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Hablar de la redención en los escritos de san
Alfonso, por otra parte, suscita el problema de cómo entender
hoy su pensamiento, a distancia de varios siglos. Él vivió en un
universo mental muy distinto
y trató de responder pastoralmente a un contexto también muy
diverso. Esto es evidente. Pero hay algo más, que tal vez no
siempre tenemos en cuenta. Alfonso vivió largos años y escribió
muchas obras. Esas dos variables recomiendan que al leer sus
libros se tenga en cuenta a qué época de su evolución personal
corresponden y para qué tipo de destinatarios eran escritos.
Tenidas en cuenta estas dificultades, nos adentramos en el
terreno de este estudio. Más que de teorías sobre la redención,
quisiéramos ocuparnos de la experiencia personal de redención
que tuvo Alfonso de Liguori y de la manera como pudo narrarla y
testimoniarla. “El amor de Dios es mejor vivirlo que hacer
especulaciones”, escribe el mismo Alfonso.
Más que un teórico de la redención, él fue un redimido que tuvo
el carisma para organizar un grupo de “obreros apostólicos”
dispuestos a dar la vida por Cristo para la redención del mundo.
1. Redención y
conversión
Alfonso, que había crecido en un ambiente de temor paterno y de
temor a Dios, vislumbró un día el amor de Dios. Y descubrió que
si Dios le demostraba tanto amor en Jesucristo, entonces valía
la pena darse totalmente a Dios. A ese día lo llamó siempre “el
día de mi conversión”. Fue a finales de agosto de 1723, cuando
ya llevaba 10 años como abogado. Evidentemente, su experiencia
espiritual estuvo mediada por la realidad de Nápoles, ciudad de
grandes santos y de devociones aberrantes, que transpiraba
religión por todas partes.
Alfonso no fue un convertido al cristianismo. Alfonso se
convirtió a Jesucristo.
En varias oportunidades describe Alfonso esta experiencia
radical de su vida. En el prólogo a las Visitas al Santísimo,
escrito veinte años más tarde, comenta: “Debo reconocer que yo
mismo, gracias a esta práctica de visitar el Santísimo
Sacramento, aunque hecha con mucha imperfección, un día, a la
edad de 26 años, me entregué totalmente al Señor”. En una
conferencia a los religiosos jóvenes de su naciente Congregación
les dice que la frase: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo
entero si pierde el alma?” es un texto fundamental del
evangelio, y concluye: “a decir verdad, fue esta máxima la que
me sacó del mundo”.
Y en otra oportunidad, en una conversación informal durante el
recreo de comunidad, se emociona hablando del día “de la
conversión”, cuando resolvió entregarse al Señor.
Lo que Alfonso escribirá después sobre redención comienza ahí,
en esa experiencia de sentirse amado y salvado por Dios en el
don de Jesucristo. Será esta íntima convicción, en la medida en
que se va fortaleciendo, la que lo libera de los escrúpulos, lo
hace sensible a las necesidades pastorales de los campesinos y
la que lo lleva a escribir un manual de moral para los
confesores.
2. Tres textos y
tres épocas
A modo de ejemplo de la manera como Alfonso comparte la
experiencia de la redención, veamos tres textos de tres épocas
diversas. En ellos es palpable el contexto social en el que vive
el santo (mundo feudal, nobleza, campesinos de montaña, etc.),
la teología corriente en su tiempo (particularmente la lectura
de la redención como satisfacción) y la progresiva evolución
mental y espiritual del santo.
Uno de los textos más antiguos que se conservan de san Alfonso
(±1740) es un sermón manuscrito para introducir la misión. Se
puede suponer que el texto corresponde a un lugar común en la
predicación de la época y que Alfonso lo que hace es darle
colorido y aplicación.
Hermanos míos, ¿qué es
la misión? Es la voz de Jesucristo. Es Jesucristo que viene a
llamar y a encontrar las ovejas perdidas, para redimirlas de la
muerte eterna, a la que ya están condenadas y en la que pueden
caer en cualquier momento.
Si alguno estuviera
agarrado a una cuerda dentro de un pozo profundo y viniera otro
a sacarlo de allí para librarlo de tan grave peligro, qué locura
sería la del que se aferra a la cuerda si se tomara tiempo y
dijera a su liberador: “¡Espera, espera; todavía no; después
hablamos!...”
A ustedes, hermanos,
Dios los quiere liberar… y habrá, tal vez, alguno que dirá a
Dios: “Espera; todavía no quiero ser rescatado; después
hablamos…” Hermano, si te quieres salvar, aprovecha ahora. Ya.
