En
la vida de Alfonso, María tiene un lugar privilegiado.
Alfonso fue un gran devoto de la virgen. Durante toda su
vida buscó caminar tomado de la mano de María hasta
llegar a la santidad. María está presente en todos los
escritos del santo mariano más famoso de toda la
historia. Alfonso empleó todo su talento al servicio de
la misión. Como escritor, músico, pintor, eminente
predicador y Pastor de los pobres, resalta a María con
la ternura de una madre que no abandona a sus hijos.
Nunca antes había visto un cuadro de la virgen que
refleje tanta ternura y dulzura como el cuadro de la
Madonna. Pintado por Alfonso.
Sus
canciones cantan a María como virgen llena de bondad,
como reina humilde, como madre de misericordia, como
refugio de los pecadores, como nuestra esperanza.
El gran amor
que Alfonso tuvo a la virgen María lo llevó a escribir
la obra mariana más famosa de todos los tiempos, Las
Glorias de María. Por eso no ha de extrañarse que
quisiera poner la Congregación bajo en amparo de la
virgen como Madre y Patrona; como tampoco ha de
extrañarnos que Alfonso tenga un papel protagónico en la
declaración y defensa del dogma de la Inmaculada
Concepción.
Pero ya lo
dice el viejo refrán muy usado por la gente de nuestros
pueblos que: de lejos vendrán que de casa echarán.
Después de que el papa Pío IX nos dio el icono del
Perpetuo Socorro con la misión: denla a conocer,
los redentoristas hemos dejado de lado a la Patrona y
pronto en nuestras misiones se le dedica mayor empeño y
devoción a nuestra madre del Perpetuo Socorro que a la
misma Patrona de la Congregación, la Inmaculada
Concepción. Pero todo se queda entre familia; esto
manifiesta que somos hijos genuinos de San Alfonso y que
por encima de la advocación, después de Jesucristo,
María es la reina de nuestro corazón.
El pasado 9
de noviembre la Congregación cumplió 275 años. Durante
nuestro peregrinar María a estado intercediendo por la
misión para que los redentoristas seamos fieles a su
hijo en nuestra consagración.
El gran amor
por la virgen acompaña a Alfonso hasta el ocaso de su
vida. Pues, “antes de morir el anciano nanogenario
contemplaba una imagen de María que tenía en sus manos.
De repente se iluminaron sus ojos. Comenzó a sonreír.
Sus labios se movían como si estuviera hablando con un
ser invisible. Todos los presentes estaban convencidos
de que se le había aparecido la Madre de Dios”.