"Dando la vida por la abundante Redención"

 

Rep. Dominicana

Puerto Rico

Misioneros Redentoristas/Provinica de San Juan

   

275 de nuestra fundación

 

Vida Congrada llamada a ser mística y profética

Francisco Ceballos, C.Ss.R.

Para iniciar este año de reflexión en la vida consagrada permítanme compartir con ustedes algunos apartes de la conferencia titulada “Mística y profetismo en la vida religiosa”, que por invitación del Padre Laureano Hurtado dirigí a los formandos redentoristas en el Congreso realizado en Piedecuesta en el 2004.

 

Pensé desarrollar el tema a partir de los sustantivos: MÍSTICA y PROFETISMO, pero advertí que esta metodología fácilmente podría dejar en el auditorio un mensaje equívoco, cosa que quise evitar desde el principio, pues la vocación mística-profética no se puede separar. Porque ¿cómo se podría ser profeta sin una verdadera mística, o ser un místico sin vocación profética? El LA profeta debe ser un profundo contemplativo o místico, “así podrá ver a Dios en las personas y en los acontecimientos de cada día; percibir en la luz verdadera su designio salvador y distinguir la realidad de la ilusión” (Const. Gen. 24). El místico debe desarrollar a grado máximo la vocación profética a través de la actitud ante el mundo, el testimonio de vida y el anuncio del Evangelio.

 

Es verdad que la expresión mística es mirada por la juventud actual con cierta sospecha, no así la profecía.

 

Hay quienes desde posiciones racionalistas están convencidos de que la mística es antiintelectualista y puramente emocional, y que se mueve fuera de la órbita de la razón. Afirmación poco precisa, pues los más recientes estudios interdisciplinares parecen desmentirlo. Lo que muestran, más bien, es que en ella se compaginan armónicamente el intelecto y la afectividad, la espiritualidad y la teología, la experiencia y la reflexión, la facultad de pensar y la de amar.

 

Se acusa a la mística se ser ahistórica. La mística tiene mucho de sueño, es verdad. Pero el sueño está cargado de utopía. Y, como afirma Walter Benjamín, la utopía “forma parte de la historia”. Ciertamente, la utopía se ubica en el corazón de la historia, pero no acomodaticiamente y a ras de suelo, sino críticamente y en el nivel de la profundidad.

 

Otros afirman que los místicos huyen de la realidad y se recluyen en la soledad-individualidad de la contemplación por miedo a mancharse las manos. A ello cabe responder que la mística es el dinamismo interno de toda actividad solidaria y creativa del cristiano. Crea personas de incansable entrega a los demás, de capacidad de transformación de la relación entre las personas, ya que hace vivir al sujeto en consciente y operativa comunicación con la fuente misma de la vida: Dios.

 

A la experiencia mística se le acusa también de que, en ella, el sujeto se pierde en el abismo de la trascendencia y desaparece. No es ésta, sin embargo, la impresión que se tiene leyendo a los místicos. Sin sujeto no hay experiencia religiosa. Él es el verdadero protagonista de la vida de fe. La experiencia mística implica a la totalidad del sujeto, que, en su relación con Dios, se siente transformado y enriquecido en sus facultades cognitivas y afectivas.

 

A la mística se le acusa de ser conformista con la realidad y fomentar actitudes pasivas. Esta crítica tampoco parece resistir un análisis en profundidad. Los místicos suelen ser incómodos para el sistema, tanto religioso como político, por su carácter subversivo y desestabilizador. Sus experiencias son objeto de estricto control por parte de los inquisidores. Sus mensajes están en el punto de mira de los poderes doctrinales. Veamos el ejemplo de Juan de la Cruz fue detenido y encarcelado por los enemigos de la reforma carmelitana. “Nuestra espiritualidad se configura también en el desafío del compromiso con las luchas y sufrimientos de los pobres, en los que Jesús se nos revela como el siervo sufriente”.

