LA VIGILIA PASCUAL
1. Liturgia bautismal de la pascua.
En el sábado santo celebramos durante el día la sepultura del Señor, y
por la noche la gran vigilia pascual de la resurrección gloriosa del
Señor, que constituye la cumbre de todo el año litúrgico. En las
lecturas bíblicas de la Vigilia Pascual tenemos un resumen de toda la
historia bíblica desde la creación, pasando por el éxodo y la pascua de
Egipto, hasta culminar en la resurrección de Jesús.
La liturgia de la vigilia pascual, que comenzó a
celebrarse en la Iglesia romana a mediados del siglo II, posee en su
estructura actual una rica simbología bautismal que es el sedimento de
muchos siglos de culto cristiano. Así, siguiendo el orden del ritual: el
rito del fuego nuevo (s. IX), la procesión de la luz (s. XII), el cirio
pascual (s. V), el pregón pascual (s. IV), la bendición del agua (s. V)
y la fuente bautismal (s. II).
Esta marcada impronta bautismal de la pascua nos
recuerda que nuestro nacimiento a la vida nueva con Cristo resucitado se
realiza por la fe en él y por el sacramento del bautismo que nos
incorpora al misterio pascual de Cristo, es decir, a su muerte y
resurrección. Así lo expone la lectura apostólica (Rom 6,3ss). Los dos
tiempos del bautismo en su liturgia primitiva: inmersión en el agua y
emersión de la misma, simbolizan, respectivamente, la muerte al pecado y
la sepultura con Cristo (inmersión), y la resurrección a la vida nueva
con él (emersión).
La liturgia bautismal más frecuente hoy día, con la sola
infusión del agua, significa simultáneamente el lavado y perdón de los
pecados y la vida nueva o adopción filial por Dios. Al realizarse así
los dos movimientos – que son uno – de participación en la muerte y
resurrección de Cristo, es decir, en su misterio pascual, queda el
neófito incorporado a él y a su cuerpo social que es la Iglesia, la
comunidad cristiana, el pueblo de Dios, el pueblo de la nueva alianza
por la sangre de Jesús.
2. La vida nueva con Cristo resucitado.
La gran fiesta cristiana es pascua de resurrección. Tan es así que el
misterio pascual es lo que celebramos constantemente a lo largo de todos
los domingos y fiestas del año litúrgico e incluso en la eucaristía
diaria. La vigilia pascual, con el fuego nuevo y la luz del cirio, que
representan a Cristo, expresa alegremente nuestra fe comunitaria en la
liberación del hombre envejecido por el mal, mediante la creación del
hombre y mundo nuevos en Cristo resucitado. Dios ha dado el primer paso
en la resurrección de Jesús.
Cristo resucitado es el nuevo Adán que restituye al
hombre, imagen del Dios de la vida, la dignidad perdida por el pecado.
Desde entonces son posibles en nuestro bajo mundo la esperanza, la
libertad, la alegría y la solidaridad humanas, porque Jesús resucitado
establece y consolida el reino de Dios en la tierra de los hombres. Él
nos posibilita la vida nueva de seres regenerados y redimidos del
pecado, que es la antigua condición y la vieja levadura. Al tronco añoso
de la humanidad pecadora, como al olmo viejo que cantó el poeta, le han
nacido nuevos tallos en la primavera que es esta pascua florida de la
resurrección de Cristo. “Es el Señor quien lo ha hecho; ha sido un
milagro patente” (salmo responsorial).
La pascua cristiana es el día en que actuó el Señor, es
la fiesta de la fe y de ia vida inmortal, es el triunfo de la causa de
Jesús, es la salvación del hombre, es el gran éxodo de la esclavitud del
pecado y el comienzo de la gran marcha de liberación de la humanidad,
que con Cristo camina en la esperanza presente y futura. Por todo ello,
y por ser la victoria definitiva sobre la muerte, la pascua es la gran
fiesta de la vida para todo el que cree en Cristo resucitado.
Pero todo esto tiene un precio para nosotros: colaborar
personalmente con la gracia y la fuerza del Espíritu, muriendo con
Cristo al hombre viejo. Por eso se nos propone hoy la conversión total:
de mentalidad, corazón y conducta, como principio de una vida nueva. El
cristiano, resucitado con Jesús, ha de aspirar a los bienes de allá
arriba donde está Cristo y barrer de su vida el pecado, que es la vieja
levadura de corrupción y de maldad. Sólo así seremos la masa nueva del
pan ácimo pascual.
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Exhortación final: |
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Te damos gracias,
Padre, Señor de la vida,
porque Cristo resucitó
hoy del sepulcro. ¡Aleluya!
Él es el lucero
matinal que no conocerá ocaso.
Ésta es la noche
venturosa que une cielo y tierra,
cuando la muerte fue
vencida por la vida.
Ésta es la noche en
que por todo el universo
los que confesamos
nuestra fe en Cristo resucitado
somos liberados del
pecado y restituidos a la gracia.
¡Feliz culpa que nos mereció tal Redentor!
Éste es el día en que actuó el Señor,
¡aleluya!,
sea nuestra alegría y nuestro gozo, ¡aleluya!
(Tomado de B.
Caballero: La Palabra cada día, San Pablo, España, 1995,
p. 171)
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