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En Camino Homilía para el Domingo |
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Tiempo de Cuaresma II Domingo |
17 de febrero de 2008 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
Las aseguradoras están haciendo su agosto en este tiempo. Hoy hay seguro para todo: para el carro, la casa, la empresa, la salud o la educación. Los hay para todo tipo de riesgos y para cada parte del cuerpo. Esto se ha convertido, muchas veces, en una excentricidad más de los famosos para llamar la atención de sus incautos admiradores, o una forma de cotizarse en el mercado laboral. Hay modelos que aseguran sus lindos ojos, sus voluptuosas colas, o sus pechos abundantes. Futbolistas que aseguran sus piernas, boxeadores que aseguran sus puños y golfistas que aseguran sus brazos. Aquí vemos también el afán natural del ser humano de buscar seguridad en un mundo que lo amenaza continuamente. Es cierto que necesitamos ser prudentes como serpientes, pero a veces esa prudencia llevada al extremo, se convierte en un miedo que nos hace anquilosar y no nos deja ver la vida más allá de nuestro patio. Miedo a la novedad, miedo a lo desconocido, miedo a quedarnos sin seguridades. Miedo que nos obliga a aceptar situaciones personales o comunitarias que denigran nuestra humanidad. Podríamos citar varios ejemplos: Hay mujeres que sobreviven en “jaulas de oro” en la cuales las tienen sus esposos machistas que no las dejan tener amigos o salir solas ni a la esquina. Y a pesar de su infelicidad ellas temen separarse, perder el nivel de vida y enfrentarse a un mundo laboral al que no están acostumbradas. Hay personas que se quedan solteras toda su vida no tanto porque tengan vocación para vivir solas sino porque, sencillamente, le tienen miedo al compromiso. Hay personas que trabajan en alguna empresa pública o privada y son testigos de injusticias, discriminaciones o corrupción y temen denunciar por no perder su trabajo. Muchas personas se quejan de la situación social o política de sus pueblos, pero no son capaces de mover un dedo para que la situación cambie En el fragmento del libro del Génesis que hoy leemos, Dios le propone un nuevo camino a Abrahám: salir de su tierra, es decir, abandonar su familia y su tradición (lo cual representaba su seguridad), para hacer de él una gran nación; un nuevo pueblo totalmente diferente. Es así como en medio de la sofocante vida de las Ciudades Estado Cananeas, surge un pueblo alternativo. Desde la fe podemos decir que Dios no estaba conforme con el estilo de vida de esas ciudades y quiso formar un pueblo con otras características. En las antiguas Ciudades Estado Cananeas, en Ur y en la tierra de los Caldeos, se tenía una organización social excluyente. Un sistema monárquico y esclavista dependiente del imperio egipcio. Dios invitó a Abrahám a salir de ese esquema mental y de esa realidad que aplastaba la dignidad de muchos seres humanos, para realizar un proyecto distinto. Un pueblo en el cual todas las familias, no sólo la imperial, tuvieran la bendición de Dios y la posibilidad de vivir dignamente. Hay situaciones en las cuales es imposible pretender la transformación de una estructura personal, institucional o social, y tratar de cambiarla por la fuerza sería perder el tiempo, o lo que es peor, sería una especie de suicidio. En estos casos no hay más remedio que salir de esa tierra, cortar totalmente con esa persona, con ese grupo o con esa sociedad, y buscar otras oportunidades. Los profetas fueron enviados por Dios a reclamarle a los reyes y a los demás hombres poderosos de Israel por todo el atropello con los pobres y desvalidos. Pero en este caso, Dios no envió a Abrahán a hablar con los reyezuelos para pedirles o exigirles el respeto por las personas. Hubiera sido como gastar pólvora en gallinazos. Lo llamó a salir de su tierra y a ir tras la utopía de un nuevo pueblo. Abrahán comprendió que Dios se le manifestaba en su vida y latía en su corazón inquieto. Que su inconformismo con su mundo, su sed de justicia y su anhelo de una vida más digna para los seres humanos se traducía en una invitación a construir un pueblo distinto. Que su amor por la humandiad, su esperanza firme y su fe en ese ser que experimentaba vivo en su corazón, se convertían en una promesa certera de formar de él una gran nación. Abrahán aceptó el reto y se puso en camino. ¿Cuál es nuestra reacción ante nuestro mundo, con sus luces y sus sombras, sus bondades y maldades, frente a la discriminación, injusticia y maltrato a la vida de muchos hermanos nuestros? ¿Estamos atentos a los signos de Dios? ¿Escuchamos su voz y seguimos sus pasos? ¿Vivimos nosotros un camino de fe con Dios y nos comprometemos con la construcción de una humanidad nueva, digna morada del Espíritu Santo? Se transfiguró Cuando sus discípulos llegaron a la convicción de que estaban con el Mesías, hubo entre ellos un gran entusiasmo. Esa buena noticia la esperaban desde