 

La mística se sitúa en el horizonte del sentido, y el Dios de los místicos tiene mucho que ver con dicho horizonte. Por eso me parece que tiene futuro y necesitamos verdaderos místicos-profetas para responder a las exigencias actuales de la sociedad y de la Iglesia. El cristiano del siglo XXI, a decir del teólogo alemán K. Rahner, será místico o no será cristiano.

 

La vida consagrada será mística y profética, o no será vida religiosa.

 

La Exhortación Vita Consecrata enseña que: “la función de signo que el Concilio Vaticano II reconoce a la vida consagrada se manifiesta en el testimonio profético de la primacía de Dios y de los valores evangélicos en la vida cristiana…” (84). La vida religiosa debe recordar al mundo lo que puede ser, lo que debe ser, lo que mayormente quiere ser, en lo más profundo, en lo mejor de él mismo, en lo más humano. Su ser y quehacer han de ser leídos por los hombres y mujeres de hoy como “Buena Noticia” de Jesucristo.

 

La especificidad de la misión de la vida consagrada consiste en ser vida religiosa, es decir, vivenciar una experiencia radical de Dios que conforma todas las dimensiones de su ser y actuar, integrado en un todo, mística y profecía. Así lo señala Vita Consecrata: “La verdadera profecía nace de Dios, de la amistad con él, de la escucha atenta de su palabra en las diversas circunstancias de la historia. El profeta siente arder en su corazón la pasión por la santidad de Dios y tras haber acogido la palabra en diálogo de la oración, la proclama con la vida, con los labios y con los hechos, haciéndose portavoz de Dios contra el mal y contra el pecado” (84).

 

Según el Padre Ignacio Galindo el místico-profeta es el que escucha a Dios, vive lo que escucha de Dios, enseña a vivir lo que vive lo que escucha de Dios, ayuda a vivir lo que vive y escucha de Dios; denuncia lo que no deja vivir lo que vive, lo que escucha de Dios.

 

“La vida consagrada está llamada a redescubrir dos conceptos fundamentales: pasión y radicalidad. Recuperar la pasión de la vida significa volver a la motivación esencial, al primer movimiento, al lugar del fuego que hizo ponerse en el camino. Es una llamada a recuperar el deseo ardiente, las marcas por la pasión de Cristo y el reino. Es una adhesión firme a Jesús para centrar en él la vida totalizada y no dispersa. Es descubrir que el atractivo de Jesús no es simplemente el fruto de su personalidad arrolladora sino de una relación, de un misterio de comunión íntima, que los seguidores cercanos fueron comprendiendo y al que fueron introducidos por Él, es decir, el misterio de su filiación”.

 

Actualmente se usa y se abusa de la palabra “radical”: fe radical, seguimiento radical, compromiso radical, pobreza radical... Todo es radical, pero no se sabe qué significa ni qué es la radicalidad. Se usa también esta misma palabra para designar a quienes sueñan con un nuevo amanecer de la vida consagrada.

 

La radicalidad no consiste en buscar la espectacularidad en decisiones, acciones o gestos; no significa moralismo intransigente, ni intolerancia. Radicalidad significa hondura, consistencia, firmeza, coherencia con nuestro proyecto de vida evangélica. Radicalidad significa evitar el juego a dos bandas, las vidas dobles, la ambigüedad, el querer servir a dos señores. Radicalidad significa no limitar hasta tal punto el Evangelio que quepa en todas partes. La radicalidad de la vida religiosa hay que buscarla en las raíces. Y estas raíces hay que buscarlas en la fe.

 

Para ser místicos y profetas es necesario:

 

