"Dando la vida por la abundante Redención"

 

Rep. Dominicana

Puerto Rico

Provincia de San Juan: Puerto Rico y República Dominicana

 

Algo para el crecimiento personal

Fuente: www.scalando.com

Autor: Neptalí Díaz Villán

"Necesitamos descubir las capacidades de los pobres para construir un mundo nuevo. Necesitamos apostarle a una vida sencilla, humilde y en condiciones dignas para todos".

Misioneros Redentoristas Provincia de San Juan

Hola amigos y amigas.
Un saludo fraternal para todos y todas.
 
Escribo hoy sencillamente porque quiero. No porque sea el día de San Justino o San Tadeo, ni porque sea fiesta nacional, ni nada por el estilo. No es un escrito metodicamente elaborado, sino solo unos pensamientos…
 
El sábado pasado leí una artículo del escritor colombiano Mario Mendoza y se me ocurre compartirlo con ustedes, junto con unos pensamientos míos sobre el éxito personal. Este tema del éxito me ha estado “quitando el sueño” desde niño. Nos enseñaron a competir hasta ser los primeros. Nos compraban la bicicleta o los patines, nos enviaban de vacaciones a otras ciudades, nos compraban la ropa que queríamos, la grabadora o los zapatos si éramos los mejores.
 
El sistema económico imperante está impulsado por una covicción de competencia, de sobresalir sobre el otro, de demostrar que tengo más capacidades que los demás. De demostrarle al cliente que nuestro producto es el mejor así no sea cierto. Con una meta: el dinero, el dominio, el éxito.
 
Lo malo no es el éxito personal, alcanzar la metas, o la riqueza en sí. Lo que causa el caos es alcanzar el éxito personal y económico, sacrificando la dignidad de mucha gente, y otras dimensiones humanas, maximizando la riqueza como meta última de la vida.
 
En medio de todo un mundo de éxito, impulsado socialmente por un proyecto ególatra, se oculta muchas veces la pesadilla humana. Detrás hay una inmadurez afectiva y emocional, una necesidad constante de aprobación y un profundo vacío existencial que obliga a las personas a buscar llenarse de diplomas, condecoraciones, reconocimiento, dinero y poder.
 
Actualmente el paradigma del hombre feliz, es el que tiene poder, dinero e influencia. El que manda y domina, inclusive aplastando a los demás. Pero ese estilo de vida genera caos, pues si todos aspiramos a ser ricos nos destruimos, nos convertimos en lobos para nosotros mismos. Nunca antes la humandiad había tenido tantas posibilidades para acabar con el hambre, la miseria y otros males. Pero las ganas del éxito individual, el deseo de dar resultados de llenar y agrandar las arcas, la codica y el dinero, poderoso caballero, siguen impidiendo la utopía de un mundu justo y fraterno.
 
Necesitamos cambiar de paradigmas. Creo que en esto, el hermoso testimonio de Jesús nos puede dar algunas luces. Jesús no felicitó los poderosos que aplastaban y oprimían, sino los pobres en el espíritu (Mt 5,3) que valoraban al ser humano, que compartían y no comulgaban con la injusticia. Mucho cuidado porque felicitar a los pobres en el espíritu no es una invitación a aceptar la miseria y el sufrimiento como valores máximos. Un pobre en el espíritu no es aquivalente a un espíritu mediocre y sin visión.
Podemos tener una formación sólida, una economía estable, sabiendo que la mayor riqueza es la calidad humana que consturimos. De esta manera, realizar procesos distintos no excluyentes, ni generadores de miseria; proyectos (ecomómicos, sociales, políticos, religiosos, etc.) que generen vida, justicia y alegría para todos. Podemos constuir una humanidad sustentada en en el valor de la persona humana y su dignidad, en su ser más que en su tener.
 
Necesitamos descubir las capacidades de los pobres para construir un mundo nuevo. Necesitamos apostarle a una vida sencilla, humilde y en condiciones dignas para todos. Necesitamos tomar conciencia de nuestra realidad limitada; realidad que compartimos con todos los humanos. Necesitamos valorar la vida y las personas por encima de las cosas y reconocer la necesidad de los otros y del OTRO.
 
