad de ir más allá de las apariencias, muchas veces la pereza y la mediocridad nos hacer quedar con una imagen distorsionada y engañadora que esconde la realidad.

 

 

De las tinieblas a la luz

Vale la pena recordar que el presente texto del Cuarto Evangelista no es una narración periodística, sino un relato teológico-simbólico. El texto es ciento por ciento cierto, más no literalmente, sino simbólicamente, pues como decía Antoine de Saint Exúperi: “Lo esencial es imperceptible a los ojos”. Aquí lo esencial está en el trasfondo del texto, en lo sucedido a la comunidad cristiana que, por obra de Jesús, pasaba de la oscuridad a la luz y se convertía en protagonista de su propia historia.

 

Como todos los evangelios, el presente texto fue elaborado por las comunidades cristianas después del acontecimiento pascual (pasión, muerte y resurrección). Una clave de lectura para comprender este texto es tener en cuenta que el ciego no es sólo una persona sino todas aquellas personas que se encontraron con Jesús durante su vida pública y, después de su muerte y resurrección, las que lo experimentaron dentro de la comunidad cristiana. Recordemos que para el Cuarto Evangelista, Jesús y comunidad cristiana se identifican. Lo que le hacen a Jesús se lo hacen a la comunidad: La persecución, los azotes, los insultos, así como las alabanzas y las atenciones. Jesús sufre, ríe y obra en la comunidad.

 

Este texto sintetiza el proceso salvífico de las personas que se encontraron con Jesús: pobres, enfermos, pecadores, marginados, ignorantes, etc. Personas que nacieron y crecieron en un ambiente hostil que los marginaba y les gritaba a cada rato la poca cosa que eran. No hay pobreza ni ceguera más grande que la ignorancia. Estas personas habían crecido ignorando su dignidad humana, su filiación con Dios y sus grandes posibilidades de crecer como seres humanos. A pesar de que Qohelet y Job habían cuestionado la doctrina de la retribución, los rabinos en el tiempo de Jesús, así como el sistema cultural y religioso de su tiempo, enseñaban que Dios amaba especialmente a quienes les concedía salud, buen nombre, bienes e hijos en abundancia. Los pobres, las estériles, los enfermos y en general los marginados vivían así porque habían cometido pecados, ellos mismos, sus padres, abuelos o tatarabuelos. Además del sufrimiento por su condición social y personal, la religión los tachaba de pecadores despreciados por Dios y despreciables por los hombres. Por eso, los discípulos le preguntaron a Jesús quién había pecado para que ese hombre estuviera así, si él o sus padres.

 

Efectivamente, hay padecimientos que son consecuencia de algún mal paso que damos los seres humanos. Una persona que sufre un accidente mientras conduce embriagado, otra que le da cáncer por fumar cigarrillo o aquella que echa a perder su hogar a causa del licor, etc. Pero hay  muchos dolores que son causados por problemas genéticos, por el medio en el que vive, por situaciones terriblemente adversas en las que crece la persona, por la ausencia de padre o de madre, por la falta de amor, de comprensión y de compañía. Por carencia de formación y educación, por mala alimentación y servicios de salud, por valores tergiversados, etc. El problema del ciego de nacimiento, es decir, el problema de los marginados se había convertido en una marca social, religiosa y cultural que les habían impuesto y que no solamente los hacía sufrir más, sino que los ataba para salir de su problema, porque, si esa situación era un castigo de Dios, ¿quién podría contra eso? Por eso, lo primero que hace Jesús es quitar ese mito maléfico que tacha de pecadores a quienes sufren un mal.

 

Luego los invitó a ir más allá de la cruda realidad y a ver la vida con la esperanza que da la fe en la acción salvífica de Dios. Muchas veces pronunciamos o escuchamos quiméricas frases tales como: “¿Por qué a mí?” “¿Qué estoy pagando”? “¿Qué hice yo para recibir esto?” “¿Por qué Dios a mí no me escucha?” Más allá del por qué, Jesús ve en esa situación una oportunidad para permitir que Dios transforme radicalmente la vida humana y cambie el llanto en alegría (Jer 31,13). Ante una situación difícil podemos darnos látigo, encerrarnos en el círculo vicioso de la desesperanza y la culpabilidad enfermiza, en la cual no lograremos otra cosa sino hundirnos más. Otra opción es reconocer los errores en los que realmente hemos caído, mejorar y crecer como personas, y abrirnos a la gracia de Dios para que Él manifieste su obra y nos libere de eso que nos hace sufrir.

 

El barro aquí es más que un elemento precario e insignificante para realizar una curación. Detrás de este signo se esconde la historia del pueblo desde sus orígenes, por el empleo que le daban al barro. De barro hizo Dios al ser humano. Durante la esclavitud en Egipto el pueblo duró años haciendo ladrillos, cuya materia prima era el barro. Ya en su tierra cada familia hacía su casa de barro y construían las fortalezas que protegían a las ciudades. De barro se fabricaban tinajas, platos, ollas, cazuelas, lámparas y miles de utensilios. El barro hecho con la tierra y con la saliva de Jesús es un signo de la nueva creación que Dios quiere hacer en cada ser humano y de la nueva humanidad surgida a partir de Jesús.

