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Ante nuestros dos cohermanos asesinados

 

 P. José Rafael Prada Ramírez, CSsR,

 Superior/Animador Provincial de los Misioneros Redentoristas en Colombia.

 

Nuestra querida y martirizada Colombia tiene una de las tasas de violencia (homicidios, secuestros, atracos, corrupción…) más altas del mundo. Pareciera que el Señor Dios, al lado de la maravillosa biodiversidad que ha regalado a este país, hubiera hecho un guiño para que el demonio del desprecio a la vida tuviera más facilidad en su tarea destructiva.

 

Tal vez no haya un país en el mundo con tantos factores de violencia juntos: guerrilla, paramilitares, narcotráfico, corrupción administrativa, falsos positivos militares, delincuencia común, e indolencia de muchos ciudadanos que ya aceptan la pérdida intencional de la vida como un hecho más o menos natural y corriente.

 

Víctimas de esta situación paradójica han sido nuestros dos cohermanos misioneros redentoristas, Ariel Jiménez y Gabriel Montoya, que en plena juventud fueron asesinados vilmente por sustraerles unos cuantos millones de pesos, dinero con el que debía sostenerse un internado indígena de más de 200 chicos en las profundas sabanas y selvas del Vichada.

 

¿Por qué esta situación en un pueblo tradicionalmente católico como el colombiano? Porque llevamos muchos años de violencia y aquí ya nos acostumbramos a ella, dicen algunos. Porque somos pobres y necesitados y ante tanta indigencia la necesidad nos impele a ser violentos, dicen otros. Porque el mundo capitalista y consumista de hoy nos ha invadido y de su embriaguez materialista todos hemos resultado ebrios y sin controles ante un fajo de billetes, dicen los terceros.

 

Todos tienen parte de razón, pero tal vez haya un venero más profundo que une todas estas corrientes subterráneas de violencia y hacen que la nuestra sea del todo particular. Me atrevería a decir que, mezclando la inteligencia y arrojo del colombiano con su malicia y deseo de progresar a toda costa, hemos formado una subcultura de la violencia nacional que podríamos expresarla en ese dicho tan repetido por nosotros: “colombiano no se vara”. Sí, hay que ponerle una vela a Dios con nuestras devociones, oraciones y peregrinaciones, y una al diablo con nuestras mentiras corrupciones y apariencias. Lo importante, en esta subcultura, es tener, aparecer, poseer, sea como sea, por cualquier medio…. Después nos confesamos o pagamos una promesa al santo de devoción, o damos una limosna, o sostenemos una familia pobre para desdibujar el remordimiento.

 

La voz profética de algunos miembros de la Iglesia, que no de todos, es fastidiosa y molesta en un cuadro social como el que hemos pintado. Y esa voz hay que hacerla desaparecer sea como sea, así, a la loca, sin reflexionar en lo que se hace, sin medir las consecuencias… desaparecer no más de la conciencia, para que el poseer y aparentar puedan brillar sin remordimientos.

 

¡Pero no basta la voz del profeta!

 

Entusiasmémonos a un cambio interior de corazón para que amemos el templo de Dios que es cada uno de nosotros y honremos al Dios viviente que es cada uno de nuestros hermanos. Sí, somos templo del Espíritu Santo e Hijos de Dios, hermanos unos de otros. Esa es la luz de Cristo que vino al mundo. No prefiramos, como dice el Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma, las tinieblas a la luz. “Todo el que hace el mal odia la luz y no se acerca a la luz, para que no le echen en cara sus obras. Pero el que practica la verdad se acerca a la luz, y así queda patente que sus obras las hace de acuerdo con Dios” (Jn 3, 20-21).

 

En Colombia disminuiremos los índices de violencia cuando el Estado tome conciencia de su compromiso de servicio a los ciudadanos y no de intereses particulares, mezquinos y corruptos. Cuando la Iglesia deje su clericalismo de creerse más inteligente o santa que el simple mortal y se dé cuenta que también es pecadora y sujeto de conversión. Cuando en la sociedad civil se respeten las diferencias y se construya el diálogo como puente privilegiado de comunicación y búsqueda de la verdad. Cuando en las familias reine la convicción de que se forma mejor y más profundamente con el testimonio y ejemplo que con los gritos y los castigos o las actitudes permisivas de “dejar hacer”. Cuando cada uno de nosotros se acepte tal cual es, con sus cualidades y defectos, con sus instintos y tendencias, sus ideales y aspiraciones. Cuando valga más la belleza del árbol o el canto del pájaro o la limpidez del oxígeno, o la claridad del agua, que la construcción impúdica de inmensos centros comerciales, catedrales del consumismo, donde nos sentimos protegidos por los guardias y compramos con los ojos lo que no podemos con nuestros bolsillos.

 

Pero, en definitiva, disminuiremos la violencia fratricida cuando nos sintamos hijos de un mismo Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos, sobre justos y pecadores (Mt 5, 43-45), pues para Él, que es amor, lo que vale por encima de todo, es la existencia del ser viviente. “Porque Dios no envió su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve por medio de él” (Jn 3,18). Yo no quiero condenar ni juzgar a nadie, pero sí quiero amar a todos y cada uno de mis hermanos. No es cuestión de ideas, es cuestión de sentimiento.

 

Que Ariel y Gabriel, encerrando en la etimología de sus nombres a Dios, nos ayuden desde la patria del cielo a vivir y a sentirnos como hermanos en esta patria de la tierra.

 

Gabriel misionero, Ariel misionero:

 

Misionero que ofreces tu vida

 

sin pensar que te la arrebatarán,

 

como Cristo eres luz, eres fuego,

 

que a este mundo en amor cambiarán.

Dos peregrinaciones de desesperanza-esperanza

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Fecha de la última actualización: 26/03/2009 11:10:35 p.m.                                             © Copyright"Misioneros Redentoristas"         

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