Entrevista a Juan Pablo Magno
DVDomingo Vásquez, C.Ss.R.
JP: Juan Pablo II
Querido
Juan Pablo
II ¡Qué bueno que viniste a esta cita! Y gracias por concedernos esta
entrevista, desde ya estoy seguro que será de mucho provecho para mis lectores.
DV: Desde
el principio de tu pontificado viene hablándonos de la Civilización del Amor,
háblanos un poco sobre el amor.
JP:
“El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí
mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela
el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio,
si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como he
dicho en otras ocasiones, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es
—si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En
esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor
propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es
«confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo! «Ya
no es judío ni griego: ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer,
porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús». El hombre que quiere comprenderse
hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser
inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su
inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida
y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con
todo su ser, debe «apropiarse» y asimilar toda la realidad de la Encarnación y
de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo
proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de
profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del
Creador, si ha «merecido tener tan grande Redentor», si «Dios ha dado a su
Hijo», a fin de que él, el hombre, «no muera sino que tenga la vida eterna»!
DV: A tu
juicio ¿cuál es la tarea fundamental de la Iglesia?
JP: El
cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la
nuestra es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia
de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a
tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo
Jesús. Contemporáneamente, se toca también la más profunda obra del hombre, la
esfera —queremos decir— de los corazones humanos, de las conciencias humanas y
de las vicisitudes humanas.
“Con la apertura realizada por el Concilio Vaticano II, la Iglesia
y todos los cristianos han podido alcanzar una conciencia más completa del
misterio de Cristo, «misterio escondido desde los siglos» en Dios, para ser
revelado en el tiempo: en el Hombre Jesucristo, y para revelarse continuamente,
en todos los tiempos. En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a
la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella y, al mismo tiempo, en
Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de
su elevación, del valor trascendental de la propia humanidad, del sentido de su
existencia”. (Redemptor Hominis, Encíclica del 4 de marzo de 1979 # 10 y 11).
DV:
Recuerdo que al inicio de este milenio nos hablaste de “hacer de la
Iglesia la casa y la escuela de la Comunión” ¿Qué significa eso?
JP: También
aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado
dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas
concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión,
proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el
hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas
consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las
comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del
corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y
cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a
nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de
sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto,
como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus
sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle
una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también
capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y
valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además de ser un don para el
hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión
es saber « dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (Cfr.
Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos
asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y
envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco
servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios
sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento”
(Novo Millennio Ineunte, Carta Apostólica del 6 de enero de 2001, # 43).
DV: Juan
Pablo, tu fuiste un extraordinario promotor del ecumenismo, inclusive, dedicaste
una encíclica (Ut unum sint) a este tema ¿nos podría contar tu experiencia?
JP: Este fue
un tema prioritario para mí, tus sabes que yo vengo de un país que es frontera
con el mundo Ortodoxo. La mayor parte de los eslvos, es decir, del grupo
lingüístico al que pertenezco son Ortodoxos. Hice todo lo que estaba a mi
alcance para que Europa respire con sus dos pulmones: el Occidental y el
Oriental. Lo vi como necesario para enriquecer el Occidente paganizado con la
espiritualidad oriental.
En
definitiva, el Gran Jubileo del año 2000, que tu bien recuerdas, nos ha hecho
tomar una conciencia más viva de la Iglesia como misterio de unidad. «Creo en
la Iglesia, que es una»: esto que manifestamos en la profesión de fe tiene su
fundamento último en Cristo, en el cual la Iglesia no está dividida (1 Co
1,11-13). Como Cuerpo suyo, en la unidad obtenida por los dones del Espíritu, es
indivisible. La realidad de la división se produce en el ámbito de la historia,
en las relaciones entre los hijos de la Iglesia, como consecuencia de la
fragilidad humana para acoger el don que fluye continuamente del Cristo-Cabeza
en el Cuerpo místico. En esta perspectiva de renovado camino post jubilar, miro
con gran esperanza a las Iglesias de Oriente, deseando que se recupere
plenamente ese intercambio de dones que ha enriquecido la Iglesia del primer
milenio. El recuerdo del tiempo en que la Iglesia respiraba con « dos pulmones»
ha de impulsar a los cristianos de oriente y occidente a caminar juntos, en la
unidad de la fe y en el respeto de las legítimas diferencias, acogiéndose y
apoyándose mutuamente como miembros del único Cuerpo de Cristo ” (Novo Millennio
Ineunte, # 48).
