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Mi testimonio
Herminia
Maisonave |
Mi nombre
es Herminia Maisonave, vivo en Aguada, Puerto Rico
junto a mi esposo Jorge Ramos y nuestro hijo Jorge
Iván. Mi deseo ha sido siempre conocer cada día más
del amor de Jesucristo y mantenerme en su presencia,
pero al igual que Saulo de Tarso estuve ciega hasta
que me encontré con La Verdad. Jesús quitó las escamas
de mis ojos y me enseñó que por sus frutos los
conoceréis...
Cuando tenía 16 años de edad conocí verdaderamente a
mi amado Jesús, amoroso, dulce, bueno misericordioso,
fiel y tantas cosas hermosas que mi corazón estaba a
punto de estallar y le entregué mi corazón. Me
encerraba en mi cuarto a leer Su Palabra, quería estar
a solas disfrutando de su presencia, era mi primer
amor. No era un Cristo muerto, era un Cristo vivo que
había dado su vida por mí en una cruz pero había
vencido a la muerte cuando resucitó y ahora estaba
vivo en mí, quería dar mi vida por completo a él,
estaba enamorada de Jesús. En mi razonamiento de esa
época pensaba que la mejor forma era ser monja en un
convento o ser una de las monjas de Maryknoll que son
misioneras, pensaba que así dedicaría mi vida por
completo a Jesús.
Terminé la Escuela Superior y comencé en la
Universidad (RUM). Allí pertenecía al GAC (Grupo de
apostolado Católico) y convencí a mi hermano para que
entrara al grupo también, ese grupo me sirvió de gran
apoyo en mis años universitarios. Recuerdo que
admiraba y respetaba especialmente a Albert, un gran
amigo, era ejemplo para todos, seriamente alegre, un
joven consagrado a Dios. Teníamos estudios bíblicos
los jueves en la noche con un sacerdote (Padre Julio)
muy bueno y muy paciente. A este sacerdote casi lo
volvía loco con mis preguntas. Tenía hambre de Dios y
muchos deseos de conocer la verdad.
Cuando
terminé la universidad y comencé a trabajar, me aparté
de la iglesia, todo comenzó por mis horarios de
trabajo. La primera semana que falté a la iglesia
sentí morirme, luego sucedió otras veces porque tenía
que trabajar los sábados y domingos frecuentemente.
Sucede que cuando uno permite que el trabajo
interfiera con los compromisos de la iglesia, eso
gradualmente va produciendo un enfriamiento y cuando
uno se da cuenta ya uno se ha alejado por completo de
la iglesia, se siente como hoja seca.
Comencé a
faltar a la Misa un domingo, luego dos y muchos otros
más hasta dejar de congregarme por completo. Además,
aunque no quería admitirlo sentía cierto enojo con
Dios porque me habían diagnosticado Lupus justo recién
comencé a ejercer mi profesión. Dejé de alimentarme
del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Sagrada
Eucaristía y entonces mi vida se fue secando como una
hoja. Una amiga un día me confrontó y me dijo "ya no
eres la misma, no lo quieres admitir pero parece que
estás enojada con Dios por lo de tu enfermedad." Me
di cuenta que de Hija de María me había convertido en
una hija de Eva y por tal razón cometí luego tantas
locuras, tantas decisiones a la ligera, corrí tras
vientos de doctrinas de hombres y me alejé de la
Primera Iglesia Apostólica de Jesucristo.
El haberme
apartado de la iglesia me llevó a tomar decisiones en
mi vida que no fueron sabias, pues estaban en contra
de la voluntad de Dios. En esa época mis amistades no
eran cristianas, sólo algunas. Pero recuerdo que había
una semilla en mi que Jesús había sembrado a través de
su palabra, cuando lo conocí a los 16 años, en que me
decía "estás mal, vuelve a los caminos de Dios". A
veces escuchaba ese llamado de "ven a mí' y eso me
inquietaba. Era mi Jesús llamándome, mi primer amor.
Me inquietaba porque estaba contristando su Santo
Espíritu al resistirme al llamado de mi amado. En esa
época conocí al que es hoy mi esposo. Fue un amor a
primera vista, un flechazo inmediato. Nuestro noviazgo
fue muy corto, tomamos decisiones a la ligera y nos
casamos en la Iglesia Presbiteriana. Pero creo no
estábamos preparados para casarnos en ese momento,
pues no nos conocíamos lo suficiente.
que por sus frutos
los conoceréis
De lejos Yavé se me
apareció. Con amor eterno te he amado:
por eso he reservado
gracia para ti.
Jeremías 31:3
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