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Para
iniciar este año de reflexión en la vida consagrada permítanme compartir
con ustedes algunos apartes de la conferencia titulada “Mística y
profetismo en la vida religiosa”, que por invitación del Padre Laureano
Hurtado dirigí a los formandos redentoristas en el Congreso realizado en
Piedecuesta en el 2004.
Pensé
desarrollar el tema a partir de los sustantivos: MÍSTICA y PROFETISMO,
pero advertí que esta metodología fácilmente podría dejar en el
auditorio un mensaje equívoco, cosa que quise evitar desde el principio,
pues la vocación mística-profética no se puede separar. Porque ¿cómo se
podría ser profeta sin una verdadera mística, o ser un místico sin
vocación profética? El LA
profeta debe ser un profundo contemplativo o
místico, “así podrá ver a Dios en las personas y en los acontecimientos
de cada día; percibir en la luz verdadera su designio salvador y
distinguir la realidad de la ilusión” (Const. Gen. 24). El místico debe
desarrollar a grado máximo la vocación profética a través de la actitud
ante el mundo, el testimonio de vida y el anuncio del Evangelio.
Es
verdad que la expresión mística es mirada por la juventud actual con
cierta sospecha, no así la profecía.
Hay
quienes desde posiciones racionalistas están convencidos de que la
mística es antiintelectualista y puramente emocional, y que se mueve
fuera de la órbita de la razón. Afirmación poco precisa, pues los más
recientes estudios interdisciplinares parecen desmentirlo. Lo que
muestran, más bien, es que en ella se compaginan armónicamente el
intelecto y la afectividad, la espiritualidad y la teología, la
experiencia y la reflexión, la facultad de pensar y la de amar.
Se
acusa a la mística se ser ahistórica. La mística tiene mucho de sueño,
es verdad. Pero el sueño está cargado de utopía. Y, como afirma Walter
Benjamín, la utopía “forma parte de la historia”. Ciertamente, la utopía
se ubica en el corazón de la historia, pero no acomodaticiamente y a ras
de suelo, sino críticamente y en el nivel de la profundidad.
Otros
afirman que los místicos huyen de la realidad y se recluyen en la
soledad-individualidad de la contemplación por miedo a mancharse las
manos. A ello cabe responder que la mística es el dinamismo interno de
toda actividad solidaria y creativa del cristiano. Crea personas de
incansable entrega a los demás, de capacidad de transformación de la
relación entre las personas, ya que hace vivir al sujeto en consciente y
operativa comunicación con la fuente misma de la vida: Dios.
A la
experiencia mística se le acusa también de que, en ella, el sujeto se
pierde en el abismo de la trascendencia y desaparece. No es ésta, sin
embargo, la impresión que se tiene leyendo a los místicos. Sin sujeto no
hay experiencia religiosa. Él es el verdadero protagonista de la vida de
fe. La experiencia mística implica a la totalidad del sujeto, que, en su
relación con Dios, se siente transformado y enriquecido en sus
facultades cognitivas y afectivas.
A la
mística se le acusa de ser conformista con la realidad y fomentar
actitudes pasivas. Esta crítica tampoco parece resistir un análisis en
profundidad. Los místicos suelen ser incómodos para el sistema, tanto
religioso como político, por su carácter subversivo y desestabilizador.
Sus experiencias son objeto de estricto control por parte de los
inquisidores. Sus mensajes están en el punto de mira de los poderes
doctrinales. Veamos el ejemplo de Juan de la Cruz fue detenido y
encarcelado por los enemigos de la reforma carmelitana. “Nuestra
espiritualidad se configura también en el desafío del compromiso con las
luchas y sufrimientos de los pobres, en los que Jesús se nos revela como
el siervo sufriente”.
La
mística se sitúa en el horizonte del sentido, y el Dios de los místicos
tiene mucho que ver con dicho horizonte. Por eso me parece que tiene
futuro y necesitamos verdaderos místicos-profetas para responder a las
exigencias actuales de la sociedad y de la Iglesia. El cristiano del
siglo XXI, a decir del teólogo alemán K. Rahner, será místico o no será
cristiano.
La
vida consagrada será mística y profética, o no será vida religiosa.
