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"Necesitamos
descubir las capacidades de los pobres para construir un
mundo nuevo. Necesitamos apostarle a una vida sencilla,
humilde y en condiciones dignas para todos". |
Misioneros Redentoristas
Provincia de San Juan |
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Hola amigos y amigas.
Un saludo fraternal para todos y todas.
Escribo hoy sencillamente porque quiero. No
porque sea el día de San Justino o San Tadeo, ni porque sea
fiesta nacional, ni nada por el estilo. No es un escrito
metodicamente elaborado, sino solo unos pensamientos…
El sábado pasado leí una artículo del escritor colombiano Mario
Mendoza y se me ocurre compartirlo con ustedes, junto con unos
pensamientos míos sobre el éxito personal. Este tema del éxito
me ha estado “quitando el sueño”
desde niño. Nos enseñaron a competir hasta ser los primeros. Nos
compraban la
bicicleta
o los patines, nos enviaban de vacaciones a otras ciudades, nos
compraban la ropa que queríamos, la grabadora o los zapatos si
éramos los mejores.
El sistema económico imperante está impulsado por
una covicción de competencia, de sobresalir sobre el otro, de
demostrar que tengo más capacidades que los demás. De
demostrarle al cliente que nuestro producto es el mejor así no
sea cierto. Con una meta: el dinero, el dominio, el éxito.
Lo malo no es el éxito personal, alcanzar la
metas, o la riqueza en sí. Lo que causa el caos es alcanzar el
éxito personal y económico, sacrificando la dignidad de mucha
gente, y otras dimensiones humanas, maximizando la riqueza como
meta última de la vida.
En medio de todo un mundo de éxito, impulsado
socialmente por un proyecto ególatra, se oculta muchas veces la
pesadilla humana. Detrás hay una inmadurez afectiva y emocional,
una necesidad constante de aprobación y un profundo vacío
existencial que obliga a las personas a buscar llenarse de
diplomas, condecoraciones, reconocimiento, dinero y poder.
Actualmente el paradigma del hombre feliz, es el
que tiene poder, dinero e influencia. El que manda y domina,
inclusive aplastando a los demás. Pero ese estilo de vida genera
caos, pues si todos aspiramos a ser ricos nos destruimos, nos
convertimos en lobos para nosotros mismos. Nunca antes la
humandiad había tenido tantas posibilidades para acabar con el
hambre, la miseria y otros males. Pero las ganas del éxito
individual, el deseo de dar resultados de llenar y agrandar las
arcas, la codica y el dinero, poderoso caballero, siguen
impidiendo la utopía de un mundu justo y fraterno.
Necesitamos cambiar de paradigmas. Creo que en esto, el hermoso
testimonio de Jesús nos puede dar algunas luces. Jesús no
felicitó los poderosos que aplastaban y oprimían,
sino los
pobres en el espíritu
(Mt 5,3) que valoraban al ser humano, que compartían y no
comulgaban con la injusticia. Mucho cuidado porque felicitar a
los
pobres en el espíritu
no es una invitación a aceptar la miseria y el sufrimiento como
valores máximos. Un pobre en el espíritu no es aquivalente a un
espíritu mediocre y sin visión.
Podemos tener una formación sólida, una economía estable,
sabiendo que la mayor riqueza es la calidad humana que
consturimos. De esta manera, realizar procesos distintos no
excluyentes, ni generadores de miseria; proyectos (ecomómicos,
sociales, políticos, religiosos, etc.) que generen vida,
justicia y alegría para todos. Podemos constuir una humanidad
sustentada en en el valor de la persona humana y su dignidad, en
su ser más que en su tener.
Necesitamos descubir las capacidades de los
pobres para construir un mundo nuevo. Necesitamos apostarle a
una vida sencilla, humilde y en condiciones dignas para todos.
Necesitamos tomar conciencia de nuestra realidad limitada;
realidad que compartimos con todos los humanos. Necesitamos
valorar la vida y las personas por encima de las cosas y
reconocer la necesidad de los otros y del OTRO.