Nacer de nuevo a la acción y a la gracia del Espíritu Santo

La recuperación de nuestro sentido de vida, de nuestro modo de ser y proceder radica en renacer a la acción del Espíritu de Jesucristo, nacer de nuevo a su acción y a su gracia, dejarnos llevar por la acción del Espíritu. Las Constituciones tienen mucha claridad en la importancia del Espíritu en la renovación de nuestros ideales y compromisos: “Para que siempre puedan colaborar de modo más pleno en la realización del misterio de la redención de Cristo, invocarán incansablemente al Espíritu Santo, el cual, dueño de los acontecimientos, pone en los labios la palabra oportuna y abre los corazones” (Const. Gen. 10). “Serán dóciles al Espíritu Santo, quien actúa sin cesar en ellos para conformarlos en Cristo, de modo que aprendan a tener los mismos sentimientos de Jesucristo y a compartir su mismo modo de pensar. Él es quien los impulsa interiormente a la acción apostólica por la variedad de los ministerios” (Const. Gen. 25). “El Espíritu Santo es quien vivifica las comunidades y hace diligentes a sus miembros para el servicio de Dios en la Iglesia y en el mundo” (Const. Gen. 73, 1).

El deseo actual de volver a la inspiración primigenia de la vida consagrada encuentra sus raíces en la acción del Espíritu Santo. Se trata de vivir sólo en espíritu desde el Espíritu, es decir, vivir de acuerdo y en coherencia con el propio espíritu según el Espíritu de Jesucristo, a nivel de convicciones, valores, actitudes. Querer vivir según la lógica del Reino, apostar la propia vida empeñados en actuar según los criterios del Reino: “Según el espíritu les conceda expresarse” (Cf. Hech. 2, 4).

Se trata de vivir según la acción del Espíritu, dejarnos llevar por el Espíritu, en el deseo de hacer la volunta de Dios.

 

Si hoy queremos responder a nuestra vocación, si queremos ser y hacer lo que hemos de ser y actuar al estilo de nuestro fundador, siendo fieles en el seguimiento de Jesucristo, hemos de dejarnos seducir por la acción del Espíritu. Acción que hoy para  ser verdadera alternativa, contracultural y radicalmente evangélica, ha de ser fielmente mística y creativamente profética.

He ahí el renacer a una vida mística y profética, se trata de dejarnos llevar  por el Espíritu. La vida consagrada ha de volver a su inspiración primera, vivir de tal manera que su modo de ser y de proceder sea profundamente místico y profético. Hacer de nuestra vida una profecía, he ahí la mística de un estilo de vida creíble, una experiencia vital hondamente contemplativa y radicalmente significativa.

Encontrarnos de manera libre con Jesucristo

 

Según san Pablo: “Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo” (1 Cor. 3,11).

 

Mi experiencia como Provincial y las charlas informales con obispos, colegas, religiosas y religiosos, me han llevado a pensar que la vida religiosa y presbiteral ha perdido el fundamento y el horizonte; ha perdido el móvil que le da sentido a nuestra consagración y a las actividades que hemos asumido como expresión de nuestro carisma. Pienso que el problema de la vida religiosa no es disciplinar, ni ascético, ni moral, sino teologal; es decir, una crisis de experiencia de Dios, una crisis de fe radical, o sea pérdida de su horizonte y fundamento, como es el seguimiento de Cristo.

 

Para muchos parece que Cristo ha desaparecido del horizonte de comprensión. A decir de Gottfried Bachtl, “en un mundo que encuentra un gran placer en la palabra sin fin y todo lo reduce a eso, Dios ha perecido en la locuacidad de sus testigos. Los rezos se convirtieron, con frecuencia, en un espacio donde Dios viene a morir o a congelarse en los labios de sus más piadosos adoradores”.

 

En este ámbito, no podemos responsabilizar de la crisis o muerte de Dios a los maestros de la sospecha. Es más bien en los propios creyentes en quienes recae la responsabilidad principal de dicha crisis, como ya advirtiera el Concilio Vaticano II en un texto antológico de lúcida autocrítica sobre la génesis del ateismo moderno:

“Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios” [1].

Si Cristo no se convierte en el fundamento y en el horizonte de nuestra dedicación seremos simples funcionarios o propagandistas de una ideología, no de una persona que le da sentido a nuestras opciones y acciones.

Es necesario, pues, convertirnos al Evangelio, recuperar la fe en el Dios de Jesucristo, revestirnos del hombre nuevo, hecho a imagen de Cristo crucificado y resucitado de entre los muertos, de manera que así logremos purificar todos los móviles de nuestros juicios y actuaciones. Es decir, volver a recobrar el amor primero o, al menos, dejarnos inspirar por el estilo de una vida religiosa que en sus orígenes fue mística y profética, apasionada de Cristo y, en él, apasionada por la humanidad.