La
Exhortación Vita Consecrata
enseña que: “la función de signo que el Concilio Vaticano II reconoce a
la vida consagrada se manifiesta en el testimonio profético de la
primacía de Dios y de los valores evangélicos en la vida cristiana…”
(84). La vida religiosa debe recordar al mundo lo que puede ser, lo que
debe ser, lo que mayormente quiere ser, en lo más profundo, en lo mejor
de él mismo, en lo más humano. Su ser y quehacer han de ser leídos por
los hombres y mujeres de hoy como “Buena Noticia” de Jesucristo.
La
especificidad de la misión de la vida consagrada consiste en ser vida
religiosa, es decir, vivenciar una experiencia radical de Dios que
conforma todas las dimensiones de su ser y actuar, integrado en un todo,
mística y profecía. Así lo señala Vita Consecrata: “La verdadera
profecía nace de Dios, de la amistad con él, de la escucha atenta de su
palabra en las diversas circunstancias de la historia. El profeta siente
arder en su corazón la pasión por la santidad de Dios y tras haber
acogido la palabra en diálogo de la oración, la proclama con la vida,
con los labios y con los hechos, haciéndose portavoz de Dios contra el
mal y contra el pecado” (84).
Según
el Padre Ignacio Galindo el místico-profeta es el que escucha a Dios,
vive lo que escucha de Dios, enseña a vivir lo que vive lo que escucha
de Dios, ayuda a vivir lo que vive y escucha de Dios; denuncia lo que no
deja vivir lo que vive, lo que escucha de Dios.
“La
vida consagrada está llamada a redescubrir dos conceptos fundamentales:
pasión y radicalidad. Recuperar la pasión de la vida significa volver a
la motivación esencial, al primer movimiento, al lugar del fuego que
hizo ponerse en el camino. Es una llamada a recuperar el deseo ardiente,
las marcas por la pasión de Cristo y el reino. Es una adhesión firme a
Jesús para centrar en él la vida totalizada y no dispersa. Es descubrir
que el atractivo de Jesús no es simplemente el fruto de su personalidad
arrolladora sino de una relación, de un misterio de comunión íntima, que
los seguidores cercanos fueron comprendiendo y al que fueron
introducidos por Él, es decir, el misterio de su filiación”.
Actualmente se usa y se abusa de la palabra “radical”: fe radical,
seguimiento radical, compromiso radical, pobreza radical... Todo es
radical, pero no se sabe qué significa ni qué es la radicalidad. Se usa
también esta misma palabra para designar a quienes sueñan con un nuevo
amanecer de la vida consagrada.
La
radicalidad no consiste en buscar la espectacularidad en decisiones,
acciones o gestos; no significa moralismo intransigente, ni
intolerancia. Radicalidad significa hondura, consistencia, firmeza,
coherencia con nuestro proyecto de vida evangélica. Radicalidad
significa evitar el juego a dos bandas, las vidas dobles, la ambigüedad,
el querer servir a dos señores. Radicalidad significa no limitar hasta
tal punto el Evangelio que quepa en todas partes. La radicalidad de la
vida religiosa hay que buscarla en las raíces. Y estas raíces hay que
buscarlas en la fe.
Para
ser místicos y profetas es necesario:
Nacer de nuevo a la acción y a
la gracia del Espíritu Santo
La recuperación de nuestro
sentido de vida, de nuestro modo de ser y proceder radica en renacer a
la acción del Espíritu de Jesucristo, nacer de nuevo a su acción y a su
gracia, dejarnos llevar por la acción del Espíritu. Las Constituciones
tienen mucha claridad en la importancia del Espíritu en la renovación de
nuestros ideales y compromisos: “Para que siempre puedan colaborar de
modo más pleno en la realización del misterio de la redención de Cristo,
invocarán incansablemente al Espíritu Santo, el cual, dueño de los
acontecimientos, pone en los labios la palabra oportuna y abre los
corazones” (Const. Gen. 10). “Serán dóciles al Espíritu Santo, quien
actúa sin cesar en ellos para conformarlos en Cristo, de modo que
aprendan a tener los mismos sentimientos de Jesucristo y a compartir su
mismo modo de pensar. Él es quien los impulsa interiormente a la acción
apostólica por la variedad de los ministerios” (Const. Gen. 25). “El
Espíritu Santo es quien vivifica las comunidades y hace diligentes a sus
miembros para el servicio de Dios en la Iglesia y en el mundo” (Const.
