No, no tendremos
que reescribir los orígenes del Cristianismo; y la fe de los
creyentes no irá en crisis por la publicación de un fragmento
del así llamado "Evangelio de Judas". Para decirlo enseguida, la
clamorosa presentación en Washington, delante de la prensa
mundial a propósito convocada, es sobre todo una operación
económica y, probablemente, también ideológica.
Historia y
teología entran allí poco, como mucho entre los especialistas
verdaderos ha despertado sólo curiosidad, no han sido,
ciertamente, excitados por una "novedad" que no es tal y que,
ellos, ya conocían. Quizás desde hace más de 1800 años, visto
que hacia el año 180 Ireneo, obispo de Lyon, griego y gran
conocedor del Mediano Oriente, compuso su obra Contra las
herejías. En ella escribe: "Dicen que Judas conoció todas
estas cosas y justo porque sólo él conoció toda la verdad más
que los otros apóstoles, ejecutó el misterio de la traición.
Presentan estas invenciones llamándole el evangelio de Judas".
Los que enseñan así fueron gnósticos pertenecientes a una secta
llamada de los "Cainitas", de Caín, venerado junto a la
Serpiente que tentó a Eva, a Cam, a los Sodomitas, a Esaú y,
también, a Judas. En resumen, todas las figuras negativas de las
Escrituras judeo-cristianas. Poniéndose a semejantes maestros,
los "Cainitas" justificaban todo género de obscenidad y delitos.
Una operación
económica, pues, aquella del jueves 6 de abril, visto que el
National Geographic Magazine está entre las revistas más
rentables del mundo, con ediciones en muchas lenguas. Su
patrocinio de la traducción y la publicación del papiro
encontrado entre las arenas egipcias, no es ciertamente
desinteresada. Millones de dólares vendrán del aumento de las
ventas, de la adquisición del volumen que será propuesto al
adquirir el periódico, del documental ya comprado por muchas
televisiones. Sin contar la enorme publicidad determinada por el
hecho de que los medios de comunicación de cada continente han
citado la noticia. No al azar se han elegido, por el
lanzamiento, los días que preceden la Semana Santa, cuando en
toda la cristiandad resonará el nombre de Judas Iscariote y será
más fácil que se hable de su presunto "evangelio". Si es lícito
un caso personal: ayer, a lo largo de todo el día he tenido que
declinar invitaciones a participar en talk-show’s televisivos
sobre este presunto descubrimiento. Y a mi sorpresa ("¿Pero no
es la semana después de las elecciones italianas, no se
concentrarán en los comentarios?") me replicaban que, sí, la
política hará de dueña, pero la inminencia de la Pascua impone
de insertar en el palimpsesto algo que la concierne. ¿Por qué,
pues, no esta novedad sobre el apóstol que traicionó a Jesús?
Pero el fuerte
olor de dinero ha aleteado enseguida alrededor del papiro emergido
en los años Setenta del valle del Nilo, uno de los pocos
lugares, junto al desierto de Judea, de donde proviene la
biblioteca esénica de Qumràn, dónde la aridez del clima permite
la conservación de materiales tan frágiles. Ya no estamos en el
tiempo en que pastores beduinos cedían a los mercantes de
Jerusalén y del Cairo cántaros llenos de manuscritos a cambio de
pocas monedas de plata. Las bibliotecas de las universidades
europeas, americanas, australianas, y hasta japonesas, se
enfrentan en subastas memorables para adquirir jirones de
manuscritos de los primeros siglos cristianos. Como ya es
costumbre en casos parecidos, no están claras las vicisitudes
comerciales de este "evangelio de Judas", pero parece cierto que
el largo rollo ha sido cortado en dos. Una parte es la que se
presentó en Washington con el máximo clamor, otra parte habrá
quedado custodiada en una caja fuerte: su precio es destinado a
multiplicarse, visto el interés con que ha sido acogida la
primicia .
Operación
económica, digo, pero quizás también ideológica. El Código da
Vinci de Dan Brown sólo es el ejemplo más afortunado de un filón
que, desde hace algún año atrás, parece un río en plena crecida.
Una pseudo-historia, una fanta-exégesis estrujan el ojo al
lector, reprochándole que uno como él no puede aceptar sin más
el cuento de las Iglesias "oficiales" - a empezar de la católica
- sobre los orígenes cristianos. Que en absoluto es como lo
cuentan desde hace demasiados siglos los curas, que saben la
verdad, pero la esconden. Por ejemplo, éstos están dispuestos a
recurrir al homicidio antes que a hacer filtrar las "verdaderas"
relaciones entre Jesús y Maria de Magdalena, con las
consecuencias que ellos han tenido sobre la historia del
Occidente. Como se sabe, ésta es la tesis central de Dan Brown,
que no ha hecho otro que mezclar los contenidos de un cóctel
rancio que ya en el 1988 Umberto Eco puso en burla - tan
ferozmente cuánto inútilmente - en su "Péndulo de Foucault".
Si esto, en todo
caso, es lo que quiere el mercado, ¿cómo no aprovechar un
auténtico "documento secreto", de un trozo de aquellos
"evangelios apócrifos" en el que estaría la verdad oculta, para
engolosinar las masas, empujándolas a comprar periódicos,
libros, ver la película, a lo mejor adquirir camisetas, gorros,
llaveros? Los Dan Brown han reconstruido por vosotros la figura
"auténtica" de la Magdalena, otros aquella de Pietro, de Simón
de Cirene, de Nicodemo, del propio Jesús: aquí tienen ustedes un
Judas como no habrían jamás pensado: un amigote, un bienhechor,
un privilegiado por Dios, otro que el desgraciado traidor del
que les han hablado siempre las iglesias. Papel, más bien
papiro, canta....
La
instrumentalización ideológica de los restos se ha hecho
explícita, en la presentación de Washington, cuando alguien ha
dicho que - con el nuevo, benemérito Iscariote - se cortarán las
uñas al antisemitismo cristiano. Esto, el periódico católico
Avvenire ha comentado, si es verdadero no es otra cosa que "una
demencial intención de favorecer el diálogo con el hebraísmo".
Demencial no sólo porque el cristianismo siempre ha sabido que,
si un apóstol israelita traicionó, los otros once eran
israelitas como él, como lo fueron los 72 discípulos y los
millares de primeros seguidores. Y muchos de aquellos judíos,
hijos de judíos, prefirieron el martirio a la negación. Pero
demencial también porque la secta de los "Cainitas", de donde
viene el fragmento, consideraba el Dios de los judíos como el
Dios malvado, en lucha mortal con aquel bueno, el gnóstico Dios
Supremo. Destruir el Jahvé de las Escrituras fue el objetivo
final de la historia. Y a Judas había que exaltarlo justo como
el campeón atrevido de esta batalla contra el repugnante
Demiurgo semítico. Entonces, a pesar de los engañosos guiños al
"diálogo", este no podrá poner entre sus textos base el papiro
ofrecido a la venta por los editores americanos.
Vittorio
Messori, Corriere della Sera, sábado 8 de abril de 2006