Creo que me estoy alargando mucho… ahí va el artículo de Mario Mendoza:
 
EXITOSOS Y PERDEDORES
Por Mario Mendoza

Hay algo trivial en la obsesión por el éxito. Quien la padece negocia cualquier principio con tal de alcanzar prestigio.

La exigencia del éxito ejerce desde los más tempranos años escolares una presión indebida en los niños. No se les enseña el amor al conocimiento, el placer de enterarse de asuntos reveladores, la maravilla que es saber y asombrarse, el equilibrio interior que otorga el pensamiento.

No, se les exige otra cosa: resultados en las calificaciones, cifras verificables. Y las consecuencias son un desastre: niños muchas veces brillantes aplastados por el peso de una educación efectista y mediocre.

Más tarde, durante la juventud, la presión se acrecienta. Hay que ser exitoso, hay que brillar, hay que sobresalir. Y entonces entran en esa carrera absurda por títulos inútiles que hoy en día reemplazan los títulos nobiliarios de la antigua aristocracia: condes, marqueses, duques.

Hoy en día esos títulos han cambiado, ahora se llaman posgrados, maestrías, doctorados. Como si el título en sí mismo otorgara lucidez y compromiso intelectual.

No, hay que estudiar no para tener esos cartones ni para ascender en las escalas trazadas, sino por amor a lo que se hace, por la dicha de entregarse a una disciplina por la que se siente pasión, por el placer de ir fundando con el mundo lazos cada vez más sólidos e imperecederos. Pero eso ya nadie lo enseña.

Y después, en la madurez, vemos entonces a esos arribistas luchando a toda costa por abrirse paso y cumplir como sea el sueño del éxito que les inculcaron desde niños. Penoso. Hacen cualquier cosa por alcanzar un cargo, sólo se relacionan con gente importante, quieren ser agradables con todo el mundo, son simpáticos.

Creo que muchas veces es exactamente al revés. Los hombres de éxito despiden un aire de importancia que siempre me ha parecido repulsivo, trivial, falso. En su gran mayoría, son personas débiles y sumisas que nunca han tenido el coraje para rebelarse, para decir no, para elegir un camino independiente que no haya sido trazado por el sistema.

Son existencias planas, chatas, rectilíneas, que en el camino han dejado todo pudor y que están dispuestos a negociar cualquier principio con tal de alcanzar prestigio, reconocimiento, dinero, estatus social. Casi siempre detrás de un éxito de ese estilo hay una gran suma de incapacidades y fracasos.

En cambio, el perdedor es por lo general un individuo complejo, rebelde, sinuoso, creativo, que se pregunta por todo y que no puede adaptarse a aquello que considera injusto e inútil, con una mentalidad que no cabe en los moldes establecidos, que ha decidido alejarse del rebaño; y las demás ovejas no le perdonan esa actitud y tarde o temprano terminan atacándolo y haciéndole pagar muy caro su deseo de mantenerse al margen.

En el fracasado hay una alta dosis de talento y de poesía que en el triunfador se transforma en mansedumbre y aburrimiento.

Hay un tipo de inteligencia normal, acartonada, obediente, que sigue las reglas y que por consiguiente alcanza buenas posiciones en la sociedad y grandes honores.

Pero la inteligencia desmesurada, que siempre va acompañada de una actitud anárquica, el verdadero talento, vive la realidad como una camisa de fuerza, como un elemento incómodo y mal elaborado.

El auténtico pensador se siente fuera de lugar y no encaja en las reglas que los demás respetan e incluso veneran. Razón por la cual siempre está buscando ir un poco más allá, siempre trasciende los límites, siempre está en proceso de no adaptarse. El problema es que eso no nos lo enseñan por una razón muy sencilla: porque es mucho más difícil.

 

 Envíale un comentario al autor: neptalidv@yahoo.com

 

 

 

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Fecha de la última actualización: 06/02/2006 10:28:31 p.m.

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