Gen. 73, 1).
El deseo actual de volver a la
inspiración primigenia de la vida consagrada encuentra sus raíces en la
acción del Espíritu Santo. Se trata de vivir sólo en espíritu desde el
Espíritu, es decir, vivir de acuerdo y en coherencia con el propio
espíritu según el Espíritu de Jesucristo, a nivel de convicciones,
valores, actitudes. Querer vivir según la lógica del Reino, apostar la
propia vida empeñados en actuar según los criterios del Reino: “Según el
espíritu les conceda expresarse” (Cf. Hech. 2, 4).
Se
trata de vivir según la acción del Espíritu, dejarnos llevar por el
Espíritu, en el deseo de hacer la volunta de Dios.
Si hoy
queremos responder a nuestra vocación, si queremos ser y hacer lo que
hemos de ser y actuar al estilo de nuestro fundador, siendo fieles en el
seguimiento de Jesucristo, hemos de dejarnos seducir por la acción del
Espíritu. Acción que hoy para ser verdadera alternativa, contracultural
y radicalmente evangélica, ha de ser fielmente mística y creativamente
profética.
He ahí el renacer a una vida
mística y profética, se trata de dejarnos llevar por el Espíritu. La
vida consagrada ha de volver a su inspiración primera, vivir de tal
manera que su modo de ser y de proceder sea profundamente místico y
profético. Hacer de nuestra vida una profecía, he ahí la mística de un
estilo de vida creíble, una experiencia vital hondamente contemplativa y
radicalmente significativa.
Encontrarnos
de manera libre con Jesucristo
Según
san Pablo: “Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto,
Jesucristo” (1 Cor. 3,11).
Mi
experiencia como Provincial y las charlas informales con obispos,
colegas, religiosas y religiosos, me han llevado a pensar que la vida
religiosa y presbiteral ha perdido el fundamento y el horizonte; ha
perdido el móvil que le da sentido a nuestra consagración y a las
actividades que hemos asumido como expresión de nuestro carisma. Pienso
que el problema de la vida religiosa no es disciplinar, ni ascético, ni
moral, sino teologal; es decir, una crisis de experiencia de Dios, una
crisis de fe radical, o sea pérdida de su horizonte y fundamento, como
es el seguimiento de Cristo.
Para
muchos parece que Cristo ha desaparecido del horizonte de comprensión. A
decir de Gottfried Bachtl, “en un mundo que encuentra un gran placer en
la palabra sin fin y todo lo reduce a eso, Dios ha perecido en la
locuacidad de sus testigos. Los rezos se convirtieron, con frecuencia,
en un espacio donde Dios viene a morir o a congelarse en los labios de
sus más piadosos adoradores”.
En este
ámbito, no podemos responsabilizar de la crisis o muerte de Dios a los
maestros de la sospecha. Es más bien en los propios creyentes en quienes
recae la responsabilidad principal de dicha crisis, como ya advirtiera
el Concilio Vaticano II en un texto antológico de lúcida autocrítica
sobre la génesis del ateismo moderno:
“Por lo cual, en esta
génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes,
en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la
exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su
vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el
genuino rostro de Dios”.
Si Cristo no se convierte en
el fundamento y en el horizonte de nuestra dedicación seremos simples
funcionarios o propagandistas de una ideología, no de una persona que le
da sentido a nuestras opciones y acciones.
Es
necesario, pues, convertirnos al Evangelio, recuperar la fe en el Dios
de Jesucristo, revestirnos del hombre nuevo, hecho a imagen de Cristo
crucificado y resucitado de entre los muertos, de manera que así
logremos purificar todos los móviles de nuestros juicios y actuaciones.
Es decir, volver a recobrar el amor primero o, al menos, dejarnos
inspirar por el estilo de una vida religiosa que en sus orígenes fue
mística y profética, apasionada de Cristo y, en él, apasionada por la
humanidad.