 

Cuando el ciego se encontró con Jesús, se dejó tocar por él y se lavó en la piscina, quedó limpio. Esa fue la experiencia vivida por los integrantes de las comunidades cristianas que llevaban el proceso discipular con Jesús. Esos marginados a los cuales Jesús, el enviado del Padre, les abrió los ojos y les hizo ver el derecho que tenían de vivir dignamente como hijos de Dios. Con su vida, con su palabra, con su solidaridad; con la forma como trataba a todas las personas les hizo ver que no eran lo peor del mundo. Que eran sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13-14). Que Dios había tenido a bien darles el Reino. (Lc 12, 32) Que tenían dentro de sí grandes talentos dados por Dios y que debían ponerlos a producir (Mt 25,14-30). Que el Padre Dios había ocultado estas cosas a los sabios y entendidos para revelárselas a la gente sencilla (Lc 10,21)…

 

El ciego vivió su experiencia de salvación y se convirtió en testigo de la obra de Dios en él, por medio de Jesús. Los vecinos notaron el cambio y se admiraron. Sin grandes discursos, sólo contando su experiencia con el maestro de Nazaret, este hombre se había convertido en un anunciador de la Buena Noticia. Eso es evangelizar.

 

Los fariseos se negaban a creer que un hombre sencillo y sin autoridad oficial para enseñar como Jesús, pudiera realizar obras como ésta, peor aún si no guardaba la Ley del Sábado. Sentían que este hombre les movía la banca y ponía en peligro su autoridad religiosa y su influencia social. No alcanzaron a ver en él a un hombre de Dios, a un profeta y, menos, a su enviado y ungido. Vieron en él un peligro que debía ser combatido como fuera y a una llama “perversa” que debía ser apagada de cualquier manera.

 

Después de mostrar incredulidad ante el acontecimiento, presionaron al ciego para que “desmintiera” el supuesto milagro. Luego lo intentaron hacer con sus padres para “desmintieran” que su hijo había nacido ciego. Sus padres, que no querían meterse en problemas con las autoridades, sólo confirmaron que, en efecto, había nacido ciego, pero que sobre lo demás no tenían ningún conocimiento, por lo cual debían preguntárselo a él ya que era mayor de edad. Ellos conocían la amenaza que había contra aquellos que aceptaran el camino de Jesús: excomunión.

 

El que antes era un marginado, señalado por todos  y que inspiraba lástima, ahora era un hombre totalmente renovado por el Espíritu de Dios que vibraba en él y le hacía ver la vida con nuevos ojos. El que antes era considerado un desgraciado pecador, castigado por la furia de Dios, ahora era un bendecido por el amor y la misericordia del Señor. Del más profundo anonimato de los marginados había pasado a ser el centro de discusión. De la ignorancia, al conocimiento de Dios y de la oscuridad, a la luz, por medio de Jesús. La acción de Dios había hecho su obra en él y lo hacía sentir seguro para enfrentar cualquier situación. Por eso, en el segundo interrogatorio de las autoridades, habló con ellas de tú a tú y se atrevió, incluso, a hacerles comentarios sarcásticos. No era un erudito en las leyes religiosas, (“doctores tiene la santa madre iglesia”, decían nuestros viejos a veces también de manera sarcástica), pero había sido testigo de la obra de Dios en su vida y esa es la más grande autoridad que puede tener un evangelizador. Los fariseos no soportaron tremenda “competencia”, tremenda llama de luz y, por lo tanto, lo expulsaron de la sinagoga, es decir, lo excomulgaron.

 

La plenitud de la fe llegó para este hombre en el encuentro final con Jesús. Al principio hablaba de él como ese hombre que se llama Jesús (v. 11), luego lo dijo que era un profeta (v. 17) y finalmente lo reconoció como el Salvador y se postró (v. 38), es decir, se convirtió decididamente en su discípulo.

 

Recordemos de nuevo que éste no es un relato periodístico sino una magnífica elaboración teológica que cuenta la historia de las comunidades cristianas, las cuales fueron testigos de la obra de Dios por medio de Jesús. Obra que transformó totalmente sus vidas, las llenó de gozo y las ayudó a encontrarle un sentido pleno. Por eso seguían sus pasos a pesar de las amenazas. Sin creernos los únicos, nosotros estamos invitados a vivir esta misma experiencia de salvación. Sin fanatismos ni exclusivas, pero con el convencimiento, la alegría y el amor de Dios que obra en nuestra vida y la dignifica totalmente.

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Fecha de la Última actualización: 27/02/2008 05:55:32 p.m.

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