En el siglo XV un comerciante acaudalado de la isla de Creta
(en el Mar Mediterráneo) tenía la bella pintura de Nuestra
Señora del Perpetuo Socorro. Era un hombre muy piadoso y
devoto de la Virgen María. Cómo habrá llegado a sus manos
dicha pintura, no se sabe. ¿Se le habría confiado por razones
de seguridad, para protegerla de los sarracenos? Lo cierto es
que el mercader estaba resuelto a impedir que el cuadro de la
Virgen se destruyera como tantos otros que ya habían corrido
con esa suerte.
Por protección, el mercader decidió llevar la pintura a
Italia. Empacó sus pertenencias, arregló su negocio y abordó
un navío dirigiéndose a Roma. En ruta se desató una violenta
tormenta y todos a bordo
esperaban lo peor. El comerciante
tomó el cuadro de Nuestra Señora, lo sostuvo en lo alto, y
pidió socorro. La Santísima Virgen respondió a su oración con
un milagro. El mar se calmó y la embarcación llegó a salvo al
puerto de Roma.