Es necesario volver el corazón
a la experiencia originaria de la vocación, es decir, encontrarnos de
manera libre e íntima con Jesucristo, a ejemplo de la Samaritana (Cf. Jn
4, 5-42) quien terminó pidiendo del agua viva para no tener mas sed. A
ejemplo de Zaqueo (Cf. Lc. 19, 1-10) quien asumió una actitud de
desprendimiento de las cosas materiales; a ejemplo de María Magdalena,
quien en el encuentro con el resucitado superó el desaliento y la
tristeza causados por la muerte del Maestro (Cf. Jn 20, 11-18). O como
lo hiciera Pablo en el camino a Damasco; allí tuvo lugar el cambio
radical de su existencia; de perseguidor llegó a ser apóstol (Cf. Hch 9,
30; 22, 6-11; 26, 12-18).
Si la tentación propia de
estos tiempos de crisis ha sido la falta de fe, estamos retados a
ejercitarnos en ella. Creer en Dios para creer en nosotros, hacernos
creíbles al hermano, creyendo en Él. Se trata de ir al fundamento mismo
de la vocación, a la raíz del llamado: la fe, una fe radical.
No podemos seguir a quien no
conocemos; para seguir a Jesucristo se necesita tener de Él una
experiencia vital, la cual sólo es posible desde la oración; de largos
espacios de encuentro. Se trata de un encuentro personal e íntimo con
Jesucristo, a partir del cual surgirá el deseo de seguirlo de manera
incondicional.
Nuestra fe en Jesucristo,
nuestra espiritualidad de relación estrecha con Él y con su causa, no
puede confundirse con sentimientos o vivencias de emociones religiosas,
prácticas de piedad o contemplaciones devocionales. Todas ellas pueden
alimentar y ayudar al compromiso de seguirlo, pero no podemos
confundirlas con la fe radical y la confianza absoluta en el Dios de
Jesús.
Nuestra
vida debe hundir su identidad en la experiencia de Jesucristo: raíz y
origen de la vida consagrada. El exagerado activismo y la multiplicación
de compromisos y tareas, incluso bajo la forma de apostolado, ha
distraído a la vida religiosa y la ha alejado de su centro, que es la
experiencia de lo trascendente y de la dimensión mística de la vida. La
experiencia de Dios es integral y debe abarcar también el sentimiento y
la emoción, que son parte del ser humano.
Jesús
es la pasión, el centro, el ansia y la esperanza de la vida consagrada.
Ni los votos, ni las instituciones, ni la autoridad, ni las
constituciones, ni la programación, podrán ocupar el puesto de Cristo.
Hacer experiencia de Dios no es para
nosotros una ocupación intermitente ni una tarea secundaria, sino
nuestra razón de ser en la Iglesia y nuestra primera misión.
“El
Cristocentrismo de la vida religiosa significa que Jesús no es
simplemente el tema principal del discurso, sino que Él solo es la razón
de la existencia y de la acción. Que a Él pertenecemos porque nos eligió
y por que sólo en Él encontramos la energía que alimenta nuestro
testimonio y ser. Separada de esta fuente, la vida consagrada se
esteriliza automáticamente, aún a pesar de la más grande generosidad. En
esta forma de vida, todo es a causa de Jesús y por la causa de Jesús”.
Les recuerdo las palabras del Papa Benedicto XVI en la homilía al inicio
del pontificado; es una invitación elocuente a poner la mirada en Jesús
de Nazaret y afincar nuestro proyecto vocacional en Él.
¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en
par las puertas a Cristo! El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos
del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo
de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la
libertad a la fe. Sí, Él ciertamente les habría quitado algo: el dominio
de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad.
Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del
hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa. Además,
el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no
tenemos todos de algún modo miedo – si dejamos entrar a Cristo
totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él –, miedo
de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo
de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No
corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos
privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja
entrar a Cristo no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que
hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren
las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las
grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad
experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo
quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia
de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes:
¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da
a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las
puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida.
Amén.
El Papa
Benedicto XVI al dirigirse a la plenaria de las superioras generales, el
7 de mayo de 2007, les dijo:
Por tanto, no cedáis nunca a la tentación de alejaros
de la intimidad con vuestro celestial Esposo, dejándoos atrapar
excesivamente por los problemas e intereses de la vida cotidiana.
