La obra apostólica de la Congregación se caracteriza, más que por determinadas formas de actividad, por el dinamismo misionero con que lleva a cabo la evangelización propiamente dicha y por el servicio a los hombres y en favor de los grupos humanos más necesitados de la acción de la Iglesia, y menos favorecidos por las condiciones sociales.

(Constitución # 14)

 

 

 Rep. Dominica

Puerto Rico

Provincia de San Juan

 

ESPIRITUALIDAD REDENTORISTA

La Redención en la espiritualidad de San Alfonso

Autor: Noel Londoño, CSsR.                                              Fuente: www.scalando.com

Premisa

 

Hoy no es fácil hablar de la redención que Cristo nos ha alcanzado. Para muchos no tiene sentido hablar de redención porque no tenemos de qué ser redimidos; la redención es vista como una respuesta que no tiene pregunta. Para otros, más existencialistas, los seres humanos somos como Prometeo, con grandes sueños pero encadenados a un destino rastrero; de ahí que todo esfuerzo por la liberación sea un empeño inútil. Otros, en fin, ven la figura del redentor como un mito, como si esperáramos que un extra terrestre solucionara nuestros problemas; consideran que la humanidad, ahora en su mayoría de edad, no puede esperar nada que venga de fuera.

San Alfonso (1696-1787)

 

Hablar de la redención en los escritos de san Alfonso, por otra parte, suscita el problema de cómo entender hoy su pensamiento, a distancia de varios siglos. Él vivió en un universo mental muy distinto y trató de responder pastoralmente a un contexto también muy diverso. Esto es evidente. Pero hay algo más, que tal vez no siempre tenemos en cuenta. Alfonso vivió largos años y escribió muchas obras. Esas dos variables recomiendan que al leer sus libros se tenga en cuenta a qué época de su evolución personal corresponden y para qué tipo de destinatarios eran escritos.

Tenidas en cuenta estas dificultades, nos adentramos en el terreno de este estudio. Más que de teorías sobre la redención, quisiéramos ocuparnos de la experiencia personal de redención que tuvo Alfonso de Liguori y de la manera como pudo narrarla y testimoniarla. “El amor de Dios es mejor vivirlo que hacer especulaciones”, escribe el mismo Alfonso.[1] Más que un teórico de la redención, él fue un redimido que tuvo el carisma para organizar un grupo de “obreros apostólicos”[2] dispuestos a dar la vida por Cristo para la redención del mundo.

 

 

1. Redención y conversión

 

Alfonso, que había crecido en un ambiente de temor paterno y de temor a Dios, vislumbró un día el amor de Dios. Y descubrió que si Dios le demostraba tanto amor en Jesucristo, entonces valía la pena darse totalmente a Dios. A ese día lo llamó siempre “el día de mi conversión”. Fue a finales de agosto de 1723, cuando ya llevaba 10 años como abogado. Evidentemente, su experiencia espiritual estuvo mediada por la realidad de Nápoles, ciudad de grandes santos y de devociones aberrantes, que transpiraba religión por todas partes.

Alfonso no fue un convertido al cristianismo. Alfonso se convirtió a Jesucristo.

En varias oportunidades describe Alfonso esta experiencia radical de su vida. En el prólogo a las Visitas al Santísimo, escrito veinte años más tarde, comenta: “Debo reconocer que yo mismo, gracias a esta práctica de visitar el Santísimo Sacramento, aunque hecha con mucha imperfección, un día, a la edad de 26 años, me entregué totalmente al Señor”. En una conferencia a los religiosos jóvenes de su naciente Congregación les dice que la frase: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde el alma?” es un texto fundamental del evangelio, y concluye: “a decir verdad, fue esta máxima la que me sacó del mundo”.[3] Y en otra oportunidad, en una conversación informal durante el recreo de comunidad, se emociona hablando del día “de la conversión”, cuando resolvió entregarse al Señor.[4]

Lo que Alfonso escribirá después sobre redención comienza ahí, en esa experiencia de sentirse amado y salvado por Dios en el don de Jesucristo. Será esta íntima convicción, en la medida en que se va fortaleciendo, la que lo libera de los escrúpulos, lo hace sensible a las necesidades pastorales de los campesinos y la que lo lleva a escribir un manual de moral para los confesores.

