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P. José Cirer Grisales
(De La Consolata).
“Consuelen, consuelen a
mi pueblo, dice Dios, hablen al corazón de Jerusalén,
grítenle que se ha cumplido su condena y que está perdonada
su culpa, pues ha recibido del Señor doble castigo por todos
sus pecados” (Is 40, 1-2)
Tal vez les parezca
raro el inicio de este pequeño informe sobre mi presencia
como misionero de la Consolata en los funerales de los dos
sacerdotes misioneros redentoristas, vilmente asesinados en
el Vichada.
Pues bien, el P.
Salvador Medina me pidió el favor de representar a toda la
Comunidad IMC Colombia-Ecuador en este triste acontecimiento
que enluta a una comunidad cristiana, a una comunidad
religiosa y a toda la Iglesia.
Somos misioneros de la
consolación y qué mejor signo de esta realidad que nuestra
presencia física y espiritual en esta celebración que al
inicio parecía el peregrinar de toda una comunidad cristiana
(la de Salamina y la de Aranzazu) hacia la desesperanza.
En los dos pueblos
había silencio. Se respiraba un aire de dolor, de quietud,
de tristeza, de desesperanza, de desconsuelo, de impotencia.
A las 10 de la mañana
se dio inicio a la celebración en memoria del P. Gabriel
Fernando Londoño en el templo de Nuestra Señora la
Inmaculada de Salamina. Celebración presidida por Mons.
Álvaro Rincón, obispo emérito de Puerto Carreño y 50
sacerdotes. Éramos 50 sacerdotes entre Redentoristas,
delegación de los padres Monfortianos, Vicentinos y de la
Consolata, además 5 sacerdotes diocesanos, entre ellos Mons.
Luis Enrique Hoyos representante del señor Arzobispo y
vicario general de la arquidiócesis de Manizales,
religiosas y seminaristas diocesanos.
A las 2 de la tarde nos
encontramos en el atrio del templo de Nuestra Señora del
Rosario de Aranzazu para la siguiente celebración, presidida
por Mons. Fabio Morales Grisales, obispo emérito de
Mocoa-Sibundoy. Aquí la presencia de sacerdotes diocesanos
fue mucho más numerosa. En total concelebramos 65 sacerdotes
y con la presencia de varias comunidades religiosas
femeninas.
En ambas poblaciones la
comunidad cristiana se hizo presente masivamente.
La expectativa era de
que se condenara tan vil asesinato. Quienes estábamos
presentes nos sintimos realmente consolados por la presencia
espiritual de estos dos misioneros sacrificados en aras del
deseo del enriquecimiento y de quién sabe cuántas cosas más.
El tema central de las
dos homilías fue el del repudio, pero al mismo tiempo se
hizo énfasis en la alegría de luchar por la vida para
contrarrestar el deseo de venganza, de odio, de rencor.
Somos débiles y nuestra convivencia está maltratada por los
conflictos, desaveniencias y ofensas, hasta llegar al punto
crítico de segar la vida de las personas.
La vida en común sólo
es posible cuando los hermanos reparten entre ellos el
perdón que cada uno ha recibido de Dios. Nosotros siempre
estamos poniéndole límites al perdón. Jesús nos invita a
perdonar sin límites, es decir, nuestro perdón debe ser
proporcional al deseo de venganza. Sólo el perdón puede
salvar y cimentar la vida de la comunidad que se compromete
con la justicia (caridad de Dios)
De hecho Mons. Álvaro y
el sacerdote Gustavo, misionero redentorista, hermano del P.
Jesús Ariel Jiménez Soto, invitaron a la comunidad a
trabajar por el perdón, la reconciliación, la paz, la
fraternidad, la solidaridad. A volver los ojos a Dios y a
abrir nuestros corazones a la conversión, al cambio,
aprovechando este tiempo de cuaresma que nos lleva a la
Pascua, y en este momentos estamos pregustando ya la pascua,
porque la muerte de estos dos hermanos en el Señor, son la
pasión que nos lleva la plenitud de la resurrección. Como
signo de este mensaje en el ofertorio los hermanos
encendieron varios cirios para indicar la resurrección de
estos hermanos nuestros en la fe y en el ministerio.
Realmente fue un acontecimiento de mucha consolación, la
consolación que trae Cristo para quienes creen en él.
Cuando el P. Rafael
Prada, superior provincial de la comunidad de los
Redentoristas se dirigió a toda la comunidad la invitó a
celebrar con alegría este sacrifico, y aprovechó la ocasión
para invitar a los niños y jóvenes para que algunos de ellos
hicieran la opción por servir a Cristo y a la Iglesia como
sacerdotes, misioneros, misioneras. En el cementerio de
Salamina un joven se le acercó y le dijo: yo quiero ser
misionero redentorista.
Por eso este peregrinar
de desesperanza se volvió un encuentro de esperanza, de
vida, de perdón, de reconciliación y de consolación.
Realmente el pueblo de Dios peregrinante en este
acontecimiento salió consolado y animado para seguir
aportando hombres y mujeres a la causa del Evangelio aquí y
allá (misión ad gentes). En efecto lo que inició con
tristeza y dolor se transformó en alegría que se manifestó
con un fuerte aplauso y el acompañamiento del cuerpo de
Bomberos de amabas localidades como signo de calmar la sed
de venganza por la sed del perdón, la reconciliación y
apagar el fuego del odio para alimentar el fuego del amor,
de la vida.
En todos los
agradecimientos que se hicieron en el templo siempre
mencionaron a los misioneros de la Consolata por su
solidaridad y presencia en este acontecimiento eclesial.
Coincidió también con el hecho de que muchos misioneros
redentoristas me conocían por mi servicio como Rector del
CEPAF y como compañeros de ministerio pastoral tanto en
Bogotá, Bucaramanga y Manizales.
Al final de cada
eucaristía se leyeron los decretos de las entidades civiles
(Alcaldía, Concejo, Bomberos, Secretaría de Educación del
Vichada, etc.) en las que se exaltó la vida y misión de
estos misioneros.
P.
José Cirer Grisales IMC
Ante nuestros dos
cohermanos asesinados |