Vuestros fundadores y fundadores pudieron ser pioneros proféticos en la
Iglesia porque no perdieron nunca la viva conciencia de estar en el
mundo sin ser del mundo, como con claridad enseñó Jesús. Siguiendo su
ejemplo, se esforzaron para comunicar el amor de Dios con la palabra y
con gestos concretos de amor, mediante el don total de sí mismos,
manteniendo siempre el corazón y la mirada fijos en Él.
Queridas religiosas: si queréis volver a recorrer
fielmente las huellas de vuestros fundadores y fundadoras y ayudar a
vuestras hermanas a seguir sus ejemplos, cultivad la dimensión mística
de la vida consagrada. Manteneos siempre unidas a Dios en la
contemplación.
Convertirnos a la comunidad
Asumamos con profundidad el
estilo de vida y el modo nuestro de proceder para poder desde allí,
desde la fidelidad a nuestra consagración responder creativamente a los
retos y desafíos que el mundo de hoy hace a la vida comunitaria. No
podemos ser signos elocuentes ante el mundo cuando nos hemos hecho poco
creíbles a nosotros mismos, cuando hemos dejado de ser y no estamos
haciendo lo que deberíamos hacer al interior de nuestras comunidades.
La
consagración a la vida religiosa cultiva con esmero la comunión
fraterna. Propio de nuestra vida consagrada es crear, establecer y
tender lazos de unidad y comunión en el deseo de construir un solo y
único cuerpo eclesial. Comunión eclesial que sólo se realiza desde el
amor recíproco, desinteresado e incondicional que nos lleva a colocar
todo en común, comunión de bienes, talentos e ideales al servicio del
reino. La mística de la vida en común va en línea directa con la
sensibilidad por el otro, se trata de vivir la delicadeza del amor.
Una comunidad mística y
profética nos llevará a dinamizar la vida y praxis comunitaria mediante
el fomento de un diálogo espiritual profundo, la comunión de afectos y
corresponsabilidad mutua. Una comunidad mística y profética es aquella
cuyo principio y fundamento de su vida comunitaria es el Espíritu de
Jesucristo, por ello la Eucaristía es el corazón de su consagración,
porque Jesucristo es el centro de su vida comunitaria.
Conclusión
Después
del Concilio Vaticano II la vida consagrada ha recibido un gran impulso
y experimentado cambios importantes. Pero el contexto sociocultural y
religioso actual exige otras muchas y decisivas transformaciones. En
medio de tantos cambios, sin embargo percibimos la validez y actualidad
de los grandes valores que constituyen nuestra forma de vida y la
urgencia de vivirlos con intensidad y de una manera significativa para
nosotros y para los demás. Los consagrados vivimos días de prueba y de
gracia. Estamos en camino. Y en este camino se siente desafiada por
varios fenómenos:
1)
la globalización con sus ambigüedades y sus mitologías;
2)
la movilidad humana con sus fenómenos migratorios y procesos
acelerados;
3)
el sistema económico neoliberal injusto y desestabilizante;
4)
la cultura de muerte y la lucha por la vida con todos los
desafíos de la biotecnología y la eugenética;
5)
el pluralismo y la diferenciación creciente;
6)
el talante y la mentalidad posmoderna;
7)
la sed de amor y el “desorden amoroso” y afectivo;
8)
la sed de lo sagrado y el materialismo secularista.
Tales
desafíos nos sitúan en un campo de tensiones y fuerzas contrapuestas que
no podemos olvidar ni menospreciar. Se hace necesario descubrir por
dónde nos lleva el Espíritu en este novo millennio ineunte; qué
oportunidades para crecer, innovar y refundar nos ofrece; qué decisiones
prácticas para crecer e innovar nos inspira; hacia qué procesos de
formación nos lanza; qué dificultades o bloqueos nos presenta.
Una
cosa es verdad, sólo podemos afrontar los desafíos presentes y dar
respuestas desde Cristo en la medida en que seamos verdaderos místicos y
profetas.
A todos
nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo que no se comienza a
ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el
encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.
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