hacía mucho tiempo. Como tenían la idea de un Mesías guerrero y triunfador que expulsara a los romanos, purificara el templo y a todas la instituciones judías e impusiera un nuevo orden estatal, sus discípulos ya soñaban con un buen puesto en esa nueva organización. Pero cuando el Maestro les dio a entender que su estrategia no comprendía la utilización de las armas sino la fuerza de la Palabra; que Él no buscaría el poder sino el servicio y que no iba a sacar a los romanos ni a tomarse el poder, porque no había venido a ser servido sino a servir, se apoderó de ellos una gran confusión. La decepción más grande la sufrieron cuando, además de pedirles que se convirtieran en servidores los unos de los otros, les dijo que los problemas iban a ser demasiado grandes. Que no iba a ser fácil la instauración del Reinado de Dios y que el Hijo del hombre corría un riesgo inminente, por los intereses que tocaba. Que las persecuciones no se harían esperar, así como un posible proceso en su contra y una condena a muerte. Y les puso la condición de que si querían seguirlo debían tomar la cruz de cada día e ir tras él. Cualquier ser humano, con cinco dedos de frente, sabe que cuando se tocan los intereses de los “hombres importantes” de una sociedad, estos reaccionan defendiendo sus privilegios y hacen lo que sea para mantenerlos. Eso ha sucedido y sigue sucediendo también en nuestros pueblos latinoamericanos. Ante tremendo panorama muchos discípulos lo dejaron porque vieron la cosa muy peligrosa y porque el supuesto Mesías no prometía la dicha que ellos esperaban. Otros discípulos siguieron su camino con Él a pesar de los ánimos caídos y sin comprender muy bien las cosas. Cuando el Maestro fue asesinado por “hombres importantes”, sus discípulos no habían comprendido muy bien todo lo sucedido. Fue la experiencia pascual, o sea, la resurrección de Cristo, la victoria definitiva sobre las fuerzas diabólicas[1], la que le dio sentido a su lucha, a su entrega y hasta a su muerte ignominiosa en el patíbulo de la cruz. El Evangelio de la transfiguración es una elaboracion teológica realizada a la luz de la experiencia pascual. Una historia leída y escrita con el lente de la fe en Jesús resucitado. Es una mirada hacia atrás con unos ojos nuevos que permiten comprender el sentido de la lucha, de la entrega, de la persecución y de la muerte, porque la victoria ya estaba dada por Dios. Esa relectura de la historia permitió comprender que Jesús no había sido un rebelde sin causa. Que su causa era la misma causa de Moisés y Elías. Que los anhelos de libertad que habían animado a Moisés para liderar a su pueblo en el camino hacia la libertad, se encarnaban de manera más viva en Jesús, y que su autoridad para comunicar la Ley en el monte Sinaí, ahora la tenía Jesús para comunicar una nueva Ley. El celo por Dios y por la defensa del los pobres que habían animado a Elías, precursor de los profetas, y a todo el movimiento profético de Israel, tomaban vida en Jesús y su proyecto del Reinado de Dios. En otras palabras, que Éxodo-Ley (Moisés) y los profetas (Elías), se sintetizaban en la persona de Jesús y que Él hundía sus raíces en toda la tradición del Primer Testamento, se alimentaba de él y continuaba la obra salvadora del Dios de Israel. Que con su vida, palabra y obra, Jesús llevaba a plenitud la obra del Padre y por eso el Padre Dios lo reconocía como su Hijo muy amado e invitaba a todos a escucharlo, como otrora había invitado a escuchar y a seguir sus preceptos. (Dt 4). Ante los peligros, tenemos la tendencia a desistir y abandonar nuestos anhelos de libertad. Ante la magnitud del compromiso que implica seguir el camino de Jesús, tenemos el riesgo de espiritualizar la fe, quitarle el aguijón al evangelio y convertirlo en un somnífero peligroso. En medio del duro trabajo por el Reino es necesario hacer un alto en el camino, sacar un espacio para la meditación, para la oración y para llenarnos del Espíritu del Señor que se ha revelado en la historia. En otras palabras, necesitamos subir a la montaña. Pero, ¡cuidado con la tentación de hacer tres tiendas! Cuidado con convertir la fe sólo en rezos y con vivir una fe espiritualista que invita a contemplar a un Dios desencarnado. La auténtica oración cristiana no nos aleja de la realidad sino que nos da la gracia para enfrentarla y transformarla. Ojalá en nuestra oración siempre escuchemos la invitación que Jesús hizo a sus discípulos: “levántense, no tengan miedo”. Levantémonos, no tengamos miedo. Llenémonos de la gracia de Dios y bajemos del monte (oración) a la llanura (realidad) para continuar la lucha hasta el final. Las tinieblas y la muerte ya están vencidas de antemano en Aquel que murió y resucitó para darnos nueva vida. [1] Diabólico es todo aquello que divide y desintegra la vida humana.
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Fecha de la Última actualización: 13/02/2008 11:34:17 p.m. | |
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