Es necesario volver el corazón a la experiencia originaria de la vocación, es decir, encontrarnos de manera libre e íntima con Jesucristo, a ejemplo de la Samaritana (Cf. Jn 4, 5-42) quien terminó pidiendo del agua viva para no tener mas sed. A ejemplo de Zaqueo (Cf. Lc. 19, 1-10) quien asumió una actitud de desprendimiento de las cosas materiales; a ejemplo de María Magdalena, quien en el encuentro con el resucitado superó el desaliento y la tristeza causados por la muerte del Maestro (Cf. Jn 20, 11-18). O como lo hiciera Pablo en el camino a Damasco; allí tuvo lugar el cambio radical de su existencia; de perseguidor llegó a ser apóstol (Cf. Hch 9, 30; 22, 6-11; 26, 12-18).

Si la tentación propia de estos tiempos de crisis ha sido la falta de fe, estamos retados a ejercitarnos en ella. Creer en Dios para creer en nosotros, hacernos creíbles al hermano, creyendo en Él. Se trata de ir al fundamento mismo de la vocación, a la raíz del llamado: la fe, una fe radical.

No podemos seguir a quien no conocemos; para seguir a Jesucristo se necesita tener de Él una experiencia vital, la cual sólo es posible desde la oración; de largos espacios de encuentro. Se trata de un encuentro personal e íntimo con Jesucristo, a partir del cual surgirá el deseo de seguirlo de manera incondicional.

Nuestra fe en Jesucristo, nuestra espiritualidad de relación estrecha con Él y con su causa, no puede confundirse con sentimientos o vivencias de emociones religiosas, prácticas de piedad o contemplaciones devocionales. Todas ellas pueden alimentar y ayudar al compromiso de seguirlo, pero no podemos confundirlas con la fe radical y la confianza absoluta en el Dios de Jesús.

 

Nuestra vida debe hundir su identidad en la experiencia de Jesucristo: raíz y origen de la vida consagrada. El exagerado activismo y la multiplicación de compromisos y tareas, incluso bajo la forma de apostolado, ha distraído a la vida religiosa y la ha alejado de su centro, que es la experiencia de lo trascendente y de la dimensión mística de la vida. La experiencia de Dios es integral y debe abarcar también el sentimiento y la emoción, que son parte del ser humano.

 

Jesús es la pasión, el centro, el ansia y la esperanza de la vida consagrada. Ni los votos, ni las instituciones, ni la autoridad, ni las constituciones, ni la programación, podrán ocupar el puesto de Cristo. Hacer experiencia de Dios no es para nosotros una ocupación intermitente ni una tarea secundaria, sino nuestra razón de ser en la Iglesia y nuestra primera misión.

 

“El Cristocentrismo de la vida religiosa significa que Jesús no es simplemente el tema principal del discurso, sino que Él solo es la razón de la existencia y de la acción. Que a Él pertenecemos porque nos eligió y por que sólo en Él encontramos la energía que alimenta nuestro testimonio y ser. Separada de esta fuente, la vida consagrada se esteriliza automáticamente, aún a pesar de la más grande generosidad. En esta forma de vida, todo es a causa de Jesús y por la causa de Jesús”.

 

Les recuerdo las palabras del Papa Benedicto XVI en la homilía al inicio del pontificado; es una invitación elocuente a poner la mirada en Jesús de Nazaret y afincar nuestro proyecto vocacional en Él.

 

¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, Él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa. Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo – si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él –, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén.