 

 

2. Tres textos y tres épocas

 

A modo de ejemplo de la manera como Alfonso comparte la experiencia de la redención, veamos tres textos de tres épocas diversas. En ellos es palpable el contexto social en el que vive el santo (mundo feudal, nobleza, campesinos de montaña, etc.), la teología corriente en su tiempo (particularmente la lectura de la redención como satisfacción) y la progresiva evolución mental y espiritual del santo.

Uno de los textos más antiguos que se conservan de san Alfonso (±1740) es un sermón manuscrito para introducir la misión. Se puede suponer que el texto corresponde a un lugar común en la predicación de la época y que Alfonso lo que hace es darle colorido y aplicación.

Hermanos míos, ¿qué es la misión? Es la voz de Jesucristo. Es Jesucristo que viene a llamar y a encontrar las ovejas perdidas, para redimirlas de la muerte eterna, a la que ya están condenadas y en la que pueden caer en cualquier momento.

Si alguno estuviera agarrado a una cuerda dentro de un pozo profundo y viniera otro a sacarlo de allí para librarlo de tan grave peligro, qué locura sería la del que se aferra a la cuerda si se tomara tiempo y dijera a su liberador: “¡Espera, espera; todavía no; después hablamos!...”

A ustedes, hermanos, Dios los quiere liberar… y habrá, tal vez, alguno que dirá a Dios: “Espera; todavía no quiero ser rescatado; después hablamos…” Hermano, si te quieres salvar, aprovecha ahora. Ya. Toma valor. Abre los ojos. Se trata de la eternidad.[5]

Para el pueblo campesino en tierra de montañas, el hecho de caer en un pozo es un caso frecuente. Y la comparación de la redención con una liberación inmediata con motivo de la misión facilita el que la gente capte la urgencia de abrirse al don de Dios. Ahí aparecen, de todos modos, los elementos centrales y constantes de la concepción alfonsiana de la redención:

a) La redención es iniciativa de Dios Padre. b) El redentor es Jesucristo; él es el buen pastor que quiere rescatar la oveja descarriada. c) La redención es absolutamente necesaria: estamos en un pozo profundo y colgamos de un hilo. d) De nuestra parte sólo podemos ofrecer nuestra miseria y la disposición de dejarnos salvar. e) Porque no seremos redimidos si no aceptamos la obra de Dios en nosotros. f) Rechazar la oferta de salvación es la peor desgracia.[6] g) La misión actualiza esa obra redentora de Cristo, la aplica a la realidad concreta de los destinatarios. En otras palabras, los misioneros, dedicando su vida a la predicación, desempeñan el “mismo oficio” que realizó el Señor durante su vida mortal.[7]

Inmediatamente después de Las Glorias de María, Alfonso publica una parte de lo que hubiera querido que fuera una especie de “suma cristológica”, y que va sacando a la luz pública como por entregas en una decena de libros sobre la encarnación, la pasión y muerte, la eucaristía, el sacrificio de Jesucristo...[8] El libro al que aludimos es El amor de las almas, editado en 1751. Comienza describiendo la redención como la satisfacción que el Hijo ofrece al Padre Dios, que ha sido ofendido por el esclavo (capítulo I), y concluye en el capítulo XV, diciendo:

‘Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo’ (Jn 3,16). Dice Jesucristo que Dios ha amado de tal modo al mundo, que le ha dado a su mismo Hijo unigénito. Tres cosas debemos considerar en este don: Quién es el donante, qué es lo que da, y con cuál amor lo entrega. Ya se sabe que mientras más noble es el donante, más valioso es el don. Si alguno recibe de un monarca el regalo de una flor, la estimará mucho más que un tesoro. ¿Cuánto debemos nosotros estimar este don que nos viene de las manos de Dios? Y, ¿qué es lo que nos ha dado? A su propio Hijo. Al amor de Dios no le bastó con darnos tantos bienes sobre la tierra, sino que llegó a donarse él mismo plenamente al darnos al Verbo encarnado… ¿Quién llegará a captar tal exceso de amor, que para rescatar al esclavo hayas querido donar al Hijo?[9]

