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Santos Apóstoeles:
Pedroy Pablo reueguen por nosotros. |
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Autor: P Mariano de Blas
Fuente:
www.catholic.net
Entrevista a San Pedro en el cielo
Vamos a hacer una entrevista a aquel pescador de Galilea llamado
Simón Pedro:
Pregunta: ¿Qué sentiste al negar a Cristo?
Respuesta: Fue el día más triste de mi vida; no se lo deseo a
nadie. Yo era muy duro para llorar, pero ese día lloré a mares; no
lo suficiente, porque toda la vida lloré esa falta. Sin embargo,
por haber negado al Señor un día, lo amé muchísimo más que si
nunca lo hubiera hecho. Esas negaciones fueron un hierro candente
que me traspasó el corazón.
Pregunta: ¿Prefieres el nombre de Pedro al de Simón?
Respuesta: Sí, porque el nombre de Simón me lo pusieron mis
padres; el de Pedro, Cristo. Además, es un nombre que encierra un
gran significado. Por un lado me hace feliz que Él me haya hecho
piedra de su Iglesia; por otro lado, me produce gran confusión,
porque yo no era roca, sino polvo vil. Cristo ya no me llama
Simón, Él prefiere llamarme roca; y en el cielo todos me llaman
Pedro.
Mi antiguo nombre ya se me olvidó. Cuando pienso en mi nuevo
nombre, cuando me llaman Pedro, inmediatamente pienso en la
Iglesia. Me llaman así con un sentido muy particular los demás
vicarios de Cristo que me han seguido, y yo siento ganas de
llamarles con el mismo nombre, porque todos somos piedra de la
misma cantera, todos sostenemos a la Iglesia.
Pregunta: ¿Por qué dijiste al Señor aquellas palabras: «Señor, a
quién iremos, si Tú tienes palabras de vida eterna»?
Respuesta: Me salieron del corazón. La situación era apurada, y
había que hacer algo por el Maestro; veía a mis compañeros
indecisos, y sentí la obligación de salvar la situación y confiar;
por eso dije en plural: «¿A quien iremos Señor? Tú tienes palabras
de vida eterna». Yo mismo no comprendía en ese tiempo muchas cosas
del Maestro. Ni pienses que entendía la Eucaristía, pero dejé
hablar al corazón, y el corazón me habló con la verdad.
Yo amaba apasionadamente al Maestro y aproveché aquel momento
supremo para decir bien claro y bien fuerte: «Yo me quedo
contigo». Y, de lo que entonces dije, nunca me arrepentí.
Pregunta: ¿Qué sentiste cuando Cristo Resucitado se te apareció?
Respuesta: Es difícil, muy difícil de expresar, pero lo ntentaré.
Por un segundo creí ver un fantasma, luego sentí tal alegría que
quise abrazarlo con todas mis fuerzas. «¡Es Él!» pensé, pero luego
sentí cómo se me helaba la sangre, y quedé petrificado sin
atreverme a mover. Él fue quien me abrazó con tal ternura, con tal
fuerza... Y oí muy claras sus palabras: «Para mí sigues siendo el
mismo Pedro de siempre».
Pregunta: ¿Qué consejo nos das a los que seguimos en este mundo?
Respuesta: Puedo decirles que mi actual sucesor, Juan Pablo II, es
de los mejores. Hasta aquí han llegado esos gritos: «¡Juan Pablo
II, te quiere todo el mundo!» Háganle caso y les irá mejor.
Pedro es el típico hombre, humilde de nacimiento, que se hizo
grande al contacto con Cristo. El típico hombre, pecador como
todos, pero que, arrepentido de su pecado, logró una santidad
excelsa.
Entrevista en el cielo a San Pablo
Quisiéramos hoy hacerle algunas preguntas al fariseo Pablo de
Tarso.
Pregunta: ¿Qué sentiste en el camino hacia Damasco, caído en el
suelo, tirado en el polvo?
Respuesta: Yacía por tierra, convertido en polvo, todo mi pasado.
Mis antiguas certezas, la intocable ley mosaica, mi alma de
fariseo rabioso, toda mi vida anterior estaba enterrada en el
polvo.
Fue cuestión de segundos. Del polvo emergía poco a poco un hombre
nuevo. Los métodos fueron violentos, tajantes, «es duro dar coces
contra el aguijón», pero sólo así podía aprender la dura lección.
En el camino hacia Damasco me encontré con el Maestro un día que
nunca olvidaré.
Aquella voz y aquel Cristo de Damasco se me clavaron como espada
en el corazón. Cristo entró a saco en mi castillo rompiendo
puertas, ventanas; una experiencia terrible; pero considero aquel
día como el más grande de mi vida.
Pregunta: ¿Sigues diciendo que todo lo que se sufre en este mundo
es juego de niños, comparado con el cielo?
Respuesta: Lo dije y lo digo. Durante mi vida terrena contemplé el
cielo por un rato; ahora estaré en él eternamente. El precio que
pagué fue muy pequeño. El cielo no tiene precio. ¡Qué pena da ver
a tantos hombres y mujeres aferrados a las cosas de la tierra,
olvidándose de la eternidad!
Vale la pena sufrir sin fin y sin pausa para conquistar el cielo.
El Cristo de Damasco será mío para siempre; llegando aquí lo
primero que le he dicho al Señor ha sido: «Gracias Señor, por
tirarme del caballo»; pues Él me pidió disculpas por la manera
demasiado fuerte de hacerlo.
Pregunta: ¿Qué querías decir con aquellas palabras: “¿Quién me
arrancará del amor a Cristo?”
Respuesta: Lo que las palabras significan: que estaba seguro de
que nada ni nadie jamás me separaría de Él, y así fue. Y, si en la
tierra pude decir con certeza estas palabras, en el cielo las
puedo decir con mayor certeza todavía.
El cielo consiste en: “Cristo es mío, yo soy de Cristo por toda la
eternidad” ¿Sabes lo que se siente, cuando Él me dice: «Pablo,
amigo mío?».
Pregunta: Un día dijiste aquellas palabras: “Sé en quién he creído
y estoy tranquilo”. Explícanos el sentido.
Respuesta: Cuando llegué a conocerlo, no pude menos de seguirlo,
de quererlo, de pasarme a sus filas; porque nadie como Él de
justo, de santo, de verdadero.
Supe desde el principio que no encontraría otro como Él, que nadie
me amaría tanto como aquél que se entregó a la muerte y a la cruz
por mí.
Pregunta: ¿Un consejo desde el cielo para los de la tierra?
Respuesta: Uno sólo, y se los doy con toda la fuerza: “Déjense
atrapar por el mismo Señor que a mi me derribó en Damasco”.
Si todos los enemigos del cristianismo fueran sinceros como Pablo
de Tarso, un día u otro, la caída de un caballo, una experiencia
fuerte o una caricia de Dios les haría exclamar como él: «Señor,
¿qué quieres que haga?».
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