Toma valor. Abre los ojos. Se trata de la eternidad.
Para el pueblo campesino en tierra de montañas,
el hecho de caer en un pozo es un caso frecuente. Y la
comparación de la redención con una liberación inmediata con
motivo de la misión facilita el que la gente capte la urgencia
de abrirse al don de Dios. Ahí aparecen, de todos modos, los
elementos centrales y constantes de la concepción alfonsiana de
la redención:
a) La redención es iniciativa de Dios Padre. b) El redentor es
Jesucristo; él es el buen pastor que quiere rescatar la oveja
descarriada. c) La redención es absolutamente necesaria: estamos
en un pozo profundo y colgamos de un hilo. d) De nuestra parte
sólo podemos ofrecer nuestra miseria y la disposición de
dejarnos salvar. e) Porque no seremos redimidos si no aceptamos
la obra de Dios en nosotros. f) Rechazar la oferta de salvación
es la peor desgracia.
g) La misión actualiza esa obra redentora de Cristo, la aplica a
la realidad concreta de los destinatarios. En otras palabras,
los misioneros, dedicando su vida a la predicación, desempeñan
el “mismo oficio” que realizó el Señor durante su vida mortal.
Inmediatamente después de Las Glorias de María, Alfonso
publica una parte de lo que hubiera querido que fuera una
especie de “suma cristológica”, y que va sacando a la luz
pública como por entregas en una decena de libros sobre
la encarnación, la pasión y muerte, la eucaristía, el sacrificio
de Jesucristo...
El libro al que aludimos es El amor de las almas, editado
en 1751. Comienza describiendo la redención como la satisfacción
que el Hijo ofrece al Padre Dios, que ha sido ofendido por el
esclavo (capítulo I), y concluye en el capítulo XV, diciendo:
‘Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo’ (Jn
3,16). Dice Jesucristo que Dios ha amado de tal modo al mundo,
que le ha dado a su mismo Hijo unigénito. Tres cosas debemos
considerar en este don: Quién es el donante, qué es lo que da, y
con cuál amor lo entrega. Ya se sabe que mientras más noble es
el donante, más valioso es el don. Si alguno recibe de un
monarca el regalo de una flor, la estimará mucho más que un
tesoro. ¿Cuánto debemos nosotros estimar este don que nos viene
de las manos de Dios? Y, ¿qué es lo que nos ha dado? A su propio
Hijo. Al amor de Dios no le bastó con darnos tantos bienes sobre
la tierra, sino que llegó a donarse él mismo plenamente al
darnos al Verbo encarnado… ¿Quién llegará a captar tal exceso de
amor, que para rescatar al esclavo hayas querido donar al Hijo?
En este pasaje podemos destacar los siguientes
elementos de la teología alfonsiana: a) Iniciativa del Padre
Dios, b) que dona lo mejor que tiene, su propio Hijo, c) no para
una satisfacción sino como amorosa donación. d) La redención no
es un correctivo del mundo creado sino su plenitud, e) y Dios no
es el receptor de un pago, sino que queda involucrado
activamente (“El Padre llegó a donarse él mismo al darnos al
Hijo”).
Alfonso ha ido evolucionando lenta y difícilmente de la
satisfacción a la donación. La intuición inicial de convertirse
para “darse todo a Dios” correspondía a esa convicción de que
Dios se nos había dado plenamente en Jesucristo. Y el pesimismo
espiritual en que había sido formado, así como la reacción
contra el mundo propia de un convertido, va dando paso a una
mirada más optimista de la creación: “No le bastó con darnos los
bienes sobre la tierra…”: aquí Alfonso aparece más cerca del
franciscanismo que del tomismo.
En la plenitud de su producción literaria, Alfonso publica La
práctica del amor a Jesucristo (1768). Tras decir que la
verdadera santidad consiste en amar a Dios, el santo añade:
Viendo
Dios que los seres humanos se dejan atraer por regalos, quiso,
por medio de sus dones, cautivarlos a su amor… Tales han sido
todos los dones que Dios ha dado a los humanos. Después de
haberlos dotado a su imagen de alma con sus potencias, de
memoria, intelecto y voluntad, y de cuerpo con varios sentidos,
ha creado para ellos el cielo y la tierra y tantas otras cosas,
todas por amor a los seres humanos… Pero Dios no estaba contento
con regalar estas bellas criaturas. Él, para ganarse todo
nuestro amor, ha llegado él mismo a donarse totalmente. El
Eterno Padre ha llegado a darnos su mismo Hijo único, porque
‘tanto ha amado al mundo que le ha dado su Hijo unigénito’ (Jn
3,16).