DV: En el
año 1992, en la celebración de los 500 años de la evangelización en América
Latina, participaste de la IV Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, reunión que se efectuó en Santo Domingo, capital de la
República Dominicana, país que visitaste en tres ocasiones. Allí nos hablaste
de la necesidad de una nueva evangelización, aunque el tema no es nuevo ya San
Clemene Hofbauer,
hace más de 200 años nos dijo “Hay que anunciar de nuevo el Evangelio” ¿qué
significó para ti esta reunión de los obispos latinoamericanos?
JP: “Esta
Conferencia se reúne para celebrar a Jesucristo, para dar gracias a Dios
por su presencia en estas tierras de América, donde hace ahora 500 años comenzó
a difundirse el mensaje de la salvación; se reúne para celebrar la implantación
de la Iglesia, que durante estos cinco siglos tan abundantes frutos de santidad
y amor ha dado en el Nuevo Mundo.
Jesucristo es
la Verdad eterna que se manifestó en la plenitud de los tiempos. Y
precisamente, para transmitir la Buena Nueva a todos los pueblos, fundó su
Iglesia con la misión específica de evangelizar. «Vayan por todo el mundo
y proclamen el evangelio a toda creatura» (Mc 16,15). Se puede decir que
en estas palabras está contenida la proclama solemne de la evangelización.
Así pues, desde el día en que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo, la
Iglesia inició la gran tarea de la evangelización. San Pablo lo expresa
en una frase lapidaria y emblemática: «Evangelizare Iesum Christum»,
«anunciar a Jesucristo» (Ga 1,16). Esto es lo que han hecho los
discípulos del Señor, en todos los tiempos y en todas la latitudes del mundo”
(Discurso Inaugural IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en
Santo Domingo, 12 de octubre de 1992, citado como Santo Domingo 92, 2).
“La nueva
evangelización es la idea central de toda la temática de esta Conferencia. Desde
mi encuentro en Haití con los Obispos del CELAM en 1983 he venido poniendo
particular énfasis en esta expresión, para despertar así un nuevo fervor y
nuevos afanes evangelizadores en América y en el mundo entero; esto es, para dar
a la acción pastoral "un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de
evangelización, en una Iglesia todavía más arraigada en la fuerza y en el poder
perennes de Pentecostés" (Evangelii nuntiandi, 2).
DV: ¿Qué
significa eso que hay que hacer un nuevo evangelio?
JP: La nueva evangelización
no consiste en un "nuevo evangelio", que surgiría siempre de nosotros mismos, de
nuestra cultura, de nuestros análisis de las necesidades del hombre. Por ello,
no sería "evangelio", sino mera Invención humana, y no habría en él salvación.
Tampoco consiste en recortar del Evangelio todo aquello que parece difícilmente
asimilable para la mentalidad de hoy. No es la cultura la medida del Evangelio,
sino Jesucristo la medida de toda cultura y de toda obra humana. No, la nueva
evangelización no nace del deseo "de agradar a los hombres" o de "buscar su
favor" (Gál 1,10), sino de la responsabilidad para con el don que Dios
nos ha hecho en Cristo, en el que accedemos a la verdad sobre Dios y sobre el
hombre, y a la posibilidad de la vida verdadera.
La novedad no
afecta al contenido del mensaje evangélico que es inmutable, pues Cristo es "el
mismo ayer, hoy y siempre". Por esto, el evangelio ha de ser predicado en plena
fidelidad y pureza, tal como ha sido custodiado y transmitido por la Tradición
de la Iglesia. Evangelizar es anunciar a una persona, que es Cristo. En efecto,
no hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina,
la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazareth, Hijo de Dios
(Evangelii nuntiandi, 22).
La nueva
evangelización ha de dar, pues, una respuesta integral, pronta, ágil, que
fortalezca la fe católica, en sus verdades fundamentales, en sus dimensiones
individuales, familiares y sociales. (Santo Domingo 92, 2).
A ejemplo del
Buen Pastor, han de apacentar el rebaño que le ha sido confiado y defenderlo de
los lobos rapaces. Causa de división y discordia en sus comunidades eclesiales
son -lo saben bien- las sectas y movimientos «pseudo-espirituales» de que
habla el Documento de Puebla (n. 628), cuya expansión y agresividad urge
afrontar” (Santo Domingo, 92, 6 y 7.11 y 12).