 

El Papa Benedicto XVI al dirigirse a la plenaria de las superioras generales, el 7 de mayo de 2007, les dijo:

 

Por tanto, no cedáis nunca a la tentación de alejaros de la intimidad con vuestro celestial Esposo, dejándoos atrapar excesivamente por los problemas e intereses de la vida cotidiana. Vuestros fundadores y fundadores pudieron ser pioneros proféticos en la Iglesia porque no perdieron nunca la viva conciencia de estar en el mundo sin ser del mundo, como con claridad enseñó Jesús. Siguiendo su ejemplo, se esforzaron para comunicar el amor de Dios con la palabra y con gestos concretos de amor, mediante el don total de sí mismos, manteniendo siempre el corazón y la mirada fijos en Él.

 

Queridas religiosas: si queréis volver a recorrer fielmente las huellas de vuestros fundadores y fundadoras y ayudar a vuestras hermanas a seguir sus ejemplos, cultivad la dimensión mística de la vida consagrada. Manteneos siempre unidas a Dios en la contemplación.

 

Convertirnos a la comunidad

 

Asumamos con profundidad el estilo de vida y el modo nuestro de proceder para poder desde allí, desde la fidelidad a nuestra consagración responder creativamente a los retos y desafíos que el mundo de hoy hace a la vida comunitaria. No podemos ser signos elocuentes ante el mundo cuando nos hemos hecho poco creíbles a nosotros mismos, cuando hemos dejado de ser y no estamos haciendo lo que deberíamos hacer al interior de nuestras comunidades.

 

La consagración a la vida religiosa cultiva con esmero la comunión fraterna. Propio de nuestra vida consagrada es crear, establecer y tender lazos de unidad y comunión en el deseo de construir un solo y único cuerpo eclesial. Comunión eclesial que sólo se realiza desde el amor recíproco, desinteresado e incondicional que nos lleva a colocar todo en común, comunión de bienes, talentos e ideales al servicio del reino. La mística de la vida en común va en línea directa con la sensibilidad por el otro, se trata de vivir la delicadeza del amor.

Una comunidad mística y profética nos llevará a dinamizar la vida y praxis comunitaria mediante el fomento de un diálogo espiritual profundo, la comunión de afectos y  corresponsabilidad mutua. Una comunidad mística y profética es aquella cuyo principio y fundamento de su vida comunitaria es el Espíritu de Jesucristo, por ello la Eucaristía es el corazón de su consagración, porque Jesucristo es el centro de su vida comunitaria.

 Conclusión

 

Después del Concilio Vaticano II la vida consagrada ha recibido un gran impulso y experimentado cambios importantes. Pero el contexto sociocultural y religioso actual exige otras muchas y decisivas transformaciones. En medio de tantos cambios, sin embargo percibimos la validez y actualidad de los grandes valores que constituyen nuestra forma de vida y la urgencia de vivirlos con intensidad y de una manera significativa para nosotros y para los demás. Los consagrados vivimos días de prueba y de gracia. Estamos en camino. Y en este camino se siente desafiada por varios fenómenos:

 

1)      la globalización con sus ambigüedades y sus mitologías;

2)      la movilidad humana con sus fenómenos migratorios y procesos acelerados;

3)      el sistema económico neoliberal injusto y desestabilizante;

4)      la cultura de muerte y la lucha por la vida con todos los desafíos de la biotecnología y la eugenética;

5)      el pluralismo y la diferenciación creciente;

6)      el talante y la mentalidad posmoderna;

7)      la sed de amor y el “desorden amoroso” y afectivo;

8)      la sed de lo sagrado y el materialismo secularista.

 

Tales desafíos nos sitúan en un campo de tensiones y fuerzas contrapuestas que no podemos olvidar ni menospreciar. Se hace necesario descubrir por dónde nos lleva el Espíritu en este novo millennio ineunte; qué oportunidades para crecer, innovar y refundar nos ofrece; qué decisiones prácticas para crecer e innovar nos inspira; hacia qué procesos de formación nos lanza; qué dificultades o bloqueos nos presenta.

 

Una cosa es verdad, sólo podemos afrontar los desafíos presentes y dar respuestas desde Cristo en la medida en que seamos verdaderos místicos y profetas.

 

A todos nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo que no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.


[1]  G.S, No. 19.

 
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Fecha de la última actualización: 16/01/2008 06:16:26 p.m.

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