De nuevo aparecen los temas alfonsianos de la redención: a) Dios Padre
toma la iniciativa de salvarnos, b) la obra redentora consiste
en el don del Hijo, c) la redención no mira tanto a Dios
(restaurar
su honor) cuanto al ser humano (recuperar el amor divino); d)
creación y
redención
son vasos
comunicantes.
La creación es, desde esta perspectiva, un don amoroso de Dios,
una primera epifanía del amor de Dios, y no una trampa que aleja
de Dios. Alfonso ha comenzado a distinguir entre “mundo” (la
obra de Dios) y “mundano” (la manera desviada de usar lo
creado). Con la encarnación, la creación llega a su máxima
densidad, pues el Dios que había creado sin darse (sin
confundirse con lo creado) ahora se entrega totalmente. En otras
palabras, la encarnación y la redención no son un correctivo de
la creación sino su plenitud.
3. Categorías
para describir la redención
De lo que hemos visto es claro que no existe en los escritos de
Alfonso un modo único o una categoría determinada para describir
el misterio de la redención. El santo prefiere moverse
libremente entre diversos modelos interpretativos. Existe, sin
embargo, una categoría preferida, y es la de donación.
Si quisiéramos hacer un esquema de las diversas categorías que
aparecen en los escritos alfonsianos, encontraremos algo más o
menos así:
|
Modelo
Jurídico |
Cultual |
Histórico-social |
de Ágape |
|
|
|
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|
|
Satisfacción |
Mediación |
Redención |
Revelación (de amor) |
|
Sustitución |
Purificación |
Salvación |
Donación |
|
|
Sacrificio expiatorio |
|
Conquista (de amor) |
La redención es un regalo libre por parte de Dios, es gracia,
que responde a una deficiencia del ser humano (estamos en un
pozo profundo), pero que es ante todo una locura de Dios (“está
fuera de sí por amor”). Porque no es tanto que Dios está
ofendido, sino que Dios está descentrado (Alfonso usa,
especialmente en la década de 1750, la expresión: “éxtasis de
Dios”).
La redención no es tanto un requerimiento del pecado, cuanto una
exigencia del amor divino. Más que para pagar algo, es para
conquistarse una respuesta de amor. De ahí que la intensidad de
la pasión, siendo dolor y muerte, es ante todo pasión de amor.
El sufrimiento no es en Jesús un signo de la suficiencia de la
satisfacción, sino un signo de la excelencia de su amor. Para
Alfonso es claro que para redimirnos no era necesario que Jesús
llegara hasta el final de la muerte, pero para captar nuestro
amor si era indispensable que el amor lo llevara hasta la
muerte. Sólo con la entrega total puede Jesucristo conseguir el
trofeo de nuestra propia entrega.
La redención es lo máximo que Dios ha podido hacer. La creación
no es la obra magna sino una preparación, el marco de referencia
en el cual ha sido posible el diálogo amoroso creador-criatura.
Porque la creación llega a su plenitud en la redención, cuando
la palabra creadora se hace carne y llega hasta la muerte por
amor.
Conclusión
Es cierto que en la soteriología alfonsiana (y en la de su
época) hay aspectos exagerados y aspectos descuidados,
particularmente la dimensión comunitaria e histórica de la
redención. Pero también es cierto que la propuesta de Alfonso va
al corazón de la fe cristiana. Porque la mejor definición de la
redención está en el evangelio de san Juan: “Tanto amó Dios al
mundo, que le dio a su propio Hijo”. Y ¡cuánto significa ese
‘tanto’!, añadía san Alfonso.
En su proceso personal, esa idea de la redención significó para
Alfonso entender que la vida cristiana no se basa en el temor
sino en el amor. Y así lo practicó en su ministerio pastoral. No
fue una solución mágica a sus escrúpulos, que lo angustiaron en
varias etapas de su vida, pero sí fue una puerta menos estrecha
en el camino de la propia santificación.
La redención tiene como objetivo hacer que los seres humanos se
enamoren de Dios y le respondan con amor. Los redentoristas lo
hemos entendido. Sabemos “que todos los hombres son pecadores,
pero que ya han sido radicalmente elegidos, redimidos y
congregados en Cristo”, dice la Constitución 7, citando la carta
a los Romanos. También hemos comprendido que si el Señor ha dado
su vida para la redención del mundo, ¿qué otra cosa podemos
hacer nosotros sino dar también la vida por esa redención
abundante?
Noel Londoño, CSsR.
Guadalajara de Buga
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