80 años ininterrumpidos en la vida de Mérida al frente de “La
Tercera”, popular y referencial templo de la Ciudad de los
Caballeros, dan sello y pátina a una presencia fecunda,
valorada y agradecida por propios y extraños.
La vida religiosa masculina dejó honda huella en la Mérida
colonial. Las primeras disposiciones republicas y las leyes
guzmancistas decretaron su expulsión pero no borraron ni su
paso ni el anhelo de que regresaran. En las dos primeras
décadas del siglo XX hubo el paso fugaz de los Dominicos
holandeses por Mérida. Los años postreros del Arzobispo Silva,
de la mano de su más estrecho colaborador y sucesor, Mons.
Acacio Chacón, marcarán la vuelta permanente y fecunda de los
religiosos a Mérida. Los primeros, los Eudistas para el
Seminario. Los segundos, los hijos de
San Alfonso María de Liborio, los
Misioneros Redentoristas para la labor pastoral.
Dos iglesias con historia y solera les ofreció la mitra
merideña: El Carmen y La Tercera, antiguo convento agustino
confiado a la tercera orden franciscana. El P. Andrés Álvarez,
optó por la segunda. En el mes de octubre de 1926 vino el P.
Vilas a dar las primeras misiones en la ciudad. Y el 1 de
noviembre Mons. Chacón les entregó y dio posesión del templo a
la primera comunidad compuesta de tres padres y un hermano:
Arce, Benito, Guerra y Demetrio.
Los Redentoristas tienen fama bien ganada por su carisma de
excelentes predicadores e incansables promotores de las
misiones populares. La Tercera, como los grandes conventos, ha
sido y es punto de referencia e irradiación de una labor que
no tiene límites geográficos. Los Padres
Redentoristas son
como los mejores vehículos rústicos, “todo terreno”, hechos
para la ciudad y los campos, lo cómodo y lo difícil, para
estar con todos pero en particular con los pobres; para la
predicación y la confesión, la suplencia sin protagonismos y
la ayuda pastoral donde haga falta.
Con dificultad encontraremos hombres que conozcan mejor la
geografía nacional que estos intrépidos misioneros. No hay
ciudad, pueblo o aldea merideña que no tenga una cruz de la
misión; en cemento a la entrada del poblado, o en madera a la
entrada de igle sias o capillas. Su paso es añorado en todas
las comunidades como agua de mayo.
En las visitas pastorales merideñas fueron asiduos
colaboradores, por décadas, junto con los capuchinos. Fotos y
firmas en los libros de gobierno dejan constancia fiel de
ello. He oído con frecuencia en los discursos de recibimiento
que se saluda junto al prelado que llega, a los “padres
misioneros” que lo acompañan. Clara alusión a la tradición y
al recuerdo de muchas horas gratas de acompañamiento,
confesionario y vibrantes sermones.
La devoción a la Virgen bajo la advocación del
Perpetuo
Socorro está muy difundida y es raro no encontrar su imagen en
los atares familiares de pobres y ricos. En la ciudad, La
Tercera es lugar preferido para las confesiones, dirección
espiritual, celebraciones litúrgicas diversas y
peregrinaciones a los santuarios del país.
En nombre de toda la familia arquidiocesana, obispos,
sacerdotes, religiosas y laicos, damos gracias al Señor por la
benéfica presencia de los Redentoristas entre nosotros. Nos
unimos a esta celebración jubilar y rogamos al dueño de la
mies multiplique sus
vocaciones para que sigan siendo los
misioneros que necesitamos para arder en amor a Dios y al
prójimo.
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