DV: La
lucha por la paz y la justicia fue una de tus principales banderas a todo lo
largo y ancho de tu pontificado, esta lucha te mereció el título, y con sobrada
razón, de Peregrino de la paz ¿qué nos diría al respecto?
JP: “En este tiempo amenazado por la
violencia, por el odio y por la guerra, testimonien que Él y sólo Él puede dar
la verdadera paz al corazón del hombre, a las familias y a los pueblos de la
tierra. Esfuércense por buscar y promover la paz, la justicia y la fraternidad.
Y no olviden la palabra del Evangelio: ‘Bienaventurados los que trabajan por la
paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios’ (Mt 5,9).
La paz y la
violencia germinan en el corazón del hombre, sobre el cual sólo Dios tiene
poder. La violencia jamás resuelve los conflictos, ni siquiera disminuye sus
consecuencias dramáticas. ¡Hombres y mujeres del tercer milenio! Déjenme que
les repita: ¡abran el corazón a Cristo crucificado y resucitado, que viene
ofreciendo la paz! Donde entra Cristo resucitado, con Él entra la verdadera
paz.
Que nadie se
haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea
sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz sino viene acompañada de
equidad, verdad, justicia, y solidaridad. La verdadera reconciliación entre
hombres enfrentados y enemistados solo es posible, si se dejan reconciliar al
mismo tiempo con Dios. Recuerden lo que una vez les dije: No hay paz sin
justicia, no hay justicia sin perdón".
DV: Bueno,
Juan Pablo, ya el tiempo se nos está terminando a mi me quedan todavía muchas
preguntas por hacerte, referente a muchos temas, por ejemplo: la familia, la
oración, María, el Rosario, la cruz, el sufrimiento, la vida, la libertad, entre
otros, ya para terminar, la juventud fue tu gran pasión, por los jóvenes te
desviviste, algunos te han llamado el Papa de los jóvenes y yo en nombre de
ellos quiero darte las gracias por tu servicio y tu apoyo a nuestros jóvenes.
¿qué mensaje le quiere dejar a la población juvenil.
JP:
A los jóvenes les repito aquí lo que les dije en la Jornada
Mundial de la Juventud en el 25 de julio del año 2002, cuando nos congregamos en
Toronto: “Ustedes son la sal de la tierra... Ustedes son la luz del mundo, (Mt
5, 13-14). ¡La Iglesia los mira con confianza, y espera que sean el pueblo de
las bienaventuranzas!
No teman
responder generosamente al llamado del Señor. Dejen que su fe brille en el
mundo, que sus acciones muestren su compromiso con el mensaje salvífico del
Evangelio!
También
ustedes, queridos jóvenes, se enfrentan al sufrimiento: la soledad, los fracasos
y las desilusiones en su vida personal; las dificultades para adaptarse al mundo
de los adultos y a la vida profesional; las separaciones y los lutos en sus
familias; la violencia de las guerras y la muerte de los inocentes. Pero sepan
que en los momentos difíciles, que no faltan en la vida de cada uno, no están
solos: como a Juan al pie de la Cruz, Jesús les entrega también a ustedes su
Madre, para que los conforte con su ternura.
Queridos
jóvenes, sólo Jesús conoce su corazón, sus deseos más profundos. Sólo Él, que
los ha amado hasta la muerte, (cfr Jn 13,1), es capaz de colmar sus
aspiraciones. Sus palabras son palabras de vida eterna, palabras que dan sentido
a la vida. Nadie fuera de Cristo podrá darles la verdadera felicidad.
Ahora más que
nunca es urgente que sean los “centinelas de la mañana”, los vigías que anuncian
la luz del alba y la nueva primavera del Evangelio, de la que ya se ven los
brotes. La humanidad tiene necesidad imperiosa del testimonio de jóvenes libres
y valientes, que se atrevan a caminar contra corriente y a proclamar con fuerza
y entusiasmo la propia fe en Dios, Señor y Salvador” (Mensaje del Santo Padre
Juan Pablo II para la XVIII Jornada Mundial de la Juventud. 25 de julio 2002).
DV:
Gracias Juan Pablo Magno por tu tiempo dedicado, me despido con la esperanza de
que en otro momento y en otro lugar nos
encontremos para seguir dialogando sobre esos temas mencionados anteriormente.
Desde esta
página me uno al grito popular: “Santo Subito”
P. Domingo Vásquez Morales, C.Ss.R.