Creo que me estoy alargando mucho… ahí va el
artículo de Mario Mendoza:
EXITOSOS Y
PERDEDORES
Por Mario Mendoza
Hay algo
trivial en la obsesión por el éxito. Quien la padece negocia
cualquier principio con tal de alcanzar prestigio.
La
exigencia del éxito ejerce desde los más tempranos años
escolares una presión indebida en los niños. No se les enseña el
amor al conocimiento, el placer de enterarse de asuntos
reveladores, la maravilla que es saber y asombrarse, el
equilibrio interior que otorga el pensamiento.
No, se les exige otra cosa: resultados en las calificaciones,
cifras verificables. Y las consecuencias son un desastre: niños
muchas veces brillantes aplastados por el peso de una educación
efectista y mediocre.
Más tarde, durante la juventud, la presión se acrecienta. Hay
que ser exitoso, hay que brillar, hay que sobresalir. Y entonces
entran en esa carrera absurda por títulos inútiles que hoy en
día reemplazan los títulos nobiliarios de la antigua
aristocracia: condes, marqueses, duques.
Hoy en día esos títulos han cambiado, ahora se llaman posgrados,
maestrías, doctorados. Como si el título en sí mismo otorgara
lucidez y compromiso intelectual.
No, hay que estudiar no para tener esos cartones ni para
ascender en las escalas trazadas, sino por amor a lo que se hace,
por la dicha de entregarse a una disciplina por la que se siente
pasión, por el placer de ir fundando con el mundo lazos cada vez
más sólidos e imperecederos. Pero eso ya nadie lo enseña.
Y
después, en la madurez, vemos entonces a esos arribistas
luchando a toda costa por abrirse paso y cumplir como sea el
sueño del éxito que les inculcaron desde niños. Penoso. Hacen
cualquier cosa por alcanzar un cargo, sólo se relacionan con
gente importante, quieren ser agradables con todo el mundo, son
simpáticos.
Creo que muchas veces es exactamente al revés. Los hombres de
éxito despiden un aire de importancia que siempre me ha parecido
repulsivo, trivial, falso. En su gran mayoría, son personas
débiles y sumisas que nunca han tenido el coraje para rebelarse,
para decir no, para elegir un camino independiente que no haya
sido trazado por el sistema.
Son existencias planas, chatas, rectilíneas, que en el camino
han dejado todo pudor y que están dispuestos a negociar
cualquier principio con tal de alcanzar prestigio,
reconocimiento, dinero, estatus social. Casi siempre detrás de
un éxito de ese estilo hay una gran suma de incapacidades y
fracasos.
En
cambio, el perdedor es por lo general un individuo complejo,
rebelde, sinuoso, creativo, que se pregunta por todo y que no
puede adaptarse a aquello que considera injusto e inútil, con
una mentalidad que no cabe en los moldes establecidos, que ha
decidido alejarse del rebaño; y las demás ovejas no le perdonan
esa actitud y tarde o temprano terminan atacándolo y haciéndole
pagar muy caro su deseo de mantenerse al margen.
En
el fracasado hay una alta dosis de talento y de poesía que en el
triunfador se transforma en mansedumbre y aburrimiento.
Hay un tipo de inteligencia normal, acartonada, obediente, que
sigue las reglas y que por consiguiente alcanza buenas
posiciones en la sociedad y grandes honores.
Pero la inteligencia desmesurada, que siempre va acompañada de
una actitud anárquica, el verdadero talento, vive la realidad
como una camisa de fuerza, como un elemento incómodo y mal
elaborado.
El
auténtico pensador se siente fuera de lugar y no encaja en las
reglas que los demás respetan e incluso veneran. Razón por la
cual siempre está buscando ir un poco más allá, siempre
trasciende los límites, siempre está en proceso de no adaptarse.
El problema es que eso no nos lo enseñan por una razón muy
sencilla: porque es mucho más difícil.
Envíale
un comentario al autor:
neptalidv@yahoo.com

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