En este pasaje podemos destacar los siguientes elementos de la teología alfonsiana: a) Iniciativa del Padre Dios, b) que dona lo mejor que tiene, su propio Hijo, c) no para una satisfacción sino como amorosa donación. d) La redención no es un correctivo del mundo creado sino su plenitud, e) y Dios no es el receptor de un pago, sino que queda involucrado activamente (“El Padre llegó a donarse él mismo al darnos al Hijo”). 

Alfonso ha ido evolucionando lenta y difícilmente de la satisfacción a la donación. La intuición inicial de convertirse para “darse todo a Dios” correspondía a esa convicción de que Dios se nos había dado plenamente en Jesucristo. Y el pesimismo espiritual en que había sido formado, así como la reacción contra el mundo propia de un convertido, va dando paso a una mirada más optimista de la creación: “No le bastó con darnos los bienes sobre la tierra…”: aquí Alfonso aparece más cerca del franciscanismo que del tomismo.

En la plenitud de su producción literaria, Alfonso publica La práctica del amor a Jesucristo (1768). Tras decir que la verdadera santidad consiste en amar a Dios, el santo añade:

Viendo Dios que los seres humanos se dejan atraer por regalos, quiso, por medio de sus dones, cautivarlos a su amor… Tales han sido todos los dones que Dios ha dado a los humanos.  Después de haberlos dotado a su imagen de alma con sus potencias, de memoria, intelecto y voluntad, y de cuerpo con varios sentidos, ha creado para ellos el cielo y la tierra y tantas otras cosas, todas por amor a los seres humanos… Pero Dios no estaba contento con regalar estas bellas criaturas. Él, para ganarse todo nuestro amor, ha llegado él mismo a donarse totalmente. El Eterno Padre ha llegado a darnos su mismo Hijo único, porque ‘tanto ha amado al mundo que le ha dado su Hijo unigénito’ (Jn 3,16).

De nuevo aparecen los temas alfonsianos de la redención: a) Dios Padre toma la iniciativa de salvarnos, b) la obra redentora consiste en el don del Hijo, c) la redención no mira tanto a Dios (restaurar su honor) cuanto al ser humano (recuperar el amor divino); d) creación y redención son vasos comunicantes.

La creación es, desde esta perspectiva, un don amoroso de Dios, una primera epifanía del amor de Dios, y no una trampa que aleja de Dios. Alfonso ha comenzado a distinguir entre “mundo” (la obra de Dios) y “mundano” (la manera desviada de usar lo creado). Con la encarnación, la creación llega a su máxima densidad, pues el Dios que había creado sin darse (sin confundirse con lo creado) ahora se entrega totalmente. En otras palabras, la encarnación y la redención no son un correctivo de la creación sino su plenitud.

 

 

3. Categorías para describir la redención

 

De lo que hemos visto es claro que no existe en los escritos de Alfonso un modo único o una categoría determinada para describir el misterio de la redención. El santo prefiere moverse libremente entre diversos modelos interpretativos. Existe, sin embargo, una categoría preferida, y es la de donación.

Si quisiéramos hacer un esquema de las diversas categorías que aparecen en los escritos alfonsianos, encontraremos algo más o menos así:

 

Modelo Jurídico

Cultual

Histórico-social    

de Ágape

 

 

 

 

Satisfacción

Mediación

Redención

Revelación (de amor)

Sustitución

Purificación

Salvación

Donación

 

Sacrificio expiatorio

 

Conquista (de amor)

 

La redención es un regalo libre por parte de Dios, es gracia, que responde a una deficiencia del ser humano (estamos en un pozo profundo), pero que es ante todo una locura de Dios (“está fuera de sí por amor”). Porque no es tanto que Dios está ofendido, sino que Dios está descentrado (Alfonso usa, especialmente en la década de 1750, la expresión: “éxtasis de Dios”).

La redención no es tanto un requerimiento del pecado, cuanto una exigencia del amor divino. Más que para pagar algo, es para conquistarse una respuesta de amor. De ahí que la intensidad de la pasión, siendo dolor y muerte, es ante todo pasión de amor. El sufrimiento no es en Jesús un signo de la suficiencia de la satisfacción, sino un signo de la excelencia de su amor. Para Alfonso es claro que para redimirnos no era necesario que Jesús llegara hasta el final de la muerte, pero para captar nuestro amor si era indispensable que el amor lo llevara hasta la muerte. Sólo con la entrega total puede Jesucristo conseguir el trofeo de nuestra propia entrega.

La redención es lo máximo que Dios ha podido hacer. La creación no es la obra magna sino una preparación, el marco de referencia en el cual ha sido posible el diálogo amoroso creador-criatura. Porque la creación llega a su plenitud en la redención, cuando la palabra creadora se hace carne y llega hasta la muerte por amor.

 

 

Conclusión

 

Es cierto que en la soteriología alfonsiana (y en la de su época) hay aspectos exagerados y aspectos descuidados, particularmente la dimensión comunitaria e histórica de la redención. Pero también es cierto que la propuesta de Alfonso va al corazón de la fe cristiana. Porque la mejor definición de la redención está en el evangelio de san Juan: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su propio Hijo”. Y ¡cuánto significa ese ‘tanto’!, añadía san Alfonso.

En su proceso personal, esa idea de la redención significó para Alfonso entender que la vida cristiana no se basa en el temor sino en el amor. Y así lo practicó en su ministerio pastoral. No fue una solución mágica a sus escrúpulos, que lo angustiaron en varias etapas de su vida, pero sí fue una puerta menos estrecha en el camino de la propia santificación.

La redención tiene como objetivo hacer que los seres humanos se enamoren de Dios y le respondan con amor. Los redentoristas lo hemos entendido. Sabemos “que todos los hombres son pecadores, pero que ya han sido radicalmente elegidos, redimidos y congregados en Cristo”, dice la Constitución 7, citando la carta a los Romanos. También hemos comprendido que si el Señor ha dado su vida para la redención del mundo, ¿qué otra cosa podemos hacer nosotros sino dar también la vida por esa redención abundante?

 

 

Noel Londoño, CSsR.

Guadalajara de Buga


[1] Apuntes sacados de los escritos del Cardenal Petrucci.

[2] Esta expresión es común en la correspondencia de los primeros redentoristas.

[3] Archivo General CSSR, XVII, citado por F. Jones, Alphonsus de Liguori. The Saint of Bourbon Naples, 1696-1787, Dublin 1992, 498-499.

[4] A. Sampers, “Quelques détails communiqués par St. Alphonse en 1758 concernant sa jeunesse”, en SHCSR 28 (1980) 469-476; H. Arboleda, “S. Alfonso Maria de Liguori racconta la storia della sua vocazione”, en  SHCSR 39 (1992) 259-267.

[5] Manuscrito nº. 332, escrito alrededor de 1740.

[6] En otro texto antiguo, que responde a las mismas inquietudes, dice: “Queridos hermanos, ha llegado la misión. Es Jesucristo que los llama y dice: ‘Conviértanse a mí y yo me volveré a ustedes’.  Pecadores, ustedes me han dado la espalda, pero ahora, si regresan a mí, yo los quiero abrazar. Ah, que no haya entre ustedes ningún ingrato que a las ofensas hechas antes a Dios añada ahora el desprecio del perdón que Dios le ofrece”: Selva, Del sentimiento di giorno, IV.

[7] Avisos sobre la vocación religiosa, consideración 13.

[8] El hecho de que, con un único libro sobre la Virgen María y diez sobre Jesucristo, se haya escrito más sobre la mariología de san Alfonso que sobre su cristología demuestra que los comentaristas han respondido más a su propio momento histórico que a la teología espiritual del autor estudiado.

[9] El amor de las almas, capítulo XV.

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